Ecos de una pesadilla
Daniela Pujol Coll
En 1976, Sudáfrica era un país para blancos, para quienes pertenecieran a ese flotante y solitario 21 % de la población nacional, para quienes ostentaran la transparencia importada durante siglos del continente al norte. Aquellas personas que tuvieran la desgracia de ser hijas evidentes de la tierra negra debían entender que eran gente de segunda y, como tal, no podían aspirar siquiera a compartir los derechos de la buena gente blanca ni su educación ni su salud ni el acceso a los mismos espacios que ella.
Aparentemente aquellas personas no existían, porque a pesar de dar múltiples manifestaciones de rechazo a la política segregacionista, sus reclamos no eran atendidos. En consecuencia, cualquier gesto de inconformidad de la población negra era reprimido e invisibilizado públicamente. Así iba la no-vida negra en Sudáfrica. Así sucedió el 16 de junio de 1976 en Soweto.
Ese día se había orquestado una protesta pacífica en uno de los distritos más racializados de la ciudad sudafricana más grande y poblada, Johannesburgo. Dos años antes, había sido impuesto el Decreto Medio de Afrikáans, que implicaba que en las escuelas negras se debía comenzar a utilizar, junto al inglés, el afrikáans como lengua de instrucción. Las implicaciones de esta ley eran fatales para el estudiantado negro: mientras el inglés funcionaba en el país como la lengua del comercio y el vehículo para permitir la escolarización de estudiantes diversos en un complejo escenario de plurilingüismo, la orden de aprender el afrikáans –la lengua de los afrikáners (grupo étnico de origen neerlandés), quienes dirigían y recibían los privilegios del apartheid- solo se sustentaba en la voluntad de humillar y someter a toda costa a la población negra. En fuerte contraste, como parte de las libertades del alumnado blanco, sus estudiantes podían escoger las lenguas en que deseaban pasar los cursos.
Al acto del 16 de junio -preparado durante meses por el Comité de Acción, en que se nuclearon los organizadores con el apoyo del Movimiento de Conciencia Negra- asistieron alrededor de 3000 manifestantes. Principalmente eran estudiantes, niños y adolescentes pertenecientes a varios niveles de enseñanza, pero también fueron miembros del profesorado y otros sectores de la población del distrito. Ante los lemas que condenaban la ley y ante los carteles de "Abajo el afrikáans", “Al diablo con el afrikáans", "El afrikáans apesta", "Hay que abolir el afrikáans" y "Si aprendemos afrikáans, que Vorster aprenda zulú", las fuerzas policiales les echaron perros de presa a quienes marchaban, como si de una cacería se tratase.
Cuando intentaron defenderse de tal hostigamiento, la policía respondió nuevamente, esta vez, con las armas de fuego. Para el final del día, mientras en las calles de Soweto quedaban unos 1000 escolares heridos y más de 152 niñas y niños muertos, oficialmente los “disturbios” habían tenido un saldo de 23 estudiantes fallecidos.
El eco de ese día no ha dejado de repercutir. A partir de ese momento se produjo una oleada de protestas estudiantiles que duró hasta 1977, y en ese lapso se perdieron más de 700 vidas de jóvenes. El acto que dio origen a los sucesos de Soweto es considerado por muchos como el principio de la caída del Apartheid en África, ya que unificó a los principales líderes del Congreso Nacional Africano, la agrupación política y social que hizo frente a los gobiernos segregacionistas y racistas en la nación africana.
Hoy, a una distancia de 45 años de los hechos, la vida de la mayoría de los niños africanos no parece mucho más feliz. Las desigualdades sociales continúan para ellos, aunque no bajo regímenes oficiales como el Apartheid. Se trata de una infancia triste forzada a crecer prematuramente por sus circunstancias: de miseria total para las áreas rurales, de precarias condiciones de salud, de hambruna y desnutrición por la falta de una mínima atención adulta, de orfandad ante la muerte de sus progenitores por enfermedades mortales que en ese continente constituyen pandemiascontra las que las autoridades locales no pueden lidiar y que no preocupan casi a las internacionales, de la escasez de agua potable, de la vulnerabilidad en que se encuentran por crecer en ambientes disfuncionales con propensión al tráfico y la violencia infantil, de mil males cotidianos que no deberían formar parte ni de las peores pesadillas de “los que saben querer”.
Hoy es un día instaurado de manera oficial para recordar que en la mayor parte de ese continente, los problemas infantiles continúan sin ser prioridad, un día para pensar en la forma de conquistar los derechos que les son violados cada minuto de sus vidas, un día para reflexionar sobre un mundo en que no tengan vivir en la miseria y el terror diarios. Hoy es el Día del Niño Africano.
