Dune

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Libro primero: Dune » Capítulo 8

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«¡Yueh! ¡Yueh! ¡Yueh! —dice el refrán—. ¡Un millón de muertes no serían suficientes para Yueh!».

De Historia de Muad’Dib para niños, por la princesa Irulan

La puerta estaba entreabierta, y Jessica la cruzó y entró en una estancia de paredes amarillas. A su izquierda había un diván bajo de piel negra y dos librerías vacías; así como una cantimplora que pendía, sin agua y con sus lados abombados llenos de polvo. A su derecha, flanqueando otra puerta, había otras dos librerías vacías, un escritorio traído de Caladan y tres sillas. Junto a la ventana que tenía frente a ella, el doctor Yueh le daba la espalda y parecía centrar su atención en el mundo exterior.

Jessica dio otro silencioso paso dentro de la habitación.

Observó que la chaqueta del doctor estaba arrugada y tenía marcas blancas a la altura del codo izquierdo, como si se hubiera apoyado contra una pizarra. Visto de espaldas, parecía un esqueleto desprovisto de carne, envuelto en ropas negras demasiado amplias, una marioneta esperando moverse a las órdenes de un marionetista invisible. Lo único que parecía tener vida en su figura era la cabeza, que giraba un poco para seguir algún movimiento del exterior. Tenía los cabellos largos del color del ébano que le caían sobre los hombros y estaban sujetos por el anillo de plata de la Escuela Suk.

Jessica volvió a echar un vistazo por la estancia y no vio rastro alguno de su hijo, pero sabía que la puerta cerrada de la derecha conducía a otro dormitorio más pequeño por el que Paul había mostrado su preferencia.

—Buenas tardes, doctor Yueh —dijo—. ¿Dónde está Paul?

El hombre inclinó la cabeza como si respondiese a alguien allá afuera y contestó con voz ausente, sin darse la vuelta:

—Vuestro hijo estaba cansado, Jessica. Lo he enviado a descansar a la estancia contigua.

Se irguió de repente y se giró. El bigote le caía sobre sus empurpurados labios.

—¡Perdonadme, mi dama! Estaba absorto… yo… no pretendía hablaros con tanta cercanía.

Ella sonrió y levantó la mano derecha. Por un instante temió que el hombre se arrodillase.

—Wellington, por favor.

—No quería usar vuestro nombre así… yo…

—Nos conocemos desde hace seis años —dijo Jessica—. Tendríamos que haber roto las formalidades hace ya mucho. Al menos en privado.

Yueh aventuró una débil sonrisa mientras pensaba: «Creo que ha dado resultado. Ahora pensará que me comporto de forma tan inusual debido a la vergüenza. No buscará razones más profundas, puesto que ya tiene la respuesta».

—Siento que me hayáis encontrado con la cabeza en las nubes —dijo—. Cuando… cuando me siento inquieto por vos, temo que pienso en vos como… bueno, como Jessica.

—¿Inquieto por mí? ¿Por qué?

Yueh se encogió de hombros. Desde hacía tiempo se había dado cuenta de que Jessica no tenía el don completo de Decidora de Verdad, como sí había tenido su Wanna. Sin embargo, le decía la verdad cada vez que le era posible. Era más seguro.

—Ya habéis visto este lugar, mi… Jessica. —Vaciló con el nombre, pero siguió rápidamente—: Es tan árido en comparación con Caladan. ¡Y la gente! Esas mujeres que no dejaban de aullar detrás de sus velos mientras veníamos a este lugar. ¡Cómo nos miraban!

Jessica cruzó los brazos contra el pecho, se abrazó y sintió el contacto del crys, la hoja que se obtenía del diente de un gusano de arena, si lo que se decía era cierto.

—Lo hacen porque les resultamos peculiares. Es un pueblo diferente con diferentes costumbres. Hasta ahora solo conocían a los Harkonnen. —Miró detrás del doctor, a través de la ventana—. ¿Qué mirabais fuera?

El hombre volvió a girarse hacia la ventana.

—A la gente.

Jessica avanzó hasta situarse a su lado, y siguió la dirección de su mirada hasta donde centraba la atención, hacia la izquierda, la parte delantera de la casa. Había una hilera de veinte palmeras, y la tierra de debajo estaba limpia y cuidada. Una barrera pantalla las separaba de la gente que pasaba por la calle envuelta en túnicas. Jessica notó en el ambiente el tenue resplandor que había entre ella y la gente, el escudo que rodeaba la casa. Empezó a analizar a la multitud sin dejar de preguntarse qué era lo que llamaba tanto la atención de Yueh.

Lo comprendió de improviso y se llevó una mano al rostro. ¡Se fijaba en la manera en la que los transeúntes miraban las palmeras! Vio en sus rostros envidia, odio… y también algo de esperanza. Cada persona que pasaba miraba los árboles con hipnótica fijeza en su expresión.

—¿Sabéis en qué piensan? —preguntó Yueh.

—¿Afirmáis que podéis leer sus pensamientos? —se sorprendió ella.

—Sus pensamientos sí —respondió él—. Miran esos árboles y piensan: «Equivalen a un centenar de nosotros». Eso es lo que piensan.

Ella lo miró, perpleja y cejijunta.

—¿Por qué?

—Son palmeras datileras —dijo el hombre—. Cada palmera datilera absorbe cuarenta litros de agua al día. Un hombre solo necesita ocho. Por lo tanto, una palmera equivale a cinco hombres. Hay veinte palmeras ahí fuera, o sea, cien hombres.

—Pero algunos miran las palmeras con esperanza.

—Esperan que caiga algún dátil, pero no es la temporada.

—Analizamos este lugar con ojos demasiado críticos —dijo ella—. Hay tanto peligro como esperanza. La especia puede hacernos ricos. Con un tesoro tan grande, podríamos transformar este mundo en lo que quisiéramos.

Luego rio para sí y pensó: «¿A quién intento engañar?».

Fue incapaz de seguir conteniendo la risa, que emergió seca, sin alegría.

—Pero uno no puede comprar la seguridad —dijo.

Yueh giró el rostro para ocultarlo de la mujer.

«¡Si al menos fuera posible odiar a esa gente en vez de amarla!».

La actitud y muchos de los ademanes de Jessica eran similares a los de su Wanna. Lo único que consiguió al pensar en ello fue reafirmar aún más su decisión. La crueldad de los Harkonnen era retorcida, pero quizá Wanna aún estuviera viva. Tenía que asegurarse.

—No os preocupéis por nosotros, Wellington —dijo Jessica—. El problema es nuestro, no vuestro.

«¡Cree que me preocupo por ella! —Parpadeó para ocultar sus lágrimas—. Y es cierto, por supuesto. Pero debo enfrentarme a ese malvado barón una vez cumplida su voluntad, y aprovechar entonces el momento oportuno para golpearle cuando esté más débil. ¡Cuando crea que se ha salido con la suya!».

Suspiró.

—¿Molestaré a Paul si voy a echarle un ojo? —preguntó Jessica.

—En absoluto. Le he dado un sedante.

—¿Soporta bien el cambio?

—Solo está un poco más cansado que de costumbre. Está emocionado, pero ¿qué muchacho de quince años no lo estaría en tales circunstancias? —Se dirigió hacia la puerta y la abrió—. Aquí está.

Jessica lo siguió y aguzó la vista en la penumbra.

Paul dormía en una estrecha cama, con un brazo metido bajo un ligero cubrecama y el otro por encima de la cabeza. La claridad que atravesaba las persianas formaba un entramado de luz y sombras en su rostro y la colcha.

Jessica miró a su hijo y vio ese rostro ovalado que tanto se parecía al suyo. Pero los cabellos eran los del duque, enmarañados y negros como el carbón. Las largas pestañas ocultaban unos ojos verde lima. Jessica sonrió y sintió que se disipaban sus temores. Empezó a descubrir poco a poco los rasgos de la ascendencia genética de su hijo: los ojos eran los suyos, y también el contorno facial, pero los aguzados rasgos del padre cada vez se hacían más evidentes en dicho rostro, como si la adolescencia empezara a dejar paso a la madurez.

Concibió los rasgos del muchacho como la refinada síntesis de un proceso fortuito, una ristra interminable de coincidencias que convergían en un único punto. Pensar en ello la hizo arder en deseos de arrodillarse junto a la cama y coger a su hijo en brazos, pero la presencia de Yueh se lo impidió. Dio un paso atrás y cerró la puerta con cuidado.

Yueh había vuelto a la ventana, incapaz de contemplar la manera en la que Jessica miraba a su hijo.

«¿Por qué Wanna no me dio hijos? —pensó para sí—. Soy doctor y sé que no había ningún impedimento físico. ¿Habría quizá algún motivo Bene Gesserit? ¿Es posible que estuviera destinada a otro fin? Pero ¿cuál? Me amaba, estoy seguro».

Por primera vez sintió que podía llegar a formar parte de un plan mucho más vasto y complejo de lo que su mente fuera nunca capaz de concebir.

Jessica se detuvo a su lado y dijo:

—Qué delicioso abandono hay en el sueño de un niño.

—Ojalá los adultos también pudiéramos relajarnos así… —dijo el hombre mecánicamente.

—Sí.

—¿Cuándo perdimos la capacidad de hacerlo? —murmuró él.

Jessica captó algo extraño en su tono y se quedó mirándolo, pero tenía la mente centrada en Paul; pensaba en la rigurosidad del nuevo adiestramiento y en lo distinta que sería su vida ahora, muy distinta de la que habían planeado para él.

—Sin duda la hemos perdido —dijo.

Miró afuera, hacia la derecha, donde vio cómo la brisa agitaba el gris verdoso de los arbustos, las hojas polvorientas y las ramas sarmentosas en una inclinación llena de montículos. El oscuro cielo colgaba sobre el lugar como un borrón, y la lechosa luz del sol arrakeno inundaba la escena de reflejos plateados como los del crys que guardaba en su seno.

—El cielo es tan oscuro —murmuró.

—En parte se debe a la falta de humedad —dijo el hombre.

—¡Agua! —exclamó Jessica—. ¡Dondequiera que uno mire, todo está influenciado por la escasez de agua!

—Es el preciado misterio de Arrakis —dijo él.

—Pero ¿por qué hay tan poca? Aquí las rocas son volcánicas. Y podría citar otra docena de fuentes posibles. Hay hielo en los polos. Dicen que es imposible horadar en el desierto, que las tormentas y las mareas de arena destruyen los equipos antes de que terminen de instalarse, si es que antes no son devorados por los gusanos. De todos modos, nunca han encontrado agua. Pero el misterio, Wellington, el verdadero misterio, son los pozos excavados aquí en las dolinas y en las depresiones. ¿Habéis oído hablar de ellos?

—Primero se encontró un hilillo de agua, y luego nada —dijo el hombre.

—Pero ese es el misterio, Wellington. El agua estaba ahí. Primero surge, luego cesa y ya no vuelve a salir agua nunca más. Luego se realiza otra excavación en las proximidades y ocurre lo mismo: se encuentra un hilillo de agua, y luego nada. ¿Nadie se ha sentido nunca intrigado por eso?

—Sí, es curioso —dijo Yueh—. ¿Sospecháis la presencia de algo vivo? ¿No creéis que los análisis del terreno lo hubieran revelado?

—¿Qué hubieran revelado? ¿Materia extraña vegetal… o animal? ¿Cómo identificarlo? —Jessica volvió a mirar hacia afuera—. El agua se detiene. Algo la absorbe e impide que fluya. Estoy segura.

—Quizá ya se conozca la razón —dijo el hombre—. Los Harkonnen censuraron muchas fuentes de información sobre Arrakis. Quizá tenían razón para ocultar esto.

—¿Qué razón? —preguntó ella—. Por otra parte, tenemos humedad atmosférica. Es cierto que no mucha, pero existe. Es la mayor fuente de agua del lugar, gracias a las trampas de viento y a los precipitadores. ¿De dónde proviene?

—¿De los casquetes polares?

—El aire frío arrastra muy poca humedad, Wellington. Tras el velo de los Harkonnen, hay cosas que merecen investigarse a fondo, y no todas están relacionadas directamente con la especia.

—Ciertamente, estamos envueltos en el velo de los Harkonnen —dijo él—. Quizá… —Se interrumpió al notar la repentina intensidad de la mirada de Jessica—. ¿Ocurre algo?

—La manera en la que habéis pronunciado «Harkonnen» —dijo ella—. Ni siquiera la voz de mi duque está tan cargada de veneno cuando dice ese nombre tan odiado. No sabía que tuvierais razones personales para odiarlos, Wellington.

«¡Gran Madre! —pensó Yueh—. ¡He levantado sus sospechas! Ahora debo emplear todos los trucos que me enseñó mi Wanna. Es la única solución: decirle la verdad tanto como pueda».

—¿Ignoráis que mi esposa, mi Wanna…? —dijo. Se interrumpió y sintió cómo las palabras se ahogaban en su garganta. Luego continuó—: Ella… —Pero las palabras se negaron a salir. Sintió que el pánico se había apoderado de él, cerró los ojos con fuerza y notó la agonía en su pecho y nada más hasta que una mano le tocó el brazo con suavidad.

—Perdonad —dijo Jessica—. No pretendía abrir una vieja herida.

Y pensó: «¡Esas bestias! Su esposa era una Bene Gesserit, está rodeado de signos. Es obvio que los Harkonnen la mataron. No es más que otra pobre víctima ligada a los Atreides por un odio común».

—Lo siento —dijo Yueh—. Soy incapaz de hablar del tema. —Abrió los ojos y se abandonó a las garras del sufrimiento interno. Este, al menos, era verdadero.

Jessica lo estudió: sus pómulos acusados, los reflejos oscuros en sus almendrados ojos, su cetrina piel y el frondoso bigote que le caía formando una curva a ambos lados de sus empurpurados labios y el anguloso mentón. Las arrugas de sus mejillas y su frente se debían tanto al dolor como a la edad. Sintió un profundo afecto hacia él.

—Wellington, siento que os hayamos traído a un lugar tan peligroso —dijo.

—He venido por mi propia voluntad —dijo él. Y esto también era cierto.

—Pero este planeta no es más que una inmensa trampa Harkonnen. Seguro que lo sabéis.

—Hace falta mucho más que una trampa para atrapar al duque Leto —dijo el hombre. Lo que también era cierto.

—Tal vez debiera confiar más en él —dijo Jessica—. Es un estratega brillante.

—Nos han arrancado de nuestra tierra —dijo Yueh—. Por eso nos sentimos tan incómodos.

—Y qué fácil resulta matar una planta desarraigada —dijo ella—. Especialmente cuando se replanta en suelo hostil.

—¿Seguro que estamos en suelo hostil?

—Han tenido lugar revueltas por el agua cuando se ha sabido la cantidad de gente que la llegada del duque añadiría a la población —dijo Jessica—. Y solo han cesado cuando la gente ha visto que instalábamos nuevos condensadores y trampas de viento para compensar la demanda adicional.

—En este lugar hay una cantidad limitada de agua para sustentar la vida humana —dijo él—. La gente sabe muy bien que si otros vienen a beber, el precio del agua subirá y los más pobres morirán. Pero el duque ha resuelto el problema. Las revueltas no tienen por qué significar una hostilidad permanente hacia él.

—Y hay guardias —dijo ella—. Guardias por todas partes. Y escudos. Se puede ver cómo emborronan el ambiente allá donde uno mire. En Caladan no vivíamos así.

—Dadle una oportunidad a este planeta —dijo Yueh.

Pero Jessica siguió mirando impasible a través de la ventana.

—Siento la muerte en este lugar —dijo—. Hawat ha enviado un batallón de sus agentes como vanguardia. Esos guardias de ahí afuera son sus hombres. Los estibadores también son sus hombres. Ha habido importantes e inexplicables desembolsos de dinero del tesoro últimamente. Esas sumas solo pueden significar una cosa: corrupción en las altas esferas. —Agitó la cabeza—. La muerte y la traición acompañan a Thufir Hawat dondequiera que va.

—Le calumniáis.

—¿Calumnia? Es una alabanza. En estas circunstancias, la muerte y la traición son nuestra única esperanza. Pero yo no me dejo engañar por los métodos de Thufir.

—Deberíais… buscar algo que hacer —dijo el hombre—. No darle tantas vueltas a esos morbosos…

—¡Algo que hacer! ¿Qué es lo que ocupa la mayor parte de mi tiempo, Wellington? Soy la secretaria del duque, y tengo tanto trabajo que cada día aprendo cosas nuevas a las que temer… cosas que él ni siquiera sospecha que yo sepa. —Apretó los labios y habló muy bajo—. A veces me pregunto cuánto influyó mi adiestramiento Bene Gesserit en que me eligiera.

—¿Qué queréis decir?

Se quedó impresionado por el tono cínico, por una amargura que nunca antes había vislumbrado en ella.

—Wellington, ¿nunca habéis pensado que una secretaria atada por el amor es mucho más segura? —preguntó Jessica.

—Esa forma de pensar no es digna, Jessica.

El reproche surgió de sus labios de manera espontánea. No existía la menor duda sobre los sentimientos del duque hacia su concubina. Bastaba con fijarse en cómo la miraba.

Ella suspiró.

—Tienes razón. No es digno pensar así.

Volvió a cruzar los brazos con fuerza contra su pecho, a sentir el contacto del crys y su funda contra su carne y a pensar en el asunto inconcluso que representaba.

—Muy pronto se derramará sangre —dijo—. Los Harkonnen no se detendrán hasta que sean exterminados o destruyan a mi duque. El barón no puede olvidar que Leto es sobrino de la sangre real (no importa en qué grado), mientras que los títulos de los Harkonnen solo provienen de sus intereses en la CHOAM. Pero el auténtico veneno que corrompe lo más profundo de su mente es el conocimiento de que fue un Atreides quien desterró a un Harkonnen por cobardía después de la batalla de Corrin.

—Las viejas rencillas —murmuró Yueh. Y por un instante sintió el regusto ácido del odio. Él también se había visto afectado por esas viejas rencillas, habían matado a su Wanna o, peor aún, la habían dejado a merced de las torturas de los Harkonnen hasta que su esposo hubiera cumplido su tarea. Las viejas rencillas le habían afectado a él, y toda esa gente que le rodeaba también formaba parte de aquella venenosa trampa. La ironía era que todo ese odio mortal fuera a florecer allí, en Arrakis, única fuente en todo el universo de la melange, prolongadora de vida y droga de salud.

—¿En qué pensáis? —preguntó Jessica.

—En que la especia vale actualmente seiscientos veinte mil solaris el decagramo en el mercado libre. Es una riqueza que puede comprar muchísimas cosas.

—¿Ahora sois un codicioso, Wellington?

—No es codicia.

—¿Qué, entonces?

Se encogió de hombros.

—La futilidad. —La miró—. ¿Recordáis la primera vez que probasteis la especia?

—Sabía a canela.

—No tiene dos veces el mismo sabor —dijo el hombre—. Es como la vida… se nos presenta de manera diferente cada vez que la encaramos. Algunos afirman que la especia produce una reacción con los sabores que ya conocemos. Al ver que es algo bueno, el cuerpo interpreta su sabor como agradable, y también proporciona una ligera euforia. Y, como la vida, no puede ser sintetizada.

—Creo que hubiera sido más juicioso para nosotros convertirnos en renegados, huir lo más lejos posible del Imperio —dijo Jessica.

Yueh se dio cuenta de que Jessica no le había escuchado y reflexionó sobre lo que la mujer acababa de decir: «Sí… ¿por qué no le había obligado a hacerlo? Podría haberle obligado a hacer cualquier cosa».

Habló al momento, porque no era mentira y porque era un cambio de tema:

—Jessica, ¿pensaríais que soy muy atrevido si os hiciera una pregunta personal?

Ella se apoyó en el alféizar de la ventana, presa de una inexplicable inquietud.

—Por supuesto que no. Vos sois… mi amigo.

—¿Por qué no habéis obligado al duque a casarse con vos?

La mujer se giró con brusquedad, con la cabeza alta y la mirada llameante.

—¿Obligarle a casarse conmigo? Pero…

—No debería de haber hecho esa pregunta —dijo él.

—No. —Ella se encogió de hombros—. Hay una buena razón política… Mientras mi duque permanezca soltero, algunas de las Grandes Casas pueden esperar una alianza. Y… —Suspiró—. Obligar a la gente y forzar a las personas a hacer algo es tener una actitud cínica hacia la humanidad. Es algo que envilece todo lo que toca. Si le hubiera obligado a ello… en realidad no hubiera sido una decisión suya.

—Son palabras dignas de mi Wanna —murmuró Yueh. Lo que también era verdad. Se llevó una mano a la boca y tragó saliva convulsivamente. Nunca había estado tan cerca de hablar para confesar su misión secreta.

Jessica habló e interrumpió sus divagaciones.

—Además, Wellington, el duque es en realidad dos hombres. A uno le amo muchísimo. Es encantador, ingenioso, considerado… tierno, todo lo que una mujer puede desear. Pero el otro hombre es… frío, insensible, exigente, egoísta, tan duro y cruel como el viento invernal. Ese es el hombre que fue formado por su padre. —Su rostro se contrajo—. ¡Si al menos ese anciano hubiera muerto cuando nació mi duque!

En el silencio que se hizo entre ambos se oyó el repiqueteo de la persiana debido a la brisa que emanaba de un ventilador.

Un instante después, Jessica inspiró profundamente y dijo:

—Leto tiene razón… estas habitaciones son más acogedoras que las del resto de la casa. —Se giró y recorrió la estancia con la mirada—. Si me perdonáis, Wellington, me gustaría echar otra ojeada a toda esta ala antes de asignar los aposentos.

—Por supuesto —asintió Yueh.

Y pensó: «Si al menos existiera la posibilidad de no tener que cumplir mi misión».

Jessica dejó caer los brazos, se dirigió hacia la puerta que conducía al pasillo y se detuvo un momento, vacilante, en el umbral.

«Me ha estado ocultando algo todo el tiempo que llevamos hablando —pensó—. Sin duda para no herir mis sentimientos. Es un buen hombre. —Vaciló de nuevo, debatiéndose por si darse la vuelta para confrontar a Yueh e intentar sonsacarle su secreto—.

Pero podría avergonzarle, le horrorizaría saber lo sencillo que resulta descubrir sus intenciones. Debo confiar un poco más en mis amigos».

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