Dune

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Libro primero: Dune » Capítulo 13

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El primer día que Muad’Dib recorrió las calles de Arrakeen con su familia, algunas de las personas con las que se toparon a lo largo del camino recordaron las leyendas y las profecías y se aventuraron a gritar: «¡Mahdi!». Pero aquel grito era más una pregunta que una afirmación, ya que tenían la esperanza de que fuera aquel que les había sido anunciado como el Lisan al-Gaib, la Voz del Otro Mundo. Y su madre también les llamaba la atención, porque habían oído decir que era una Bene Gesserit y, a sus ojos, era muy similar al otro Lisan al-Gaib.

De Manual de Muad’Dib, por la princesa Irulan

El duque encontró a Thufir solo en la habitación de la esquina a la que le había llevado un guardia. Se oía el ruido de los hombres que instalaban el equipo de comunicaciones en la estancia contigua, pero el lugar era bastante tranquilo. El duque miró alrededor mientras Hawat se levantaba de detrás de una mesa repleta de papeles. Las paredes eran de color verde, y además de la mesa el único mobiliario eran tres sillas a suspensor con la H de los Harkonnen disimulada apresuradamente con una plasta de pintura.

—Son sillas completamente seguras —dijo Hawat—. ¿Dónde está Paul, señor?

—Le he dejado en la sala de conferencias. Quiero que descanse un poco sin que nadie le moleste.

Hawat asintió, se acercó a la puerta que daba a la otra habitación y la cerró, lo que ahogó el ruido de la estática y los zumbidos electrónicos.

—Thufir —dijo Leto—, no dejo de pensar en los almacenes de especia imperiales y de los Harkonnen.

—¿Mi señor?

El duque frunció los labios.

—Los almacenes podrían destruirse. —Alzó una mano para impedir a Hawat que hablara—. No, ignora las reservas del emperador. Incluso él se alegraría en secreto si los Harkonnen se vieran en problemas. Y, ¿cómo podría protestar el barón si se destruye algo que oficialmente no puede admitir que posee?

Hawat agitó la cabeza.

—Tenemos pocos efectivos, señor.

—Usa algunos de los hombres de Idaho. Quizá algunos de los Fremen verían con agrado un viaje fuera del planeta. Una incursión a Giedi Prime, una distracción así tendría varias ventajas tácticas, Thufir.

—Como deseéis, mi señor. —Hawat se giró, y el duque notó el nerviosismo del anciano.

«Quizá sospecha que no confío en él. Debe de saber que he recibido informes privados que alertan de la presencia de traidores. Bien, será mejor calmar sus inquietudes de inmediato», pensó.

—Thufir —dijo—, como eres uno de los pocos hombres en quien puedo confiar plenamente, hay otro asunto que debemos discutir. Ambos sabemos lo atentos que tenemos que estar para impedir que los traidores se infiltren entre nuestras fuerzas… pero he recibido dos nuevos informes.

Hawat se giró y se quedó mirándolo.

Leto le repitió lo que le había contado Paul.

Pero en lugar de producir en él una intensa concentración mentat, los informes solo aumentaron la agitación de Hawat.

Leto estudió al anciano y, finalmente, dijo:

—Me has estado ocultando algo, viejo amigo. Debí sospecharlo cuando te vi tan nervioso en la reunión. ¿Qué puede ser tan grave como para no atreverte a mencionarlo delante de todos en la conferencia?

Los labios manchados de safo de Hawat se cerraron hasta formar una larga y delgada línea de la que surgían pequeñas arrugas. Mantuvieron su rigidez mientras decía:

—Mi señor, la verdad es que no sé cómo sacar el tema.

—Hemos compartido un buen número de cicatrices, Thufir —dijo el duque—. Sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea.

Hawat siguió mirándolo en silencio y pensó: «Este es el duque que me gusta, el hombre de honor que invita a servirle con la mayor lealtad. ¿Por qué hacerle daño?».

—¿Y bien? —inquirió Leto.

Hawat se encogió de hombros.

—Es el fragmento de un mensaje. Lo conseguimos de un mensajero de los Harkonnen. Iba dirigido a un agente llamado Pardee. Tenemos buenas razones para creer que Pardee era el hombre más importante de la organización clandestina Harkonnen del lugar. El mensaje… es algo que podría tener graves consecuencias o ninguna. Se puede interpretar de varias maneras.

—¿Por qué es tan problemático el mensaje?

—Es un fragmento, mi señor. Está incompleto. Era un film minimic que tenía la habitual cápsula de destrucción. Conseguimos detener el ácido justo antes de que acabase de corroerlo y solo salvamos un fragmento. No obstante, se trata de un fragmento muy evocador.

—¿Sí?

Hawat se humedeció los labios.

—Dice: «… eto nunca sospechará, y cuando reciba el golpe de una mano tan querida, solo saber de dónde proviene bastará para destruirlo». La nota llevaba el sello personal del barón; lo he comprobado yo mismo.

—Tus sospechas son fundadas —dijo el duque con una voz que se había vuelto más fría de improviso.

—Me cortaría los brazos antes que hacerle daño —dijo Hawat—. Mi señor, y si…

—La dama Jessica —dijo Leto, y sintió cómo le consumía la rabia—. ¿No has podido sonsacarle más a ese Pardee?

—Por desgracia, Pardee ya no estaba entre los vivos cuando logramos interceptar el mensajero. Y estoy seguro de que el mensajero no sabía lo que llevaba.

—Comprendo.

Leto agitó la cabeza y pensó: «Qué maniobra tan rastrera. No puede ser cierto. Conozco a mi mujer».

—Mi señor, si…

—¡No! —espetó el duque—. Tiene que haber algún error…

—No podemos ignorarlo, mi señor.

—¡Lleva conmigo desde hace dieciséis años! Ha tenido innumerables oportunidades para… ¡Tú mismo investigaste la escuela y a ella!

—Hay cosas que pueden escapárseme —dijo Hawat con amargura.

—¡Te digo que es imposible! Los Harkonnen quieren destruir toda la estirpe de los Atreides, incluido a Paul. Ya lo han intentado una vez. ¿Cómo va una mujer a conspirar contra su propio hijo?

—Quizá no conspire contra su hijo y el atentado de ayer solo haya sido una farsa.

—No era ninguna farsa.

—Señor, se supone que ella no sabe cuál es su ascendencia, pero ¿y si lo supiese? ¿Y si se hubiese quedado huérfana, sin familia por culpa de los Atreides?

—Hubiera actuado hace ya mucho tiempo. Veneno en mi bebida, un puñal en la noche. ¿Quién hubiera tenido mejores oportunidades de acercarse a mí?

—Los Harkonnen quieren destruiros, mi señor. Sus intenciones no se limitan solo a mataros. Existe toda una gama de sutiles distinciones en el kanly. Podrían llegar a hacer de la venganza toda una obra de arte.

El duque hundió los hombros. Cerró los ojos y lució viejo y cansado.

«No puede ser —pensó—. Esa mujer me ha abierto su corazón».

—¿Qué mejor manera de destruirme que sembrar sospechas contra la mujer que uno ama? —preguntó.

—Una interpretación que también he considerado —dijo Hawat—. Sin embargo…

El duque abrió los ojos, miró a Hawat y pensó: «Que sospeche. Ese es su trabajo, no el mío. Quizá alguien cometa una imprudencia si hago como que me lo creo todo».

—¿Qué sugieres? —susurró el duque.

—Por el momento, vigilancia constante, mi señor. No hay que perderla de vista ni un momento. Me ocuparé personalmente de que se haga con discreción. Idaho sería la persona ideal para el trabajo: quizá en una o dos semanas volvamos a tenerlo por aquí. Entre los hombres de Idaho hay un joven que hemos adiestrado y que podría ser su sustituto ideal entre los Fremen. Está muy dotado para la diplomacia.

—No podemos correr el riesgo de poner en peligro nuestra amistad con los Fremen.

—Por supuesto que no, señor.

—¿Y qué me dices de Paul?

—Quizá podríamos avisar al doctor Yueh.

El duque se dio la vuelta y le dio la espalda a Hawat.

—Lo dejo en tus manos.

—Seré discreto, mi señor.

«De eso no me cabe duda», pensó Leto.

Luego dijo:

—Voy a dar una vuelta. Si me necesitas, estaré en el interior del recinto. La guardia puede…

—Mi señor, antes de que os marchéis quisiera que leyerais un filmclip. Es un primer análisis aproximativo de la religión de los Fremen. Recordad que me pedisteis que preparara un informe sobre el tema.

El duque se quedó en silencio y luego habló sin girarse:

—¿No puede esperar?

—Por supuesto, mi señor. Pero vos me preguntasteis qué era lo que gritaban. Era «¡Mahdi!», una palabra que iba dirigida al joven amo. Cuando ellos…

—¿A Paul?

—Sí, mi señor. En este lugar tienen una leyenda, una profecía que anuncia la llegada de un líder, hijo de una Bene Gesserit, que los guiará hacia la verdadera libertad. Sigue el patrón mesiánico habitual.

—¿Y creen que Paul es ese… ese…?

—Solo tienen la esperanza de que lo sea, mi señor. —Hawat le tendió la cápsula del filmclip.

El duque la cogió y se la guardó en el bolsillo.

—Lo veré más tarde.

—Claro, mi señor.

—Por el momento, necesito tiempo para… pensar.

—Sí, mi señor.

El duque respiró hondo y salió de la estancia a grandes zancadas. Giró por el pasillo a la derecha con las manos cruzadas a la espalda y sin prestar mucha atención a sus alrededores. Recorrió pasillos, escaleras, terrazas y salas… gente que le saludaba y se echaba a un lado para dejarle pasar.

Un tiempo después, volvió a la sala de conferencias. Las luces estaban apagadas, y Paul dormía sobre la mesa cubierto con el capote de un guardia y con un saco de equipaje de almohada. El duque avanzó sin hacer ruido hacia el fondo de la sala y salió a la terraza que dominaba el campo de aterrizaje. En la esquina había un guardia que se cuadró al reconocer al duque bajo el tenue reflejo de las luces del campo.

—Descanse —murmuró el duque. Se apoyó en el frío metal de la balaustrada.

El silencio que precedía al alba reinaba sobre la desértica depresión. Alzó la mirada: sobre él, las estrellas eran como un manto de brillantes lentejuelas sobre el añil del cielo. La segunda luna nocturna colgaba baja sobre el horizonte meridional entre un halo de polvo, una luna malévola que lo miraba con luz cínica.

Mientras el duque la miraba, la luna se hundió entre los acantilados aserrados de la Muralla Escudo que cubrió de un reflejo níveo, y el hombre sintió un escalofrío en la repentina y densa oscuridad. Se estremeció.

La ira se apoderó de él.

«Los Harkonnen me han entorpecido, acosado y perseguido por última vez —pensó—. ¡No son más que un montón de estiércol con cerebro de dictador! ¡Pero conmigo se acabó! —Luego añadió, con un toque de amargura—: Debo gobernar con el ojo tanto como con las garras, igual que hace el halcón con aves más débiles».

Su mano acarició el emblema del halcón de su túnica inconscientemente.

Por el este, la noche se topó con un halo de gris luminosidad, y luego una opalescencia anacarada ofuscó las estrellas. El horizonte al completo terminó por verse invadido por la resplandeciente luz del alba.

Era una escena tan bella que cautivó toda su atención.

«Algunas cosas mendigan nuestro amor», pensó.

Jamás hubiera imaginado que en aquel planeta existiese algo tan hermoso como ese horizonte rojo contra el reflejo ocre y púrpura de los acantilados aserrados. Al otro lado del campo de aterrizaje, donde el escaso rocío nocturno había tocado la vida de las presurosas simientes de Arrakis, vio florecer enormes manchas de flores rojas sobre las que avanzaba una trama violeta, como pasos de un invisible gigante.

—Un maravilloso amanecer, señor —dijo el guardia.

—Sí, lo es.

El duque inclinó la cabeza y pensó: «Quizá este planeta pueda crecer y desarrollarse. Tal vez pueda convertirse en un buen hogar para mi hijo».

Después vio unas figuras humanas que avanzaban por los campos de flores y los barrían con sus extraños utensilios parecidos a hoces: recolectores de rocío. El agua era tan valiosa en aquel planeta que hasta el rocío debía ser recolectado.

«Pero puede ser también un mundo abominable», pensó el duque.

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