El Consejo de Hierro
Quinta Parte: Retorno » 17
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—Ahí. Ahí está, ahí. El borde. El borde de la mancha cacotópica.
Mucho antes de eso, algo alteró el vuelo de los buitres. Se dispersaron. Los prudentes andares de un jaguar fallaron un momento, y el animal explotó y desapareció. El polvo y el humo negro espantaron a los animales. Cientos de años cambiaron con la llegada de aquel tosco estrépito.
Por aquella cavidad en la tierra, como un bacilo, la infección de una pequeña hebra orgánica en el flujo sanguíneo, llegó el Consejo de Hierro. Un dios animal, metálico, humeante y ruidoso. Como ya hiciera una vez antaño, venía precedido por figuras que tendían rieles, y seguido por otras tantas que los levantaban, y otras que los reciclaban, se llevaban el camino abandonado y volvían a tenderlo en la trayectoria de su estruendosa locomotora.
Allá donde iba era un intruso. Nunca formaba parte de la tierra. Era una incursión de la historia en el bosque bajo de las colinas, y en el tupido pelaje vegetal de las auténticas florestas, en los valles que separaban las montañas, en llanuras cuajadas de cañones y lomas dispersas. Irrumpía en lugares insólitos, paisajes disidentes, colinas reptantes, borrascas de humorroca y estatuas de fulgurita, tormentas de rayos congeladas.
Una aparición. Una ciudad de hombres y mujeres tallada en la superficie, tras haberla allanado lo justo para tender sus rieles. Eran invasores.
Como sus antepasados, los primeros consejeros, algunos de los cuales habían sido sus yoes más jóvenes, eran fuertes, recios, expertos. Rehechos, enteros, cactos, otras razas, una consumada industria, los porteadores con sus tenazas, la colocación de las traviesas, martillazos tan coordinados que sería posible bailar a su ritmo.
Llevaban pieles; llevaban guardapolvos y pantalones hechos de sacos recosidos. Llevaban joyas hechas de metal ferroviario, y cantaban canciones mestizas, hijas bastardas de centenarias tonadas de obra, y romanzas nuevas que relataban su propia historia.
Al oeste vinimos para encontrar un lugar donde
descansar para desaparecer sin dejar rastro y
vivir nuestras vidas rehechos y libres para
entregar voluntariamente nuestra libertad
En el centro del enjambre, rodeado por los centenares de figuras que atendían a sus complejas y exquisitas necesidades, protegido por centinelas en las colinas y las copas de los árboles y el aire, venía la razón de todo aquello, el tren. Marcado por el paso del tiempo. Alterado. El tren se había vuelto salvaje.
Los mataderos, los barracones, la torre artillada, la biblioteca, el comedor, los talleres, todos los antiguos vagones estaban allí, pero transformados. Ahora estaban erizados de almenas, barrocos, coronados por palomares. Los puentes de cuerda que unían las nuevas torres de los diferentes vagones se tensaban o aflojaban a la menor curva descrita por el Consejo de Hierro en su avance. Algunos de ellos estaban tapizados de hiedra y pálidas enredaderas, como si fueran antiguas iglesias, y que se propagaban por la torre artillada y la envolvían hasta llegar a su corona. Dos de los furgones abiertos contenían huertas llenas de verduras. Otros dos estaban también cubiertos de tierra, pero en ellos sólo crecía hierba sencilla entre las lápidas. Una pequeña manada de demonios del movimiento medio domesticados mordisqueaba juguetonamente las ruedas del Consejo.
Había vagones nuevos, uno de ellos construido totalmente con suaves maderos que habían pasado largo tiempo a la deriva, calafateados con resina y suspendidos sobre ruedas sobrantes, fabricadas o reclamadas. Vagones para consejeros de otras razas, piscinas móviles para las criaturas que vivían en el agua. Era un tren muy largo, arrastrado y empujado por sus motores. Dos en la parte trasera y dos en la delantera, con las chimeneas recubiertas de ribetes metálicos, pintadas y teñidas con colores terrosos a imitación de unas llamas. Y en la cabecera misma del tren, la más grande, tras el brillante guardabarros, tan reformada y modificada con tosco genio que era como si, afectada de gigantismo, se hubiese distendido y retorcido con el paso de los años.
Sus faros delanteros eran ahora ojos, coronados, como cabía esperar, por punzantes pestañas hechas de grueso alambre, y el quitapiedras una enorme dentadura de prominentes colmillos. Le habían atado y soldado los enormes cuernos de diversas criaturas salvajes. En la protuberancia frontal de su chimenea lucía un enorme hocico metálico, del que sobresalía el humero, conformando una pieza de anatomía absurda. Los cuernos eran sendas vigas afiladas. Y tras aquel enorme y pesado rostro, el motor estaba abarrotado de trofeos y tótems. Los cráneos y las cabezas de quitina de un zoológico entero lanzaban miradas de fulminante y muerta ferocidad desde sus flancos: dentadas, con las bocas abiertas, lisas, sin ojos, cornudas, fruncidas como esfínteres y erizadas de dientes-cilio, con protuberancias óseas, aterradoramente humanas, intrincadas. Todos los trofeos estaban amarilleados, desgastados por las técnicas de preservación, con los dientes y los huesos cubiertos por un laberinto de grietas y decolorados por el humo. El engalanado motor ostentaba sus muertos como un bronco dios de la caza.
Se abrían camino por el eco de una senda anterior. A veces ésta se perdía de vista, o descubrían que la geografía había cambiado con el paso de las décadas. Podían pasar horas excavando la roca junto a la orilla de unos lagos al socaire de unas colinas para alcanzar una fisura y, tras talar la maleza y allanar los lindes de los sotos y arrancar la cizaña, hallar el fantasma de un firme antiguo, el caballón invadido de raíces por el que años atrás habían hecho el camino en dirección contraria. Encontraron viejos repositorios de rieles, devastados por el paso de los años, y traviesas, algunas de ellas todavía en su sitio, cubiertas de grasienta tela asfáltica que había teñido la tierra. Llevaron sus vías hasta los extremos de los rieles que las esperaban.
—Las dejamos —decían los viejos que habían estado allí, en el momento de tenderlas—. Ahora me acuerdo. Para que fuera más fácil.
«Nunca se sabe», dijimos, «cuándo podríamos tener que regresar». Aquellas vías abandonadas les permitían avanzar más deprisa. Regalos de sí mismos cuando eran jóvenes, envueltos en tela embreada en medio de una tierra erizada de rocas.
Judah Low enseñó a Cutter a tender vías.
Habían llegado silenciosamente, la andrajosa partida, a los pastizales, la primera vez. Habían llegado a su destino asombrados por haber llegado. Pomeroy y Elsie casi en silencio. El susurrero, Drogon, con el sombrero de ala ancha calado. Qurabin, invisible pero percibido, exhausto y disminuido por la tensión de sus exploraciones, de su hollar los secretos. Cutter, de pie junto a Judah cuando podía. Cuando podía, cogido de su mano.
Bajo unas nubes en expansión, en la llanura, había kilómetros y kilómetros de huertas. Densos cultivos pegados unos a otros, delimitados por una férrea elipsis de rieles. Más allá de las vías había otros campos, dispersos, en proceso de disipación creciente, fundidos con la flora salvaje.
Los guías los llevaron hasta allí, caminando entre la hierba que se abría y volvía a cerrarse. Observaron a las figuras que trabajaban los campos. Una campiña sembrada donde antes no hubiera nada. Casi todo el grupo guardaba silencio. Judah sonreía sin cesar, y murmuraba «larga vida». Había hombres y mujeres en los caminos, junto a las cabañas rodeadas de césped que jalonaban las vías. Una topografía de la normalidad, una aldea campesina como cualquier otra, atravesada por una vía de tren.
Judah miraba a los lugareños, y cuando éstos se acercaban lo suficiente, se echaba a reír y gritaba «larga vida» y ellos respondían asintiendo con la cabeza.
—Hola, hola, hola —dijo Judah al acercarse un niño muy pequeño, observado distraídamente por su padre, que cerca de allí estaba afilando una guadaña. Judah se puso en cuclillas—. Hola, hola, pequeño camarada, pequeña hermana, pequeño chaver —dijo. Hizo un gesto de bendición con la mano—. ¿Cómo va todo, eh?
Y entonces retrocedió un paso y emitió un simple sonido de felicidad. Era algo que carecía por completo de sílabas y de forma, un puro deleite, porque había escuchado un chirrido metálico y visto una nube de hollín, mientras el tren, el Consejo de Hierro, se aproximaba entre la hierba. Mientras la colosal y temblorosa ciudad de hierro madera cuerda trofeos y ruedas salía rodando de entre las hierbas y avanzaba hacia ellos.
Soltaron cuanto llevaban. «El Consejo de Hierro», «el Consejo de Hierro». Cada uno de ellos lo repitió al ver que venía aquel tren con colmillos.
Se acercó, repitiendo los escasos kilómetros que lo conformaban, como había hecho durante tanto tiempo, ni sedentario ni nómada, describiendo su propio hogar. Empezó a aminorar.
—Soy Judah Low —gritó. Se dirigió hacia él como si estuviera entrando en una estación—. Soy Judah Low. —Alguien había bajado de la locomotora y Cutter había escuchado un grito, un saludo cuyas palabras no alcanzó a entender pero que hizo que Judah echara a correr y gritara y gritara un nombre—. ¡Ann-Hari!