Dune

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Libro segundo: Muad’dib » Capítulo 35

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—Esta noche podrá pasear desarmado y sin escudo por los barrios más pobres de Harko —dijo el barón—. Le ofrecerían hasta el último bocado de su comida y el último sorbo de su bebida por el honor de su compañía.

El barón se levantó a duras penas de la silla y ancló su peso en los suspensores.

—Confío en que me disculparéis. Hay asuntos que requieren mi inmediata atención. Los guardias os escoltarán hasta la fortaleza.

El conde se levantó y le dedicó una reverencia.

—Claro, barón. Estamos ansiosos por acudir a la fiesta. Nunca… ahhh… mmmmm… hemos visto una fiesta Harkonnen.

—Sí —dijo el barón—. La fiesta. —Se dio la vuelta y salió del palco rodeado por sus guardias.

Un capitán de la guardia se inclinó ante el conde Fenring.

—¿Vuestras órdenes, mi señor?

—Esperaremos… mmmmm… a que la gente se haya… ahhh… dispersado —respondió el conde.

—Sí, mi señor. —El hombre hizo una reverencia y retrocedió tres pasos.

El conde Fenring se giró hacia su dama y volvió a hablar en ese idioma en clave entre susurros.

—También lo has visto, seguro.

—El muchacho sabía que el gladiador no estaba drogado —afirmó ella en la misma lengua susurrante—. Ha sentido miedo por un instante, sí, pero no sorpresa.

—Estaba planeado —dijo el conde—. Todo el espectáculo.

—Sin la menor duda.

—Esto huele a Hawat.

—Ciertamente —convino ella.

—Le he pedido al barón que elimine a Hawat.

—Ha sido un error, querido.

—Ya me he dado cuenta.

—Los Harkonnen podrían tener un nuevo barón dentro de muy poco.

—Si es que ese es el plan de Hawat.

—Cierto, tenemos que analizar la situación más a fondo —dijo ella.

—El joven será más fácil de controlar.

—Para nosotros… después de esta noche —aseguró la mujer.

—¿No crees que te costará seducirlo, pequeña madre de mi progenie?

—No, mi amor. ¿Has visto cómo me ha mirado?

—Sí, y ahora entiendo por qué necesitamos esa línea genética.

—Exactamente. Y es obvio que tenemos que controlarlo. Implantaré en lo más profundo de su ser las frases prana-bindu que lo doblegarán a nuestra voluntad.

—Nos iremos lo más pronto posible. Desde que estés segura —indicó el hombre.

Ella se estremeció.

—Sin duda. No quiero dar a luz a un hijo en este lugar tan horrible.

—Las cosas que hacemos por la humanidad —dijo él.

—Tu parte es la más sencilla.

—Pero hay algunos antiguos prejuicios que he tenido que vencer —dijo el hombre—. El instinto, ya sabes.

—Pobre querido mío —dijo ella al tiempo que le daba una palmadita en la mejilla—. Sabes que es la única manera segura de salvar esa línea genética.

—Entiendo muy bien lo que vamos a hacer —dijo él con tono seco.

—No fracasaremos —aseguró la mujer.

—El sentimiento de culpabilidad empieza con el miedo al fracaso —recordó él.

—No habrá sentimiento de culpa —dijo ella—. Solo una hipno-ligazón en la psique de Feyd-Rautha y su hijo en mi seno… y podremos irnos.

—Su tío —dijo él—. ¿Conoces a alguien tan retorcido?

—Tiene una ferocidad atroz —dijo ella—, pero el sobrino podría llegar a ser aún peor.

—Gracias a su tío. Cuando pienso en ese muchacho y en lo que podría haber sido con otra educación… la de los Atreides, por ejemplo.

—Es triste —dijo ella.

—De ser así, podríamos haberlos salvado a ambos, al joven Atreides y a este. Por lo que he oído, el joven Paul era un muchacho admirable, una combinación perfecta de herencia genética y educación. —Agitó la cabeza—. Pero es inútil derramar lágrimas por los infortunios de la aristocracia en desventura.

—Hay una máxima Bene Gesserit al respecto —dijo la dama.

—¡Tenéis máximas para todo! —protestó el conde.

—Esta te gustará —aseguró la mujer—. Dice: «No des por hecho que un humano ha muerto hasta que hayas visto su cadáver. Y aún cabe la posibilidad de que te equivoques».

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