El Consejo de Hierro
Cuarta Parte: Manifestaciones » 16
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Hombro Viejo estaba encantado con la información de Ori, el nombre, pero desechó alegremente la historia sobre su procedencia.
—Has estado bebiendo en los pubs de Sheck, ¿eh, chaval? —dijo—. Esto es información interna. No quieres contármelo. Tienes un contacto y quieres guardártelo para ti. ¿Estás atesorándolo? ¿Atesorándola? ¿Es la zorra de algún oficial? ¿Has estado haciendo un poco de reclutamiento horizontal, Ori? Da igual. No sé lo que has estado haciendo pero esto… esto es oro puro. Así que no voy a presionarte.
»Confío en ti, chaval… No te habría metido en esto si no fuera así. Si decides que quieres guardarte la información, voy a suponer que es por una buena razón. Pero no puedo decir que me guste. Si estás jugando a algo —“Si estás trabajando para otros”, no lo dijo—, o incluso si estás haciéndolo por buenas razones pero resulta que te equivocas, si haces aunque sólo sea una llamada equivocada y todo se va al traste, tienes que saber que te mataré.
Sus palabras ni siquiera lograron intimidarlo. De repente, Hombro Viejo se le antojaba inmensamente aburrido.
Se plantó lentamente frente al cactacae y lo miró a los ojos.
—Daría la vida por esto —dijo, y era verdad, comprendió—. Mataré al Alcalde, decapitaré la serpiente de este puto gobierno. Pero, una cosa, Hombro, dime una cosa. ¿Y si estuviera jugándoosla? Si esta información que os he conseguido, esta información que nos va a permitir hacer lo que siempre habéis querido hacer, si fuera una trampa, ¿cómo ibas a matarme, Hombro? Porque entonces el que estaría muerto serías tú.
Fue un error. Lo vio en los ojos de Hombro Viejo. Pero Ori fue incapaz de arrepentirse de su provocación. Lo intentó pero no pudo.
Baron los asustaba a todos. Todos habían visto que sabía disparar y pelear, pero no sabían si poseía poder de persuasión. Le interrogaron con gran ansiedad hasta que saltó y les dijo que cerraran el pico. No tenían alternativa.
—Necesitamos un hombre que sepa hablar de miliciano a miliciano —dijo Toro. El mecanismo o la taumaturgia de su casco convertía las palabras en mugidos. Ori estudió su cuerpo, empequeñecido por el casco, pero a pesar de ello, por alguna razón, no ridículo, fibroso y duro como el de un bailarín. Las lámparas de aquellos ojos redondos y homogéneos despedían un abanico de luz—. Nosotros somos criminales —dijo—. No podemos hablar con la milicia. Nos verían venir. Necesitamos a alguien que no tenga culpa. Que sea uno de ellos. Que conozca la jerga de los barracones. Necesitamos a un miliciano.
Había barracones de la milicia por toda la ciudad. Algunos estaban ocultos. Todos ellos estaban protegidos con taumaturgia y plomo. Pero cerca de cada uno de ellos había algún pub de la milicia, y todos los disidentes sabían dónde.
Bertold Sulion, el sujeto cuyo nombre había dado Espiral Jacobs a Ori y que éste había transmitido a sus camaradas era, según Jacobs, un miembro insatisfecho de la Guardia Clípea, cuya lealtad estaba convirtiéndose en nihilismo o codicia. Debía de estar destinado en el propio Parlamento, junto a los aposentos del Alcalde o dentro de ésos. Y eso significaba el pub que había bajo las vías elevadas y la torre de la milicia en la punta de la Ciénaga Brock, en la convergencia de los dos ríos.
La Ciénaga Brock, el barrio de los magos. La parte más antigua de una ciudad ya antigua. En el norte, con calles de empedrado y desvencijados cobertizos de madera llenos a rebosar de equipo arcano, vivían los karcistas, los bionumanistas, los físicos y los taumaturgos de toda laya. En el sur del distrito, sin embargo, las alcantarillas no estaban tan inundadas de elixires; no flotaba en el aire una neblina de embrujos tan densa. Los científicos y sus industrias parasitarias iban desapareciendo bajo las atronadoras vías de los trenes elevados y las plataformas. La isla Strack y el Parlamento emergían del cercano río. Era en esta zona donde los miembros de la Guardia Clípea acudían a beber.
Era un puñado de calles estrechas, de bloques y vigas de cemento, industrial, afligido por el paso del tiempo y descuidado. Baron empezó a frecuentar los pubs de la zona —El Enemigo Vencido, La Placa, El Compás y la Zanahoria— para buscar a Sulion.
Los titulares de La Lucha, y El Faro hablaban de trabajosas victorias en el Estrecho de Fuegagua, de la derrota de los esquibarcos de Tesh y la emancipación de sus ciudades feudatarias. Había heliotipos borrosos en los que se veía a aldeanos y milicianos de Nueva Crobuzon intercambiando sonrisas, a la milicia ayudando a reconstruir una tienda de comida, a un cirujano de la milicia cuidando a un niño campesino.
La Forja, un periódico del Caucus, encontró a otro oficial desertor, como Baron. La guerra que relataba era totalmente diferente. «Y a pesar de todas las cosas que cuenta, las cosas que estamos haciendo», dijo Baron, «no estamos ganando. No vamos a ganar». Ori no estaba seguro de que aquélla no fuese la razón principal de su rabia.
—Baron me recuerda cosas que he visto —decía Ulliam—. Y no son buenas. —Era de noche y estaban en los campos Pelorus, al sur de Nueva Crobuzon. Un pequeño y apacible refugio de oficinistas y funcionarios, con enclaves como prósperas aldeas, jardines sin flores a causa del frío, bonitas fuentes, robustas iglesias y monumentos votivos consagrados a Jabber.
Ulliam y Ori corrían un riesgo estando allí. Con la propagación de las huelgas y la anarquía, en los Campos Pelorus se vivía bajo una sensación de asedio. A medida que los parlamentarios se reunían con los sindicalistas, cuyas demandas estaban cada vez más estructuradas, a medida que se iba alzando la voz del Caucus desde sus toscos organismos frontales, la ansiedad de los Campos Pelorus iba en aumento. Sus respetables ciudadanos, organizados en Comités para la Defensa de la Decencia, patrullaban las calles de noche. Copistas y actuarios aterrados que perseguían a los xenianos y a los mendigos, y a los rehechos que no mostraban el debido respeto.
Pero había lugares como El Bar de Boland. «Tengan un poco de cuidado, damas y caballeros», era lo único que Boland le decía a los poetas novistas, a los disidentes que acudían allí por su café y para ocultarse detrás de las ventanas cubiertas de enredadera. Ori y Ulliam se sentaban juntos. La silla del rehecho miraba en dirección contraria, para que su rostro estuviera orientado hacia delante.
—He visto hombres irrumpiendo en una habitación de esa manera —dijo Ulliam—. Fueron hombres como ésos los que me hicieron esto.
»Por eso Toro no me mandó a hablar con Motley… Yo antes trabajaba para él. Hace mucho, mucho tiempo. —Señaló su cuello.
—¿Por qué te rehicieron? ¿Y por qué así? —La pregunta era una muestra de confianza. Ulliam no se encogió al escucharla, no mostró el menor asombro. Se echó a reír.
—Ori, no te lo creerías, muchacho. No debías de ser más que un crío, si es que habías nacido. Ahora no puedo contártelo; es cosa del pasado. Yo era cuidador de animales, o algo parecido. —Volvió a reírse—. He visto cada cosa… Oh, los animales que he cuidado… Ya nada me asusta. Salvo, bueno, ya sabes… Cuando vi a Baron entrar en aquella habitación. No es que me asustara de nuevo, pero recordé lo que era sentirse de aquel modo.
»¿Alguna vez piensas en lo que haremos cuando hayamos acabado? —preguntó después de un rato—. El trabajo, digo. Con el jefe de la junta directiva. —Ori sacudió la cabeza.
—Cambiaremos las cosas. Las obligaremos a cambiar. —La excitación se agitó en su interior, como siempre que hablaba de esto, rápidamente—. Cuando hayamos cortado la cabeza y la veamos caer, la gente despertará. Nada podrá detenernos. —Lo cambiaremos todo. Cambiaremos la historia. Despertaremos a la ciudad, y ella se liberará a sí misma.
Al salir, mientras caminaban a pocos pasos de distancia (los enteros y los rehechos tenían prohibida la confraternización en los campos Pelorus) oyeron unos gritos a varias calles de distancia y vieron a una mujer que huía corriendo y cuya voz llegaba flotando sobre los adoquines iluminados de la avenida Wynion. «Ha llegado, ha llegado», gritaba, y Ori y Ulliam se miraron, tensos, y se preguntaron si debían acudir en su ayuda, pero entonces el sonido se transformó en un alarido y luego se desvaneció, y cuando dirigieron sus pasos hacia allí no pudieron encontrarla.
El día del muelle del 12 de octuario, apareció algo delante del frío sol de verano. Más tarde Ori no podría recordar si lo había visto en el momento de su llegada o simplemente había oído la noticia tantas veces que la había incorporado a su memoria.
Estaba en un tren. En la línea Hundida, pasando sobre las chabolas de Salpicaduras en dirección a la pendiente y las grandes mansiones de la colina Vaudois. Alguien que estaba en el mismo vagón, un poco más adelante, lanzó un chillido que Ori ignoró, pero entonces se le sumaron otros y miró por la ventana.
Los trenes avanzaban sobre los arcos, entre chimeneas que parecían pequeñas inflamaciones, minaretes, torres con la superficie agrietada por la humedad, como árboles de los manglares. Hacia el este, la vista estaba despejada. El sol de la mañana repartía sombras y haces de luz densa, y en su centro nadaba algo. Una figura minúscula en el núcleo del resplandor solar y hecha de la más profunda silueta, no una figura humana ni un plancton ciliado, ni un ave rápida y sobresaltada, sino todas estas cosas al mismo tiempo y muchas otras, en sucesión o en un instante. Se desplazaban con un reptar imposible, en línea recta, emergiendo del sol con movimientos natatorios que utilizaban la totalidad de sus contradictorias extremidades.
Un chorro de miedo químico emitido por la khepri que Ori tenía a su lado lo alcanzó en el rostro, y pestañeó hasta conseguir que el residuo desapareciera. Más tarde le contaron que toda la gente de la ciudad, de la colina de la Bandera, al norte, a Barracán, varios kilómetros al sur, en todos los puntos cardinales, vio a la criatura nadando en línea recta hacia ellos, creciendo en el corazón del sol.
Se aproximó cada vez más, ocluyendo la luz del sol hasta que la ciudad quedó sumida en las tinieblas. Una criatura danzante, natatoria. El tren estaba aminorando: se detendría antes de llegar a la estación de Trono de Manes. Seguro que el conductor había visto el sol y, aterrorizado, había frenado.
El cielo de Nueva Crobuzon trepidaba como si estuviera cubierto por una película de grasa. De plasma. La criatura parpadeó, paralizada entre estados de diferente tamaño, minúscula frente al sol y entonces, por un instante aterrador, allí, sobre las cabezas de todos los habitantes de la ciudad, tan amenazante, tan colosal, que empequeñeció a la propia Nueva Crobuzon y lo único que hubo en aquel momento fue un ojo de iris estrellado y teñido de funestos y alienígenas colores escudriñando entre todos los edificios, contemplando todas las calles, mirando a los ojos de todo el que lo estaba mirando hasta que la ciudad entera profirió un inmenso alarido de terror, y entonces la criatura desapareció.
Ori escuchó su propio grito. Sintió un dolor en los ojos y tardó varios segundos en comprender que se los estaba quemando, que estaba mirando fijamente el lugar en el que había estado la criatura, donde ahora volvía a estar únicamente el sol. Durante todo el día, un espectro borroso de tonalidades verdes le empañó la vista.
Aquella tarde hubo disturbios en el Meandro de las Nieblas. Los furiosos trabajadores de las fábricas corrieron hacia el Montículo de san Jabber, decididos a asaltar la torre de la milicia por alguna razón, por no haber conseguido protegerlos de aquella visión espantosa. Otros se dirigieron a Ensenada, y al gueto khepri, para castigar a los extranjeros que vivían allí, como si fueran ellos quienes habían enviado la aparición. La pétrea estupidez de aquella actitud presidía los furibundos comunicados del Caucus la mañana siguiente, pero nadie pudo contener a los pequeños grupos de gente armada que fue a castigar a los xenianos.
Los rumores corrían con rapidez, y al otro lado de la ciudad, Ori se enteró de los ataques mientras todavía estaban produciéndose. Supo, escasos minutos después de que ocurriera, que una duro farallón de milicianos había hecho frente a los sublevados en la base de su torre, respaldados por un destacamento de esferas de guerra y que las viscosas criaturas habían atacado a la muchedumbre.
Temía por las khepri del gueto.
—Hay que llegar allí —dijo, y mientras sus camaradas y él se tapaban la cara y sacaban las armas, vio que Baron lo miraba con fría incomprensión.
Ori comprendió que Baron iba a acompañarlos, no porque le importasen las khepri de Ensenada, sino porque la organización con la que estaba aliado había tomado una decisión.
—Toro nos encontrará —dijo Ori.
En un carruaje robado atravesaron velozmente Ecomir, pasaron bajo las colosales Costillas del Barrio Oseo, y cruzaron el puente Danechi y la Ciénaga Brock. El cielo estaba tachonado de formas oscuras, los dirigibles, mucho más numerosos que de costumbre, negros y recortados contra el negro. Había milicianos en las calles, armados con escudos, con los rostros ocultos detrás de espejos, pelotones de especialistas con porras y trabucos dotados de embrujos específicos para el control de multitudes. Enoch fustigaba a los pterapájaros. En los alrededores de El Gallo las multitudes corrían, entrando y saliendo de las tiendas forzadas, cargadas de cálico, de tarros de comida, de remedios de boticario.
Sobre los tejados, a pocas calles de allí, descollaba la Espiga, la lóbrega esquirla desde la que gobernaba la milicia, sujeta en siete puntos diferentes por las vías elevadas. Y a su lado, exhibiendo la paradoja que era su colosal horizonte de tejados, ocultándola y volviendo a exhibirla, se levantaba la estación de la Calle Perdido.
Pasaron a toda velocidad bajo los arcos de las líneas Sud y Hundida, escuchando los silbatos de la milicia. Estúpidos necios ciegos, se dijo Ori pensando en la masa, en los alborotadores de aquella noche. Atacando a las khepri, por el amor de Jabber. Por eso necesitáis que os despertemos. Revisó sus armas.
El primer y más violento estallido de violencia había remitido ya cuando llegaron, pero en el gueto seguía reinando la inquietud. Pasaron por calles iluminadas por incendios. Las centenarias casas de Ensenada habían sido construidas por y para los humanos, con materiales de poca calidad y escaso cuidado, y se apoyaban unas sobre otras como un puñado de enfermos. Si no se desmoronaban era gracias a la cera y los cilios filamentados que exudaban los gusanos constructores, las colosales larvas que las khepri utilizaban para reformar sus viviendas. Ori y sus camaradas pasaron por debajo de casas casi sepultadas bajo una masa de esputo sólido que a la luz de las antorchas brillaba con un color amarillento parecido al de la grasa.
En una plaza anónima se había desencadenado una última ofensiva. No había milicianos, por supuesto. Proteger a las khepri no era su cometido.
Unas veinte o treinta personas estaban atacando una iglesia khepri. Habían destrozado a pisotones la figura de Brooma Asombrosa que dominaba la entrada. Era una obra triste y patética, una hipertrofiada mujer de mármol, hurtada o adquirida a bajo precio en alguna ruina humana, a la que le habían segado la cabeza para reemplazarla por una cabeza de escarabajo cuidadosamente construida con alambre soldado, y clavada al cuello para que el conjunto imitara la forma de una hembra khepri. Esta quimera de pobreza y fe yacía hecha pedazos en el suelo.
Los hombres estaban aporreando las puertas. La congregación los miraba desde las ventanas del primer piso. Sus emociones no eran discernibles en sus ojos de insecto.
—Calamitas —dijo Ori. La mayoría de los alborotadores llevaba el atuendo de batalla del partido Nuevo Cálamo: trajes de chaqueta oscuros con las perneras enrolladas y sombreros de hongo que, como Ori sabía perfectamente, estaban forrados de acero. Llevaban navajas y cadenas. Algunos empuñaban pistolas—. Calamitas.
Baron avanzó. Su primer disparo abrió un orificio en el sombrero de uno de los neocalamitas, que transformó el forro metálico en una flor de fieltro, sangre y metal. Los hombres se detuvieron y se volvieron hacia él. Dioses, ¿cómo vamos a salir de ésta?, pensó Ori mientras corrían como les habían ordenado, a buscar el refugio, por inadecuado que fuese, que pudieran ofrecerles las paredes. Abatió a un calamita y se ocultó tras la mampostería un segundo antes de que cayera sobre ella una feroz descarga de tiros.
Durante medio minuto aterrador, los toroanos estuvieron atrapados. Ori vio el rostro implacable de Barón, el lugar en el que se agazapaban Ruby y Ulliam, la expresión de angustia de este último mientras disparaba siguiendo las indicaciones de Ruby. Algunos de sus enemigos se habían dispersado, pero el núcleo de los calamitas estaba allí, los de las pistolas cubriendo a los que no tenían mientras éstos se iban aproximando.
Y entonces, mientras Ori se preparaba para disparar sobre un corpulento y musculoso neocalamita cuyo traje, de todo punto inadecuado para aquella situación, parecía que fuera a estallar en cualquier momento, escuchó un desagradable desgarrón, y el aire que los separaba de sus estupefactos adversarios se abrió de repente. Como si alguien estirara una fina película de piel, el tejido de las cosas se combó en dos puntos muy próximos, distorsionando luz y sonido, y entonces la distorsión se convirtió en una grieta, por laque la realidad escupió a Toro.
El mundo volvió a cerrarse. Toro lanzó un grito. Se agachó y, con una embestida de aquellos cuernos y una trepidación, devoró los pasos que los separaban y apareció junto al obeso calamita, cuyo garrote se hizo pedazos en la extraña oscuridad refractaria que dimanaba de los cuernos. Y entonces los cuernos atravesaron al hombretón, que soltó un jadeo, gorgoteó y cayó al suelo, resbalando como un pedazo de carne colgada de un gancho.
Toro gritó y volvió a moverse de aquella manera asombrosa y sanguinaria, siguiendo a los cuernos, que rezumaban una oscuridad solidificada. Cayó sobre otro hombre, lo ensartó, y en la oscuridad de la noche pareció que los cuernos se bebían su sangre. Ori estaba atónito. La bala del arma de uno de los neocalamitas atravesó el integumento medio invisible que envolvía los cuernos y trazó una línea rojiza, y Toro mugió, retrocedió tambaleándose, se enderezó y, lanzando una cornada al aire, arrojó al que lo había disparado a varios pasos de distancia.
Pero a pesar de que Toro acabó con tres hombres rápidamente, los calamitas seguían superándolos en número y contaban con el impulso del odio que profesaban a aquellos traidores a la raza. Esquivaron sus ataques. Algunos de ellos se movían pesadamente, y otros eran consumados pugilistas y tiradores. No podremos salvar a las khepri, pensó Ori.
Entonces escuchó el ruido de unos pasos y desesperó, creyendo que otro grupo de matones iba a atacarlos. Pero cuando aparecieron, fueron los neocalamitas los que dieron media vuelta y emprendieron la huida.
Hombres y mujeres cactos; khepri con aguijones; vodyanoi ágiles como sapos; un llorgiss con tres cuchillos. Más o menos una docena de razas xenianas entremezcladas, en un alarde de asombrosa solidaridad. Una fornida mujer cactacae impartía órdenes a gritos:
—Costrojos, Anna —señaló a los calamitas que huían—, Chez, Siluro —a la puerta de la iglesia. El variopinto ejército xeniano se puso en marcha.
Ori estaba estupefacto. Los neocalamitas seguían disparando, pero huían.
—¿Quién coño sois vosotros? —gritó uno de los toroanos.
—Levantaos, y cerrad el pico —dijo Toro—. Soltad las armas y presentaos.
Un vodyanoi y el llorgiss estaban gritándole algo a las khepri de la iglesia, y mantenían las puertas abiertas para que las aterradas hembras pudieran salir y escapar a sus casas. Algunas de ellas abrazaron a sus salvadores. La puerta vomitó una abigarrada corriente de khepri machos, escarabajos de medio metro de longitud, desprovistos de inteligencia, ávidos de calor y oscuridad. Ori empezó a tiritar. De repente reparó en el frío que hacía. Escuchó el ruido de los incendios, que recubrían Ensenada con una cambiante epidermis de luz oscura. Bajo su temblorosa iluminación vio niños que salían de la iglesia en compañía de sus madres. Jóvenes hembras khepri que flexionaban los escarabajos de la cabeza y se comunicaban unas con otras menando las patitas. Dos adultas llevaban a las neonatas, con sus cuerpos de bebé humano y los cuellos terminados en gruesas larvas arrolladas sobre sí mismas.
La mano que empuñaba el arma cayó, mientras una khepri, una de los recién llegados, corría hacia él, dejando el aire sembrado con un reguero de chispas de los bordes cortantes de su aguijón.
—¡Espera! —dijo Ori.
—Aylsa. —La mujer cacto la detuvo diciendo su nombre.
—Tiene un arma, Pulgares Prestos —dijo un vodyanoi, a lo que la mujer cacto respondió:
—Ya sé que tiene un arma. Pero hay excepciones.
—¿Excepciones?
—Tiene protección. —Pulgares Prestos señaló a Toro.
En la confusión de la batalla, era la primera vez que muchos de los xenianos reparaban en la figura blindada. Cada uno de ellos expresó su asombro a la manera de su raza, y todos se adelantaron con gestos de camaradería.
—Toro —dijeron, mientras le ofrecían saludos respetuosos—. Toro.
Toro y Pulgares Prestos hablaron en voz demasiado baja como para que Ori pudiera oír sus palabras. Estudió el rostro de Baron. Estaba impasible, observando uno tras otro a los xenianos.
—Fuera, fuera, fuera —dijo Toro de repente—. Esta noche lo habéis hecho bien. Habéis salvado vidas. —No quedaba un solo khepri en la ruinosa iglesia—. Ahora tenéis que iros. Nos veremos allí. Marchaos deprisa. —Ori reparó entonces en que respiraba entrecortadamente, sangraba por numerosas heridas, y estaba exhausto y tembloroso—. Marchaos, volved, luego hablaremos. Esta noche. Ensenada está bajo la protección del Crisol Militante. Los humanos armados son presas legítimas.
En el refugio de Malado. El alba estaba llamando a la puerta. Estaban tumbados, atendiéndose unos a otros con ungüentos y vendajes.
—A Baron le daba igual, ¿sabes? —dijo Ori. Hombro Viejo y él cuchicheaban mientras preparaban un poco de té con aroma a nepenthe—. Le he estado vigilando. Le hubiese dado igual que las khepri murieran. Que cayesen en manos de los calamitas. Nada le importa. Me da miedo.
Hombro Viejo le miró sobre la tetera, puso varias cucharadas de resina en el agua y endulzó la infusión con miel.
—Está con nosotros, chaval… porque odia al jefe de la junta aún más que nosotros. Hará lo que sea necesario para acabar con ya sabes quién. Fuiste tú quien lo trajo, por el amor de Jabber. Hiciste bien. Sólo hay que vigilarlo.
Ori no dijo nada.
—Sé lo que me hago —dijo Hombro Viejo—. Podemos vigilarlo.
Ori no dijo nada.
Incendios en el Aullido, en Ecomir, en la Sombra. Tumultos en Ensenada y la Perrera. Estallidos de odio racial en el gueto, ineficaces granadas arrojadas sobre el Invernadero desde las ventanillas de un tren de la línea Sud, que habían agrietado dos puntales más. Aparecieron carteles del Caucus deplorando los ataques.
—¿Qué pasó en la torre del Montículo de Jabber?
—Tres salidas. La primera vez consiguieron repeler a la milicia y llegaron hasta la base. Luego los dispersaron. Lo mismo de siempre.
Alguna extraña taumaturgia en Galantina; comités de autodefensa formados por la aterrada ciudadanía respetable de Barracán, Chnum, la Letrina, atacada por lo que, según todos los testimonios, era una turba de rehechos.
—Qué noche, joder. Dioses. —Las cosas estaban viniéndose abajo.
—Y todo por culpa de aquello, lo del sol.
—No, en realidad no.
Una masa crítica de miedo era lo que había sido, lo que había liberado: un terror y una furia que habían encontrado una vía de escape. «Protegednos», había gritado la gente mientras hacía pedazos los mecanismos a los que estaba encomendado su cuidado.
—Sólo ha sido un catalizador.
—En el nombre de Jabber y todos los putos santos, ¿qué era esa cosa?
—Yo lo sé. —Como siempre que Baron hablaba, sus camaradas guardaron silencio—. Lo sé, o al menos sé lo que creo que es, y lo creo porque también es lo que creen la milicia y el Alcalde.
»Lo que ellos llaman un testigo. Un espía remoto. Una cámara de Tesh. Enviado a ver lo que estamos haciendo. El estado en que nos encontramos.
Todos se quedaron pasmados.
—Ya os lo he dicho. No estamos ganando la guerra. En realidad no es tan poderoso… No ha llegado a tocarnos, ¿verdad? La guerra aún no está perdida. Pero sí, nos están espiando. Y además de los espías normales que seguro que tienen, ya no temen mostrar abiertamente que nos están vigilando. Tesh posee una magia extraña. Su ciencia no es igual que la nuestra. Estamos en su punto de mira. Y no será la última vez.
Al otro lado del mundo siguiendo el contorno de la ribera, donde la física, la taumaturgia y la geografía eran diferentes, donde la roca era gas, donde se alzaban asentamientos sobre los huesos de antiguas expediciones, donde habían muerto mercaderes y pioneros a manos de la salvaje justicia del Rohagi occidental, donde había ciudades y estados y monarquías sin parangón en la filosofía crobuzoniana, estaba librándose una guerra. La milicia, el brazo armado de las demandas de Nueva Crobuzon, que luchaba por territorios y cadenas de mercancías, por teorías, según se decía. Que luchaba por algo que no estaba claro. Y en respuesta a las balas, a la pólvora y las bombas, a la taumaturgia, a los piroclastas y los elementalistas de Nueva Crobuzon, Tesh, la ciudad del Líquido Reptante, había enviado a aquel testigo, para aprender de ellos.
—¿Cómo es posible? —dijo Ori—. Nueva Crobuzon… es la más poderosa…, ¿no?
—¿Vas a tragarte eso? —se burló Enoch. Parecía cansado—. ¿Nueva Crobuzon, la ciudad-estado más grande del mundo y todo lo demás? Eso es una mierda…
—No, no lo es —dijo Baron, y volvió el silencio—. Tiene razón. Nueva Crobuzon sí que es el estado más poderoso de Bas-Lag. Pero a veces no es el más fuerte el que gana. Sobre todo cuando el más fuerte cree que, como es el más fuerte, no tiene que luchar con todas sus fuerzas.
»Nos están derrotando. Y el gobierno lo sabe. Y no les gusta y van a tratar de conseguir la victoria, pero la cuestión es ésta: saben que tiene que terminar. Van a pedir la paz.
El sol seguía subiendo, y la luz entraba por los ventanales del almacén en ángulos cada vez más agudos, envolviéndolos uno a uno, enmarañándose en su cabello y reflejándose en la piel de Hombro Viejo. Ori sintió calor por primera vez desde hacía horas.
—¿Van a rendirse?
Por supuesto que no iban a hacerlo. No de forma explícita, ni en los discursos que darían, ni en los libros de historia ni en la prensa sumisa. Sería un compromiso histórico, una sutil estrategia de magnífica precisión. Pero incluso muchos de los partidarios más leales del partido del Alcalde, el Sol Grueso, y de sus socios de Gobierno por la Unidad Urbana, se negarían a aceptarlo. Ellos sabrían —todo el mundo lo sabría— lo que había ocurrido. Que Nueva Crobuzon, dijera lo que dijera el Alcalde, había sido derrotada.
—Están intentándolo ahora mismo —dijo Baron—, pero ni siquiera saben cómo ponerse en contacto con los teshi. Hace muchos años que no sabemos nada de nuestra embajada allí. Y los dioses saben que seguro que hay montones de teshi en la ciudad, pero no sabemos quiénes son ni dónde están. La embajada siempre ha estado vacía. Los teshi hacen las cosas de otra manera. Han probado con taumaturgia, barcos-mensaje, dirigibles… Harán lo que sea necesario. No tardarán mucho en recurrir a palomas mensajeras. Quieren parlamentar. Y nadie sabrá lo que pasa hasta que de repente se vuelvan y nos digan, «buenas noticias. El Alcalde ha traído la paz». Y entretanto, los desgraciados de la marina y el ejército seguirán luchando y muriendo.
Bajo un cielo extraño. Ori sintió vértigo.
—¿Cómo lo sabes? —dijo Hombro Viejo. Estaba de pie, con las piernas abiertas y los brazos cruzados—. ¿Cómo sabes lo que están pensando, Baron?
Baron sonrió. Ori bajó la mirada. No quería volver a ver esa sonrisa.
—Porque me lo han contado, Hombro. Ya sabes cómo lo sé. Después de aburrirme a beber en la Ciénaga Brock, lo sé porque me lo ha contado mi nuevo amigo, Bertold Sulion.