El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


En años que…

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En años que se han ido, hay hombres y mujeres que están trazando una línea por la tierra polvorienta y arrastrando la historia consigo. Están inmóviles, con gritos de guerra sedimentados en los labios. Están en riscos y trincheras de roca, en bosques, en la maleza, a la sombra de los ladrillos. Siempre están llegando.

Y en años que ya se fueron, hay alguien erguido sobre un nudillo de granito, un montañoso puño cerrado. La cima está cubierta de árboles, como si una espuma boscosa se hubiese asentado en ella. Se yergue sobre un mundo verde mientras, debajo de él, una fauna de plumas y piel coriácea motea el aire sin prestarle atención.

Entre pilares de batolito discurre el camino que ha recorrido, y junto a vivaques de tela embreada. Hay hombres y fuegos, parientes castrados de las conflagraciones que fertilizan los bosques.

El hombre apartado está bajo un viento que conservará eternamente este antiguo momento en el hielo, mientras su aliento se coagula sobre su barba en forma de escarcha. Consulta el mercurio, letárgico en su cristal, un barómetro y una cuerda calibrada en centímetros. Se localiza a sí mismo y a los hombres que lo acompañan sobre el vientre del mundo y en un otoño de montaña.

Han ascendido. Columnas de hombres luchando penosamente contra la gravedad, arrimados unos a otros, suspendidos al socaire de paredes y recodos de silicato. Siervos de su equipo, han acarreado por todo el mundo sus baratijas de bronce, madera y vidrio como estúpidos nabobs.

El hombre apartado respira en este momento que ya se ha ido, y escucha el carraspeo de los animales de las montañas, el ritmo del forcejeo de los árboles. Donde había cañadas ha sondeado, para así imponerles un orden y para conocerlas, las ha marcado y ha hecho anotaciones en sus dibujos, y al aprehender los parámetros de la penillanura o de los circos de paredes abiertas, de los cañones tributarios, las barrancas, los ríos y las pampas tapizadas de helechos, los ha dotado de belleza. Donde hay pinos o fresnos confinados, y él registra el radio de una curva, la tierra le impone una lección de humildad.

El frío escoge a seis de sus hombres y los deja blancos y endurecidos en tumbas improvisadas. Los alagith tiñen el grupo de sangre, y los osos y los tenebrae agotan a sus miembros con sus ataques, y algunos hombres, vencidos y sollozantes, se extravían en la oscuridad, y las mulas caen y las excavaciones no dan fruto y hay croquis e indígenas que asesinan sin piedad, pero todos éstos son otros momentos. En este tiempo que ya se fue no hay más que un hombre sobre los árboles. Al oeste, las montañas se interponen en su camino, pero en este momento se encuentran todavía a kilómetros de distancia.

Sólo el viento le habla, pero él sabe que su nombre se pronuncia con vituperio y respeto. Su estela es la disputa. En las cumbres artificiales de su ciudad, sus obras dividen familias. Algunos que se dicen portavoces de los dioses aseguran que es orgulloso. Es un insulto arrojado a la cara del mundo, y sus planes y la ruta que siguen son una abominación.

El hombre contempla cómo se coloniza la noche. (Ha pasado un largo rato desde este momento). Observa las secreciones de la oscuridad, y antes de que empiece el tintineo de la cubertería de sus hombres o de que aparezca el aroma de las alimañas de las rocas que compartirá con ellos, sólo están él mismo y la montaña y la noche y los libros con sus bosquejos de todo lo que ha visto y las mediciones de aquellas alturas apáticas y sus deseos.

Sonríe, y no con astucia, hartazgo o seguridad, sino con regocijo, porque sabe que sus planes son sagrados.

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