El Consejo de Hierro

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Sexta Parte: La carrera del Caucus » 22 » un callejón…

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un callejón lleno de basura.

Pasó un buen rato allí tirado, gimiendo débilmente, hasta que la sensación, aquel vértigo abrumador, remitió y poco a poco volvió a recobrar las fuerzas.

No sabía dónde se encontraba. Estaba mareado. Con la impedimenta de Toro, consciente de que lo convertía en un objetivo. Pronto podré descansar, pensó entre la neblina que inundaba su mente. Le dolía la cabeza en los dos puntos situados junto a la base de los cuernos. Había conseguido pasar, pero no estaba ni de lejos donde pretendía.

Sentía una especie de escalofrío, pero no lo molestaba. Empezó a andar a trompicones y levantó la mirada mientras avanzaba por el laberinto de callejones. Había una línea férrea que se cruzaba con su camino. La oscuridad de sus negros arcos, de los ladrillos y de la cresta dorsal era tan intensa que ni siquiera los ojos de Toro podían perforarla. Y más allá, amarillentos como dientes a la luz de las farolas de gas que las iluminaban, el intradós de las Costillas. Estaba en el Barrio Óseo.

Pasó horas allí tirado. El cielo estaba teñido de gris cuando despertó. Estuvo a punto de perder el conocimiento al quitarse el casco, y tuvo que apoyarse en el interior de una cavidad situada debajo de las vías y respirar hondo durante varios segundos. El silencio resultaba inquietante. Escuchó algunos de los sonidos que conformaban los susurros de la ciudad, pero los ladrillos sobre los que estaba apoyado estaban inmóviles. No conducían a ninguna trepidación. Los trenes de Nueva Crobuzon funcionaban durante toda la noche, pero en aquel momento no había ninguno en marcha.

Ori transformó su chaqueta en una especie de hatillo para guardar el casco, se metió la pistola en el bolsillo y se encaminó con paso vacilante hacia las Costillas del Barrio Óseo.

La atmósfera parecía bochornosa, tensa como un alambre. ¿Qué está pasando? No podía creer que se hubiera corrido la voz tan deprisa. De hecho, no lo creía. De súbito, su excitación se convirtió en un mal presentimiento, y tuvo una corazonada. ¿Qué ha pasado?

No había nadie en las calles, o tan poca gente que resultaba aún más raro, y estos pocos caminaban con la cabeza gacha. Dejando atrás las casas alquitranadas que se levantaban junto a las Costillas, siguió los ladrillos de la vía férrea que había a su izquierda, giró hacia el sur, cruzó Sunter arrastrando los pies, con la idea de cruzar a la Sombra por el puente Oxidado y seguir desde allí en dirección a Siriac, pero entonces vio las luces de los incendios, y escuchó los tambores y las cornetas. No debía de haber tanto ruido tan temprano.

El estrépito iba en aumento; Ori sintió que entraba en shock, que empezaba a temblar furiosamente, arrastrado por el peso del casco. Se dirigió hacia el sur por la colina de los Cipreses, una calle de floristas y hojalateros sobre cuyos tejados pasaban normalmente los trenes. Había una bifurcación de las líneas, donde el ramal de la Dexter bajaba hasta Arboleda y, tras virar al este, cruzaba sobre el río hasta llegar a la Perrera. Allí, algo le bloqueaba el paso.

Pestañeando hasta que de sus ojos empezaron a brotar lágrimas de agotamiento, Ori vio una tosca barrera a la luz de los incendios. No le encontraba sentido. Bajo aquella luz cálida su silueta parecía algo salvaje, un hecho geográfico en medio de la ciudad. Había gente encima de ella.

—Alto —gritó alguien. Ori siguió caminando, incapaz de comprender que la palabra podía ir destinada a él.

Era una barricada hecha de trozos de pavimento y escombros, carromatos, chimeneas, puertas viejas, restos de tenderetes volcados. Toneladas de detritos ciudadanos, empleadas en la construcción de aquella pequeña montaña, un cordón de derrubios de tres metros de altura coronado por banderas. Los brazos de mármol de una escultura asomaban por uno de sus flancos.

—Que te pares, cabrón. —Un disparo, un fragmento de hormigón entre la metralla—. ¿Dónde vas, amigo?

Ori levantó la mano. Se aproximó, saludando.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué está ocurriendo? —gritó, y hubo aclamaciones en la barricada.

—¿Qué es, un capullo de Mafatón que vuelve de vacaciones?

—¿Es que no hay periódicos, quioscos ni pregoneros donde has estado, colega? —gritó el centinela. Era una figura humana vestida de negro, iluminada desde atrás—. Vete a casa, joder.

—Ésta es mi casa. Siriac. ¿Qué ha pasado? Maldita sea, cuánto tiempo he estado… Es por ella, ¿no? Os habéis enterado de lo del Alcalde. —Y toda su excitación regresó de repente. Tanta, que casi fue incapaz de hablar. Puede que hayan pasado varios días, pensó. ¿Qué habrá ocurrido mientras he estado fuera? ¿Lo hemos conseguido? Ha ocurrido. Han despertado. La inspiración. Dioses—. ¡Maldita sea, chaverim, dejadme pasar! Que alguien me cuente lo que pasa. —Olvidó el frío y el cansancio y enderezó la espalda a la luzpalpitante de los incendios—. Ha ocurrido todo… ¿Cuánto hace que murió?

—¿Quién?

—El Alcalde. —Ori arrugó el entrecejo. Hubo más voces, más gritos. «¿Que ha muerto?» «¿Está muerta?» «¿Esa zorra ha desaparecido?» «¿Quién es este idiota? Está loco» «No me creo una palabra…».

—No sé de qué estás hablando, colega. Creo que deberías irte.

Escuchó el ruido de las armas amartilladas.

—Pero, ¿qué…?

—Escucha, amigo, ¿hay alguien que pueda responder por ti? Porque si no, ni entras ni sales. Estás en tierra de nadie, y ése no es un buen lugar para estar. Será mejor que te vuelvas ahora mismo a la Ciudad Vieja, a menos que puedas darme un nombre. Dame un nombre y lo comprobaremos. —En aquel momento empezaron a levantarse más cabezas; otros estaban uniéndose al hombre que hablaba. Una banda armada, formada por humanos y otras razas, con las armas preparadas bajo el ondear de las banderas.

»Porque estás en el umbral, colega, y, o estás a un lado o estás al otro. Ni que acabases de llegar a la ciudad. Hace días que hay dos poderes en la ciudad, chaval. Has tenido días para tomar una decisión. O estás al norte —y hubo una pantomima de abucheos—, en los viejos tiempos y las viejas formas, o estás aquí, en Arboleda, en Ecomir y en la puta Perrera, en el futuro, que ya está aquí.

»Camina lentamente hacia mí, y mantén las manos así. Vamos a echarte un vistazo, idiota. —Lo dijo casi con amabilidad. Una botella se rompió en alguna parte—. Acércate un poco más. Bienvenido a los Territorios Libres. Bienvenido al Colectivo de Nueva Crobuzon.

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