Dune

Dune


Libro segundo: Muad’dib » Capítulo 32

Página 38 de 66

Los Fremen eran sobresalientes en esa cualidad que los antiguos llamaban «spannungsbogen», que hace referencia a la demora que uno mismo se impone entre el deseo de algo y el acto de conseguirlo.

De La sabiduría de Muad’Dib, por la princesa Irulan

Cuando el alba empezaba a despuntar, ya se estaban acercando a la Caverna de la Cresta y avanzaban a lo largo de la pared de la depresión por una hendidura tan estrecha que los obligaba a ir de lado. A la tenue luz del amanecer, Jessica vio que Stilgar mandaba separar a varios guardias, y los siguió por un momento con la mirada mientras empezaban a escalar la pared del acantilado.

Paul alzó la vista mientras andaban y observó aquel tapiz azulado y gris que envolvía el planeta encajado entre las paredes de la grieta.

Chani tiró de su túnica para que se diera prisa.

—No te entretengas —dijo—. Es casi de día.

—¿Dónde han ido los hombres que han escalado por encima nuestro? —murmuró Paul.

—Harán la primera guardia del día —explicó la chica—. ¡Venga, date prisa!

«Una guardia apostada fuera —pensó Paul—. Inteligente. Pero hubiera sido mejor acercarnos al lugar en grupos separados. Menos posibilidades de que todas nuestras fuerzas puedan ser aniquiladas».

Lo pensó durante un instante y luego se dio cuenta de que era un pensamiento de guerrillero. Recordó que el temor de su padre justo había sido que los Atreides hubieran quedado reducidos a eso, a una casa de guerrilleros.

—Rápido —susurró Chani.

Paul apresuró el paso y oyó el sisear de su túnica detrás. Pensó en aquellas palabras del sirat que había leído en la minúscula Biblia Católica Naranja de Yueh: «El Paraíso a mi derecha, el Infierno a mi izquierda y el Ángel de la Muerte tras de mí».

Repitió varias veces la cita para sí.

Doblaron una esquina tras la que el pasaje se ensanchaba. Stilgar estaba de pie a un lado y señalaba hacia una abertura baja de ángulos rectos.

—¡Rápido! —siseó—. Seremos como conejos en una jaula si una patrulla nos sorprende aquí.

Paul se agachó y siguió a Chani al interior de la caverna, que estaba iluminada por una luz gris y tenue que provenía de algún punto ante ellos.

—Ya puedes levantarte —anunció ella.

Paul se irguió y examinó el lugar: era una estancia amplia y profunda de techo abovedado que se elevaba por encima de ellos a una altura que quedaba fuera de su alcance. La tropa se dispersó entre las sombras. Paul vio cómo su madre salía del hueco y examinaba a sus compañeros. Sintió que no conseguía pasar por Fremen aunque fuera vestido igual que ellos. Sus movimientos tenían la misma gracilidad y energía de siempre.

—Encuentra un lugar para descansar y no molestes, muchacho-hombre —dijo Chani—. Aquí tienes comida. —Le soltó en la mano un par de bocados envueltos en hojas. Olían mucho a especia.

Stilgar apareció detrás de Jessica y dio una orden al grupo a su izquierda.

—Sellad la puerta y asegurad la humedad. —Se giró hacia otro Fremen—: Lemil, trae los globos. —Cogió a Jessica por el brazo—: Me gustaría enseñarte algo, extraña mujer. —Le hizo doblar una esquina hacia la fuente de luz.

Jessica se halló ante otra hendidura en la roca que daba al exterior, una que estaba a mucha altura y se abría a otra depresión de diez o doce kilómetros de ancho. El lugar estaba rodeado por altos farallones. Matas de vegetación crecían diseminadas por toda la superficie.

Mientras contemplaba la depresión a la grisácea luz del alba, el sol salió por encima de la lejana escarpadura e iluminó un paisaje de rocas y arena color terracota. Se dio cuenta de que el sol de Arrakis salía tan rápido que daba la impresión de abalanzarse sobre el horizonte.

«Lo hace porque sabe que nos gustaría que fuese más despacio —pensó—. La noche es más segura que el día. —Se sorprendió soñando con un arcoíris en ese lugar que nunca debía haber conocido la lluvia—. Debo reprimir esta nostalgia. Es una debilidad. No puedo permitirme ser débil».

Stilgar la cogió del brazo y señaló hacia la depresión.

—¡Allí! ¡Observa, los verdaderos drusos!

Jessica miró hacia donde señalaba y vio que algo se movía: gente en el fondo de la depresión que escapaba de la claridad del día, buscando las sombras de las rocas al pie de la pared del otro acantilado. A pesar de la distancia, sus movimientos se divisaban con claridad en el aire límpido. Sacó los binoculares de la túnica y enfocó las lentes de aceite hacia las personas en la distancia. Los pañuelos ondeaban como mariposas multicolores.

—Ese es nuestro hogar —anunció Stilgar—. Llegaremos esta noche. —Contempló la depresión mientras se tiraba del bigote—. Mi gente se ha quedado trabajando hasta muy tarde, lo que quiere decir que no habrá patrullas por los alrededores. Les avisaré más tarde y se prepararán para recibirnos.

—Parecen ser muy disciplinados —dijo Jessica. Bajó los binoculares al ver que Stilgar la observaba.

—Obedecen a las leyes de preservación de la tribu —respondió él—. Así es como elegimos a nuestros jefes. El jefe es el más fuerte, el que procura agua y seguridad. —Miró el rostro de la mujer con fijeza.

Jessica le sostuvo la mirada y contempló sus ojos desprovistos de blanco, los párpados manchados, la barba y el bigote llenos de polvo, el tubo fijado a su nariz y que desaparecía en el destiltraje.

—¿He comprometido tu posición de jefe al vencerte, Stilgar? —preguntó Jessica.

—No me habías desafiado.

—Es importante que un líder conserve el respeto de sus hombres —insistió la mujer.

—Puedo con todos y cada uno de esos piojos de arena —dijo Stilgar—. Vencerme a mí es lo mismo que vencernos a todos. Ahora todos esperan poder aprender… tu extraño arte… Y algunos tienen curiosidad por saber si pretendes desafiarme.

Jessica sopesó las implicaciones.

—¿A un combate formal?

El hombre asintió.

—No te lo aconsejo, porque no te seguirían. No eres de la arena. Lo confirmaron anoche mientras caminábamos hasta aquí.

—Gente práctica —dijo ella.

—Es cierto. —Miró hacia la depresión—. Conocemos nuestras necesidades. Pero son pocos los que reflexionan ahora que estamos tan cerca de casa. Hemos estado fuera mucho tiempo para conseguir el cupo de especia que esos comerciantes libres nos piden para esa maldita Cofradía… Que sus rostros sean siempre negros.

Jessica se detuvo mientras apartaba la vista de él y volvió a mirarlo al instante.

—¿La Cofradía? ¿Qué tiene que ver la Cofradía con vuestra especia?

—Es una orden de Liet —explicó Stilgar—. Sabemos la razón, pero nos amarga la existencia. Pagamos a la Cofradía una cantidad enorme de especia para que ningún satélite nos espíe desde los cielos y sepa lo que hacemos en la superficie de Arrakis.

Ella sopesó sus palabras y recordó que Paul le había dicho que tenía que ser por eso por lo que no había satélites en los cielos de Arrakis.

—¿Y qué hacéis en la superficie de Arrakis que no pueda ser visto?

—La cambiamos… de forma lenta pero segura… para adaptarla a la vida humana. Nuestra generación no lo verá, ni tampoco nuestros hijos ni los hijos de nuestros hijos ni los hijos de los hijos de nuestros hijos… pero llegará el día. —Su mirada ausente vagó por la depresión—. Agua a cielo abierto, plantas verdes y altas, gente caminando libre sin destiltrajes.

«Así que ese es el sueño de Liet-Kynes», pensó Jessica. Luego dijo:

—La corrupción es peligrosa. Su precio tiende a aumentar cada vez más.

—Aumenta —dijo él—, pero esta manera lenta de hacerlo es la más segura.

Jessica se dio la vuelta para mirar la depresión e intentó imaginársela con los mismos ojos que Stilgar. Solo vio las manchas gris y ocre de las rocas distantes y un repentino movimiento en el cielo sobre los farallones.

—Ahhh… —dijo Stilgar.

Jessica pensó al principio que se trataba de un vehículo de patrulla, pero luego se dio cuenta de que era un espejismo: otro paisaje suspendido sobre el desierto arenoso, un verde lejano y convulso donde, a media distancia, un gusano enorme avanzaba por la superficie con algo que parecían ropas Fremen ondeando en su lomo.

El espejismo se desvaneció.

—Cabalgar sería lo mejor —dijo Stilgar—, pero no podemos permitir que un hacedor entre en esta depresión. Así que esta noche nos tocará volver a caminar.

«Hacedor… es el término que usan para los gusanos», pensó ella.

Jessica sopesó lo que Stilgar acababa de decir: había afirmado que no podían permitir que un gusano entrase en la depresión. Ahora comprendía lo que acababa de ver en el espejismo: Fremen cabalgando a lomos de un gusano gigantesco. Necesitó hacer acopio de todo su control para conseguir reprimir el estupor que sintió al comprenderlo.

—Debemos volver con los demás —dijo Stilgar—. De no ser así, los míos podrían sospechar que te estoy seduciendo. Algunos ya están celosos porque mis manos rozaran tu belleza anoche, mientras luchábamos en la Depresión de Tuono.

—¡Ya basta! —cortó Jessica.

—No quería ofenderte —dijo Stilgar con voz amable—. Nunca tomamos a una mujer en contra de su voluntad… Y contigo… —Se encogió de hombros—. No podríamos hacerlo ni aunque quisiéramos.

—No olvides que era la dama de un duque —dijo ella con voz más tranquila.

—Como quieras —dijo Stilgar—. Es hora de sellar esta abertura para permitir la relajación de la disciplina de los destiltrajes. Hoy necesitamos descansar cómodos. Mañana sus familias no les concederán un segundo de respiro.

El silencio se alzó entre ambos.

Jessica contempló el paisaje iluminado por el sol. Había algo más en el tono de voz de Stilgar, la oferta tácita de algo que no era su «protección». ¿Quizá necesitaba una esposa? Comprendió que ella podría cumplir muy bien con ese papel. Sería una manera de resolver cualquier conflicto sobre el liderazgo de la tribu: la hembra al mismo nivel que el macho.

Pero ¿qué ocurriría entonces con Paul? ¿Cuáles serían las normas de parentesco entre esas gentes? ¿Y qué ocurriría con la hija aún no nacida que llevaba en su vientre desde hacía unas semanas? ¿Con la hija de un duque muerto? Se enfrentó cara a cara a lo que significaba esa otra hija que crecía en su interior, al motivo por el que había permitido la concepción. Sabía cuál era: había cedido al instinto primario de todas las criaturas que se enfrentaban a la muerte, alcanzar la inmortalidad gracias a la progenie. El impulso de la fertilidad de las especies siempre las había hecho más fuertes.

Jessica miró a Stilgar y vio que el hombre la examinaba, a la espera.

«Una hija nacida aquí de una mujer casada con este hombre que tengo delante… ¿Cuál sería su destino? —se preguntó—. ¿Intentaría él obstaculizar las obligaciones a las que tenían que someterse las Bene Gesserit?».

Stilgar carraspeó y dejó claro que había intuido la mayor parte de las preguntas que se hacía Jessica.

—Para un jefe, lo más importante es lo que lo convierte en líder: las necesidades de su pueblo. Si me enseñas tus poderes, llegará el día en que uno de los dos tendrá que desafiar al otro. Preferiría otra alternativa.

—¿Acaso existen otras alternativas? —preguntó Jessica.

—La Sayyadina —dijo él—. Nuestra Reverenda Madre es muy anciana.

«¡Su Reverenda Madre!».

Antes de que pudiera decir nada, Stilgar continuó:

—Tampoco te lo tomes como si me estuviese ofreciendo a ser tu pareja. No es nada personal, porque eres hermosa y deseable. Pero si te convirtieras en una de mis mujeres, algunos de mis hombres más jóvenes podrían pensar que me he abandonado a los placeres de la carne y dejado de lado las necesidades de la tribu. Incluso ahora están mirándonos y escuchándonos.

«Un hombre que medita sus decisiones y las consecuencias», pensó ella.

—Algunos de los jóvenes de mi tribu ya han alcanzado la edad que trae consigo pensamientos indómitos —explicó Stilgar—. Es un período en el que hay que guiarlos con cautela. No debo darles ninguna razón válida para desafiarme, porque entonces tendré que matar o herir a algunos. No es una manera razonable de actuar para un líder, si puede evitarla con honor. Un líder es una de las cosas que diferencia a una turba de un pueblo. Es alguien que mantiene la individualidad. Cuando hay poca individualidad, el pueblo se convierte en una turba.

Sus palabras, la profundidad de su entendimiento y el hecho de que hablara tanto para ella como para los que escuchaban ocultos obligaron a Jessica a revaluarle.

«Tiene porte —pensó—. ¿Dónde habrá aprendido ese equilibrio interior?».

—La ley que establece nuestro modo de elegir un jefe es una ley justa —continuó Stilgar—. Pero hay momentos en los que lo que la gente necesita no es justicia. Ahora mismo, lo que más necesitamos es crecer y prosperar a fin de extender nuestras fuerzas por un territorio cada vez más amplio.

«¿Quiénes son sus ancestros? —se preguntó Jessica—. ¿De dónde sale una genética así?».

—Stilgar —dijo—, te he subestimado.

—Lo suponía —dijo él.

—Al parecer nos hemos subestimado el uno al otro —dijo ella.

—Me gustaría que nos olvidáramos de esto —dijo Stilgar—. Quiero ser tu amigo… y tener tu confianza. Me gustaría que surgiera entre nosotros ese respeto que se forma sin la necesidad de la cercanía del sexo.

—Comprendo —dijo Jessica.

—¿Confías en mí?

—Siento tu sinceridad.

—Entre nosotros —dijo él—, cuando las Sayyadina no representan la autoridad oficial tienen derecho a un lugar de honor. Enseñan. Mantienen la fuerza de Dios entre nosotros. —Se tocó el pecho.

«Es el momento de aclarar el misterio de su Reverenda Madre», pensó Jessica. Luego dijo:

—Has hablado de vuestra Reverenda Madre… y he oído alusiones a leyendas y profecías.

—Se dice que una Bene Gesserit y su descendencia son la clave de nuestro futuro —dijo él.

—¿Y crees que yo soy esa Bene Gesserit?

Observó el rostro del hombre y pensó: «Los juncos jóvenes mueren con facilidad. Los inicios siempre son muy peligrosos».

—No lo sabemos —respondió.

Ella asintió y pensó: «Es un hombre honrado. Quiere que le dé una señal, pero no forzará el destino dándomela él a mí».

Jessica giró la cabeza y, a través de la hendidura, miró hacia las sombras doradas, las sombras púrpuras, la vibración del aire polvoriento de la depresión. Una prudencia felina se apoderó de su mente de improviso. Conocía el canto de la Missionaria Protectiva y cómo adaptar las técnicas de la leyenda y del miedo para sus necesidades más inmediatas, pero sintió que en aquel lugar se habían producido cambios… como si alguien se hubiera ocultado entre los Fremen y se hubiera servido de la impronta dejada por la Missionaria Protectiva para sus propias necesidades.

Stilgar carraspeo.

Jessica notó su impaciencia, el día se abría ante ellos y los hombres querían sellar la abertura. Era el momento de ser audaz, y Jessica sabía lo que necesitaba: algún dar al-hikman, una escuela de traducción que le permitiera…

—Adab —susurró.

Sintió como si su mente se replegara sobre sí misma. Reconoció la sensación y se le aceleró el pulso. No había nada en todo el adiestramiento Bene Gesserit que provocase una reacción como esa. Solo podía tratarse del adab, un recuerdo exigente que se despertaba por sí mismo a la llamada. Dejó de resistirse y permitió que las palabras brotaran de sus labios.

—Ibn qirtaiba —dijo—. Lejos, donde termina el polvo. —Alzó un brazo para sacarlo de la túnica y vio que Stilgar la miraba con ojos desorbitados. Oyó el susurro de muchas túnicas detrás de ella—. Veo un… Fremen con el libro de los ejemplos —entonó—. Lo lee a al-Lat, el sol al que ha desafiado y dominado. Lo lee a los Sadus del Juicio y estas son sus palabras:

Mis enemigos son como hojas verdes devoradas

que crecen en el camino de la tormenta.

¿No habéis visto lo que ha hecho nuestro Señor?

Ha enviado la pestilencia sobre aquellos

que han tramado contra nosotros.

Ahora son como pájaros dispersados por el cazador.

Sus complots son cebo envenenado

que todas las bocas rechazan.

Jessica se estremeció. Dejó caer el brazo.

Desde las profundas sombras de la caverna que tenía detrás, llegó un murmullo de muchas voces en respuesta:

—Sus obras han sido destruidas.

—El fuego de Dios arde en tu corazón —dijo ella. Luego pensó: «Ahora la cosa va bien encaminada».

—El fuego de Dios nos ilumina —replicaron.

Jessica asintió.

—Tus enemigos caerán.

—Bi-la kaifa —respondieron.

En el repentino silencio posterior, Stilgar se inclinó ante ella.

—Sayyadina —dijo—. Si el Shai-hulud lo acepta, podrás dar el paso interior para convertirte en Reverenda Madre.

«Paso interior —pensó Jessica—. Una extraña manera de expresarlo. Pero el resto se corresponde bastante bien con el canto. —Se sintió cínica y afligida por lo que acababa de hacer—. Nuestra Missionaria Protectiva no suele fallar. Ha preparado un lugar para nosotras en este mundo desolado. La plegaria del salat ha excavado un refugio. Ahora… debo interpretar el papel de Auiya, la Amiga de Dios… la Sayyadina para este pueblo solitario tan impregnado de las profecías Bene Gesserit que hasta llaman a sus sacerdotisas Reverenda Madre».

Paul estaba junto a Chani en las sombras de la caverna. Aún podía saborear la comida que le había dado la chica: carne de pájaro y cereales amasados con miel de especia y envueltos en una hoja. Al comerlo, se había dado cuenta de que nunca había saboreado tanta concentración de esencia de especia y, por un instante, había sentido miedo. Sabía lo que esa esencia podía hacerle. El «cambio de la especia» que empujaría a su mente hacia una mayor consciencia presciente.

—Bi-la kaifa —susurró Chani.

Paul la miró y vio la emoción con la que los Fremen parecían aceptar las palabras de su madre. Solo el hombre llamado Jamis se mantenía ajeno a la ceremonia, apartado y con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Duy yakha hin mange —susurró Chani—. Duy punra hin mange. Tengo dos ojos. Tengo dos pies.

Y Chani miró a Paul, estupefacta.

Paul respiró hondo e intentó reprimir la tormenta que amenazaba con desatarse en su interior. Las palabras de su madre habían desencadenado el efecto de la esencia de especia, y su voz había danzado en su interior como las sombras de una fogata. En el fondo de sus palabras había percibido también cierto cinismo (¡la conocía tan bien!), pero nada podía detener el efecto provocado por unos pocos bocados de comida.

«¡La terrible finalidad!».

La sentía, esa consciencia racial de la que no podía escapar. Sentía esa agudeza mental, el flujo de información y la fría precisión de su mente. Se dejó caer al suelo, apoyó la espalda en la roca y se dejó llevar. Su consciencia fluyó hacia aquel estrato intemporal desde el que era capaz de ver el tiempo y percibir los senderos que se abrían ante él, los vientos del futuro… los vientos del pasado: la visión a través de un solo ojo de pasado, presente y futuro vistos, todos combinados en una visión trinocular que le permitía ver el tiempo convertido en espacio.

Sintió que era peligroso dejarse llevar demasiado, por lo que tenía que aferrarse al presente, sentir la imprecisa distorsión de la experiencia, el fluir del momento, la continua solidificación de «lo que es» al alcanzar la perpetuidad de «lo que era».

Se aferró al presente y percibió por primera vez la monumental regularidad del movimiento del tiempo, que se veía azotada por vórtices, olas, mareas y contramareas, como el oleaje al batir contra los acantilados. Experimentarlo le proporcionó una nueva comprensión de su presciencia, y percibió la fuente del ciego fluir del tiempo, la fuente del error que había en él, lo que le hizo sentir un miedo repentino.

Llegó a la conclusión de que la presciencia era una iluminación que se adhería a los límites de lo que revelaba, una combinación de exactitud y de errores significativos. Era como una especie de principio de indeterminación de Heisenberg: la propia energía de sus visiones alteraba lo que veía en el mismo instante en el que lo revelaba.

Y lo que veía era el nexo temporal de esa caverna, un rebullir de posibilidades que se concentraba en el lugar y en las acciones más insignificantes: un parpadeo, una palabra irreflexiva, un grano de arena mal situado; acciones que actuaban como una palanca gigantesca y alteraban todo el universo conocido. Vio que la violencia estaba muy presente en la mayor parte de esas posibilidades y que el más mínimo movimiento desencadenaba inmensas alteraciones en aquel patrón.

La visión lo dejó de piedra, pero dicha acción también tendría sus consecuencias.

Unas consecuencias innumerables: líneas divergentes que emanaban de la caverna y en las que llegó a ver su cadáver con una herida de cuchillo de la que manaba sangre.

Ir a la siguiente página

Report Page