El Consejo de Hierro
Segunda Parte: Regresos » 9
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La noche siguiente Espiral Jacobs no fue al refugio, ni tampoco la otra. El placer y la sorpresa con los que Ladia recibía a Ori empezaron a transformarse. Se dio cuenta de que lo vigilaba para asegurarse de que no estaba traficando con drogas o estraperlo, así que se esmeró en el trabajo y ella no pudo hacer otra cosa que seguir sorprendida.
El día de la calavera, mientras Ori barría el suelo del refugio, oyó:
—¿Estás proscrito? ¿Eres un duplicador? —Espiral Jacobs lo vio, le sonrió y dijo—. Aquí está el chico. Aquí estás, ¿eh?, eh… —parpadeó, levantó un dedo y le guiñó un ojo. Se inclinó hacia él y susurró—: duplicador.
Un intento, pensó Ori. Se había obligado a ser escéptico. Un poco de indulgencia con aquella casualidad. Sólo cuando terminaron de repartir la comida y las primeras familias de mendigos empezaron a regresar de sus jornadas de mendicidad o latrocinio para dormir, se acercó a Espiral.
—¿Te invito a un trago en algún sitio? —dijo—. Parece que tenemos intereses comunes. Podríamos charlar un poco. Sobre duplicación. Sobre nuestro amigo Jack.
—Nuestro amigo, sí, Jack.
El hombre se tumbó en una manta. Ori empezó a perder la paciencia. Espiral Jacobs sacó algo, un trozo de papel, con los dobleces incrustados de mugre. Se lo enseñó a Ori con una sonrisa de niño.
Hacía fresco cuando Ori regresó a su casa. Siguió la ruta del tren, junto a las vías tendidas sobre las techumbres de ladrillo en bucles, y los arcos parecidos a serpientes marinas. Una luz que parecía luz de gas o luz de vela brotó de las ventanas sucias de un tren y cubrió de sombras convulsas el anguloso paisaje de tejados, pero tras la estela del motor, la oscuridad volvió a salir reptando de detrás de las chimeneas.
Ori caminaba deprisa, agachando la cabeza y metiendo las manos en los bolsillos cuando se cruzaba con la milicia. Sentía sus ojos encima. No eran fáciles de ver, pues sus uniformes estaban hechos de fibra de trog, que devoraba toda la luz que recibía y excretaba oscuridad. De noche, lo más visible de ellos era su armamento: estaban equipados, se hubiese dicho, al azar, y en la tenue luz se vislumbraban sus bastones o sus cajas de aguijones, sus puñales, sus pistolas rotatorias.
Su memoria se remontó doce años en el pasado, hasta antes de la depresión, hasta la Guerra de los Constructos, cuando por primera vez desde hacía un siglo, la milicia había abandonado su tradición de actuación encubierta —redes de espías, informadores, oficiales de paisano y temor descentralizado—, había salido a la luz y se había uniformado. Ori no recordaba las raíces de la crisis. Un niño más, se había encaramado con su banda de alborotadores a los tejados de la Aduja y la Ciénaga Brock, en la orilla norte del Alquitrán, y desde allí había presenciado el bombardeo de los vertederos del Meandro Griss.
Con pueril agresividad se habían sumado a la purga de los constructos de la ciudad, aquel momento de furia ciega en el que los aullidos de pavor de los limpiadores mecánicos y a vapor se habían transformado inesperadamente, a los oídos de todos, en gritos de hostilidad. Las turbas habían arrinconado y destruido a las metálicas criaturas. La mayoría de los constructos no habían hecho otra cosa que aguardar pacientemente mientras los hacían pedazos, pisoteaban sus cristales en el suelo y les arrancaban los cables.
Algunos habían luchado. La razón de la guerra. Infectados por una consciencia viral, un programa que no hubiese debido existir, que se había propagado entre los constructos de Nueva Crobuzon y que había inducido a sus motores analíticos a adoptar configuraciones heréticas que habían acabado por enhebrar una fría inteligencia cibernética. Motores pensantes para los que el instinto de conservación era el predicado, que alzaban sus miembros de metal, madera y tuberías contra sus antiguos amos. Ori nunca llegó a verlo.
La milicia había arrasado la jungla de basura del Meandro Griss. La habían bombardeado con una lluvia de fuego y luego habían avanzado con equipos de demolición por un paisaje de metal fundido y cenizas. Había allí una especie de fábrica de programas perniciosos, donde la monstruosa mente responsable de todo aquello había sido destruida. Era un demonio o algo parecido, o un consejo formado por los constructos concientes y sus seguidores de carne y hueso.
Aún quedaban algunos constructos y motores de diferencia en la ciudad, pero eran muchos menos y estaban sometidos a un estricto sistema de licencias. Una economía de gólems los había remplazado en la medida de lo posible, enriqueciendo a unos pocos taumaturgos. Los vertederos del Meandro Griss seguían siendo una ruina ennegrecida y denudada. Era un lugar prohibido, donde los niños de Nueva Crobuzon entraban trepando o reptando por algún agujero, recogían algún trofeo y se decían unos a otros que estaba maldito por los fantasmas de las máquinas. Pero la consecuencia de mayor calado de la crisis, creía Ori, era que la milicia seguía actuando abiertamente. Pocos meses después de la Guerra de los Constructos, habían estallado las revueltas provocadas por la recesión, y después de eso, muy pocos milicianos habían vuelto a vestirse de paisano.
Ori no sabía si era mejor o peor. Entre los rebeldes había opiniones para todos los gustos. Algunos opinaban que la emergencia de la milicia era una expresión de debilidad y otros lo contrario.
El papel que Espiral Jacobs le había enseñado era un heliotipo, muy antiguo, en el que se veía a dos hombres en los tejados de las casas que rodeaban la estación de la Calle Perdido. Estaba en muy mal estado, desteñido por acción de la luz y arrugado por el paso del tiempo, y los personajes estaban rodeados por un halo de movimiento borroso, provocado por una exposición demasiado prolongada. Pero eran reconocibles. Espiral Jacobs con barba blanca, con aspecto de viejo incluso entonces y la misma sonrisa de loco. Y junto a él un hombre cuyo rostro borroso estaba volviéndose hacia la cámara, con los brazos alzados en la misma dirección y los dedos de la mano izquierda extendidos. El brazo derecho, que estaba desplegándose en aquel momento, era una brutal y enorme pinza de mantis.
A primera hora de la mañana siguiente, mientras sacaban a los mendigos del centro, Ori estaba a la puerta.
—Espiral —dijo al ver al hombre, que salía rascándose y embozado en su manta. El viejo parpadeó bajo la luz del sol.
—¡Duplicador! ¡El duplicador!
Le costó la paga de un día entero. Tuvo que tomar un taxi para que llevara al viejo hasta Tábano, donde nadie conocía a Ori. Espiral parloteaba en voz baja. Ori compró algo de desayunar en una plaza, bajo la torre de la milicia de Tábano, comunicada con el corazón de la ciudad por medio de vías suspendidas a decenas de metros de altura. Espiral Jacobs comió durante largo rato sin decir nada.
—Basta de palabras, a las barricadas, Espiral. ¿No es así? Mucho de esto —Ori sacó la lengua— y muy poco de esto otro. —Apretó el puño.
—Barricadas y no palabras —asintió el mendigo mientras devoraba un tomate a la parrilla.
—¿Es eso lo que decía Jack?
Espiral Jacobs dejó de masticar y levantó una mirada maliciosa.
—¿Jack? Ya te daré yo Jack —dijo—. ¿Qué quieres saber? —Por un segundo, el acento, ese rastro indefinido de algo forastero, resonó con mayor fuerza.
—Él luchaba, no hablaba, Jack digo, ¿no? —dijo Ori—. ¿No es así? A veces quieres que alguien se lance a las barricadas, que haga algo, ¿no?
—Con Jack tuvimos media misa —dijo el anciano, y, por un momento que borró toda su locura, sonrió con una enorme tristeza—. Era el mejor de nosotros. Lo quiero, a él y a sus hijos.
¿Sus hijos?
—¿Sus hijos?
—Los que vinieron después. Bien por ellos.
—Sí.
—Olé por ellos, por Toro.
—¿Toro?
En los ojos de Espiral Jacobs, Ori vio una demencia real, una oscura aflicción de soledad, frío, licor y drogas. Pero todavía nadaban en él algunos pensamientos, astutos como barracudas, cuyos movimientos se revelaban en los tics de la cara del mendigo. Me está sondeando, pensó Ori. Me está poniendo a prueba por alguna razón.
—Si yo hubiese sido un poco mayor, habría sido hombre de Jack —dijo—. Es el jefe, siempre lo fue. Lo habría seguido. ¿Sabes?, lo vi morir.
—Jack no ha muerto, hijo.
—Yo lo vi.
—Sí, bueno, puede que así sí, pero, ya sabes, la gente como Jack no muere.
—¿Y entonces dónde está?
—Creo que Jack está sonriendo y mirándoos a todos los duplicadores, pero hay otros, amigos nuestros, colegas míos, y está pensando, «¡bien por ellos!».
El anciano se rió con voz cascada.
—¿Amigos tuyos?
—Sí, amigos míos. ¡Con grandes planes! Lo sé todo. Cuando has sido amigo de Jack, lo eres para toda la vida, y también de todos los que son como él.
—¿Con quién están tus amigos? —quiso saber Ori, pero Jacobs no soltó prenda—. ¿Qué planes? ¿Quiénes son tus amigos? —El viejo se terminó la comida pasando los dedos por los restos de huevo y chupándoselos a continuación. Ni se fijó en Ori ni parecía importarle que estuviera allí. Se reclinó y descansó un momento y luego, sin mirar a su acompañante, salió al día nublado arrastrando los pies.
Ori lo siguió. No en secreto. Simplemente lo siguió hasta su casa, caminando unos pasos detrás de él. Una ruta lenta y lánguida. Por los restos del mercado de la calle Shadrach hasta el clamor de Galantina, donde algunos fruteros y carniceros tenían sus tenderetes.
Espiral Jacobs hablaba con mucha de la gente con la que se cruzaba. Le daban comida y unas pocas monedas.
Ori observó la sociedad de los vagabundos. Mujeres y hombres de rostro gris, vestidos con ropas que parecían capas de piel muerta, saludaban a Jacobs o lo maldecían con fervor fraterno. A la sombra carbonizada de una oficina incendiada, Jacobs pasó más de una hora bebiendo con los vagabundos de Galantina, mientras Ori trataba de entenderlo.
En una ocasión, un grupo de chicos y chicas, matones todos ellos, con una vodyanoi e incluso un joven garuda urbano entre sus filas, se acercaron para tirarles piedras. Ori se levantó, pero los mendigos empezaron a gritar y a sacudir los brazos con agresividad casi ritualizada y los niños no tardaron en marcharse.
Espiral Jacobs regresó al Gran Alquitrán, a las madrigueras de ladrillo y al refugio de Griss Bajo, que era lo más parecido que tenía a una casa. Ori estudió sus andares tambaleantes, estudió cómo se lanzaba sobre los montones de basura al llegar a las intersecciones. Estudió sus hallazgos: desconcertantes restos. Ori examinó con detenimiento cada pieza, como si Espiral Jacobs fuera un mensaje que le enviaban desde el pasado, y que, si ponía el suficiente cuidado, podría llegar a descifrar. Un texto de carne.
La enjuta y pequeña figura atravesó el tráfico de Nueva Crobuzon, entre carromatos repletos de verduras de las granjas y la Espiral de Grano. Por puentes como morones cruzó los canales que surcaban las barcazas cargadas de antracita, y caminó entre multitudes formadas por paseantes vespertinos, niños, hombres que discutían, mendigos, un puñado de gólems, raídos tenderos que frotaban sus escaparates tratando de borrar graffiti heliotipados y eslóganes radicales de sus escaparates, entre paredes húmedas que se elevaban y parecían desmoronarse, como si sus ladrillos fueran de una materia efervescente capaz de evaporarse.
Cuando, al cabo de largo rato, una hemorragia de colores profundos empezó a cubrir el cielo, se percató de que habían llegado a la estación Trauka. Las vías del tren pasaban sobre ellos en una trayectoria ajena a las terrazas que había debajo. Espiral Jacobs volvió a mirar a Ori.
—¿Cómo os conocisteis?
—¿Jack y yo? —Jacobs balanceó las piernas. Se encontraban en la Sombra, junto a la orilla, con las piernas colgando sobre la barandilla. En el río, una forma alquitranada, una casa vodyanoi a oscuras, emergía de las aguas. La voz de Jacobs tenía cierto ritmo, y Ori tuvo la impresión de que estaba escuchando un cuento-canción tradicional de la tierra de Jacobs—. Jack el Man’Tis era algo digno de verse. Sobrevivió a los demonios de la noche. Fue él quien salvó este lugar de aquella maldición onírica, hace años, antes de que tú nacieras. Luchó contra la milicia. —Abrió y cerró los dedos como si fueran unas tijeras—. Yo le conseguía cosas que necesitaba. Era su informador.
A la luz de las farolas de gas, Ori contemplaba el heliotipo. Pasó el dedo sobre la pinza de Jack Mediamisa.
—¿Y los demás?
—Yo vigilo a todos los hijos de Jack. Toro es uno de ellos, uno con grandes ideas. —Jacobs sonrió—. Si conocieras sus planes…
—Cuéntamelos.
—No puedo.
—Cuéntamelos.
—No puedo hacerlo. Toro lo hará.
La información —un lugar, un día— pasó entre ellos. Ori plegó la imagen.
Los periódicos de Nueva Crobuzon estaban repletos de historias de Toro. Había imaginativos grabados de una terrible criatura musculosa con cabeza de toro, y descripciones de salvajes rugidos bovinos que se elevaban sobre los tejados de Mafatón y El Cuervo, las casas de los barrios altos y las oficinas del gobierno.
Todas las hazañas de Toro habían sido bautizadas y los periodistas eran adictos a mencionarlas. Había entrado en la cámara acorazada de un banco y, tras cubrirla profusamente de eslóganes, se había llevado varios miles de guineas, de los cuales había repartido algunos cientos entre los niños de Malado. En el Digest, Ori leyó:
Por fortuna, éste, EL CASO DE LOS MILLONES DE MALADO, no ha tenido un desenlace tan sangriento como EL CASO DE LA SECRETARIA APISONADA o EL CASO DE LA VIUDA ASFIXIADA. Estos incidentes anteriores deben servir para recordar a la población que el bandido conocido como Toro es un cobarde y un asesino que si se ha granjeado cierto grado de simpatía es sólo gracias a su extravagancia.
Ori recibió mensajes por los intrincados y secretos conductos de Nueva Crobuzon. Tuvo que esperar tres veces en la esquina que Espiral Jacobs le había indicado, en el Vado de Manes, bajo unos carteles que indicaban el camino a Crawfoot y la avenida Diente, junto al viejo museo de cera. Había esperado bajo el sol, con la espalda apoyada en una pared enyesada, mientras los niños de las calles trataban de venderle nueces y cerillas en pliegues de papel de colores.
Cada una de aquellas citas le costó la paga de un día y parte de la reputación que se había labrado entre quienes reclutaban a los temporeros en Gran Aduja. Tuvo que espaciarlas en el tiempo para no morirse de hambre o arriesgarse a agotar la paciencia de su casera. Volvió al grupo de lectura del RR, a sentarse, un Jack entre otros Jacks, y hablar de las iniquidades de la ciudad. Curdin se alegró de verlo. Ori expresaba ahora su desacuerdo con mucha mayor templanza. Se regodeaba en su secreto. Ya no soy uno de vosotros, pensaba, y se veía a sí mismo como un espía de Toro.
En la esquina de la calle lo saludó una niña con un vestido harapiento, que no tendría ni diez años. Le regaló una sonrisa, encantadora a pesar de la ausencia de varios dientes. Le ofreció un cucurucho de papel lleno de nueces y al ver que él sacudía la cabeza, dijo:
—Es un regalo del caballero. Ha dicho que era para usted.
Cuando abrió el cucurucho, el mensaje que contenía el papel resultaba legible a pesar de las manchas de grasa de las nueces tostadas. «Te he visto esperando. Tráeme viandas y plata de la mesa de un hombre rico». Debajo había un circulillo con cuernos, el símbolo de Toro.
Fue más fácil de lo esperado. Escogió una casa en Gidd este. Luego pagó a un muchacho para que rompiera una ventana de la fachada mientras él se colaba por los arbustos, forzaba la puerta del jardín, y cogía cuchillos, tenedores y una gallina de la mesa. Los perros lo persiguieron, pero Ori era joven y ya había escapado otras veces de situaciones parecidas.
Nadie iba a comerse la masa grasienta que pasó toda la noche marinándose en su saco. Era un examen. Al día siguiente, en el sitio de costumbre, dejó la bolsa en el suelo y no la recogió al marcharse. Sentía una gran excitación.
«Mmm, bien», decía la siguiente nota, entregada también como envoltorio de alguna delicia de las calles. «Ahora necesitamos el dinero de cuarenta nobles».
Ori cumplió la misión. Hizo lo que se le ordenaba. No era un ladrón, pero conocía a varios. Lo ayudaron o le dijeron lo que había que hacer. Al principio no disfrutaba de aquellas aventuras anárquicas, en las que terminaba corriendo en plena noche, con un saco bamboleándose en las manos y perseguido por los chillidos de elegantes señoras.
Detestaba ser un ratero del lumpen, pero sabía que algo más refinado podía atraer la atención de la milicia. Como cuando huía corriendo por calles abarrotadas, poco antes del amanecer, y tal como estaba previsto, las bandas callejeras inundaban las calles a su paso y los oficiales tenían que abrirse paso a la fuerza, empleando las porras. Dos veces lo hizo, y en ambas, al terminar le costó dejar de temblar. Empezaba a sentirse vivificado, embargado por la vasta excitación que le provocaban aquellos actos, por la sensación de estar haciendo algo palpable. La tercera vez y las veces siguientes no tuvo miedo.
Nunca tomaba un solo estíver del dinero que robaba. Lo entregaba todo a su invisible remitente. Las entregas se multiplicaron. Perdió la cuenta. Los robos se convirtieron en algo rutinario. Toro debió de completar la cuenta de los cuarenta nobles: apareció un encargo nuevo. Esta vez en un tubo de cera cubierto de surcos, que tuvo que llevar al tenderete de un voxiterador.
Sobre el siseo de la aguja escuchó una voz, apenas audible entre crujidos. «Muy bien muchacho ahora vamos a ponernos serios vas a traernos la cresta de un miliciano».
Veía a Espiral Jacobs todas las semanas. Habían desarrollado un idioma de elipsis y evasión. Él no se mostraba locuaz —nunca admitía nada— y Espiral Jacobs seguía hablando con su errática lógica. Ori descubrió que la locura del viejo era en parte una fachada.
—Me han puesto a hacer cosas —dijo Ori—. Tus amigos. No son muy acogedores que digamos, ¿eh?
—No, no lo son, pero cuando consigues su amistad, es para toda la vida. He estado mucho tiempo en ese refugio. Mucho tiempo, preguntándome si encontraría a alguien que pudiera presentarles.
Ori y Espiral Jacobs discutían de política a su cuidadosa y velada manera. Entre los chaverim del RR, Ori se mostraba taciturno y vigilante. Su número menguó y volvió a aumentar. Sólo una mujer de la fábrica de Vadoculto acudía siempre. Cada vez hablaba más, y cada vez con mayor conocimiento de causa.
Ori escuchaba con una especie de nostalgia y se preguntaba, ¿cómo voy a hacerlo?
Fue a la Perrera, donde sabía que sería más difícil encontrar milicianos, pero podría ocultarse. Necesitó dos intentos, un montón de planificación y varios shekels en sobornos. De noche, en la oscuridad que cubría la parte inferior del puente de la Cebada. Una patrulla de dos hombres atraída por un chaval sin aliento que gritaba que habían tirado a alguien al agua, mientras un grupo de camaradas suyos organizaba alboroto. Una joven prostituta chillaba en las negras aguas mientras los trenes pasaban silbando sobre sus cabezas. El temor que exhibía en sus convulsiones era genuino (no sabía nadar, pero la mantenían a flote dos niños vodyanoi que, sumergidos debajo de ella, agitaban el agua con el equivalente submarino a una risilla).
La primera noche, los milicianos se limitaron a quedarse parados en la orilla, apuntando con las linternas a la mujer mientras los niños les pedían a gritos que la salvaran. Los milicianos dijeron a la mujer que aguantara y fueron a pedir ayuda; y Ori emergió, llevó a la prostituta a la orilla y escapó corriendo con todos los demás.
La segunda noche, uno de los agentes dejó la casaca y las botas a su compañero y se zambulló en el agua fría. Los vodyanoi se sumergieron y la mujer reaccionó con evidentes muestras de pánico y empezó a hundirse. El caos en el agua no era fingido. Los demás niños se apelotonaron alrededor del otro miliciano, gritándole que hiciera algo y dándole empujones, hasta que se cansó y, con un rugido, agitó la porra a su alrededor, pero para entonces ya era demasiado tarde. Los chavales habían echado mano al fardo con la ropa de su compañero, a pesar de que seguía sujetándolo, y lo habían desvalijado.
Ori dejó la placa y un zapato viejo en la esquina de Toro. Cuando volvió, dos días después, alguien lo esperaba allí.
Hombro Viejo era un cacto. Delgado y menudo para su raza, más bajo que Ori. Pasearon por el mercado de carne. Ori vio que los precios seguían subiendo.
—No sé quién te ha traído hasta nosotros y no voy a preguntártelo —dijo Hombro Viejo—. ¿Dónde has estado hasta ahora? ¿Con quién?
—El doble R —dijo Ori, y Hombro Viejo asintió.
—Sí, bueno, no quiero decir nada malo sobre ellos, pero vas a tener que elegir, chaval. —Miró a Ori con un rostro cuyo verde estaba blanqueado por muchos años de sol. La imagen hizo que Ori se sintiera muy joven—. Con nuestro amigo las cosas son muy diferentes. —Se rascó el puente de la nariz extendiendo el primero y el último de sus espinosos dedos—. Me importa un esputo lo que habría dicho Flex o cualquiera de ésos. Se acabó lo de filosofar. A nosotros no nos interesa el concepto de la plusvalía, los gráficos de tendencias de la polarización de la riqueza ni nada de todo eso. Con el doble R todo son teorías y más teorías.
»Por mí pueden seguir como si estuvieran en la universidad. —Se habían detenido entre las moscas y el cálido olor de la carne, entre los gritos de los vendedores—. Lo único que me importa es lo que haces tú, colega. ¿Qué puedes hacer por nosotros? ¿Qué puedes hacer por nuestro hombre?
Lo emplearon como mensajero. Tenía que demostrar su valía recogiendo paquetes o mensajes que Hombro Viejo dejaba para él, transportándolos sin investigarlos, y entregándolos a hombres o mujeres que lo miraban con desconfianza y lo despedían antes de abrirlos.
Se emborrachaba en Los dos gusanos, con sus amigos novistas. Seguía acudiendo a los debates del Renegado Rampante. Historias ocultas: «Jabber, ¿santo o truhán?»; «El consejero de hierro: la verdad tras el estarcido». La joven hilandera se había convertido en una autoridad en política. Ori se sentía como si estuviera presenciándolo todo a través de una ventana.
En la primera semana de tethis, un día inesperadamente fresco, Hombro Viejo le dijo que iba a trabajar como centinela. Hasta el último instante no le dio más detalles, y Ori volvió a sentir la misma excitación de antes.
Estaban en el Barrio Óseo. Presenciaron cómo se extendía el atardecer formando lívidas sombras entre las siluetas de las garras del Barrio, las Costillas.
La ancestral osamenta a la que la zona debía su nombre se elevaba más de setenta metros en el aire, agrietada, amarillenta, enmoheciendo a un ritmo geológico, empequeñeciendo las casas que la rodeaban.
Iba a ser un golpe contra el jefe del hampa, Motley. Ori ni siquiera sabía dónde se produciría. Estaba como extasiado. Vigiló y vigiló, pero la milicia no dio señales de vida. Su mirada llegaba hasta el claro que había bajo los huesos, la maleza urbana en la que los acróbatas y vendedores de imágenes contaban sus ganancias, ajenos a la monstruosa caja torácica que los rodeaba.
Vigiló sin ver nada, frenético, deseando tener una pistola. Pasó una banda de jóvenes. Lo miraron y decidieron no molestarlo. Nadie se le acercó. El silbato permaneció en su puño tenso. Ni siquiera se dio cuenta de que había pasado algo hasta que Hombro Viejo llegó por detrás, lo zarandeó violentamente y dijo:
—A casa, chaval. El trabajo está hecho.
Ori no hubiese podido decir cuándo se convirtió en miembro de la banda. Hombro Viejo empezó a presentarle a otros, a introducirlo en conversaciones furtivas.
En los pubs, en las chabolas y laberintos del Vado de Manes, Ori discutía las tácticas con los hombres de Toro. Estaba a prueba. Sentía una culpa viscosa cuando sus nuevos camaradas se burlaban del Caucus —«la pompa del pueblo» lo llamaban— o del Renegado Rampante. Seguía acudiendo a los debates del doble R, pero a diferencia de lo que había ocurrido durante los meses que había pasado allí, ahora veía inmediatamente el impacto de sus nuevas actividades. Estaban en la prensa. Ori había sido el vigilante en lo que se llamó «el caso del golpe de Barrio Óseo».
Le pagaban por cada golpe. No mucho, pero lo suficiente para compensar los jornales que estaba perdiendo y un poco más. En Los dos gusanos y el Miserable Mendigo, pagaba rondas generosas y los novistas bebían a su salud. Esto le hacía sentirse nostálgico.
Y en el Vado de Manes tenía compañeros nuevos: Hombro Viejo, Ulliam, Rubí, Enoch, Kit. Se palpaba una especie de entusiasmo entre los forajidos de Toro. Sus vidas eran diferentes, más ricas y tenues, porque eran peligrosas.
Si me cogen ahora, no se limitarán a encerrarme, pensaba Ori. Seguro que me rehacen, como poco. O puede que me ejecuten.
Ahora daban golpes en Gran Aduja casi todas las semanas. Había problemas en el Meandro de las Nieblas. Los calamitas habían atacado el gueto khepri de Ensenada. La milicia irrumpió en la Perrera, Piel del Río y el Aullido y se llevó a varios sindicalistas, maleantes de poca monta y novistas. En una de estas incursiones, el más destacado exponente de la corriente poética conocida como GotaGota recibió una paliza que le costó la vida, y su funeral degeneró en un pequeño motín. Ori estuvo en el sepelio, y arrojó piedras como todos los presentes.
Se sentía como si estuviese despertando. Su ciudad era una alucinación. La tensión se mascaba en el aire. Podría haberla cortado con un cuchillo. A diario veía piquetes y cantaba con sus ocupantes.
—Ya queda menos —dijo Hombro Viejo. Parecía encantado—. Cuando acabemos… Cuando nuestro amigo pueda pasar finalmente y… eh, encontrarse con ya sabéis quién…
La banda entera lo miró de soslayo, y Ori se dio cuenta de que varios ojos se volvían un momento hacia él. No sabían si debían hablar de aquello delante de él. Pero no podían guardar silencio total. Tuvo cuidado y no cedió al deseo de preguntar, «¿quién? ¿Quién es ya sabéis quién?».
Pero Hombro Viejo estaba mirando fijamente un quiosco de un callejón, cuyo grueso pilar tenía varias pieles superpuestas, hechas de carteles viejos. Había un heliotipo xilografiado, la austera rendición de un rostro conocido, y Ori, al ver que Hombro Viejo no apartaba los ojos de él mientras seguía hablando, comprendió lo que le estaba diciendo.
—Acabaremos con todo —dijo el viejo cacto—. Lo cambiaremos todo cuando nuestro amigo conozca a alguien.
Llevaba varios días sin ver a Espiral Jacobs. Cuando finalmente fue a buscarlo, el vagabundo se mostró distraído. No había visitado el refugio desde hacía algún tiempo, y parecía exhausto, más descuidado y mugriento que de costumbre.
Ori había seguido las pistas que le habían facilitado otros hombres y mujeres olvidados hasta encontrarlo, en El Cuervo. Caminaba arrastrando los pies entre las grandes tiendas del distrito central de la ciudad, con sus estatuas y sus fachadas de grandioso mármol y piedra blanca y cuidada. Jacobs tenía una tiza en la mano, y cada pocos pasos se detenía, murmuraba algo para sus adentros y dibujaba un signo casi invisible y carente de significado en la pared.
—Espiral —dijo Ori y el vagabundo se volvió, tan furioso por haber sido interrumpido que el muchacho se sobresaltó. Pasó un momento antes de que se recompusiera.
Se sentaron en la plaza BilSantum, entre los malabaristas. Bañada en las cálidas tonalidades del atardecer, la estación de la Calle Perdido se erguía frente a ellos. Su variopinta arquitectura, las cinco líneas que emergían de sus elevadas bocas-arco como las puntas de una estrella y se alejaban en direcciones diferentes, resultaba inquietante, colosal e impresionante. La Espiga, el minarete de la milicia, se ascendía hacia los cielos sobre su extremo occidental. La estación de la Calle Perdido parecía apoyarse en ella, como un hombre con su bastón.
Ori dirigió la mirada hacia las siete vías férreas que salían de la cima de la Espiga. Siguió una de ellas en dirección sudeste, sobre las luces rojas del salubre distrito llamado Hogar de Esputo, sobre la Ciénaga Brock, barrio de los eruditos, hasta otra torre, y luego hasta la isla Strack, y hasta el propio Parlamento, rodeado por los ríos convergentes.
—Es el Alcalde —dijo Ori, mientras Espiral, aparentemente ajeno a sus palabras, seguía jugando con su tiza y pensando en sus cosas—. La banda de Toro está harta de liquidar cabos de la milicia y otros desgraciados. Quieren montar una buena. Van a matar al Alcalde.
Cualquiera hubiese pensado que Espiral Jacobs estaba demasiado ido como para que le importara, pero Ori vio sus ojos. Vio cómo se abría y cerraba aquella boca desdentada. ¿Era un gesto de sorpresa? ¿Qué otra cosa podía hacer aquel bandido proletario?
Y aunque Ori se hubiese dicho que sólo se lo contaba a Espiral movido por una especie de sentido del deber, por la sensación de que el viejo luchador, el camarada de Jack Mediamisa, merecía saberlo, en realidad había algo más. Espiral Jacobs estaba implicado desde el momento en que, a su caótica manera, había conducido a Ori hasta aquel brutal y liberatorio acto político. Aquél había sido el comienzo.
—Ven a la sopa mañana —dijo Espiral Jacobs de repente—, prométemelo.
Ori lo hizo. Y puede que supiera lo que había en la bolsa que Jacobs le llevó. Pero cuando la abrió en su cuarto, mucho más tarde, solo junto a su vela, no pudo silenciar sus exclamaciones de asombro.
Dinero. En rollos y fajos. Un enorme botín de monedas y billetes, docenas de numerarios diferentes, shekels; nobles y guineas, sí, con varias décadas de antigüedad las más modernas, pero también ducados, y dólares y rupias y arenarios y arcanos baubis, monedas cuadradas, pequeños lingotes de provincias marítimas, de Shankell, de Perrick Nigh y de ciudades a cuya existencia Ori no estaba seguro de dar crédito. Las heces de la vida de un salteador de caminos o un filibustero.
«Una contribución», decía la nota que lo acompañaba. «Para ayudar a un buen plan. En recuerdo de Jack».