Dune

Dune


Libro segundo: Muad’dib » Capítulo 28

Página 34 de 66

Vinimos de Caladan, un mundo paradisíaco para nuestra forma de vida. En Caladan no existía la necesidad de construir un paraíso físico o mental… lo teníamos a nuestro alrededor. Y el precio que pagamos era el precio que los hombres siempre han pagado por llegar al paraíso: nos acomodamos, perdimos nuestro temple.

De Conversaciones con Muad’Dib, por la princesa Irulan

—Así que tú eres el gran Gurney Halleck —dijo el hombre.

Halleck estaba de pie en la caverna redonda que hacía las veces de despacho, y el contrabandista estaba sentado frente a él tras un escritorio metálico. El hombre llevaba túnicas Fremen, y el tono azulado de sus ojos indicaba que parte de su dieta estaba formada por alimentos de fuera del planeta. El despacho era una reproducción del centro de control de una fragata espacial: equipo de comunicaciones y pantallas que cubrían una pared de treinta grados de curvatura, controles remotos de instrumentos y armas, y el escritorio sobresalía como si formase parte de la misma curva de la pared.

—Soy Staban Tuek, hijo de Esmar Tuek —dijo el contrabandista.

—Entonces debo darte las gracias por la ayuda que nos habéis prestado —dijo Halleck.

—Ahhh, gratitud —dijo el contrabandista—. Siéntate.

Una butaca que parecía sacada de una nave salió de la pared de debajo de las pantallas, y Halleck se sentó en ella con un suspiro, consciente de su agotamiento. Vio su propio reflejo en la superficie oscura junto al contrabandista y frunció el ceño al contemplar la fatiga que se reflejaba en su arrugado rostro. La cicatriz de estigma a lo largo de su mandíbula se retorció.

Halleck apartó la vista de su reflejo y miró a Tuek. En ese momento descubrió el parecido familiar en sus facciones: las cejas pobladas de su padre, el mismo perfil recio y anguloso de las mejillas y de la nariz.

—Tus hombres me han dicho que tu padre ha muerto a manos de los Harkonnen —dijo Halleck.

—De los Harkonnen o del traidor que había entre los tuyos —apuntilló Tuek.

La cólera se sobrepuso a la fatiga de Halleck. Se irguió.

—¿Sabes quién es el traidor?

—No estamos seguros.

—Thufir Hawat sospechaba de la dama Jessica.

—Ahhh, la bruja Bene Gesserit… quizá. Pero ahora Hawat es prisionero de los Harkonnen.

—Eso he oído. —Halleck respiró hondo—. Algo me dice que no será la única matanza.

—Intentaremos pasar desapercibidos —aseguró Tuek.

Halleck se envaró.

—Pero…

—Tú y los hombres que hemos conseguido salvar podéis refugiaros con nosotros —dijo Tuek—. Hablas de gratitud. Pues muy bien. Trabajad para pagar vuestra deuda. La mano de obra adicional nunca está de más. Pero acabaremos con vosotros si intentáis el menor ataque al descubierto contra los Harkonnen.

—¡Pero han matado a tu padre, hombre!

—Quizá. Y si es así, te responderé igual que lo hacía mi madre a los que actuaban sin pensar: «Pesada es la piedra y densa la arena, pero no son nada al lado de la furia de un idiota».

—Entonces ¿quieres decir que no vais a hacer nada al respecto? —preguntó Halleck, sorprendido.

—Eso no es lo que he dicho. Solo he dejado claro que quiero proteger nuestro contrato con la Cofradía. La Cofradía exige ser muy prudente. Hay otras formas de destruir a un enemigo.

—Ahhh…

—Así es. Si de verdad pretendes ir a por la bruja, hazlo. Pero debo advertirte que es probable que ya sea demasiado tarde… y dudamos que sea la persona a la que estás buscando.

—Hawat no suele equivocarse.

—Y, aun así, ha caído en las garras de los Harkonnen.

—¿Crees que él es el traidor?

Tuek se encogió de hombros.

—Es irrelevante. Creemos que la bruja está muerta. Parece ser que los Harkonnen piensan lo mismo.

—Sabes mucho sobre los Harkonnen.

—Señales e indicios… rumores y deducciones.

—Somos setenta y cuatro —dijo Halleck—. Si nos estás proponiendo que nos unamos a vosotros es porque tienes que estar convencido de que nuestro duque ha muerto.

—Han visto el cadáver.

—¿Y también el muchacho, el joven amo Paul? —Halleck intentó tragar saliva, pero tenía un nudo en la garganta.

—Según nuestros últimos informes, su madre y él desaparecieron en una tormenta en pleno desierto. Es muy probable que jamás se lleguen a encontrar ni sus cadáveres.

—La bruja está muerta, pues… todos muertos.

Tuek asintió.

—Y, por lo que sé, la Bestia Rabban accederá al poder en Dune.

—¿El conde Rabban de Lankiveil?

—Sí.

Halleck necesitó un instante para conseguir dominar la oleada de rabia que amenazaba con apoderarse de él. Luego habló entre jadeos.

—Tengo una cuenta personal con Rabban. La vida de mi familia… —Se frotó la cicatriz de la mandíbula—. Y también esto…

—Uno no debe arriesgarlo todo por saldar cuentas antes de tiempo —advirtió Tuek. Frunció el ceño al ver cómo los músculos de la mandíbula de Halleck se agitaban de repente y cómo entornaba los ojos.

—Lo sé… lo sé… —Halleck respiró hondo.

—Tus hombres y tú podéis trabajar para mí para pagaros el viaje de salida de Arrakis. Hay muchos puestos donde…

—Dejaré que sean mis hombres quienes elijan lo que desean hacer. Ahora que sé que Rabban está aquí, yo me quedo.

—Tus palabras tienen un tono que nos hace replantearnos tu estancia en este lugar.

Halleck miró con fijeza al contrabandista.

—¿Dudas de mi palabra?

—No, no…

—Me habéis salvado de los Harkonnen. Juré fidelidad al duque Leto por menos. Me quedaré en Arrakis, con vosotros… o con los Fremen.

—Se expresen o no, los pensamientos siempre están ahí y tienen su peso —dijo Tuek—. Quizá entre los Fremen descubrieras que la línea que separa la vida de la muerte es demasiado frágil e incierta.

Halleck cerró los ojos por un instante y volvió a sentir que el cansancio se apoderaba de él.

—«¿Dónde está el Señor que nos ha conducido por la tierra de los desiertos y los abismos?» —murmuró.

—Actúa con prudencia y verás cómo llega el día de tu venganza —anunció Tuek—. La impaciencia es más propia de Shaitán. Aplaca tu dolor… Contamos con distracciones para ello. Hay tres cosas que alegran el corazón: el agua, la hierba verde y la belleza de una mujer.

Halleck abrió los ojos.

—Preferiría ver la sangre de Rabban Harkonnen derramada a mis pies. —Miró a Tuek—. ¿Crees que ese día llegará?

—Desconozco qué te depara el destino, Gurney Halleck. Solo puedo ayudarte a afrontar el presente.

—Aceptaré la ayuda y me quedaré hasta que me digas que vengue a tu padre y al resto que…

—Escúchame, guerrero —dijo Tuek. Se inclinó sobre el escritorio con la cabeza hundida entre los hombros y la mirada fija en Halleck. El rostro del contrabandista se convirtió de repente en una máscara de piedra—. Yo mismo me encargaré de cobrarme el agua de mi padre con mi propia espada.

Halleck miró fijamente a Tuek. En ese momento, el contrabandista le recordó al duque Leto: un líder, valeroso, seguro de su lugar y de sus actos. Era como el duque… antes de Arrakis.

—¿Aceptas mi espada a tu lado? —preguntó Halleck.

Tuek se reclinó, se relajó y examinó a Halleck en silencio.

—¿Crees que soy un «guerrero»? —insistió Halleck.

—Eres el único de los lugartenientes del duque que ha conseguido escapar —explicó Tuek—. Vuestros enemigos os superaban en número, y sin embargo os batisteis con ellos. Los derrotasteis como nosotros hemos derrotado Arrakis.

—¿Eh?

—Vivimos aquí porque no tenemos alternativa, Gurney Halleck —dijo Tuek—. Arrakis es nuestro enemigo.

—Y tenemos que enfrentarnos a nuestros enemigos uno a uno, ¿no es así?

—Así es.

—¿Los Fremen piensan igual?

—Quizá.

—Has afirmado que el estilo de vida de los Fremen sería demasiado duro para mí. Viven en el desierto, al descubierto. ¿Es por eso?

—¿Quién sabe dónde viven los Fremen? Para nosotros, la Meseta Central es tierra de nadie. Pero me gustaría seguir hablando de…

—Me han dicho que la Cofradía no suele hacer pasar sus cargueros ligeros de especia por encima del desierto —dijo Halleck—. Pero los rumores afirman que hay zonas verdes aquí y allá, sí uno sabe dónde mirar.

—¡Rumores! —se burló Tuek—. ¿Quieres elegir entre los Fremen y yo? Aquí tenemos medidas de seguridad, nuestro propio sietch excavado en la roca y nuestras depresiones ocultas. Vivimos como hombres civilizados. Los Fremen no son más que unas bandas de harapientos que usamos como cazadores de especia.

—Pero pueden matar Harkonnen.

—¿Y quieres saber los resultados? En este mismo momento están siendo cazados como animales, con láseres porque no tienen escudos. Van a ser exterminados. ¿Por qué? Porque han matado Harkonnen.

—¿De verdad eran Harkonnen los que mataron? —preguntó Halleck.

—¿Qué quieres decir?

—¿No has oído hablar de la presencia de Sardaukar con los Harkonnen?

—Más rumores.

—Pero una matanza… no es típico de los Harkonnen. Una matanza es un desperdicio.

—Yo creo lo que ven mis ojos —dijo Tuek—. Haz tu elección, guerrero. Los Fremen o yo. Yo te prometo un refugio y la oportunidad de derramar la sangre que ambos queremos. Puedes estar seguro de ello. Los Fremen solo te ofrecerán el estilo de vida de un animal acosado.

Halleck vaciló al notar la sabiduría y la cordialidad de las palabras de Tuek, inquieto sin saber muy bien por qué.

—Confía en tus habilidades —dijo Tuek—. ¿Qué decisiones te han permitido sobrevivir en la batalla? Las tuyas. Decide.

—Así debe ser —dijo Halleck—. ¿El duque y su hijo han muerto?

—Así lo creen los Harkonnen. Yo me inclinaría a creer lo que dicen cuando hablan de esos temas. —Una torva sonrisa se dibujó en su rostro—. Pero solo en esos temas.

—Pues así debe ser —repitió Halleck. Tendió su mano derecha con la palma hacia arriba y el pulgar doblado sobre ella: el gesto tradicional—. Te entrego mi espada.

—Aceptada.

—¿Quieres que persuada a mis hombres?

—¿Les dejarás tomar una decisión?

—Me han seguido hasta aquí, pero la mayoría son nativos de Caladan. Arrakis no es lo que imaginaban. Aquí lo han perdido todo excepto sus vidas. Preferiría que decidieran por ellos mismos.

—No te puedes permitir titubeos —dijo Tuek—. Te han seguido hasta aquí.

—Los necesitas, ¿no es así?

—Siempre necesitamos guerreros experimentados… y ahora más que nunca.

—Has aceptado mi espada. ¿Quieres que los persuada?

—Yo creo que te seguirán, Gurney Halleck.

—Es de esperar.

—Ciertamente.

—Entonces ¿tengo que decidir yo?

—Tienes que decidir.

Halleck se levantó de la butaca y sintió el gran esfuerzo que requería de él aquel simple movimiento.

—Por ahora, iré a sus aposentos para comprobar que estén bien instalados —dijo.

—Habla con mi intendente —dijo Tuek—. Se llama Drisq. Dile que mi mayor interés es que reciban el mejor trato posible. Me reuniré contigo dentro de un rato. Antes debo controlar el envío fuera del planeta de varios cargamentos de especia.

—La fortuna nunca duerme —dijo Halleck.

—Nunca —repitió Tuek—. Los tiempos revueltos son una oportunidad poco habitual para nuestros negocios.

Halleck asintió mientras oía el leve susurro y el débil silbar del aire cuando se abrió la compuerta estanca que tenía detrás. Se dio la vuelta, bajó la cabeza para franquear el umbral y salió del despacho.

Llegó a la sala de asambleas, lugar por el que habían pasado sus hombres y él cuando los habían escoltado los ayudantes de Tuek. Era una cavidad larga y muy estrecha excavada directamente en la roca cuyas lisas paredes evidenciaban el uso de cortadores a rayos. El techo era lo suficientemente alto como para mantener el soporte natural de la cúpula de roca y permitir la circulación interior del aire. En las paredes había hileras de taquillas y armeros.

Halleck se llenó de orgullo al ver que los hombres de sus filas que aún se podían mantener en pie, seguían erguidos y no se habían relajado a causa del cansancio ni de la derrota. Los médicos de los contrabandistas caminaban entre ellos para atender a los heridos. Las camillas estaban agrupadas a la izquierda, y cada herido tenía a su lado un compañero Atreides.

Halleck se dio cuenta de que el adiestramiento de los Atreides («¡Velaremos por los nuestros!») aún formaba parte de la esencia inalterable de sus hombres.

Uno de sus lugartenientes avanzó hacia él con el baliset de nueve cuerdas fuera de su estuche. El hombre le dedicó un saludo rápido y dijo:

—Señor, los médicos dicen que no hay esperanzas para Mattai. Aquí no hay banco de órganos ni de huesos, solo tratamientos de urgencia. Dicen que Mattai no sobrevivirá, y él quiere pediros algo.

—¿El qué?

El lugarteniente le tendió el baliset.

—Mattai os pide una canción para endulzar su muerte, señor. Dice que sabéis cuál, esa que os ha pedido tantas veces. —El lugarteniente tragó saliva—. La que se llama Mi mujer, señor. Si vos…

—Sí, lo sé. —Halleck cogió el baliset y sacó la multipúa de la sujeción donde se encontraba en el diapasón. Rasgueó con suavidad un acorde y se dio cuenta de que alguien ya lo había afinado. Sintió un escozor en los ojos, pero evitó pensar en nada y siguió adelante con la tonada, rasgueando las cuerdas y esforzándose por sonreír de vez en cuando.

Varios de sus hombres y un médico de los contrabandistas se inclinaron sobre una camilla. Uno de ellos empezó a cantar en voz muy baja mientras Halleck se acercaba, y la costumbre hizo que pillara el contratiempo de la canción al momento:

Mi mujer está en su ventana,

curvas líneas tras los cuadrados cristales.

Se inclina hacia mí, me tiende los brazos

en el crepúsculo rojo y dorado.

Venid a mí

Venid a mí, dulces brazos de mi amor.

Para mí

Para mí, dulces brazos de mi amor.

El cantante se quedó en silencio, extendió un brazo vendado y cerró los ojos al hombre de la camilla.

Halleck rasgueó un último acorde del baliset y pensó: «Ahora somos setenta y tres».

Ir a la siguiente página

Report Page