El Cáucaso como amenaza [Parte 2]
Christian Cirilli
Sin mayores prólogos, iniciaré esta segunda parte con el enfrentamiento por el enclave de Nagorno-Karabaj, quizás el más emblemático, complejo y prolongado de los conflictos postsoviéticos en el Cáucaso Sur.
La rivalidad entre armenios y azeríes posee una profunda raigambre histórica, aunque los conflictos entre sus respectivos Estados-nación son fenómenos de data relativamente reciente. Esta tensión interétnica y geopolítica ha estado condicionada, en buena medida, por la injerencia y los intereses estratégicos de las grandes potencias imperiales que históricamente han influido en el Cáucaso: Rusia desde el norte, Persia (actual Irán) desde el sur, y el Imperio Otomano, antecedente de la Turquía moderna, desde el oeste.
No obstante, las disputas territoriales entre ambos pueblos quedaron en gran medida contenidas durante la existencia de la Unión Soviética, que optó por integrar el Alto Karabaj (o Nagorno-Karabaj) como una región autónoma dentro de la República Socialista Soviética de Azerbaiyán, a pesar de que su población era mayoritariamente armenia.

Esta decisión administrativa —la URSS tuvo varias decisiones vistas a posteriori como desafortunadas, como la de ceder Crimea a Ucrania en 1954—, percibida por muchos armenios como una injusticia histórica, se mantuvo sin grandes alteraciones durante el período soviético, gracias al férreo control del régimen central. Pero hacia finales de la década de 1980, con el debilitamiento de Moscú y la apertura política impulsada por la perestroika, resurgieron los reclamos nacionalistas. El 20 de febrero de 1988, la Asamblea del Óblast Autónomo de Nagorno-Karabaj votó a favor de su incorporación a Armenia, desatando una escalada de tensiones que desembocaría en una guerra abierta tras la disolución de la URSS, en 1991. 1
El vacío de poder generado por la retirada de las tropas federales soviéticas se tradujo rápidamente en una escalada de violencia entre milicias armenias y azeríes, que pronto se enfrascaron en una guerra total por el control de Nagorno-Karabaj y sus territorios circundantes. La declaración unilateral de independencia de la autodenominada República del Alto Karabaj, en enero de 1992, actuó como catalizador definitivo del conflicto armado. Esta república de facto fue conocida a partir de 2017 como República de Artsaj.


La (Primera) Guerra del Alto Karabaj o de Nagorno Karabaj abarcó un largo periodo entre 1988 hasta mayo de 1994, que se caracterizó por desplazamientos forzados, limpieza étnica y violaciones sistemáticas de derechos humanos por ambas partes. El saldo fue de aproximadamente 20.000 muertos y un millón de desplazados. Las fuerzas armenias, apoyadas en gran parte por su propia diáspora, por (el país) Armenia y voluntarios yazidíes, osetios y griegos, lograron hacerse con el control no solo del enclave sino también de algunos territorios azeríes adyacentes.
En febrero de 1992, Armenia incluso se había adherido a la Comunidad de Estados Independientes (CEI), con el objeto de acogerse al marco de seguridad colectiva ofrecido por esta (endeble) alianza postsoviética, en un contexto de creciente temor ante una posible intervención militar turca. De todos modos, Turquía igualmente había movilizado a los ultranacionalistas Lobos Grises (Bozkurtlar) 2, cuyos miembros participaron en el bando azerí. A estos se le sumaron combatientes islamistas —entre ellos muyahidines afganos y voluntarios chechenos— que acudieron al conflicto atraídos por el componente religioso y geopolítico de la disputa (Ver: «El Cáucaso como amenaza [Parte 1]»)
Lo cierto es que, tras 6 años de intensos enfrentamientos, aquel primer episodio bélico concluyó el 16 de mayo de 1994 con la firma de un alto el fuego, promovido y mediado por la Federación Rusa. Los puntos del acuerdo fueron: [1] Cese de hostilidades en todas las líneas del frente; [2] Mantenimiento de las posiciones militares existentes, lo que significó que Armenia y las fuerzas de Karabaj conservaran el control de Nagorno-Karabaj y de 7 distritos azeríes adyacentes (Lachín, Kalbajar, Aghdam, Fuzuli, Jabrayil, Zangilan y Qubadli), conformando un corredor de seguridad —Corredor de Lachín—, que unía el enclave con Armenia; [3] Creación de una línea de contacto altamente militarizada, pero sin fuerza de paz internacional ni garantías jurídicas sólidas y [4] Compromiso de continuar las negociaciones diplomáticas bajo el marco del Grupo de Minsk de la OSCE 3, que desde entonces asumió el liderazgo del proceso de paz.


En pocas palabras, significaba que los armenios ocupaban la mayor parte del Alto Karabaj, lo cual permitía una conexión terrestre entre Armenia y dicha zona, y las zonas circundantes del sur y el oeste. Encima —al estilo israelí—, rápidamente la zona empezó a ser repoblada por inmigrantes procedentes de la diáspora armenia en Oriente Próximo.
Es preciso puntualizar que el alto el fuego nunca llegó a convertirse en un acuerdo de paz. Por ello, el Alto Karabaj quedó como en una especie de limbo administrativo, una región en continua disputa. Y lo que es peor: ni siquiera Armenia lo reconocía oficialmente como propio.
Es por ello que Alto Karabaj quedó como un territorio extraño: poblado por armenios, con zonas circundantes azeríes capturadas por Armenia, no era reconocido oficialmente por Armenia. Nada podía pretender que esta situación durase demasiado. Por tal motivo, en 2016 se reiniciaron choques armados lo largo de la “Línea de Control”, una franja de 257 kilómetros que servía de frontera entre Karabaj y Azerbaiyán, en lo que se dio en llamar “Guerra de los 4 días”, en el cual las fuerzas azeríes consiguieron capturar partes del territorio de Karabaj por primera vez desde el alto el fuego. Sólo la intervención de Rusia frenaría el revés armenio. Fue el primer llamado de atención.
La situación comenzaría a cambiar radicalmente en 2018 al producirse en Armenia la llamada Revolución de Terciopelo 4 por la cual cayó el gobierno de Serzh Sargsián y llegó al poder el sorista Nikol Pashinián. Esta situación fue un punto de inflexión, dado que se enturbió la relación entre Armenia y Rusia —a la sazón, el principal garante de seguridad de ese país—, dando lugar a una serie de incidentes diplomáticos que debilitarían notablemente el apoyo prestado por el Kremlin a Ereván.

Durante su gestión, Pashinián tomó algunas acciones antirrusas que incluyeron la eliminación casi total de cualquier participación armenia en la OTSC 5, cesar por completo cualquier colaboración en inteligencia y seguridad, purgar personal «prorruso» de las FF.AA. y prohibir el idioma ruso en las escuelas. Incluso barajó la posibilidad de eliminar la base del ejército ruso en Gyumrí y la base aérea rusa de Erebuní.
Mientras Armenia se dedicaba a sus asuntos internos y a incomodar a su protector Rusia, Azerbaiyán invertía en su poder militar gracias a los abundantes ingresos energéticos, sextuplicando su presupuesto de Defensa. Turquía, mientras tanto, adoptó una actitud extremadamente activa en el asesoramiento y aprovisionamiento de las fuerzas de Bakú, preparándolos para una próxima guerra. Rusia, por el contrario, se ponía cada vez más pasiva y neutral.
Así las cosas, Bakú empezó por desconocer el (prolongado e inocuo) proceso de paz y a confiar en una solución militar. El Consejo de Seguridad de la ONU había adoptado ya cuatro resoluciones durante la Primera Guerra de Nagorno-Karabaj exigiendo que todas las fuerzas de ocupación se retiraran de los territorios que rodean el enclave. Incluso, en 2008, la Asamblea General de la ONU había aprobado la Resolución 62/243 , exigiendo la retirada de las fuerzas armenias de todos los territorios ocupados de Azerbaiyán. Esto le daba a Bakú el argumento legal para emprender una campaña militar.
El 14 de julio de 2020, miles de personas se concentraron frente al parlamento nacional para reclamar una guerra abierta contra Armenia, al grito de “Karabaj o muerte”. Era la exacerbación de un estado emocional que se materializaría en la mañana del 27 de septiembre, con una ofensiva sobre la línea de contacto establecida tras la Primera Guerra de Nagorno-Karabaj (1988-1994). Los enfrentamientos fueron especialmente intensos en los distritos menos montañosos del sur.


En apenas un mes y medio, las tropas azerbaiyanas lograron empujar el frente (hasta llegar peligrosamente cerca de la frontera con Armenia) y capturar la estratégica ciudad de Shusha, en el Alto Karabaj, precipitando la rendición de los armenios de Artsaj. La guerra se caracterizó por el entonces inusual despliegue de drones (en lo que sería la antesala de la guerra en Ucrania) —especialmente los Bayraktar TB2 turcos y muchos modelos israelíes—, pero también por artillería de largo alcance y ataques misilísticos, así como por el uso de cuentas oficiales de redes sociales.
Las agotadas guarniciones armenias notaron que era imposible sostener el ritmo de la guerra, y entonces Ereván accedió a firmar un acuerdo de alto el fuego a partir del 9 de noviembre de 2020. El acuerdo supuso un cambio importante en el control de los territorios de Nagorno-Karabaj y las zonas aledañas. Como facilitador del alto el fuego, Moscú accedió a desplegar unos 2.000 soldados como fuerza de mantenimiento de paz a lo largo del Corredor de Lachín, que conecta Armenia y Nagorno-Karabaj, y otros puntos clave, con un mandato de al menos 5 años.


Azerbaiyán retomó las regiones de Fuzuli, Jabrayil, Zangilan, Qubadli, entre otras zonas sureñas, además de la estratégica ciudad de Shusha, reduciendo las fronteras de la República de Artsaj. Por acuerdo concertado, la derrotada Armenia se comprometió a devolver Agdam, Kalbajar y Lachín; excepto el corredor de Lachín, único enlace posible entre Armenia y Stepanakert.
A la vez, Armenia se comprometió a facilitar la construcción de un corredor de transporte («Corredor de Zangezur») a través del sur de Armenia para conectar Azerbaiyán con su exclave de Najicheván, que estaría también bajo supervisión rusa.


Poco después de que se conociera la noticia del armisticio, estallaron violentas protestas en Armenia contra Pashinián, a quien acusaron de “traidor” (pero no cayó). Lo mismo ocurrió con el presidente de la Asamblea Nacional, Ararat Mirzoián. Muchos funcionarios dimitieron de sus cargos. En Bakú, por el contrario, todo fue celebraciones.
Considérese que Armenia, no la República de Artsaj, era/es miembro de la OTSC. Si cualquiera atacase Armenia, Rusia y los otros firmantes del tratado definitivamente deberían salir en su defensa. Es más: las bases rusas en Armenia estaban allí en precaución de lo que Turquía le hizo al pueblo armenio durante el infame genocidio de 1914-1923. Pero no se trató del caso pues Armenia no fue atacada, sino que fueron reconquistados los territorios ocupados ilegalmente por Armenia, como así también, zonas de una República de facto, no reconocida ni siquiera por Ereván. Los tardíos y desesperados pedidos de auxilio de Pashinián para que Rusia interviniese a su favor fueron más un gesto pour la galerie que una expectativa real de asistencia efectiva, sabiendo que Moscú no tenía pretexto argumental para implicarse.
Por otra parte, desde que Pashinián llegó al poder, Armenia siguió una política «multivectorial» intentando deshacerse de «la influencia rusa» para integrarse en el área de dominio UE / OTAN / Estados Unidos, lo que tampoco daba mucho lugar para la “creatividad jurídica”. Azerbaiyán, por su parte, dejó la OTSC en 1999, y se unió a GUAM, un grupo abiertamente antirruso compuesto también por Ucrania, Moldavia y Georgia. ¡Nótese una vez más la “alianza” fomentada por Occidente formada por países del Caspio/Negro para quebrar la Brecha de Volgogrado!
Pero quien crea que allí se había alcanzado un statu quo definitivo, se equivoca. Hubo negociaciones auspiciadas ahora por la UE y Estados Unidos buscando una normalización de relaciones, delimitación de fronteras, apertura de rutas de comunicación y un acuerdo de paz duradero, aunque los avances fueron inconsistentes y marcados por la desconfianza.
Sin embargo, es posible que un acuerdo sobre Nagorno-Karabaj haya sido conminado como la llave que permita la incorporación de Armenia (y Azerbaiyán) a la UE y la OTAN, el gran objetivo occidental.
A nadie escapa que el propio Niko Pashinián llegó al poder mediante una revolución de color financiada por el filántropo George Soros ( György Schwartz) y que como tal, se dedicó a socavar la tradicional alianza ruso-armenia, convirtiendo a Ereván en un peón de Washington y Bruselas.
Putin, que ha tomado medidas contras las ONG soristas, sabe que tiene en él y en sus adláteres un enemigo declarado. No permanecerá impasible ante esta maniobra soterrada. De hecho, aunque Armenia sigue siendo miembro de la OTSC —a pesar de no participar últimamente—, y de ser salvada en más de una ocasión por Rusia, el primer ministro Pashinián ha optado por desafiar abiertamente a Moscú al adherirse al Estatuto de Roma, lo que implica aceptar la jurisdicción de la Corte Penal Internacional… la misma que emitió una orden de arresto contra Putin en marzo de 2023.
En realidad, lo que más preocupa a Rusia es la seguridad y estabilidad de sus repúblicas autónomas musulmanas en el Cáucaso; no Armenia en sí. La inteligencia occidental ya opera en Azerbaiyán… pero también podría establecerse en Armenia. De este modo, dos antiguos enemigos irreconciliables podrían convertirse en aliados estratégicos contra Moscú, por iniciativa de Occidente. No es ningún secreto que Estados Unidos jugó un rol activo en el estallido de las guerras chechenas, al tiempo que sumía a Rusia en una deuda colosal.
La confirmación llegó en octubre de 2023, cuando Armenia firmó un tratado militar con Francia, en medio del impulso francés por asistir a Armenia, Moldavia y Ucrania, y del fervor de París por promover una “coalición de los dispuestos” europea destinada a contener a Rusia.



Para esa misma fecha, el primer ministro armenio Panishián declaró:
Armenia está preparada para reconocer los 86.600 km2 de Azerbaiyán, suponiendo que Azerbaiyán esté dispuesto a reconocer la integridad territorial de los 29.800 km2 de Armenia. El territorio de 86.600 km2 de Azerbaiyán incluye Nagorno Karabaj.
El 19 de septiembre de 2023, Azerbaiyán lanzó una ofensiva militar relámpago que, en menos de 24 horas, obligó a las autoridades armenias de Artsaj a rendirse. Propagandísticamente dijo ser una “operación antiterrorista”. Con ello, el enclave —que durante décadas funcionó como una república separatista de mayoría armenia— dejó de existir. Este paso manu militari era fundamental porque, más allá de lo que opine Ereván, los armenios residentes en Nagorno Karabaj no iban a irse por motu proprio.
Esto no solamente fue una deshonra nacional para (los verdaderos patriotas) armenios, sino que provocó el éxodo masivo de 100.000 connacionales (prácticamente toda la población) que huyeron desde Nagorno-Karabaj (Artsaj) hasta el país de Armenia en apenas unos días temiendo una limpieza étnica.
El presidente azerbaiyano Ilham Aliyév pronto sostuvo que ahora, tras la victoria sobre los armenios y la desaparición de la autoproclamada República de Artsaj, pretendía una normalización en las relaciones.
No obstante algunos avances significativos, el Acuerdo de Paz aún no se ha concretado. Una de las principales exigencias de Bakú es que Armenia reforme su constitución para eliminar cualquier reclamo territorial sobre zonas azerbaiyanas. A esto se suman otros puntos aún sin resolver: la demanda de Azerbaiyán de un corredor hacia Najicheván, el futuro de los funcionarios armenios detenidos durante la ofensiva de Bakú, y la definición de mecanismos claros para la implementación del acuerdo.
Ya para abril de 2024, las tropas rusas de interposición, empezaron a retirarse de manera total de las zonas de patrullaje y control. En 2020, en ocasión de la Segunda Guerra del Nagorno-Karabaj, Putin había conseguido desplegar tropas para evitar el protagonismo turco —que deseaba hacer lo mismo—, para salvaguardar la vida de civiles. Pero tras la recuperación total por parte de Azerbaiyán —y el consecuente éxodo armenio—, su misión dejó de tener asidero.
Adicionalmente, Azerbaiyán, envalentonado por su anexión de Nagorno-Karabaj, empezó a buscar un enlace terrestre directo con Najicheván, que Bakú considera un asunto pendiente. Para ello, Azerbaiyán espera tomar el control de una parte considerable del territorio de Armenia, que también es la frontera de ese país con Irán, al sur. Como era de esperar, tanto Ereván como Teherán se oponen a cualquier movimiento de este tipo, lo que de otro modo significaría que Armenia e Irán dejarían de ser vecinos y quedarían rodeados por el eje estratégico azerí-turco.
Este es el tan conocido como polémico “Corredor de Zangezur”, —que si bien está garantizado por el derecho internacional—, debe preservar la integridad territorial de Armenia y su frontera con Irán.
Irán destaca por su enfoque anti-revisionista: dicho en otras palabras, Teherán se opone a la apertura del Corredor de Zangezur, previendo cambios geopolíticos de gran incidencia en la región.
En su momento, el fenecido presidente Ebrahim Raisi declaró que el Corredor de Zangezur sería “un punto de apoyo de la OTAN, una amenaza para la seguridad nacional de los países y, por lo tanto, Irán se opone resueltamente”. Teherán nunca dejó de considerar que Israel tiene una fortísima presencia de inteligencia en Azerbaiyán.
Turquía, por el contrario, siendo la primera potencia revisionista de la región, mentora y aliada de Azerbaiyán, con quien afirma tener afinidades étnicas, es pro-Corredor. Turquía tiene sueños húmedos con expandir su alcance económico e influencia política a través de una ruta terrestre que se extienda desde la Tracia Oriental hasta el Mar Caspio y sus tierras ancestrales de Asia Central que limitan con China.
Por otra parte, la influencia de Rusia en el Cáucaso está en retirada. Armenia se acercó a benefactores occidentales tras la revolución de color de 2018, y prácticamente ha abandonado sus viejas conquistas y a sus propios connacionales en Nagorno-Karabaj. Las potencias occidentales alientan a Pashinián a abandonar la OTSC y buscar el cierre de las bases rusas en su territorio, donde están guarnecidos 5000 soldados.
Como se aprecia, en la dinámica de poder caucásica, Irán y Rusia son aliados naturales contra Turquía e Israel, ambos apoyados por Occidente.

El Cáucaso está más activo que nunca, más allá de que las acciones no se estén dando de una manera ultraviolenta y toman, a veces, ribetes de intrigas palaciegas. La geopolítica reina en esos lares: involucra a tres actores inmediatos (Armenia, Azerbaiyán e Irán) y a otros dos estados regionales (Rusia, Turquía), así como a ciertas potencias y entidades extrarregionales intrusivas (Israel, Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN).
Con este panorama histórico y con fuerzas que operan para modificar el futuro cercano, veremos en la Parte 3 los desafíos de las acciones azerbaiyanas, la agenda secreta turca e israelí, los movimientos de ajedrez rusos, las (mínimas) opciones armenias y el sobrevuelo occidental para ejercer presión sobre el vientre blando de la Federación, con tangentes hacia Asia Central, la Nueva Ruta de la Seda china y los escenarios colaterales del Medio Oriente y Mar Negro.
Fuente: https://chcirilli.wordpress.com/2025/07/29/el-caucaso-como-amenaza-parte-2/