El Consejo de Hierro

El Consejo de Hierro


Cuarta Parte: Manifestaciones » 14

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La multitud estaba persiguiendo a un tullido. Uno de los soldados o marineros de la guerra de Tesh. Parecían estar en todas las calles, como si hubieran salido de debajo de las piedras.

Ningún periódico decía que la guerra fuese mal, pero la afluencia de heridos y mutilados sugería desastres. Ori se imaginaba los acorazados de Nueva Crobuzon, escorados, heridos de muerte, yéndose a pique en aguas templadas por la guerra, se imaginaba una capa de hombres sobre las olas, pasto para las sierpes marinas o los tiburones. Corrían terribles rumores. Todo el mundo hablaba de la batalla de Malaterra y de la lucha en el sol.

La primera oleada de heridos fue recibida con miedo y respeto. Eran milicianos, es decir, gente con la que convenía mantener las distancias, pero habían luchado y habían caído por la ciudad, así que se extendió un sentimiento de auténtica indignación y durante algún tiempo las canciones patrióticas estuvieron de moda. Los pocos teshi que quedaban en la ciudad fueron asesinados o se ocultaron. Cualquiera que tuviese acento extranjero se arriesgaba a recibir una paliza.

Cada vez con mayor frecuencia, se reclutaba a los criminales en lugar de rehacerlos o enviarlos a prisión. Muchos de los desgraciados que mendigaban y hablaban a gritos del cañón de almas y los vientos efreti de Tesh habían sido reclutados a la fuerza y enviados directamente al frente. No eran milicianos de carrera. Eran un recuerdo inquietante y penoso.

Los veteranos pasaron de ser bienvenidos a ser recibidos con frialdad, luego con hostilidad y finalmente con agresividad. Los milicianos, sus antiguos camaradas, los sacaban de los parques y de las plazas de los barrios elegantes. Ori había visto cómo se llevaban a un hombre de la plaza de las Iglesias. Tenía la piel cubierta por marcas de dentaduras que parecían brotar de su interior, y murmuraba algo sobre una bomba dental.

Los habitantes de Nueva Crobuzon daban limosna a las obras de caridad que se ocupaban de las víctimas de la taumaturgia. Todavía había marchas y discursos a favor de la guerra: «desfiles por la libertad», los llamaban, con sus trompetas y sus carrozas militares. Pero los supervivientes que regresaban a casa con aquellas extrañas lesiones descubrían que se les consideraba gafes.

¿Y aquellos cuyas heridas eran sencillas y somáticas, no lesiones mágicas? Los heridos, los que habían perdido algún miembro en lugar de tener demasiados, los ciegos, cargados con carteles que rezaban VETERANO DE LA GUERRA DE TESH, HERIDO POR N. CROBUZON. Seguro que muchos de ellos eran tullidos que querían revestir sus viejas heridas con la respetabilidad del soldado heroico, y el resentimiento y la ansiedad que inspiraba a los crobuzonianos la guerra que estaba librando su ciudad encontraba en ellos una válvula de escape.

Sólo hacía falta que una voz alzase una acusación —«tú naciste así, cabrón mentiroso»— para que se reuniera una multitud y persiguiera al lisiado ortodoxo. Lo hacían por Nueva Crobuzon; como es lógico, decían: «bastardo, ¿cómo te atreves a compararte con nuestros muchachos, que están luchando y muriendo en el frente?». La turba de la Sombra se aproximó al obeso hombre sin brazos al que acusaba de mentir. Alguien exclamó que nunca había estado en un barco. El hombre gritó su rango mientras lo apedreaban. Ori siguió su camino.

Otras víctimas sabían que no tenía sentido quejarse: los rehechos, milicia-esclava fabricada para la guerra, que habían sobrevivido a la prueba. Les decomisaban los brazos mecánicos antes de soltarlos en las calles de Nueva Crobuzon. Si trataban de decir que aquellas cicatrices —o la carne segada, los ojos perdidos y los huesos mal soldados— eran lesiones de guerra, se convertían, en el mejor de los casos, en objeto de escarnio. Ori siguió su camino.

Era un verano fresco y dirigió sus pasos a una frondosa arboleda hasta que dejó de oír los gritos de la multitud o del hombre al que estaban golpeando y acusando de traición. Una brisa lo acompañó al pasar bajo el arco de la estación de Aguas Negras. Las calles eran como venas tensas, con casas de arboscuro y estuco blanco junto a otras de ladrillo, y allí, otra totalmente calcinada, cuyos huesos de carbón sobresalían entre las cenizas aún por recoger. Las murallas de Pincod, en la zona oeste de Nueva Crobuzon, se bebían el agua que contenía el aire y la sudaban, haciendo que el yeso se hinchara como si estuviera cubierto de quistes. Su humedad era brillante y multicolor.

Hacia el norte las calles se ensanchaban. La Piazza della Settimana di Polvore era un jardín engalanado de zora-rosas y estelas altas de piedra, sobre las que se asomaban la ventanas de moldura de estuco de la Letrina. A Ori no le gustaba aquel lugar. Él se había criado en la Perrera. No era la jungla anárquica de Malado, no era tan malo, pero el niño Ori había aprendido a correr por laberintos de edificios modificados por el ingenio de los pobres, por planchas que cruzaban sobre lavaderos y retretes. Había rapiñado peniques y estíveres entre el barro de las cunetas, había aprendido a pelear y todo lo que sabía de sexo y la rápida y teatral jerga de las Docenas de la Perrera. Ori no comprendía la geografía de la Letrina o cualquier otro de los barrios elegantes. No sabía por dónde podían correr allí los niños. Aquellas casas austeras lo amedrentaban, y las odiaba por ello.

Su hostilidad se hinchó al ver las miradas que le dirigían los elegantes habitantes del barrio. Ori acarició sus armas.

En el cruce vio a sus contactos. En lugar de reaccionar a su presencia, Hombro Viejo y los otros siguieron caminando sin alterar el paso bajo los sauces que engalanaban cada esquina, en dirección a la avenida Cuadrícula.

Era uno de los lugares más bonitos de la ciudad. Las casas y los comercios se levantaban como pilares, tachonados de fósiles, como era característico del antiguo estilo Os Tumulus. Delante había un muro entero hecho del famoso vidral, una fachada de cristal tintado de siglos de antigüedad que se extendía entre dos edificios. Había una guardia asignada permanentemente allí y los carromatos tenían prohibido pasar por las calles empedradas de las proximidades por si las ruedas hacían saltar algún guijarro fortuito. En una ocasión, Ori había propuesto que la rompieran como acto de provocación, pero incluso la banda de Toro había respondido con espanto ante la idea. No estaban allí para eso. Hombro Viejo caminó disimuladamente hacia una oficina.

Y entonces, el cuidadoso ballet que tantas veces habían interpretado en el desierto almacén: dos pasos, uno, dos, Ori se puso junto a la puerta y tropezó, tres cuatro, con la mujer, Catlina; arrastraron los pies como habían ensayado; Ori tropezó; Marcus penetró a hurtadillas en la oficina acompañado por Hombro, mientras Ori y Catlina, los señuelos, empezaban a gritar.

Las luces elictro-barométricas chisporrotearon a su alrededor, haciendo que resplandeciera el vidral y tiñendo a Ori y Catlina de colores fantasmales. Mientras seguían peleándose, él observaba la puerta asomándose sobre los hombros de Catlina, preparado para llamarla «perra», a lo que ella respondería lanzando gritos, en cuanto alguien pareciera disponerse a echar un vistazo en la oficina donde estaban sus camaradas. Ya debían de estar interrogando a su objetivo. «¿A quién has vendido?», estaría diciendo Hombro en aquel momento.

Los guardias del vidral se aproximaron, pero sólo se fijaron en Catlina y Ori. Los tenderos observaban entre cautos y divertidos, mientras los clientes elegantes cotilleaban desde las terrazas de los cafés. Ori estaba asombrado. ¿Es que no sabían que estaban pasando cosas? ¿Cómo conseguía aislarse la Letrina?

Pronto —y el pensamiento lo incomodaba, a pesar de que era justo lo que él había estado buscando, crueldad—, pronto Hombro Viejo mataría al soplón. Lo haría rápidamente y luego golpearía el cadáver con un cestus de dos puntas que lo dejaría marcado como la víctima de una cornada.

«Hay una guerra», sentía ganas de gritar Ori. «Fuera de la ciudad. Y dentro también. ¿Es que no lo dicen vuestros periódicos?». En lugar de hacerlo, siguió interpretando su papel.

Toro les daba instrucciones. No se mostraba amargo ni cruel, pero siempre subrayaba lo que era necesario. Aquello lo era. Toro había relacionado al tipo con una cadena de arrestos, con las torres de la milicia, con los pelotones de secuestradores que acechaban a los sindicalistas y activistas. El hombre de la oficina era un miliciano, un agente doble, un nexo de informadores. Hombro Viejo le sacaría lo que pudiera, y luego lo mataría.

Ori recordó la primera vez que había visto a Toro.

Todo se remontaba al dinero de Espiral Jacobs. «Quiero hacer una contribución», había dicho Ori, y había hecho saber a Hombro Viejo que no se trataba de las ganancias de la última semana. «Quiero entrar», le había dicho, y Hombro Viejo había apretado sus verdes labios, había asentido y había reaparecido dos días después. «Vamos. Trae el dinero».

Habían cruzado el puente de la Cebada desde la Perrera para llegar a Malado. Un paisaje apocalíptico de chatarrerías y astilleros abandonados hace tiempo, donde las quillas de los navíos asomaban desde su retiro de los bajíos. Nadie saqueaba aquellas esculturas de herrumbre. Hombro Viejo llevó a Ori hasta un hangar donde antes se construían dirigibles, y el muchacho esperó a la sombra del mástil de amarre.

Llegó la banda. Un grupo pequeño de hombres y mujeres; un rehecho llamado Ulliam, un robusto cincuentón que caminaba cuidadosamente, pues su cabeza, doblada sobre el cuello, estaba orientada hacia atrás. Nueva espera. La luz del atardecer, refractada por la ciudad, penetraba por los paneles de cristal, y en su corona apareció Toro.

Cada uno de sus pasos levantaba pequeñas nubes de polvo. Toro, pensó Ori y lo miró fijamente, con una mezcla de reverencia y miedo.

Toro se movía como un momo, con unos andares tan exagerados y tan poco taurinos que Ori estuvo a punto de echarse a reír. Era más flaco que él, y más menudo, casi como un niño, pero caminaba con una precisión que decía «debéis temerme». La delgada figura estaba coronada por un colosal casco, una enorme mole de hierro y bronce que parecía demasiado pesada para ser transportada por aquellos músculos tan pequeños, pero Toro no lo acusaba. Como es lógico, el casco era una cabeza de toro.

Estilizado, hecho de nódulos de forja, cubierto de recuerdos de distintas peleas. Era el mito, aquel casco. Algo más que tosco metal. Ori percibió el sabor de los embrujos. Los cuernos eran de marfil o hueso. El morro terminaba en una rejilla que imitaba una dentadura; el tubo de escape era el anillo de la nariz. Los ojos eran unas diminutas portillas de cristal templado, perfectas, redondas, que despedían una luz blanca, si artificial o mágica, Ori no podía saberlo. No se veían ojos humanos tras ellas.

Toro se detuvo, levantó una mano y habló, y de aquel pequeño cuerpo brotó un profundo bajo, una vibración animal tan grave que Ori experimentó un deleite genuino. Pequeñas volutas de vapor brotaban de la anilla del morro y Toro echó la cabeza hacia atrás. Ori estaba atónito. Era la voz de un toro, hablando en ragamol.

—Tienes algo para mí —dijo Toro, y, con la ansiedad de un peregrino, Ori arrojó al suelo el saco del dinero.

—Lo he contado —dijo Hombro Viejo—. Parte de él es viejo, y será complicado cambiarlo, pero hay mucho. El chaval es de confianza.

Y así fue como entró. Ni más pruebas, ni más misiones estúpidas para probarse.

Como era muy joven, hacía de vigilante o de señuelo, y con eso le bastaba. Ahora formaba parte de algo. No se le había ocurrido guardarse parte del dinero, aunque hubiese podido vivir bastante tiempo con él. Pero de todos modos, algo sí revertió a él: le pagaban por participar en sus crímenes y en sus actos de vengativa insurrección.

Nueva Crobuzon se convirtió en una ciudad nueva para él. Ahora, cuando miraba las calles, veía en ellas vías de escape y rutas para incursiones: recordó las técnicas urbanas de su infancia.

Vivía una existencia más salvaje. El corazón se le aceleraba al pasar junto a un miliciano; buscaba señales en las paredes. Entre la escatología, la pornografía y los insultos había marcas más importantes. Símbolos, runas y pictogramas trazados con tiza que señalaban los lugares donde tenía lugar alguna taumaturgia elemental (protecciones, preservaciones, travesuras que transformaban la leche y la cerveza). Había señales dejadas por sus adversarios y que estaba empezando a ver en todos los barrios: representaciones estilizadas del lóbulo de una oreja e ideogramas de múltiples puntas. Buscaba los graffiti que empleaban las bandas para comunicarse. Llamadas a las armas y parlamentos enunciados por eslóganes de pintura tersa. Apocalípticos cultismos y rumores: «Ecce Jabber», «¡Sálvanos, Vedne!», «¡El CH vuelve a casa!». Toro vivía en el espacio intermedio que separaba a otras facciones, como los proscritos, los renegadistas, las bandas de ladrones y los asesinos de la parte oriental de la ciudad. Ambos bandos conocían a su grupo.

Ori había negociado dos veces con gángsteres. Había ido con Hombro Viejo y el rehecho Ulliam a suplicar-amenazar la banda de violentos muchachos conocida como los Alcaudones de la Sombra y pedirles que se mantuvieran alejados de los muelles, a donde sus depredaciones nihilistas amenazaban con atraer a la milicia. Ori miró a los Alcaudones con palpable odio, pero les pagó, tal como Toro había ordenado. En una ocasión fue solo al Barrio Óseo, y a la vista de aquella inmensa, agrietada y antiquísima caja torácica, hizo un cuidadoso trato con el visir del señor Motley, que le vendió un importante cargamento de shazbah. Nunca supo lo que hizo Toro con él.

Raramente veía a Toro. La mayor parte del tiempo, aquélla era una vida insular y aburrida. No leían, como hacían los renegadistas. Sus nuevos camaradas se dedicaban a jugar en el almacén de Malado, o iban a «explorar», es decir, a vagabundear sin propósito concreto. Nadie hablaba nunca de su plan final, de su objetivo; nadie terminaba de decir abiertamente lo que quería decir. Nadie pronunciaba el nombre del alcalde, ni la palabra «alcalde», sino que hablaban del «jefe de la junta», o «el señor de la piara»: decir la verdad se había convertido en un juego de contraseñas. «¿Cuándo pensáis que podríamos ayudar a nuestro-amigo-de-la-junta-directiva a tomarse un año sabático permanente por allí abajo?», podía decir uno de ellos, y entonces discutían la rutina diaria del Alcalde y revisaban sus armas.

Ori no siempre sabía lo que estaban haciendo sus camaradas. En varias ocasiones se enteró de sus operaciones al oír o leer algo sobre algún golpe, como la liberación de los prisioneros de una factoría de castigo, o el asesinato de una pareja de viejos ricachones en la colina de la Bandera. Esto último indignó a los periódicos, que fustigaron a Toro por asesinar a inocentes. Ori se preguntó amargamente lo que habrían hecho las víctimas, a cuántos rehechos habrían creado o ejecutado. Registro el botín arrebatado por la banda a la milicia, las placas y los contratos, pero no encontró mención alguna al crimen cometido por la pareja.

Gracias a la contribución de Espiral Jacobs contaban con dinero para sobornar, y con generosidad, aunque Toro se llevó la mayor parte del dinero para emplearlo en algún proyecto caro y misterioso. Los toroanos se dedicaron a cazar informadores y contactos. Ori trató de reconstruir su propia red. Había descuidado a los viejos amigos. Llevaba semanas sin ver a Petron, o a cualquier otro de los novistas. Con una hostilidad nueva y disidente, había llegado a la conclusión de que eran demasiado frívolos, de que sus intervenciones eran simples amaneramientos. Pero cuando volvió a buscarlos, comprendió lo mucho que había echado de menos sus salvajes pasatiempos.

Y aprendió cosas de ellos. Descubrió lo deprisa que se aislaba de la circulación de los rumores cuando pasaba un par de días con la banda. Así que empezó a ir una vez por semana al reparto de sopa de Griss Bajo. Decidió que volvería a las reuniones del Renegado Rampante.

Había intentado no descuidar a Espiral Jacobs. El hombre no era fácil de encontrar. Desapareció durante mucho tiempo, y Ori sólo pudo dar con él dejando mensajes en los refugios y entre los vagabundos que eran la familia del viejo.

—¿Dónde has estado? —le preguntó Ori, y Espiral le dio una respuesta demasiado vaga. La neblina del anciano sólo parecía levantarse cuando hablaba de su antigua vida, de Jack Mediamisa.

—¿Cómo es que sabes tanto de los planes de Toro, Espiral?

El viejo se echó a reír y sacudió la cabeza de un lado a otro.

¿Eres amigo de Toro?, pensó Ori. ¿Os reunís y charláis de los viejos tiempos, del Man’Tis?

—¿Por qué no le diste el dinero tú mismo?

Nada.

—No los conoces, ¿verdad?

Ninguno de los miembros de la banda de Toro había reconocido a Espiral con la descripción que les había hecho. Creo que eres como yo, pensó Ori. El viejo lo miraba con un afecto fraternal. Creo que me diste el dinero para ayudarlos, y para ayudarnos a nosotros dos. La debilidad de la mente de Espiral iba y venía.

—Dichosos los ojos —le había dicho Petron en un turbio cabaret del Aullido. Ignoraron a la bailarina giratoria y los ilícitos mercadeos de las demás mesas.

—He estado ocupado.

—¿Con una nueva peña? —No había acusación ni veneno en la voz de Petron, las lealtades cambiaban con rapidez entre los bohemios. Ori se encogió de hombros.

—Hemos hecho algunas cosas interesantes, por si quieres volver. Los Flexibles han montado un nuevo espectáculo: «Rud, Gutter y la embajada del Diablo». No pueden usar el nombre de Rudgutter, como es lógico, pero tiene que ver con el verano de las pesadillas, de hace años; corre el rumor de que trataron de hacer algunos pactos turbios para solucionarlo.

Ori escuchó y pensó, dentro de unos años harán obras sobre mí. «Ori y el Toro que corneó al Alcalde». Las cosas serán diferentes entonces.

Los dos días de la cadena siguientes fue a El amorcito del frutero. La primera noche no había nadie allí. La segunda, la trampilla lo esperaba abierta y le dejaron entrar en la reunión del Renegado Rampante. Los Jack no eran los mismos de antes. El rehecho al que había conocido hacía meses seguía allí. Había un estibador vodyanoi y un cacto tullido al que Ori no recordaba, y algunos otros, leyendo.

Una mujer dirigía la reunión. Era menuda y vehemente, mayor que él pero todavía joven. Hablaba bien. Lo miró, y al ver que su rostro adquiría una expresión extraña se acordó de ella: era la hilandera.

Habló sobre la guerra. Fue una reunión muy tensa. El Renegado Rampante no sólo no apoyaba los fines de la guerra, explícitos o tácitos —esta posición era común entre todos los grupúsculos de la disidencia— sino que decía que luchaba activamente por la derrota de Nueva Crobuzon.

—¿Acaso crees que Tesh es mejor? —dijo alguien, furioso e incrédulo.

La hilandera replicó:

—No es que pensemos que es mejor, es que nuestro principal enemigo está aquí, aquí mismo.

Ori no habló. Se limitó a observar, y sólo se puso tenso un momento, cuando pareció que la indignación del hombre por lo que llamaba el amor a Tesh de la hilandera iba a tornarse violenta, pero ella consiguió calmarlo. Ori no creía que hubiese convencido a nadie —él no tenía una posición muy clara con respecto a la guerra, aparte del hecho de que los dos bandos eran unos bastardos y le daba igual quien ganase—, pero la chica había estado bien. Se quedó un rato después de que los demás se hubiesen marchado y la aplaudió, y en parte lo hizo en serio.

—¿Dónde está Jack? —preguntó Ori—. El Jack que antes dirigía esto.

—¿Curdin? —preguntó ella—. Ha desaparecido. La milicia. Lo trincaron. Nadie lo sabe.

Hubo un silencio. La muchacha recogió sus papeles. Curdin estaba muerto, o encarcelado o quién sabe qué.

—Lo siento.

Ella asintió.

—Has estado bien.

Volvió a asentir.

—Me habló de ti —dijo sin mirarlo—. Me dijo muchas cosas sobre ti. Para él fue una decepción que no volvieras. Pensaba mucho en ti. «Ese chaval está furioso», decía. «Espero que sepa lo que debe hacer con esa furia». Bueno… bueno, ¿y cómo son las cosas en el lado salvaje, Jack? ¿Cómo se vive en la Banda de Bonnot, o con Toro, o con el grupo de Poppy o con quien quiera que estés ahora? ¿Creías que nadie lo sabía? Bueno, cuéntame, ¿qué haces ahora?

—Más que tú. —Pero aquella petulancia le pareció detestable a él mismo y no quería tener una pelea, así que dijo—. ¿Cómo te has hecho con el control? —Lo que había querido decir era «sabes un montón, discutes bien, y has llegado hasta ahí». La última vez que se vieron él era un disidente experto, con una filosofía de la insurrección. Y ahora había estado presente en varios asesinatos y era más duro, y había sentido en sus carnes el cuchillo de un miliciano y sabía cómo tratar con la chusma más peligrosa del este de la ciudad. Pero ella sabía más que él, y sólo habían pasado unas semanas.

La muchacha se encogió de hombros.

—Son los tiempos —dijo. Trató de mostrarse desdeñosa, pero entonces lo miró a los ojos—. ¿Has…? ¿Cómo has podido hacerlo ahora? Precisamente ahora. ¿Qué crees que está pasando? ¿Sabes lo que está pasando? ¿No lo percibes? La semana pasada cerraron cinco fundiciones, Jack. Cinco. La Plataforma Rétif del sindicato de trabajadores del muelle está hablando con los vodyanoi para crear un sindicato interracial. Y son nuestros chaverim los que lo están impulsando, nuestro Renegado Rampante. La próxima manifestación la convertiremos en una asamblea y no tendremos que seguir entre estas cuatro paredes mohosas. —Señaló las agobiantes paredes y cerró los puños sobre los muslos. Estuvo a punto de dar un pisotón—. Y seguro que has oído las historias. ¿Sabes quién va a volver? ¿Quién vuelve a nuestro lado? ¿Y escoges este momento para convertirte en aventurero? ¿Para darle la espalda al pueblo?

La palabra hizo que Ori esbozara una sonrisa despectiva. Era pura jerga, el pueblo, el pueblo que al Renegado Rampante nunca se le caía de la boca.

—Estamos haciendo cosas —dijo. La vehemencia de la mujer le provocaba incomodidad… o puede que fuera melancolía, o nostalgia. No sabía nada de la acciones y cambios de los que ella le hablaba, de aquellas cosas de las que antes hubiese formado parte. Pero toda su excitación y todo su orgullo se alborotaron en su interior, se llevaron su ansiedad y le hicieron sonreír—. Oh, Jack —le dijo—. No sabemos lo que vamos a hacer.

Se abrió la puerta de la oficina, y salieron Hombro Viejo y Marcus. Sólo Ori los vio. El cacto lo miró un instante a los ojos y entonces desapareció entre la multitud de curiosos.

Cautelosamente, sin apresurarse, Ori le indicó a Catlina que habían terminado, y dejaron que sus voces se fueran apagando, como dos personas que se hartan de discutir. Mientras los trenes pasaban sobre su cabeza, iluminados por las farolas de gas, Ori se alejó bajo las vías elevadas y los arcos de la línea Dexter, bajo un cielo teñido de crepúsculo pardo, en dirección a Malado, donde Toro esperaba.

Regresó a su enmascarado jefe, al que veía tan poco, cuyo rostro no veía nunca, dejando tras de sí a un hombre muerto.

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