El Consejo de Hierro
Primera Parte: Adornos » 1
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Un hombre corre. Se abre camino entre paredes de corteza y hojas, por las estancias sin propósito del bosque Turbio. Los árboles lo acogotan.
Aquí, en lo profundo del bosque, hay sonidos aborígenes. Las copas se estremecen. El hombre transporta una carga pesada y suda copiosamente por culpa del invisible sol. Está tratando de seguir un camino.
Justo antes del anochecer encontró el lugar. Siguiendo borrosas veredas hotchi llegó hasta un valle cubierto de raíces y de suelo pedregoso. Los árboles se abrieron. La tierra estaba pisoteada y manchada de hollín y sangre. El hombre dejó en el suelo el fardo y su manta, unos cuantos libros y la ropa. Depositó entre la marga y los ciempiés algo cuidadosamente envuelto y pesado.
En el bosque Turbio hacía frío. El hombre hizo una fogata, y con ella tan cerca, la oscuridad le concedió un amplio respiro, pero él siguió mirándola como si esperara que saliera algo de ella. Algo se aproximaba. Constantemente había pequeños ruidos, como el canto bronquial de un ave nocturna o la respiración siseante de un depredador invisible. Era un hombre prudente. Tenía una pistola y un rifle, y en todo momento llevaba al menos una de ellas consigo.
A la luz del fuego vio pasar las horas. El sueño se apoderó de él y volvió a soltarlo a pequeñas bocanadas. Cada vez que se despertaba, exhalaba como si acabara de salir del agua. Estaba acongojado. En su rostro aparecieron el pesar y la rabia.
—Vendrán a buscarte —dijo.
No reparó en la llegada del alba, sólo en que el tiempo reemprendía la marcha y de nuevo podía ver los límites del claro. Se movía como si estuviera hecho de ramas, como si hubiera acumulado todo el frío y la humedad de la noche. Mientras comía un poco de carne seca, escuchó los ruidos del bosque y paseó por la terrosa depresión.
Cuando finalmente escuchó unas voces, se pegó a la pared de la cuenca y asomó entre los troncos. Tres hombres se aproximaban por un camino cubierto de moho y desechos vegetales. El hombre los observó con el rifle preparado. Al pasar por unos cilindros de luz más gruesos, pudo verlos con mayor claridad y bajó el rifle.
—Aquí —gritó. Los otros se tiraron al suelo como idiotas y lo buscaron con la mirada. Levantó la mano sobre la pared de tierra.
Eran una mujer y dos hombres, vestidos con ropa aún menos adecuada para el bosque Turbio que la suya. Se plantaron frente a él en la arena y sonrieron.
—Cutter. —Le estrecharon las manos y le dieron palmadas en la espalda.
—Se os oye a cientos de metros de distancia. ¿Y si os han seguido? ¿Quién más viene?
No lo sabían.
—Recibimos tu mensaje —dijo el hombre de menor estatura. Hablaba deprisa y miraba constantemente a su alrededor—. Fui a ver. Estuvimos discutiendo. Los demás dijeron, ya sabes, que debíamos quedarnos. Ya sabes lo que dijeron.
—Sí, Drey. Que estoy loco.
—Tú no.
No lo miraron. La mujer se sentó hinchando la falda. Estaba tan nerviosa que respiraba entrecortadamente. Se mordía las uñas.
—Gracias. Por venir. —Ellos asintieron o desecharon su gratitud: a él mismo le sonó extraña, y seguro que también a ellos. Trató de no parecer sardónico, como le ocurría siempre—. Significa mucho.
Esperaron en la depresión, motivos dibujados sobre la tierra o figuras talladas de madera muerta. Había demasiado que decir.
—Entonces, ¿os dijeron que no vendrían?
La mujer, Elsie, respondió que no, tanto no, con esas palabras no, pero que el Caucus se había burlado del mensaje de Cutter. Lo miró un momento y rápidamente bajó los ojos mientras hablaba. Él asintió y no dijo nada.
—¿Estáis seguros de esto? —dijo, y se negó aceptar sus indiferentes gestos de asentimiento—. Maldición, ¿estáis seguros? Vais a darle la espalda al Caucus. ¿Estáis preparados? ¿Por él? Nos espera un camino muy largo.
—Ya hemos recorrido muchos kilómetros para llegar hasta aquí —dijo Pomeroy.
—Serán muchos más. Cientos. Va a ser larguísimo. Y mucho tiempo. No puedo asegurar que regresemos.
No puedo asegurar que regresemos.
Pomeroy dijo:
—Sólo quiero que me digas otra vez que es verdad. Dime que se ha ido y a dónde ha ido y para qué. Dime que es verdad. —El hombretón le dirigió una mirada iracunda y esperó, y al ver que Cutter asentía bruscamente y cerraba los ojos, dijo—: Muy bien.
Otros llegaron luego. Primero otra mujer, Ihona. Y después, mientras le daban la bienvenida, escucharon el crujido de una vegetación reseca violentamente pisoteada, y un vodyanoi apareció entre la maleza. Se agazapó como un sapo, a la manera de su raza, y levantó unas manos palmeadas. Al saltar desde lo alto de la hondonada, su cuerpo —un grueso saco formado por la cabeza y el tronco— se estremeció de arriba abajo a causa del impacto. Fejhechrillen estaba sucio y fatigado, pues su forma de moverse no era la más idónea para un bosque.
Estaban nerviosos, pues no sabían cuánto debían esperar ni si vendría alguien más. Cutter les preguntó a todos cómo se habían enterado de su mensaje. Eso no les gustó. No querían sopesar la decisión de unirse a él: sabían que muchos lo considerarían una traición.
—Os estará muy agradecido —dijo Cutter—. Es un auténtico capullo pero, aunque puede que no lo demuestre, esto significa mucho, para él y para mí.
Tras un silencio, Elsie dijo:
—Eso no lo sabes. No nos preguntó, Cutter. Sólo envió un mensaje, según dices. Puede que se enfade al vernos.
Cutter no podía decirle que se equivocaba. Así que dijo:
—Pero no creo que vayas a marcharte por eso. Además de por él, también estamos aquí por nosotros mismos.
Empezó a contarles lo que podían encontrarse, subrayando los peligros. Parecía que estuviese intentando disuadirlos, aunque todos sabían que no era así. Drey rebatió sus argumentos con voz rápida y nerviosa. Aseguró a Cutter que lo comprendían. Cutter comprendió que estaba tratando de persuadirse a si mismo y guardó silencio. Drey dijo repetidamente que la decisión estaba tomada.
—Será mejor que nos pongamos en marcha —dijo Elsie al pasar el mediodía—. No podemos esperar eternamente. Si alguien más iba a venir, es obvio que se ha perdido. Tendrán que volver con el Caucus, y hacer lo que haya que hacer en la ciudad.
Alguien lanzó un gritito y todos se volvieron…
Al borde de la hondonada, había un jinete hotchi montado en un gallus, observándolos. La gran ave de guerra hinchó las alas ventrales y, levantando una garra espolonada, adoptó una curiosa pose. El hotchi, un macho achaparrado y robusto, como un puercoespín, acarició la melena roja de su montura.
—Viene milicia. —Su acento era fuerte y ronco—. Dos hombres de milicia, un minuto, dos. —Se inclinó hacia delante en la vistosa silla e hizo dar la vuelta al ave. Sin hacer apenas ruido, sin siquiera el tintineo del metal sobre las cinchas y los estribos de madera y cuero, se alejó, orgulloso y beligerante, y desapareció en el bosque.
—¿Eso era…? ¿Qué…? Joder, ¿es que…?
Pero entonces el ruido de alguien que se acercaba acalló a Cutter y a los demás. Todos dirigieron la mirada hacia el sonido, embargados de pánico silencioso y sin tiempo ya para ocultarse.
Dos hombres aparecieron detrás de unas rocas cubiertas de líquenes. Llevaban la máscara y el uniforme gris marengo de la milicia. Cada uno de ellos llevaba un escudo reflectante y un voluminoso revólver de cazoleta al costado. Al llegar al claro vacilaron un momento y se detuvieron, mirando fijamente a los hombres y mujeres que los esperaban.
Pasó un largo segundo en el que nadie se movió, en el que se entabló una comunicación confusa y muda —¿sois, son, qué, deberíamos, deberíamos…?— hasta que alguien disparó. Entonces hubo un chaparrón de sonidos, chillidos y percusión de disparos. Cutter cayó. No sabía lo que estaba pasando y la idea de que le hubiesen dado y aún no lo hubiese sentido lo aterrorizaba. Cuando cesó la atroz síncopa de las armas, relajó las mandíbulas.
Alguien estaba gritando, «oh dioses oh joder dioses». Era uno de los milicianos, que estaba sentado junto a su compañero muerto, sangrando por una herida y tratando de mantener el arma en alto. Cutter escuchó el sonido de desgarro que hace un arco al disparar y el miliciano cayó de espaldas con una flecha clavada y dejó de moverse.
Siguió un nuevo segundo de silencio y entonces:
—Jabber… ¿Estáis…? ¿Está todo el mundo…? ¿Drey? ¿Pomeroy?
Al principio, Cutter pensó que ninguno de los suyos había sido herido. Entonces vio que Drey estaba pálido y se sujetaba el hombro con manos temblorosas y teñidas de sangre.
—Buen Jabber, tío. —Cutter ayudó a Drey a sentarse («¿pasa algo?», repetía una vez tras otra el hombrecillo). La bala le había dado en el músculo. Cutter arrancó varias tiras de tela de su camisa y las empleó para vendarle la herida. El dolor hizo que Drey se resistiera, y Pomeroy y Fejh tuvieron que sujetarlo. Le dieron una ramita tan gruesa como un pulgar para que la mordiera mientras lo vendaban.
—Deben de haberos seguido, estúpidos bastardos —masculló Cutter, furioso, mientras trabajaba—. Os dije que había que tener cuidado, joder…
—Y lo hemos tenido —gritó Pomeroy, señalándolo con el dedo.
—No siguieron a ellos. —El hotchi reapareció montado en su gallus—. Patrullan los fosos. Habéis mucho tiempo aquí, casi un día. —Desmontó y se aproximó al borde de la arena—. Demasiado tiempo.
Enseñó los dientes en una mueca ininteligible. Era más bajo que Cutter pero rotundamente musculoso y poseía la robustez de un hombre mucho más alto. Se detuvo junto a los milicianos y los olisqueó. Se sentó sobre el que había abatido su flecha y empezó a sacarle el proyectil por el lado contrario al orificio de entrada.
—Cuando no regresan, mandarán más —dijo—. Vienen a buscaros. Puede que ya. —Gobernada por él, la flecha sorteó los huesos del muerto pecho. Asió el astil cuando asomó por la espalda del cadáver y de un tirón sacó los penachos con un ruido húmedo. A continuación la guardó en su cinturón sin limpiarla, le arrebató al cadáver el revólver de las manos tiesas y le disparó con él en el orificio.
Las aves remontaron de nuevo el vuelo al escuchar la detonación. El inesperado retroceso hizo gruñir al hotchi, que sacudió la mano. El fino agujero de la flecha se había convertido en una cavidad.
Pomeroy dijo:
—Esputos… ¿Quién demonios eres?
—Hombre hotchi. Hombre de gallo de guerra. Alectryomach. Os ayudaré.
—Tu tribu… —dijo Cutter—. ¿Están de nuestro lado? Algunos hotchi están con el Caucus —dijo a los demás—. Por eso este lugar es seguro. O teóricamente lo era. Su clan no siente ninguna simpatía por la milicia. Nos ofrece paso franco. Pero… no pueden arriesgarse a luchar en la ciudad. Por eso tiene que parecer que somos nosotros los que hemos matado a los milicianos, y no sus flechas. —Él mismo fue comprendiéndolo a medida que lo decía.
Entre Pomeroy y el hotchi registraron a los dos muertos. Pomeroy le lanzó uno de los revólveres a Elsie y el otro a Cutter. Eran armas modernas, de calidad, y Cutter nunca había tenido una en las manos. La suya era muy pesada y tenía seis cañones dispuestos en un grueso tambor circular.
—No son muy fiables —dijo Pomeroy mientras recogía las balas—. Pero sí rápidas.
—Jabber… Joder, será mejor que nos vayamos. —El dolor hacía temblar la voz de Drey—. Deben de haber oído esas putas armas a varios kilómetros de aquí…
—No muchos cerca —dijo el hotchi—. Puede que nadie oiga. Pero tenéis que iros, sí. ¿Dónde vais? ¿Por qué dejáis ciudad? ¿Buscáis al hombre de arcilla?
Cutter miró a los demás y todos lo miraron a él, invitándolo a tomar la palabra.
Dijo:
—¿Lo has visto? —Dio un paso hacia el atareado hotchi—. ¿Lo has visto?
—No he visto, pero conozco los que sí. Hace días, semana o más. Hombre cruza el bosque en un gigante gris. Corriendo. La milicia lo sigue.
La luz de la tarde los bañó a todos, y volvieron a oírse los ruidos de los animales del bosque. Cutter estaba rodeado por kilómetros de árboles. Abrió la boca más de una vez antes de hablar.
Dijo:
—¿La milicia lo seguía?
—En caballos rehechos. Los oí.
En caballos rehechos, con cascos de metal repujado, o con garras de tigre o con colas prensiles y cubiertas de glándulas venenosas. Con pistones de vapor para dotar a sus patas de una fuerza absurda o con una resistencia alimentada por una caldera de excrementos situada detrás de la silla. Convertidos en carnívoros y equipados con largos colmillos. Caballos-lobo o caballos-jabalí, caballos-constructo.
—No lo vi —dijo el hotchi. Montó en su gallus—. Fueron tras jinete de hombre de arcilla, hacia el sur. Ahora idos. Deprisa. —Se volvió sobre su ave de guerra y apuntó con un dedo marrón—. Tened cuidado. Esto es el bosque Turbio. Idos.
Espoleó al gallus y se perdió entre la maleza y los densos troncos.
—Idos —gritó, ya invisible.
—Maldición —dijo Cutter—. Vamos.
Levantaron su pequeño campamento. Pomeroy cogió la mochila de Drey además de la suya y los seis salieron del foso de los gallos de guerra para adentrarse en el bosque.
Marcharon hacia el sudoeste siguiendo la brújula de Cutter, por el mismo camino que había tomado el hotchi.
—Nos ha mostrado el camino —dijo Cutter. Sus camaradas parecían contar con que los guiara. Avanzaron sorteando raizales y barricadas de vegetación, transformados por su paso. Al cabo de poco tiempo, el cansancio de Cutter era tan profundo que le provocaba una sensación sorprendente, desconocida.
Al llegar la oscuridad se dejaron caer donde estaban, en un pequeño claro entre los árboles. Hablaban en voz baja, modulada por los ecos del bosque. Era demasiado tarde para cazar: sólo pudieron tomar el tasajo y el pan que llevaban en la mochila, haciendo chistes tontos sobre lo buena que era la comida.
A la luz de su pequeña fogata, Cutter vio que Fejh estaba secándose. No sabían dónde había agua dulce, y Fejh sólo usaba un poco de la que llevaban para humedecerse el cuerpo, a pesar de que saltaba a la vista lo mucho que la necesitaba. Estaba jadeando.
—Todo irá bien, Cutter —dijo, y el hombre le dio unas palmaditas en la mejilla.
Drey estaba blanco como el papel y mascullaba para sus adentros. Al ver el cabestrillo endurecido por la sangre seca, Cutter se maravilló de que hubiera podido aguantar. Le comentó discretamente sus temores a Pomeroy, pero ya no podían dar la vuelta y Drey no podría regresar solo. Iba dejando un rastro al andar.
Mientras Drey dormía, los demás se reunieron alrededor del fuego y compartieron en voz baja historias del hombre al que estaban siguiendo. Todos ellos tenían razones para responder a la llamada de Cutter.
Para Ihona, el hombre al que buscaban era la primera persona del Caucus que le había recordado a ella misma. Su falta de mundanidad, esa cualidad que hacía desconfiar a algunos, inspiraba en ella la tranquilizadora sensación de que en el movimiento había espacio para la imperfección: que podía formar parte de él. Esbozó una sonrisa preciosa al recordarlo. Fejh, por su parte, había tenido la ocasión de darle algunas clases en el transcurso de una investigación sobre el chamanismo vodyanoi, y su capacidad de fascinación lo había conmovido. Cutter sabía que amaban al hombre al que seguían. Entre los centenares de miembros del Caucus, no era de extrañar que hubiera seis que lo amaran.
Pomeroy dijo en voz alta:
—Yo lo amo. Pero no estoy aquí por eso. —Hablaba con pequeñas y tensas ráfagas de palabras—. Los tiempos son demasiado graves para eso. Estoy aquí por el lugar al que se dirige, Cutter, por lo que busca. Y por lo que vendrá después. Por eso estoy aquí. Por lo que había en tu mensaje. No porque se haya marchado…, sino por el lugar al que se ha marchado, y por las razones de su marcha. Eso lo vale todo.
Nadie preguntó a Cutter sus motivaciones. Cuando le llegó el turno, bajaron la mirada y no dijeron nada, mientras él estudiaba el fuego.
Un ave de guerra los despertó sacudiendo la cresta y profiriendo un estruendoso cacareo de gallo. Aquel despertar incivilizado los dejó estupefactos. El hotchi que lo montaba les arrojó un faisán muerto mientras se levantaban. Señaló los árboles situados al este y desapareció bajo la verde luz.
Se encaminaron en la dirección indicada, avanzando pesadamente entre la maleza y la tupidez del bosque. La luz del sol los veteaba. Era una primavera cálida, y el bosque Turbio se había vuelto húmedo y caluroso. La ropa de Cutter estaba tan empapada de sudor que le pesaba como una losa. Observó a Fejh y Drey.
Fejh impasible, avanzaba a impulsos de las patas traseras, a sacudidas. Drey, aunque pareciera imposible, no estaba demorándose. Su vendaje estaba empapado, y ya no se molestaba en espantarse las moscas que acudían a posarse en él. Ensangrentado y blanco, parecía una pieza de carne vieja. Cutter había esperado que demostrara temor o miedo, pero Drey se limitaba a murmurar, y eso resultaba admirable para él.
La simplicidad del bosque lo dejaba atónito.
—¿Adónde vamos? —le preguntó alguien. No me preguntes eso.
Al atardecer siguieron un ruido maravilloso y encontraron un estanque cubierto de enredaderas. Aplaudiendo y riendo, bebieron de él como animales felices.
Fejh se metió en el agua y se zambulló allí mismo. Al nadar, sus torpes movimientos se volvieron gráciles de repente. Llenó las manos de agua y la moldeó empleando la acuartesanía de su raza: el líquido, como si fuera masilla, conservó las formas que le había dado, una serie de toscas figurillas con aire perruno. Las dejó sobre la hierba, donde al cabo de una hora se desmoronaron como si estuvieran hechas de cera y se escurrieron sobre la tierra.
A la mañana siguiente, la herida de Drey había empeorado. Esperaron cuando su fiebre los obligó a detenerse, pero tenían que seguir adelante. La flora cambió, se volvió mestiza. Empezaron a caminar entre arboscuros y robles, bajo una espesura de banianos, con lianas parecidas a cuerdas colgantes que acababan por convertirse en raíces.
El bosque Turbio era un hervidero de vida. Las aves y las criaturas simiescas de las copas de los árboles pasaban la mañana gritando. En una zona de árboles muertos y blanqueados, una criatura osuna, borrosa e hinchada, de formas y colores cambiantes, emergió de la vegetación y, como un ovillo devanado, rodó hacia ellos. Todos gritaron salvo Pomeroy, quien le descerrajó un disparo en todo el pecho. Con una suave detonación, el animal se transformó en docenas de aves y cientos de moscas cristintadas, que revolotearon un momento a su alrededor y volvieron a acoplarse recreando a la bestia a cierta distancia de ellos. La criatura se apartó pesadamente. Ahora podían ver las plumas y las alas que formaban su pelaje.
—He estado antes en estos bosques —dijo Pomeroy—. Sé qué aspecto tiene un oso-colonia.
—Seguro que ya hemos avanzado suficiente —dijo Cutter, y pusieron rumbo al oeste, mientras el crepúsculo llegaba y los dejaba atrás. Marchaban tras una lámpara cerrada, asediada por una hueste de polillas. La corteza engullía la luz.
Pasada la medianoche, atravesaron una loma baja y salieron del bosque.
Y durante tres días viajaron por las colinas Mendicantes, collados rocosos y dolinas salpicadas de árboles. Avanzaban por las rutas de glaciares de antaño. La ciudad se encontraba sólo a decenas de kilómetros de distancia. Sus canales casi llegaban hasta ellos. Algunas veces, asomando entre farallones, veían auténticas montañas en la lejanía, al este y al norte, cordilleras de las que aquellas colinas no eran más que una minúscula fracción.
Bebían y se aseaban en lagunas de montaña. Avanzaban con lentitud, pues tenían que cargar con Drey. No podía mover el brazo y parecía desangrado. Pero no se quejaba. Era la primera vez que Cutter lo veía actuar con tanta valentía.
Había sendas que se insinuaban en el paisaje y las siguieron en dirección sur, entre campos de hierba y flores. Pomeroy y Elsie cazaron unos conejos de las rocas y los asaron, sazonados con hierbas.
—¿Cómo vamos a encontrarlo? —dijo Fejh—. Tenemos un continente entero para buscar.
—Conozco su ruta.
—Pero, Cutter, es un continente entero…
—Dejará señales. Allá donde vaya. Dejará un rastro. Es inevitable.
Nadie habló durante un rato.
—¿Cómo supo que tenía que irse?
—Recibió un mensaje. Un viejo contacto. Es lo único que sé.
Cutter vio cercas reclamadas por el tiempo, en el emplazamiento de antiguas granjas. Los cimientos de las haciendas formando ángulos de piedra. El bosque Turbio, extensión boscosa interrumpida por floraciones de dolomitas, se levantaba al este. En una ocasión, descollando entre el follaje, aparecieron los restos de una antigua factoría, chimeneas o pistones.
Al sexto día, día del pescado, el 17 de chet de 1805, llegaron a un pueblo.
En el bosque Turbio se oyó un murmullo de aire desplazado bajo el canto de la lechuza y el mono. No fue muy alto, pero los animales que se encontraban en su camino levantaron la mirada con el pánico de una presa. En los intersticios entre los árboles, junto a los saledizos de arcilla, se extendía un encaje de luna. El ramaje no se movía.
Entre las sombras de la noche apareció un hombre. Llevaba un traje negro azulado. Tenía las manos en los bolsillos. Sobre sus lustrosos zapatos, que se desplazaban a la altura de la cabeza por encima de las raíces, caían tallos de luz de luna. El hombre avanzaba, con el cuerpo en perfecto equilibro, erguido por el aire. Y mientras avanzaba, suspendido por arcanos medios entre las copas de los árboles y el suelo del bosque, el sonido venía con él, como si el espacio gimiera por su violación.
Estaba impertérrito. Algo correteó sobre él, entrando y saliendo de las sombras, entre los pliegues de su ropa. Un mono, aferrado al hombre como si fuera su madre. El mono tenía algo en el pecho, una excrecencia que se contraía y tensaba.
Bajo la débil luz, el hombre y su pasajero entraron en el circo al que los hotchi acudían a luchar. Contemplaron a los milicianos muertos, moteados de podredumbre.
El monito se colgó de los pies del hombre y se dejó caer sobre los cadáveres. Sus hábiles deditos los examinaron. Volvió a encaramarse a las piernas de un salto y emitió unos ruidos rápidos y nerviosos.
Pasaron un rato sumidos en un silencio tan completo como el resto de la noche, el hombre mordiéndose los nudillos con aire meditabundo, como una cabriola paralizada, y el mono sobre su hombro, contemplando la negra floresta.
Luego volvieron a ponerse en movimiento, avanzando entre los árboles con el sonido colmado de su paso, a través de helechales rotos días atrás. Después de que se hubieran alejado, los animales del bosque Turbio salieron de sus escondites. Pero estaban inquietos, y permanecieron así el resto de la noche.