Dune

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Libro primero: Dune » Capítulo 15

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Kynes volvió a la frecuencia del equipo de trabajo, y una voz atronó por el altavoz:

—¡… un cargamento de especia casi completo! ¡Tenemos un cargamento de especia completo! ¡No podemos abandonarlo por un maldito gusano! Cambio.

—¡Olvidaos de la especia! —gruñó el duque. Volvió a coger el micrófono—: Siempre podremos encontrar más especia. Podemos salvaros a todos menos a tres con nuestras naves. Échenlo a suertes o decidan a su manera quiénes van a venir. Pero deben ser evacuados. ¡Es una orden! —Tiró el micrófono con fuerza a las manos de Kynes y murmuró—: Lo siento.

Kynes agitó el dedo en el que el duque le había hecho daño.

—¿Cuánto tiempo queda? —preguntó Paul.

—Nueve minutos —dijo Kynes.

—Este aparato es más potente que los demás —dijo el duque—. Si despegamos con los propulsores y las alas a tres cuartos, podríamos meter a otro hombre más.

—La arena es blanda —dijo Kynes.

—Con una sobrecarga de cuatro hombres, corremos el riesgo de romper las alas al despegar con los propulsores, señor —dijo Halleck.

—No con este aparato —dijo el duque. Volvió a aferrar los mandos, y el tóptero planeó por encima del tractor. Las alas se alzaron y frenaron el vehículo, que se deslizó hasta detenerse por completo a una veintena de metros de la cosechadora.

El tractor se había quedado en silencio y la arena ya no surgía a chorros por los escapes. Solo se oía un leve zumbido mecánico, que se hizo más intenso cuando el duque abrió la portezuela.

Sus fosas nasales se vieron asaltadas al instante por un olor a canela denso y penetrante.

Con un sonoro batir de alas, los rastreadores planearon sobre la arena por el lado opuesto del tractor. A su vez, la escolta descendió en picado por el lado en el que se encontraba el duque.

Paul miró el tractor y vio que los tópteros parecían minúsculos mosquitos al lado de un monstruoso escarabajo.

—Gurney, tú y Paul quitad los asientos posteriores —dijo el duque. Plegó manualmente las alas a tres cuartos, las colocó en el ángulo preciso y revisó los controles de los propulsores—. ¿Por qué diablos no salen aún de esa máquina?

—Aún esperan que llegue el ala de acarreo —dijo Kynes—. Les quedan unos cuantos minutos. —Miró el desierto que se extendía hacia el este.

Todos miraron en la misma dirección y no vieron al gusano, pero el ambiente estaba cargado de angustia.

El duque cogió el micrófono y pasó a su frecuencia de órdenes.

—Dos de ustedes despréndanse de sus generadores de escudo. Es una orden. Así podrán cargar a otro hombre. No vamos a dejar a nadie a merced de ese monstruo. —Volvió a la frecuencia de trabajo y gritó—: ¡Bien, Delta Ajax nueve! ¡Fuera de ahí! ¡Rápido! ¡Es una orden de su duque! ¡Muévanse o cortaré ese tractor con un láser!

Se abrió una compuerta de repente junto a la parte frontal del tractor, otra en el extremo posterior y una tercera en la parte alta. Empezaron a salir hombres, tropezando y resbalando con la arena. Un hombre alto envuelto en una túnica remendada fue el último en salir. Saltó primero a una de las ruedas oruga y luego a la arena.

El duque colocó el micrófono en el panel y salió al exterior. Llegó hasta uno de los peldaños del ala y gritó:

—¡Dos hombres en cada uno de los rastreadores!

El hombre de la túnica remendada dividió al personal en grupos de a dos y los envió a los aparatos que esperaban al otro lado.

—¡Cuatro aquí! —gritó el duque—. ¡Cuatro en esa máquina! —Apuntó un dedo hacia uno de los tópteros de escolta que tenía justo detrás. En aquel momento, los guardias acababan de quitar el generador del escudo—. ¡Y cuatro en esa de allá! —Apuntó a otro que ya había descargado el generador—. ¡Y tres en los demás! ¡Corred, especie de perros de arena!

El hombre alto terminó de distribuir a los hombres y se acercó arrastrando los pies por la arena, seguido por tres de sus compañeros.

—Oigo el gusano, pero no lo veo —dijo Kynes.

Todos lo oyeron en ese momento. Un culebreo rasposo, un crepitar distante que crecía en intensidad.

—Así no se puede trabajar —gruñó el duque.

Los aparatos comenzaron a batir las alas sobre la arena a su alrededor. El duque recordó las junglas de su planeta natal, el alzar el vuelo de los grandes pájaros carroñeros sorprendidos en un claro sobre el costillar del cadáver de un toro salvaje.

Los trabajadores de la especia se afanaron en llegar a toda prisa al lateral del tóptero y subieron detrás del duque. Halleck los ayudó y tiró de ellos hacia la parte de atrás.

—¡Arriba, chicos! —exclamó—. ¡Rápido!

Paul quedó apretujado en un rincón entre los hombres jadeantes, percibió el olor del miedo y vio que dos de ellos llevaban el destiltraje mal colocado en el cuello. Tomó nota de ello para solucionarlo más adelante. Su padre tendría que imponer una disciplina más rigurosa con los destiltrajes. Los hombres tienden a relajarse si uno descuida ciertas cosas.

El último hombre subió detrás y jadeó:

—¡El gusano! ¡Está a punto de llegar! ¡Despeguemos!

El duque se colocó en su asiento, frunció el ceño y dijo:

—Aún tenemos casi tres minutos según el cálculo del primer contacto. ¿No es así, Kynes? —Cerró la portezuela y la comprobó.

—Así es, mi señor —respondió Kynes.

«Este duque nunca pierde los nervios», pensó al instante.

—Todo a punto, señor —dijo Halleck.

El duque asintió y comprobó que el último de los aparatos de escolta había despegado. Reguló la ascensión, echó una última ojeada a las alas y a los instrumentos y luego pulsó los controles de los propulsores.

La fuerza del despegue hundió al duque y a Kynes contra los asientos, y comprimió aún más a los que se encontraban detrás. Kynes contempló cómo el duque manejaba los controles, con seguridad y delicadeza. El tóptero ya se encontraba en el aire, y el duque examinó los instrumentos y miró a izquierda y derecha para no perder de vista las alas.

—Vamos muy cargados, señor —dijo Halleck.

—Al límite de lo que puede soportar el vehículo —dijo el duque—. ¿Crees que me atrevería a arriesgar la vida de mis pasajeros, Gurney?

Halleck sonrió.

—Ni por un instante, señor —dijo.

El duque dio una amplia curva ascendente con la máquina para colocarse sobre el tractor.

Aplastado contra un rincón al lado de la ventanilla, Paul miró hacia abajo y vio la silenciosa máquina sobre la arena. La señal del gusano había desaparecido a unos cuatrocientos metros del tractor. Y ahora la arena que rodeaba la máquina había empezado a agitarse.

—El gusano está bajo el tractor —explicó Kynes—. Vais a asistir a un espectáculo que pocos han visto.

Unas manchas oscuras sombrearon la arena que rodeaba el tractor. La enorme máquina comenzó a hundirse hacia la derecha, lugar donde había empezado a formarse un gigantesco vórtice. Empezó a girar cada vez más rápido. La arena y el polvo se elevaron por los aires a cientos de metros alrededor de la máquina.

¡Fue entonces cuando lo vieron!

Se formó un enorme agujero en la superficie. La luz del sol resplandeció en las paredes blancas y lisas del interior. Paul estimó que el orificio tenía por lo menos el doble de diámetro que la longitud del tractor. Contempló cómo la máquina caía por la abertura levantando una nube de polvo y arena. El agujero volvió a cerrarse.

—¡Por los dioses, menudo monstruo! —murmuró un hombre que se encontraba junto a Paul.

—¡La especia que tanto nos ha costado conseguir! —gruñó otro.

—Alguien pagará por lo ocurrido —dijo el duque—. Os lo prometo.

Paul percibió una profunda ira en la lacónica respuesta de su padre. Se dio cuenta de que él sentía lo mismo. ¡Era un despilfarro inmoral!

Kynes interrumpió el silencio posterior.

—Bienaventurado el Hacedor y Su agua —murmuró—. Bienaventurada Su llegada y Su partida. Pueda Su paso purificar el mundo. Pueda Él conservar el mundo para Su pueblo.

—¿Qué recitas? —preguntó el duque.

Pero Kynes no respondió.

Paul miró a los hombres hacinados a su alrededor. Miraban aterrados la nuca de Kynes. Uno susurró:

—Liet.

Kynes se dio la vuelta, ceñudo. El hombre intentó esconderse, avergonzado.

Otro de los rescatados empezó a toser, una tos seca y áspera. Luego gruñó:

—¡Maldito sea ese agujero infernal!

—Cállate, Coss —dijo el hombre alto que había sido el último en salir del tractor—. No haces más que empeorar tu tos. —Apartó al grupo hasta que quedó frente a la nuca del duque—. Sois el duque Leto, supongo —dijo—. Nos gustaría daros las gracias por salvarnos la vida. Antes de vuestra llegada estábamos perdidos.

—Silencio, hombre, y deja pilotar al duque —murmuró Halleck.

Paul miró a Halleck. Él también había visto la rabia que emanaba de las facciones de su padre. Uno debía actuar con cautela cuando el duque estaba furioso.

Leto sacó al tóptero de su trayectoria circular y se detuvo al ver que la arena volvía a moverse. El gusano se había retirado a las profundidades, y cerca del lugar donde hasta hacía unos instantes se encontraba el tractor había dos figuras que avanzaban hacia el norte para alejarse de la depresión arenosa. Parecían deslizarse por la superficie y apenas levantaban unos granos de arena.

—¿Quiénes son esos dos de ahí abajo? —barbotó el duque.

—Dos tipos que se unieron a nosotros por curiosidad, señor —dijo el hombre alto de las dunas.

—¿Por qué nadie me informó sobre ellos?

—Ellos quisieron correr ese riesgo, señor —respondió el hombre de las dunas.

—Mi señor —dijo Kynes—, esos hombres saben que no se puede hacer nada cuando alguien queda atrapado por el desierto en territorio de un gusano.

—¡Enviaremos un aparato de la base a recogerlos! —espetó el duque.

—Como queráis, mi señor —dijo Kynes—. Pero es probable que cuando llegue ya no quede nadie a quien rescatar.

—Lo enviaremos de todos modos —dijo el duque.

—Estaban justo al lado de donde salió el gusano —dijo Paul—. ¿Cómo han conseguido escapar?

—Las paredes del orificio son curvadas, lo que hace que las distancias sean engañosas —dijo Kynes.

—Estamos malgastando combustible, señor —aventuró Halleck.

—Me he dado cuenta, Gurney.

El duque hizo girar el aparato en redondo hacia la Muralla Escudo. La escolta descendió de sus posiciones de observación y formó a sus flancos.

Paul reflexionó sobre lo que habían dicho el hombre de las dunas y Kynes. Había percibido verdades a medias y también mentiras descaradas. Los hombres que avanzaban por la arena de debajo habían huido con mucha seguridad, como si hubiesen calculado la ruta perfecta para no hacer que el gusano volviese a salir de las profundidades.

«¡Son Fremen! —pensó Paul—. ¿Quién si no podría moverse por la arena con tanta seguridad? ¿Quién si no sería capaz de no caer presa del pánico? Saben que no están en peligro. ¡Saben cómo sobrevivir en el desierto! ¡Saben cómo escapar del gusano!».

—¿Qué hacían esos Fremen en el tractor? —preguntó Paul.

Kynes se giró con brusquedad.

El hombre alto de las dunas abrió los ojos como platos y miró a Paul. Azul sobre azul.

—¿Quién es este muchacho? —preguntó.

Halleck se interpuso entre el hombre y Paul.

—Es Paul Atreides, el heredero ducal —dijo.

—¿Por qué dice que había Fremen en nuestra máquina? —preguntó el hombre.

—Se ciñen a la descripción —dijo Paul.

Kynes resopló.

—¡No se puede identificar a un Fremen de un vistazo! —Miró al hombre de las dunas—. Tú, ¿quiénes eran esos hombres?

—Amigos de uno de los otros —dijo el hombre de las dunas—. Amigos de un poblado que querían ver las arenas de la especia.

Kynes se giró.

—¡Fremen!

En ese momento recordó las palabras de la leyenda: «El Lisan al-Gaib sabrá ver a través de cualquier subterfugio».

—Lo más seguro es que ya hayan muerto, joven señor —dijo el hombre de las dunas—. No está bien que hablemos mal de ellos.

Pero Paul seguía percibiendo la mentira en sus voces, y también la amenaza que había hecho que Halleck se situara a su lado para protegerlo.

—Es un lugar terrible para morir —dijo Paul, lacónico.

—Cuando Dios ordena a una criatura que muera en un lugar determinado —dijo Kynes sin darse la vuelta—, hace que Su voluntad conduzca a la criatura hasta ese lugar.

Leto se giró y dedicó una mirada penetrante a Kynes.

Kynes se la devolvió y de repente se sintió muy turbado por algo que no había previsto: «El duque estaba mucho más preocupado por los hombres que por la especia. Ha arriesgado su vida y la de su hijo para salvarlos. Ha obviado la pérdida del tractor y toda la especia. Pero la amenaza que pesaba sobre la vida de esos hombres le ha encolerizado. Un líder como él podría conseguir una lealtad que roce el fanatismo. Sería difícil de abatir».

Kynes se vio obligado a admitir para sí contra su voluntad y sus prejuicios: «Me gusta este duque».

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