Dune
Libro primero: Dune » Capítulo 11
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Se dice que el duque Leto se negó a ver los peligros de Arrakis y fue esa negligencia la que lo precipitó hacia el abismo. Pero ¿no sería más justo afirmar que había vivido tanto tiempo en estrecho contacto con los más graves peligros que no fue capaz de juzgar correctamente un cambio en su intensidad? ¿O que quizá se hubiera sacrificado deliberadamente a fin de asegurar a su hijo una vida mejor? Todo indica que el duque no era hombre que se dejara engañar con facilidad.
De Muad’Dib, comentarios familiares, por la princesa Irulan
El duque Leto Atreides estaba apoyado en un parapeto de la torre de control de aterrizaje en las afueras de Arrakeen. La primera luna nocturna, una moneda achatada y plateada, colgaba alta sobre el horizonte meridional. Bajo ella, los dentados bordes de la Muralla Escudo destellaban como hielo seco entre una bruma de polvo. A su izquierda, las luces de Arrakeen resplandecían a través de esa misma bruma: amarillas… blancas… azules.
Pensó en todos los avisos con su firma que habían enviado a todos los lugares poblados del planeta: «Nuestro Sublime Emperador Padishah me ha encargado que tome posesión de este planeta y ponga fin a toda disputa».
La ceremoniosa formalidad del aviso le infundió una sensación de soledad.
«¿Quién se dejará engañar por ese pomposo legalismo? Los Fremen seguro que no. Ni las Casas Menores que controlan el comercio interior de Arrakis… y que pertenecen todas a los Harkonnen, hasta el último hombre. ¡Han intentado arrebatarle la vida a mi hijo!».
Le costaba controlar su rabia.
Distinguió las luces de un vehículo que venía de Arrakeen y se dirigía hasta donde se encontraba él. Esperó que fueran Paul y su escolta. El retraso comenzaba a inquietarle, aunque sabía que se debía a las precauciones tomadas por el lugarteniente de Hawat.
«¡Han intentado arrebatarle la vida a mi hijo!».
Agitó la cabeza para ignorar la rabia y volvió a mirar el paisaje, donde cinco de sus fragatas se erguían como monolíticos centinelas.
«Mejor un retraso prudente que…».
El lugarteniente era un hombre eficiente, se dijo a sí mismo. Digno de ser ascendido y completamente leal.
«Nuestro Sublime Emperador Padishah…».
Si la gente de aquella guarnición decadente hubiera podido llegar a leer la nota privada enviada por el emperador a su «noble duque», y las despectivas alusiones a los hombres y mujeres ataviados con velos: «… pero ¿qué otra cosa se puede esperar de unos bárbaros cuyo más anhelado deseo es vivir fuera de la ordenada seguridad de las faufreluches?».
En aquel momento, el duque sintió que su más anhelado deseo hubiese sido terminar de una vez por todas con las distinciones de clase y acabar con aquel mortal orden de cosas. Apartó la mirada del polvo, contempló las inmutables estrellas y pensó: «Caladan orbita alrededor de una de esas pequeñas lucecitas… pero nunca más volveré a ver mi hogar».
La nostalgia por Caladan le hizo sentir un dolor repentino en el pecho. Notó que no nacía de él, sino que surgía del propio Caladan. Era incapaz de hacerse a la idea de que aquel polvoriento desierto de Arrakis ahora fuese su hogar, y dudaba que lo consiguiera alguna vez.
«Debo ocultar mis sentimientos —pensó—. Por el bien del muchacho. Si alguna vez llega a tener un hogar, será este. Yo puedo considerar Arrakis como un infierno al que he llegado antes de morir, pero él debe encontrar aquí algo que le inspire. Tiene que haber algo».
Le embargó una oleada de autocompasión que despreció y rechazó de inmediato. Y, por alguna razón, recordó dos versos de un poema de Gurney Halleck que se repetía a menudo:
Mis pulmones respiran el aire del Tiempo
que sopla entre las flotantes arenas…
El duque pensó que Gurney encontraría aquí grandes cantidades de esas flotantes arenas. Los inmensos yermos centrales que había más allá de esos acantilados helados como la luna eran tierras desiertas: páramos llenos de rocas, dunas y torbellinos de polvo, un territorio seco, salvaje e inexplorado con grupos de Fremen esparcidos por aquí y por allá, en la linde y quizá incluso en el interior. Si había alguien capaz de garantizar el futuro de la estirpe de los Atreides, esos podían ser los Fremen.
Eso si los Harkonnen no habían conseguido contagiar también a los Fremen con sus malévolos planes.
«¡Han intentado arrebatarle la vida a mi hijo!».
Un ruido de metal resonó a lo largo de la torre e hizo vibrar la estructura del parapeto. Las pantallas de protección descendieron ante él y bloquearon su visión.
«Está llegando una nave —pensó—. Es hora de descender y trabajar».
Se giró hacia la escalera y bajó hasta la gran sala de reuniones al tiempo que intentaba recuperar la calma y componía su expresión para el inminente encuentro.
«¡Han intentado arrebatarle la vida a mi hijo!».
Los hombres ya habían empezado a entrar en esa sala de cúpula amarilla cuando él llegó. Llevaban sus sacos espaciales sobre los hombros, cuchicheaban y gritaban como estudiantes al volver de vacaciones.
—¡Eh! ¿Notáis eso bajo vuestras botas? ¡Es gravedad, tíos!
—¿Cuántas g hay aquí? Me siento muy pesado.
—Se supone que nueve décimas de g.
El fuego cruzado de palabras se extendió por toda la gran sala.
—¿Habéis echado una ojeada a este agujero mientras llegábamos? ¿Dónde está ese botín que se suponía que había por aquí?
—¡Los Harkonnen se lo deben de haber quedado todo!
—¡Me conformo con una buena ducha caliente y una cama blanda!
—¿Es que no te has enterado, imbécil? Aquí no hay duchas. ¡Hay que lavarse el culo con arena!
—¡Eh! ¡Callaos! ¡El duque!
El duque bajó el último peldaño y avanzó por la sala, que se había quedado en silencio de repente.
Gurney Halleck se colocó frente al grupo para acudir a su encuentro, con el saco al hombro y empuñando el mástil del baliset de nueve cuerdas con la otra mano. Tenía los dedos largos y pulgares gruesos, diestros para arrancar delicadas melodías del instrumento.
El duque observó a Halleck y contempló al hombre tosco y la indómita decisión que emanaba de sus ojos, que resplandecían como cristales. Era un hombre que vivía fuera de las faufreluches, pero obedecía todos sus preceptos. ¿Cómo lo había llamado Paul? «Gurney el valeroso».
El cabello rubio y ralo de Halleck le cubría a duras penas el cuero cabelludo. Su boca ancha tenía un constante rictus de satisfacción, y la cicatriz de estigma de su mandíbula se agitaba como si tuviese vida propia. Hacía gala de un porte casual, pero en él se vislumbraba a un hombre íntegro y capaz. Se acercó al duque y se inclinó.
—Gurney —dijo Leto.
—Mi señor —señaló a los hombres que llenaban la sala con el baliset—, estos son los últimos. Personalmente, hubiera preferido llegar con las primeras tropas, pero…
—Todavía quedan algunos Harkonnen para ti —dijo el duque—. Acompáñame, Gurney, tengo algo que contarte.
—A sus órdenes, mi señor.
Se retiraron a un rincón, cerca de un dispensador de agua a monedas, mientras los hombres recorrían la gran sala de un lado a otro. Halleck dejó caer el saco en una esquina, pero no soltó el baliset.
—¿Cuántos hombres puedes proporcionarle a Hawat? —preguntó el duque.
—¿Thufir se encuentra en problemas, señor?
—Solo ha perdido dos agentes, pero los hombres que ha enviado como avanzadilla nos han proporcionado informes muy precisos sobre la organización de los Harkonnen en este planeta. Si nos movemos rápidamente, puede que consigamos más seguridad, el respiro que necesitamos. Hawat necesita de cuantos hombres puedas proporcionarle, hombres que no titubeen a la hora de usar el cuchillo si es necesario.
—Puedo proporcionarle trescientos de los mejores —dijo Halleck—. ¿Dónde debo enviárselos?
—A la puerta principal. Un agente de Hawat los espera.
—¿Debo ocuparme de ello de inmediato, señor?
—Dentro de un momento. Tenemos otro problema. El jefe de operaciones bloqueará la partida del trasbordador hasta el alba con algún pretexto. El gran crucero de la Cofradía que nos trajo hasta aquí se ha ido ya, y este transbordador tiene que entrar en contacto con un transporte que espera una carga de especia.
—¿Nuestra especia, mi señor?
—Nuestra especia. Pero la nave llevará también a algunos de los cazadores de especia del antiguo régimen. Han optado por irse tras el cambio de feudo, y el Árbitro del Cambio lo ha permitido. Son trabajadores valiosos, Gurney, cerca de ochocientos. Antes de que parta el transbordador, debes persuadir a algunos para que se alisten en nuestras filas.
—¿Cómo de persuasivos quiere que seamos, señor?
—Quiero que cooperen voluntariamente, Gurney. Esos hombres tienen la experiencia y la habilidad que necesitamos. El hecho de que quieran irse sugiere que no forman parte de las maquinaciones de los Harkonnen. Hawat cree que puede haber alguno de ellos infiltrado en el grupo, pero él ve asesinos en cada sombra.
—En el pasado, Thufir descubrió algunas sombras particularmente pobladas, mi señor.
—Y hay otras que no ha visto. Pero creo que colocar agentes encubiertos en esa multitud que se marcha es considerar que los Harkonnen son demasiado perspicaces.
—Es posible, señor. ¿Dónde están esos hombres?
—En el nivel inferior, en una sala de espera. Sugiero que bajes y toques una o dos canciones para apaciguar sus mentes, y luego ejerzas un poco de presión. Puedes ofrecer puestos de mando a los más cualificados. Ofrece un veinte por ciento más de lo que pagaban los Harkonnen.
—¿Solo eso, señor? Sé lo que pagaban los Harkonnen. Y con hombres que tienen el finiquito en los bolsillos y ganas de viajar… Pues bueno, señor, un veinte por ciento no me parece atractivo suficiente para que se queden aquí.
—Entonces ofrece lo que creas pertinente en cada caso —dijo Leto con impaciencia—. Pero recuerda que las arcas no son un pozo sin fondo. Mantente dentro de ese veinte por ciento en la medida de lo posible. Necesitamos sobre todo conductores de especia, meteorólogos, hombres de las dunas, cualquiera que tenga una probada experiencia con la arena.
—Comprendo, señor. «Acudirán a la llamada de la violencia: sus rostros se ofrecerán al viento del este y recogerán la cautividad de la arena».
—Una cita muy emotiva —dijo el duque—. Confía el mando de tu grupo a un lugarteniente. Cuida de que todos reciban una lección sobre la disciplina del agua, y haz que los hombres pasen la noche en los barracones adjuntos al campo. El personal los instruirá. Y no olvides los efectivos para Hawat.
—Trescientos de los mejores, señor. —Volvió a coger el saco espacial—. ¿Dónde lo encontraré una vez cumplido mi trabajo?
—He mandado preparar una sala de reuniones arriba. Nos veremos allí. Quiero preparar una nueva orden de dispersión planetaria y que las escuadras blindadas salgan primero.
Halleck se detuvo con brusquedad mientras se daba la vuelta y se giró para mirar a Leto a la cara.
—¿Habéis anticipado ese tipo de dificultades, señor? Creía que se había designado un Árbitro del Cambio.
—Un combate abierto y clandestino al mismo tiempo —dijo el duque—. Se derramará mucha sangre antes de que esto acabe.
—«Y el agua que bebáis del río se convertirá en sangre sobre la tierra seca» —recitó Halleck.
—Sin demora, Gurney —suspiró el duque.
—De acuerdo, mi señor. —La violácea cicatriz se contrajo bajo su sonrisa—. «He aquí al asno salvaje del desierto que se precipita hacia su cometido». —Se dio la vuelta, llegó al centro de la estancia a grandes zancadas, hizo una pausa para transmitir sus órdenes y luego se alejó apresuradamente entre los hombres.
Leto agitó la cabeza mientras contemplaba cómo se marchaba. Halleck era una caja de sorpresas: una mente repleta de canciones, citas y frases elocuentes… y el corazón de un asesino cuando se nombraba a los Harkonnen.
Se dirigió sin apresurarse hacia el ascensor, atravesando la sala en diagonal, mientras respondía a los saludos con un gesto casual de la mano. Reconoció a uno de los hombres del grupo de propaganda y se detuvo para comunicarle un mensaje que sabía iba a ser difundido por varios canales: los que habían traído a sus mujeres estarían ansiosos por saber que estas estaban seguras y dónde podrían encontrarlas. Para los demás, sería interesante saber que la población local al parecer contaba con más mujeres que hombres.
El duque palmeó al hombre de propaganda en el brazo, señal que indicaba que el mensaje tenía absoluta prioridad y debía ser puesto en circulación de inmediato, y continuó su camino por la sala. Respondió a los saludos de los hombres, sonrió y bromeó con un subalterno.
«Un líder siempre debe parecer confiado —pensó—. Una confianza que debes soportar y no exteriorizar jamás mientras ocupas el puesto. Es un peso sobre mis espaldas, pero debo enfrentarme al peligro sin exteriorizarlo».
Suspiró aliviado cuando se metió en el ascensor y se sintió rodeado por las superficies gélidas e impersonales de la cabina y la puerta.
«¡Han intentado arrebatarle la vida a mi hijo!».