Dune
Libro tercero: El profeta » Capítulo 38
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Ninguna mujer, ningún hombre, ningún niño consiguió jamás penetrar en la intimidad de mi padre. Si alguien llegó a tener una relación parecida a lo que podría ser camaradería con el emperador Padishah, ese fue el conde Hasimir Fenring, un compañero suyo de infancia. La medida de la amistad del conde Fenring puede ser evaluada por un hecho positivo: fue él quien calmó las sospechas del Landsraad tras el Asunto Arrakis. Costó más de mil millones de solaris en sobornos de especia, o al menos eso es lo que dice mi madre, y también muchas otras concesiones: esclavas, honores reales y títulos nobiliarios. Pero la segunda prueba y la más importante de la amistad del conde fue negativa. Se negó a matar a un hombre pese a que entraba dentro de sus capacidades y mi padre se lo había ordenado. Es lo que narraré a continuación.
De El conde Fenring: un bosquejo, por la princesa Irulan
El barón Vladimir Harkonnen avanzaba encolerizado por el pasillo que conducía a sus aposentos privados y cruzaba a toda prisa las manchas de luz que el atardecer proyectaba a través de las ventanas altas. Flotaba y se contorsionaba en los suspensores con violentos espasmos.
Atravesó la cocina privada como un huracán, pasó la biblioteca, cruzó la pequeña sala de recepción y también la antecámara de la servidumbre, donde ya era hora de descansar.
Iakin Nefud, capitán de la guardia, estaba echado en un diván al otro lado de la estancia y el estupor de la semuta se reflejaba en su rostro impávido mientras flotaba a su alrededor el escalofriante lamento de la música de semuta. Junto a él estaba su corte personal, presta a servirle.
—¡Nefud! —rugió el barón.
Los hombres se apartaron estremecidos.
Nefud se puso en pie, el rostro sereno por el narcótico pero provisto de una palidez propia del miedo. La música de semuta se interrumpió.
—Mi señor barón —dijo Nefud. Solo la droga impedía que se le quebrase la voz.
El barón examinó los rostros que lo rodeaban y vio que todos reprimían esa inquietud. Volvió a centrarse en Nefud y habló con tono melifluo:
—¿Cuánto tiempo hace que eres el capitán de la guardia, Nefud?
Nefud tragó saliva.
—Desde Arrakis, mi señor. Casi dos años.
—¿Y siempre has anticipado los peligros que podían amenazar a mi persona?
—Ha sido siempre mi único deseo, mi señor.
—Entonces ¿dónde está Feyd-Rautha? —bramó el barón.
Nefud retrocedió.
—¿Mi señor?
—¿Acaso no consideras a Feyd-Rautha como un peligro hacia mi persona? —dijo otra vez con ese tono delicado.
Nefud se humedeció los labios. Los efectos de la semuta empezaban a desaparecer de sus ojos.
—Feyd-Rautha está en las dependencias de los esclavos, mi señor.
—De nuevo con mujeres, ¿eh? —El barón tembló por el esfuerzo de contener su ira.
—Señor, puede que…
—¡Silencio!
El barón avanzó otro paso en la antecámara y vio cómo los hombres retrocedían y dejaban un espacio sutil alrededor de Nefud para distanciarse un poco del objeto de su rabia.
—¿Acaso no te he ordenado que sepas dónde se encuentra el nabarón en todo momento? —preguntó. Dio otro paso al frente—. ¿Acaso no te he ordenado que sepas exactamente todo lo que dice, y a quién? —Otro paso—. ¿Acaso no te he dicho que me mantengas informado de cada una de sus visitas a las dependencias de las esclavas?
Nefud tragó saliva. El sudor le perlaba la frente.
—¿Acaso no te he dicho todo eso? —concluyó el barón con voz neutra y desprovista de énfasis.
Nefud asintió.
—¿Y acaso no te he dicho también que examines a todos los muchachos esclavos que se me envían y que lo hagas… personalmente?
Nefud asintió de nuevo.
—Entonces ¿es que no has visto la mancha que tenía en el muslo el que me has enviado esta tarde? —preguntó el barón—. ¿Acaso no has…?
—Tío.
El barón se giró de repente y fulminó con la mirada a Feyd-Rautha, que lo contemplaba desde el umbral. La presencia de su sobrino allí, en ese preciso momento, y la mirada ansiosa que el muchacho no podía disimular revelaban mucho. Feyd-Rautha tenía su propio servicio de espionaje centrado en el barón.
—Hay un cadáver en mis habitaciones que me gustaría que retiraran —dijo el barón sin dejar de aferrar el arma de proyectiles oculta bajo su túnica y agradecido por tener el mejor escudo.
Feyd-Rautha miró a los dos guardias inmóviles junto a la pared de la derecha y asintió. Los dos se apresuraron hacia la puerta y se perdieron por el pasillo que llevaba a los aposentos del barón.
«Esos dos, ¿eh? —pensó el barón—. ¡Ah, ese joven monstruo aún tiene mucho que aprender sobre conspiraciones!».
—Doy por hecho que has dejado todo tranquilo en las dependencias de los esclavos cuando las has abandonado, Feyd —dijo el barón.
—Estaba jugando al cheops con el maestro de esclavos —dijo Feyd-Rautha.
Y pensó: «¿Qué es lo que ha fallado? Sin duda han asesinado al muchacho que le mandamos a mi tío. Pero era perfecto para lo que tenía que hacer. Ni el propio Hawat hubiera podido escogerlo mejor. ¡El muchacho era perfecto!».
—Así que jugabas al ajedrez pirámide —dijo el barón—. Qué bien. ¿Quién ha ganado?
—Pues… eh… yo, tío —dijo Feyd-Rautha mientras se esforzaba por contener su inquietud.
El barón chasqueó los dedos.
—Nefud, ¿quieres hacer las paces conmigo?
—Señor, ¿qué es lo que he hecho? —balbuceó Nefud.
—Eso ya da igual —dijo el barón—. Feyd ha ganado al maestro de esclavos al cheops. ¿Lo has oído?
—Sí… señor.
—Quiero que vayas a ver al maestro de esclavos con tres hombres —dijo el barón—. Pasa al maestro de esclavos por el garrote vil. Luego tráeme su cuerpo para comprobar que se ha hecho como correspondía. No podemos tener a nuestro servicio a un jugador de ajedrez tan inepto.
Feyd-Rautha palideció y avanzó un paso.
—Pero, tío, yo…
—Luego, Feyd —dijo el barón mientras agitaba una mano—. Luego.
Los dos guardias que habían sido enviados a los aposentos del barón para retirar el cuerpo del joven esclavo pasaron a toda prisa ante la puerta de la antecámara arrastrando la carga bamboleante con los brazos extendidos. El barón los siguió con la mirada hasta que desaparecieron.


Nefud se cuadró junto al barón.
—¿Deseáis que mate al maestro de esclavos ahora mismo, mi señor?
—Ahora mismo —dijo el barón—. Y cuando hayas terminado con él, encárgate de esos dos que acaban de pasar. No me ha gustado cómo transportaban el cuerpo. Esas cosas han de hacerse con cuidado. También quiero ver sus cadáveres.
—Mi señor, si es por algo que he… —empezó a decir Nefud.
—Haz lo que ha ordenado tu amo —interrumpió Feyd-Rautha.
Y pensó: «Ahora tengo que centrarme en salvar mi pellejo».
Y el barón pensó: «¡Bien! Al menos sabe que aún tiene mucho que perder. —Sonrió para sí mismo—. También sabe complacerme para evitar que mi ira caiga sobre él. Sabe que no puedo deshacerme de él. ¿A quién si no le iba a pasar las riendas que un día tendré que abandonar? Nadie es tan capaz. ¡Pero aún tiene mucho que aprender! Y debo tener cuidado mientras aprende».
Nefud designó a los hombres que debían acompañarlo y salió de la estancia.
—¿Quieres venir a mis habitaciones, Feyd? —preguntó el barón.
—Estoy a tu disposición —dijo Feyd-Rautha.
Hizo una reverencia y pensó: «Me ha descubierto».
—Después de ti —dijo el barón al tiempo que señalaba la puerta.
El miedo traicionó a Feyd-Rautha y le sobrevino un instante de vacilación.
«¿He fracasado totalmente? —se dijo—. ¿Me clavará una hoja envenenada por la espalda… despacio, a través del escudo? ¿Acaso ha encontrado otro sucesor?».
Mientras avanzaba tras su sobrino, el barón pensaba: «Dejémosle saborear este momento de terror. Será mi sucesor, pero yo escogeré el momento. ¡No le permitiré destruir todo lo que yo he creado!».
Feyd-Rautha intentaba no avanzar muy deprisa. Sintió cómo se le ponía la piel de gallina en la espalda, como si su propio cuerpo se preguntase cuándo llegaría el golpe. Sus músculos se tensaban y se relajaban sin parar.
—¿Has oído las últimas noticias de Arrakis? —preguntó el barón.
—No, tío.
Feyd-Rautha se obligó a no darse la vuelta. Dobló una esquina y llegó al pasillo que salía del ala de los sirvientes.
—Hay un nuevo profeta o jefe religioso de algún tipo entre los Fremen —dijo el barón—. Le llaman Muad’Dib. Es muy gracioso. Quiere decir «el Ratón». Le he dicho a Rabban que les permita tener su propia religión. Los mantendrá ocupados.
—Muy interesante, tío —dijo Feyd-Rautha. Llegó al pasillo privado que llevaba a los aposentos de su tío y pensó: «¿Por qué me habla de la religión? ¿Hay en ello algo que me concierna?».
—Sí, ¿verdad? —insistió el barón.
Entraron en los aposentos del barón y atravesaron el salón de recepciones hasta el dormitorio. En el lugar había sutiles indicios de una pelea: una lámpara a suspensor desplazada, un almohadón en el suelo, una bobina hipnótica abierta del todo en el cabezal.
—Era un plan muy astuto —dijo el barón. Mantuvo su escudo corporal al máximo, se detuvo y encaró a su sobrino—. Pero no lo suficiente. Dime, Feyd, ¿por qué nunca has acabado conmigo tú mismo? Has tenido ocasiones suficientes.
Feyd-Rautha cogió una silla a suspensor y se sentó sin pedir permiso, un gesto de indiferencia sin ningún aspaviento físico.
«Ahora debo ser audaz», pensó.
—Eres tú quien me ha enseñado a mantener mis manos limpias —dijo.
—Ah, sí —dijo el barón—. Cuando te halles ante el emperador, debes poder decirle con toda sinceridad que no has sido tú quien ha cometido el delito. La bruja que vela tras el emperador oirá tus palabras y sabrá de inmediato si son verdaderas o falsas. Te había avisado, cierto.
—¿Por qué nunca has comprado una Bene Gesserit, tío? —preguntó Feyd-Rautha—. Con una Decidora de Verdad de tu parte…
—¡Sabes cuáles son mis preferencias! —espetó el barón.
Feyd-Rautha examinó a su tío.
—Sin embargo —dijo—, tener una te permitiría…
—¡No me fío de ellas! —gruñó el barón—. ¡Y deja de intentar cambiar de tema!
—Como quieras, tío —dijo Feyd-Rautha con tono humilde.
—Recuerdo algo que ocurrió en la arena, hace unos años —dijo el barón—. Ese día me dio la impresión de que alguien había preparado a un esclavo para matarte. ¿Fue así de verdad?
—Hace mucho tiempo, tío. Al fin y al cabo, yo…
—No eludas la pregunta, por favor —dijo el barón con una voz tensa que dejaba claro que reprimía la ira.
Feyd-Rautha miró a su tío y pensó: «Lo sabe. De no ser así, no habría preguntado».
—Fue una estratagema, tío. Lo preparé para desacreditar a tu maestro de esclavos.
—Muy astuto —dijo el barón—. Y también valiente. Aquel esclavo gladiador estuvo a punto de matarte, ¿eh?
—Sí.
—Si fueras tan sutil y delicado como valiente, serías realmente formidable. —El barón negó con la cabeza. Y, como había hecho muchas veces desde aquel terrible día en Arrakis, lamentó la pérdida de Piter, el mentat. Ese sí que había sido un hombre de una astucia sutil e ingeniosa. Aunque eso no le había servido para sobrevivir. El barón volvió a agitar la cabeza. A veces el destino era inescrutable.
Feyd-Rautha echó un vistazo por el dormitorio y analizó los indicios de la pelea mientras se preguntaba cómo su tío había conseguido vencer a aquel esclavo que habían preparado con tanto cuidado.
—¿Cómo he conseguido vencerlo? —preguntó el barón—. Ahhh, Feyd… déjame al menos algunas armas para defenderme en mi vejez. Es mejor que aprovechemos esta ocasión para sellar un pacto.
Feyd-Rautha lo miró.
«¡Un pacto! Entonces me sigue considerando su heredero. De no ser así, ¿para qué querría pactar? ¡Uno solo sella un pacto con quien considera su igual o casi igual!».
—¿Qué pacto, tío? —Feyd-Rautha experimentó cierto orgullo al oír su voz, tranquila y razonable a pesar de la emoción que le embargaba.
El barón también notó esa emoción. Asintió.
—Eres una buena materia prima, Feyd. Y nunca malgasto buena materia prima. Sin embargo, insistes en no querer reconocer el verdadero valor que represento para ti. Eres obstinado. No quieres reconocerlo. Esto… —Hizo un gesto para señalar los indicios de pelea del dormitorio—. Esto ha sido una estupidez. Y no recompenso las estupideces.
«¡Ve al grano, viejo idiota!», pensó Feyd-Rautha.
—Piensas que soy un viejo idiota —dijo el barón—. Tengo que convencerte de lo contrario.
—Has hablado de un pacto.
—Ah, la impaciencia de la juventud —dijo el barón—. Bien, esto es lo esencial: dejarás esos estúpidos atentados contra mi vida, y yo, cuando estés preparado, abdicaré a tu favor. Me retiraré a un puesto de consejero y te quedarás en el poder.
—¿Retirarte, tío?
—Piensas que soy idiota —dijo el barón—. Esto lo confirma, ¿eh? ¡Crees que te estoy implorando! Cuidado con lo que piensas, Feyd. Este viejo idiota ha visto la aguja protegida por un escudo que habías implantado en el muslo del muchacho esclavo. Justo donde yo pondría mi mano, ¿eh? Un poco de presión y… ¡clac! ¡Una aguja envenenada en la palma del viejo idiota! Ahhh, Feyd…
El barón agitó la cabeza y pensó: «Y hubiera funcionado, si Hawat no me hubiera advertido. Bien, dejemos que el muchacho crea que he descubierto el complot por mis propios medios. En cierto sentido, es verdad. Fui yo quien salvó a Hawat de las ruinas de Arrakis. Y este muchacho me debe algo más de respeto».
Feyd-Rautha se quedó en silencio, rebatiendo para sí.
«¿Ha dicho la verdad? ¿En serio piensa retirarse? ¿Por qué no? Estoy seguro de poder sucederle un día si actúo con cautela. No puede vivir para siempre. Quizá haya sido una estupidez por mi parte intentar acelerar el proceso».
—Has hablado de un pacto —repitió Feyd-Rautha—. ¿Con qué garantías?
—Cómo podemos confiar el uno en el otro, ¿eh? —dijo el barón—. Bueno, en lo que a ti respecta, encargaré a Thufir Hawat que te vigile. Tengo plena confianza en los poderes de mentat de Hawat para hacerlo, ¿comprendes? En cuanto a mí, tendrás que aceptar mi palabra. No puedo vivir eternamente, ¿no crees, Feyd? Y quizá deberías empezar a sospechar que hay cosas que sé y que tú también deberías saber.
—Si te doy mi palabra, ¿qué me ofreces a cambio? —preguntó Feyd-Rautha.
—Te ofrezco continuar viviendo —dijo el barón.
Feyd-Rautha volvió a examinar a su tío.
«¡Hará que Hawat me vigile! ¿Qué diría si le revelara que fue Hawat en persona quien ideó la trampa con el gladiador que le costó la vida a su maestro de esclavos? Seguro que diría que miento para desacreditar a Hawat. No, el buen Thufir es mentat y ha previsto este momento».
—Bueno, ¿qué dices al respecto? —preguntó el barón.
—¿Qué quieres que diga? Acepto, por supuesto.
Y Feyd-Rautha pensó: «¡Hawat! Juega a dos bandas. ¿Es eso? ¿Se ha pasado al bando de mi tío porque no le pedí consejo con el joven esclavo?».
—No has dicho nada sobre mi encargo de que Hawat te vigile —dijo el barón.
La rabia traicionó el gesto de Feyd-Rautha y se le dilataron las fosas nasales. Durante muchos años, el nombre de Hawat había sido una señal de peligro para la familia de los Harkonnen… y ahora tenía otro significado, pero aún era peligroso.
—Hawat es un juguete peligroso —aseguró Feyd-Rautha.
—¡Juguete! No seas estúpido. Sé lo que es Hawat y cómo controlarlo. Las emociones de Hawat son muy profundas, Feyd. Al hombre que debemos temer es al hombre sin emociones. Pero las emociones profundas… Ah, a esos siempre podremos doblegarlos a nuestra voluntad.
—No te entiendo, tío.
—Sí, es evidente.
Solo un parpadeo traicionó la oleada de resentimiento que sintió Feyd-Rautha.
—Y tampoco entiendes a Hawat —apuntilló el barón.
«¡Ni tú!», pensó Feyd-Rautha.
—¿A quién culpa Hawat de la situación en la que se encuentra? —preguntó el barón—. ¿A mí? Sin duda. Pero era una herramienta de los Atreides y me ha tenido frente a él durante muchos años, hasta que el Imperio se ha puesto de mi lado. Así es como él ve las cosas. Ahora, su odio hacia mí es algo casual. Cree poder vencerme en cualquier momento. Y al creerlo, es él quien pierde, porque ahora puedo centrar su atención en quien yo quiera. En el Imperio.
Las repentinas arrugas en la frente y los labios apretados de Feyd-Rautha indicaron que empezaba a entenderlo.
—¿Contra el emperador?
«Dejemos que mi querido sobrino lo saboree —pensó el barón—. Dejemos que se llame a sí mismo: “¡El emperador Feyd-Rautha Harkonnen!”. Dejemos que se pregunte cuánto puede valer algo así… ¡Seguro que llegará a la conclusión de que un sueño así merece alargar la vida de un viejo tío que podría hacerlo realidad!».
Feyd-Rautha se pasó la lengua por los labios muy despacio.
«¿Es posible que este viejo idiota diga la verdad? Aquí hay mucho más de lo que parece a simple vista».
—¿Y qué tiene que ver Hawat con todo esto? —preguntó Feyd-Rautha.
—Cree que en realidad nos está usando para vengarse del emperador.
—¿Y cuando haya consumado dicha venganza?
—La venganza es lo único en lo que piensa. Hawat es uno de esos hombres que solo saben servir a los otros, aunque él mismo no lo sepa.
—He aprendido mucho de Hawat —admitió Feyd-Rautha, y sintió que decía la verdad—. Pero cuanto más aprendo de él, más convencido estoy de que deberíamos eliminarlo… y pronto.
—¿No te gusta la idea de que te vigile?
—Hawat vigila a todo el mundo.
—Y podría colocarte en el trono. Hawat es astuto. También es peligroso y taimado. Pero no voy a privarle del antídoto todavía. Una espada siempre es peligrosa, Feyd, tienes razón. Pero para esta tenemos una funda especial. El veneno de su interior. Bastará suprimirle el antídoto y la muerte lo engullirá.
—En cierto sentido, es como la arena —dijo Feyd-Rautha—. Fintas dentro de fintas dentro de fintas. Uno tiene que observar hacia qué lado se inclina el gladiador, en qué dirección mira, cómo empuña su cuchillo.
Asintió para sí al ver que las palabras complacían a su tío, pero pensó: «¡Sí! ¡Como en la arena! ¡Pero aquí el filo del arma es la mente!».
—Ahora sabes que me necesitas —aseguró el barón—. Todavía soy útil, Feyd.
«Como una espada que se empuña hasta que está mellada del todo», pensó Feyd-Rautha.
—Sí, tío —dijo.
—Y ahora —anunció el barón—, iremos a las dependencias de los esclavos, los dos. Y te observaré mientras matas a todas las mujeres del ala del placer con tus propias manos.
—¡Tío!
—Traeremos otras mujeres, Feyd. Pero ya te he dicho que no quiero que cometas ningún error conmigo sin tener que pagarlo.
El rostro de Feyd-Rautha se ensombreció.
—Pero tío, tú…
—Aceptarás tu castigo y aprenderás de él —dijo el barón.
Feyd-Rautha vio la mirada de satisfacción en el rostro de su tío.
«Y yo recordaré esta noche —pensó—. Esta y muchas otras noches».
—No vas a negarte —dijo el barón.
«¿Y qué harías si me negara, viejo?», se preguntó.
Pero sabía que habría otros castigos, mucho más sutiles y dolorosos, para doblegarlo a su voluntad.
—Te conozco, Feyd —dijo el barón—. No vas a negarte.
«De acuerdo —pensó Feyd-Rautha—. De momento, te necesito. Lo he entendido. El pacto está hecho. Pero no te necesitaré siempre. Y… algún día…».