Dune
Libro tercero: El profeta » Capítulo 41
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«Controlad la moneda y las alianzas. Dejad que la chusma se quede con el resto». Es lo que os dice el emperador Padishah. Y añade: «Si queréis beneficios, tenéis que dominar». Sus palabras no están desprovistas de verdad, pero yo me pregunto: «¿Quién es esa chusma y quién los dominados?».
Mensaje secreto de Muad’Dib al Landsraad, de El despertar de Arrakis, por la princesa Irulan
Un pensamiento repentino se apoderó de Jessica: «Paul va a ser sometido a la prueba del caballero de la arena en cualquier momento. Han intentado ocultármelo, pero es evidente. Y Chani ha partido hacia un lugar que desconozco».
Estaba sentada en su sala de reposo y aprovechaba un momento de descanso entre las clases nocturnas. Era un lugar agradable, no tan amplio como el que tenía en el sietch Tabr antes de escapar de la matanza. No obstante, las alfombras eran mullidas, los almohadones blandos, había una mesita baja de café al alcance de la mano, tapices multicolores en las paredes y globos que emitían una luz suave y amarilla sobre ella. La estancia estaba impregnada del olor acre y característico de los sietch Fremen, que Jessica había terminado por asociar a un sentimiento de seguridad.
Sin embargo, sabía que nunca conseguiría superar la sensación de encontrarse en un lugar extranjero. Era una diferencia que ninguna alfombra y ningún tapiz conseguirían eliminar.
Un débil tintineo, tamborileo o palmeo llegó a la sala de reposo. Jessica reconoció que se trataba de la celebración de un nacimiento, probablemente de Subiay. Le quedaba poco. Jessica sabía que le traerían al bebé muy pronto, un querubín de ojos azules que entregarían a la Reverenda Madre para que lo bendijera. También sabía que su hija Alia participaría en la celebración y la informaría de todos los detalles.
Aún no era el momento de la plegaria nocturna de la separación. No habrían iniciado la celebración de un nacimiento con tan poco margen de la ceremonia en la que se lamentaban las pérdidas de las incursiones de esclavos en Poritrin, Bela Tegeuse, Rossak y Harmonthep.
Jessica suspiró. Sabía que intentaba no pensar en su hijo ni en los peligros que debía afrontar, esos pozos trampa con sus púas emponzoñadas, las incursiones de los Harkonnen (aunque estas se habían vuelto más escasas gracias a las nuevas armas que Paul había procurado a los Fremen para abatir vehículos aéreos e incursiones) y los peligros naturales del desierto: los hacedores, la sed y los abismos de polvo.
Pensó en pedir café y al hacerlo sintió la paradoja que representaba el modo de vida de los Fremen: la comodidad de los sietch y cavernas en comparación con los pyons de los graben; y sin embargo, cómo resistían mucho mejor un hajr a través del desierto de lo que resistiría cualquier mercenario Harkonnen.
Una mano oscura apareció entre los cortinajes que había junto a ella, depositó una taza sobre la mesilla y se retiró. De la taza se elevó el aroma del café de especia.
«Una ofrenda por la celebración del nacimiento», pensó Jessica.
Cogió el café, le dio un sorbo y sonrió para sí.
«¿En qué otra sociedad de nuestro universo —se dijo— una persona en mi posición aceptaría una bebida anónima y la bebería sin miedo? Sin duda ahora podría alterar cualquier veneno antes de que empezara a hacerme efecto, pero el oferente no lo sabe».
Bebió la taza saboreando la energía y el vigor de su contenido, caliente y delicioso.
Se preguntó qué otra sociedad mostraría aquel respeto natural por su intimidad y confort, hasta el punto de que el oferente se introducía en su estancia solo el tiempo necesario para depositar la ofrenda sin ni siquiera presentarse ante ella. En el obsequio había respeto y amor, y solo un ligerísimo atisbo de miedo.
Se vio obligada a reflexionar sobre otro aspecto del incidente: había pensado en café y el café había aparecido. Sabía que no había sido cosa de la telepatía. Era el tau, la unión con la comunidad del sietch, una compensación al sutil veneno de la dieta de especia que todos compartían. La gran masa de la gente no podía esperar alcanzar nunca la iluminación que le había conferido a ella la semilla de especia; no habían sido entrenados ni preparados para ello. Sus mentes rechazaban lo que no podían comprender ni aceptar, pero a veces percibían y reaccionaban como un único organismo.
Nunca pensaban que podía tratarse de una coincidencia.
«¿Habrá superado Paul su prueba en la arena? —se preguntó Jessica—. Es capaz de hacerlo, pero hasta los más capaces pueden sufrir un accidente».
La espera.
«La monotonía —pensó—. Una no puede esperar así tanto tiempo sin que la invada la monotonía de la espera».
La espera impregnaba muchos momentos de su vida.
«Llevamos aquí desde hace más de dos años —pensó—. Y tendrá que pasar como mínimo el doble de tiempo para que podamos solo atrevernos a pensar en arrancar Arrakis de las manos del gobernador Harkonnen, el Mudir Nahya, la Bestia Rabban».
—¿Reverenda Madre?
La voz al otro lado de los cortinajes era la de Harah, la otra mujer en la casa de Paul.
—Sí, Harah.
Los cortinajes se abrieron, y Harah pareció deslizarse a través de ellos. Llevaba sandalias de sietch y una túnica roja y amarilla que dejaba al descubierto sus brazos hasta casi los hombros. Sus cabellos negros tenían la raya al medio y estaban peinados hacia atrás, como los élitros de un insecto, planos y brillantes contra su cabeza. Los llamativos rasgos de ave de presa de su rostro parecían ceñudos.
Después de Harah entró Alia, una niña de unos dos años.
Al ver a su hija, Jessica se impresionó una vez más por lo que se parecía a Paul a su misma edad: la misma solemnidad en la mirada inquisitiva de sus grandes ojos, los cabellos negros y la firmeza del trazo de la boca. Pero también había sutiles diferencias, que eran la razón por la que la mayor parte de los adultos encontraban a Alia inquietante. La niña, que era poco más que una lactante, se comportaba con una calma y una seguridad insólitas para su edad. Los adultos se impresionaban cuando se echaba a reír ante un sutil juego de palabras entre hombres y mujeres. O cuando al prestar atención a su balbuceo infantil, confuso debido a que aún no se le había terminado de formar el velo del paladar, descubrían en sus palabras observaciones que evidenciaban una experiencia imposible en un bebé de dos años.
Harah se hundió en un montón de almohadones con un exasperado suspiro y frunció el ceño al mirar a la niña.
—Alia. —Jessica invitó a su hija a que se acercara.
La niña se acercó a su madre, se dejó caer en un almohadón y le aferró una mano. El contacto de la carne reactivó la consciencia mutua que habían compartido desde antes del nacimiento de Alia. No eran pensamientos compartidos, aunque había algo de ellos si se tocaban mientras Jessica transformaba el veneno de la especia durante una ceremonia. Sí que era algo más vasto, la consciencia inmediata de otro destello de vida, una resonancia nerviosa que las convertía en una sola persona a nivel emocional.
Con la formalidad requerida para un miembro de la casa de su hijo, Jessica dijo:
—Subakh ul kuhar, Harah. ¿Cómo estás?
—Subakh un nar. Estoy bien —respondió Harah con la misma formalidad tradicional. Lo dijo con tono neutro y volvió a suspirar.
Jessica notó que a Alia le resultaba divertido.
—La ghanima de mi hermano está disgustada conmigo —dijo Alia con ese ligero balbuceo.
Jessica se dio cuenta del término que había usado Alia para referirse a Harah: «ghanima». La sutileza del lenguaje Fremen daba a esa palabra el significado de «algo conquistado en combate» con un matiz añadido de que también era algo que ya no se usaba para su cometido original. Un ornamento, una punta de lanza que se usara como contrapeso de una cortina.
Harah miró a Alia con gesto ceñudo.
—No intentes insultarme, niña. Conozco cuál es mi lugar.
—¿Qué es lo que has hecho ahora, Alia? —preguntó Jessica.
—No solo se ha negado a jugar con los otros niños, sino que se ha metido en… —empezó a decir Harah.
—Me he escondido entre los cortinajes y he sido testigo del nacimiento del hijo de Subiay —respondió Alia—. Ha sido niño. No dejaba de llorar. ¡Qué pulmones! Cuando había llorado lo suficiente…
—Salió y lo tocó —interrumpió Harah—. Y el niño dejó de llorar. Todos saben que un niño Fremen debe llorar cuando nace en el sietch, porque luego ya no podrá volver a llorar en el curso de un hajr.
—Ya había llorado suficiente —dijo Alia—. Solo quería sentir su chispa, su vida. Nada más. Y, al sentirme, se le han quitado las ganas de llorar.
—El acontecimiento ha provocado nuevos comentarios entre la gente —dijo Harah.
—¿Ha nacido sano el hijo de Subiay? —preguntó Jessica. Sintió que había algo que preocupaba a Harah y se preguntó qué sería.
—Tan sano como puede desear una madre —respondió Harah—. Saben que Alia no le ha hecho ningún daño. No les importa que lo haya tocado. Se ha calmado enseguida y estaba contento. Pero… —Se encogió de hombros.
—Pero les perturba la extrañeza de mi hija, ¿no es cierto? —preguntó Jessica—. La manera en la que habla de cosas que no deberían preocuparle hasta dentro de muchos años, de cosas que una niña de su edad debería ignorar… de cosas del pasado.
—¿Cómo puede saber cuál era el aspecto de un niño en Bela Tegeuse? —preguntó Harah.
—¡Pero se parece! —exclamó Alia—. El hijo de Subiay es idéntico al hijo de Mitha que nació antes de la partida.
—¡Alia! —dijo Jessica—. Te lo he advertido.
—Pero, madre, lo he visto y era verdad y…
Jessica negó con la cabeza y vio la inquietud en el rostro de Harah.
«¿Qué es lo que he engendrado? —se preguntó—. Al nacer, mi hija ya sabía todo lo que sé… y más aún: todo lo que las Reverendas Madres le revelaron en los pasillos del pasado de mi interior».
—No son solo las cosas que dice —explicó Harah—. También son los actos: la forma en que se sienta y mira a una roca, moviendo solo un músculo junto a su nariz o uno del extremo de un dedo o…
—Eso forma parte del adiestramiento Bene Gesserit —aseguró Jessica—. Lo sabes, Harah. ¿Negarías su herencia a mi hija?
—Reverenda Madre, sabes que estas cosas no tienen importancia para mí, pero sí para la gente. Murmuran y presiento el peligro. Dicen que tu hija es un demonio, que los otros niños no quieren jugar con ella, que es…
—Tiene muy poco en común con los otros niños —dijo Jessica—. No es un demonio, solo es…
—¡Claro que no lo es!
Jessica se sorprendió por la vehemencia del tono de Harah y miró a Alia. La niña parecía sumida en sus pensamientos e irradiaba una sensación de… espera. Jessica volvió a centrar su atención en Harah.
—Respeto el hecho de que formes parte de la casa de mi hijo —aseguró Jessica. Sintió contra su mano cómo Alia se estremecía—. Puedes hablarme abiertamente de todo lo que te atormente.
—Pronto dejaré de formar parte de la casa de tu hijo —dijo Harah—. Si he esperado tanto tiempo ha sido solo por el bien de mis hijos, por la educación especial que han recibido al ser considerados hijos de Usul. Es lo menos que les podía dar, ya que es bien sabido que no comparto el lecho de tu hijo.
Alia volvió a agitarse junto a su madre, medio adormilada.
—Sin embargo, has sido una buena compañera para mi hijo —dijo Jessica.
Y añadió para sí misma, porque esos pensamientos no la abandonaban nunca: «Compañera… no esposa».
Luego sus pensamientos se centraron en el tema común de conversación del sietch, la unión de Paul y Chani, que se había transformado en algo permanente, en matrimonio.
«Quiero a Chani», pensó Jessica, pero se recordó a sí misma que el amor tenía que ceñirse a las necesidades de su condición. En los matrimonios de la nobleza siempre hay cuestiones distintas al amor.
—¿Crees que ignoro los planes que tienes para tu hijo? —preguntó Harah.
—¿A qué te refieres? —murmuró Jessica.
—Planeas unir las tribus bajo Su nombre —explicó Harah.
—¿Y eso es malo?
—Puede ser peligroso para él… y Alia forma parte de ese peligro.
Alia se apretó contra su madre, abrió los ojos y examinó a Harah.
—Os he observado cuando estáis juntas —dijo Harah—, la forma en que os tocáis. Alia es como parte de mi propia carne porque es la hermana de un hombre que es como un hermano para mí. La he velado y custodiado desde que era una recién nacida, desde los días de la incursión, cuando huimos hasta aquí. Sé muchas cosas sobre ella.
Jessica asintió y notó que Alia cada vez estaba más turbada a su lado.
—Sabes a qué me refiero —dijo Harah—. Siempre ha sabido lo que íbamos a decir. ¿Ha habido alguna vez un niño que ya lo supiera todo sobre la disciplina del agua? ¿Qué otro niño hubiera dicho como primeras palabras: «Te quiero, Harah»? —Miró a Alia—. ¿Por qué crees que he aceptado sus insultos? Sé que no hay malicia en ellos.
Alia alzó la mirada hacia su madre.
—Sí, tengo poderes de raciocinio, Reverenda Madre —dijo Harah—. Podría haber sido Sayyadina. He visto lo que he visto.
—Harah… —Jessica se encogió de hombros—. No sé qué decir.
Se sorprendió al descubrir que era literalmente cierto.
Alia se levantó y cuadró los hombros. Jessica notó que había desaparecido ese sentimiento de espera, y que ahora flotaba a su alrededor una emoción compuesta por decisión y tristeza.
—Cometimos un error —dijo Alia—. Ahora necesitamos a Harah.
—Fue durante la ceremonia de la semilla —dijo Harah—, cuando cambiaste el Agua de Vida, Reverenda Madre, cuando Alia nonata estaba dentro de ti.
«¿Necesitamos a Harah?», se preguntó Jessica.
—¿Quién más puede hablar con la gente y hacer que empiecen a comprenderme? —dijo Alia.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Jessica.
—Ella ya lo sabe —dijo Alia.
—Les diré la verdad —dijo Harah. De improviso, su rostro pareció viejo y triste, con su piel olivácea surcada de arrugas y sus rasgos afilados con un aura cargada de brujería—. Les diré a todos que Alia fingía ser una niña, pero que nunca lo ha sido.
Alia agitó la cabeza. Las lágrimas corrieron por sus mejillas, y Jessica sintió la oleada de tristeza que emanaba de su hija como si fuera la suya propia.
—Sé que soy un monstruo —susurró Alia. Esa afirmación de adulto pronunciada por una niña fue como una amarga confirmación.
—¡No eres un monstruo! —espetó Harah—. ¿Quién ha dicho que eres un monstruo?
Jessica se volvió a sentir maravillada por la protección tan salvaje que emanaba de la voz de Harah. Se dio cuenta de que lo que había dicho su hija era cierto: necesitaban a Harah. La tribu comprendería a Harah, tanto sus palabras como sus emociones, porque era evidente que quería a Alia como si fuera su hija.
—¿Quién lo ha dicho? —repitió Harah.
—Nadie.
Alia usó una esquina del aba de Jessica para secarse las lágrimas del rostro. Luego alisó la ropa que había mojado y arrugado.
—Pues no lo digas —ordenó Harah.
—Sí, Harah.
—Ahora —dijo Harah—, cuéntame qué pasó para que pueda describírselo a los demás. Dime qué es lo que te ocurrió.
Alia tragó saliva y miró a su madre. Jessica asintió.
—Un día desperté —dijo Alia—. Tenía la impresión de haber dormido, pero no recordaba nada. Estaba en un lugar cálido y oscuro. Y tenía miedo.
Al oír la voz balbuceante de su hija, Jessica recordó aquel día en la gran caverna.
—Como tenía miedo —dijo Alia—, quise escapar, pero no había salida. Luego vi un destello… aunque no lo vi exactamente. El destello estaba allí conmigo y percibía sus emociones… me reconfortaba, me calmaba, me decía que todo iría bien. Era mi madre.
Harah se frotó los ojos y sonrió a Alia con gesto tranquilizador. Aún había un brillo salvaje en los ojos de la Fremen, como si también intentaran oír las palabras de Alia.
Y Jessica pensó: «¿Cómo podemos saber de verdad cómo piensa alguien así? ¿Gracias a sus experiencias, su adiestramiento y sus antepasados?».
—Cuando al fin me sentí segura y tranquila —dijo Alia—, otro destello apareció con nosotras… pero era como si todo ocurriese al mismo tiempo. El tercer destello era la anciana Reverenda Madre. Estaba… intercambiando su vida con mi madre… toda… y yo estaba con ellas y lo vi todo… absolutamente todo. Después terminaron, y fui ellas y todas las demás y también yo misma… pero necesité mucho tiempo para reencontrarme y volver a ser yo entre todas las demás. Había tantas.
—Fue cruel —aseguró Jessica—. Nadie debería despertar así a la consciencia. Es sorprendente que consiguieras aceptar lo que te sucedió.
—¡No tenía alternativa! —espetó Alia—. No sabía cómo rechazarlo ni cómo esconder mi consciencia… ni aislarme… y todo ocurrió… todo…
—No lo sabíamos —murmuró Harah—. Cuando le dimos a tu madre el Agua para que la transformara, no sabíamos que existías en su interior.
—No te pongas triste, Harah —dijo Alia—. Yo tampoco lo hago. Al fin y al cabo, tengo razones para estar feliz: soy una Reverenda Madre. La tribu tiene dos Reve…
Se interrumpió e inclinó la cabeza para escuchar.
Harah se impulsó con los pies hacia el almohadón en el que estaba sentada, miró a Alia y luego levantó la cabeza para mirar a Jessica.
—¿No lo sospechabas? —preguntó Jessica.
—Chissst —dijo Alia.
Un canto rítmico y distante llegó hasta ellas a través de los cortinajes que las separaban de los pasillos del sietch. Aumentó de volumen y se empezaron a distinguir los sonidos:
—¡Ya! ¡Ya! ¡Yawm! ¡Ya! ¡Ya! ¡Yawm! ¡Mu zein, wallah! ¡Ya! ¡Ya! ¡Yawm! ¡Mu zein, wallah!
Los que cantaban pasaron frente a la entrada, y sus voces resonaron en los aposentos. El canto se alejó poco a poco.
Cuando el sonido se atenuó lo suficiente, Jessica inició el ritual con tristeza en la voz.
—Era ramadán y abril en Bela Tegeuse.
—Mi familia estaba sentada en el patio —continuó Harah—, en el aire impregnado por la humedad del chorro de la fuente. Había cerca un árbol de portyguls, redondo y tupido. También un frutero con mish-mish y baklava y copas de liban, todo cosas deliciosas. Y la paz reinaba en nuestros jardines y en nuestros feligreses… paz en toda la tierra.
—La vida estaba llena de alegría hasta que llegaron los incursores —dijo Alia.
—Nuestra sangre se heló ante los gritos de nuestros amigos —dijo Jessica. Y sintió afluir los recuerdos de todos los pasados que había en ella.
—La, la, la, gritaban las mujeres —dijo Harah.
—Los incursores surgieron del mushtamal, blandiendo contra nosotras sus cuchillos rojos con la sangre de nuestros hombres —dijo Jessica.
El silencio cayó sobre ellas y sobre todo el sietch, mientras en todas las estancias las mujeres recordaban y renovaban su dolor.
Al cabo, Harah pronunció las últimas palabras del ritual con una dureza que Jessica nunca había oído en ellas.
—¡Nunca se perdona! ¡Nunca se olvida! —dijo Harah.
Oyeron el rumor de gente y el roce de numerosas túnicas en el reflexivo silencio que siguió a esas palabras. Jessica sintió la presencia de alguien tras los cortinajes que cerraban la entrada de la estancia.
—¿Reverenda Madre?
Era una voz de mujer, y la reconoció: era de Tharthar, una de las mujeres de Stilgar.
—¿Qué ocurre, Tharthar?
—Problemas, Reverenda Madre.
Jessica sintió que algo le retorcía el corazón, un miedo repentino por Paul.
—Paul… —jadeó.
Tharthar apartó los cortinajes y entró en la habitación. Jessica entrevió que había gente apiñándose en la estancia exterior antes de que se cerraran las cortinas. Levantó la vista para mirar a Tharthar: una mujer pequeña y de piel oscura envuelta en una túnica negra bordada de rojo, con los ojos del todo azules fijos en Jessica y las fosas nasales dilatadas por el uso constante de los tampones.
—¿Qué ocurre? —preguntó Jessica.
—Han llegado noticias de la arena —dijo Tharthar—. Usul se enfrentará al hacedor para la prueba… hoy mismo. Los jóvenes dicen que no puede fracasar y que al caer la noche será caballero de la arena. Se están preparando para una incursión al norte, donde se encontrarán con Usul. Dicen que entonces lanzarán el grito, que obligarán a Usul a que desafíe a Stilgar y asuma el liderazgo de las tribus.
«Recoger el agua, sembrar las dunas, transformar el planeta de manera lenta pero segura… ya no es suficiente —pensó Jessica—. Las pequeñas incursiones, las incursiones seguras, ya no son suficientes ahora que Paul y yo los hemos adiestrado. Se sienten fuertes. Quieren combatir».
Tharthar cambio el pie de apoyo varias veces y terminó por carraspear.
«Sabemos que hay que ser prudentes y esperar —pensó Jessica—, pero ese es precisamente el origen de nuestra frustración. Sabemos el daño que puede causar que uno espere demasiado tiempo. Si lo hacemos, corremos el riesgo de olvidar nuestro objetivo».
—Nuestros jóvenes dicen que si Usul no desafía a Stilgar, es que tiene miedo —dijo Tharthar.
Bajó la mirada.
—Así están las cosas, entonces —murmuró Jessica.
Y pensó: «Sabía que ocurriría.
También Stilgar».
Tharthar volvió a carraspear.
—Lo dice hasta mi hermano, Shoab —murmuró—. No dejarán otra elección a Usul.
«Entonces ha llegado el momento —pensó Jessica—. Y Paul deberá arreglárselas por sí mismo. La Reverenda Madre no puede involucrarse en la sucesión».
Alia retiró las manos de las de su madre y dijo:
—Iré con Tharthar y escucharé lo que dicen los jóvenes. Quizá haya una forma.
Los ojos de Jessica se encontraron con los de Tharthar.
—Pues ve —le dijo a Alia—. E infórmame tan pronto como puedas.
—No queremos tener que llegar a esto, Reverenda Madre —aseguró Tharthar.
—Yo tampoco —admitió Jessica—. La tribu necesita toda su fuerza. —Miró a Harah—. ¿Irás con ellos?
Harah respondió a la parte de la pregunta que había quedado sin formular:
—Tharthar no permitirá que le hagan daño a Alia. Sabe que muy pronto las dos seremos esposas y compartiremos al mismo hombre. Tharthar y yo hemos hablado. —Harah miró primero a Tharthar y luego a Jessica—. Hemos llegado a un acuerdo.
Tharthar tendió una mano a Alia.
—Debemos apresurarnos —dijo—. Los jóvenes empiezan a marcharse.
Salieron a la carrera a través de los cortinajes. La mano de la niña se encontraba apretada en la pequeña mano de la mujer, pero parecía que era la pequeña quien guiaba la marcha.
—Si Paul Muad’Dib mata a Stilgar, no ayudará a la tribu —dijo Harah—. Ese era el antiguo método de sucesión de los líderes, pero los tiempos han cambiado.
—Los tiempos también han cambiado para ti —dijo Jessica.
—No puedes creer que dude sobre el resultado de ese combate —dijo Harah—. Usul está destinado a vencer.
—Eso es lo que quería decir —dijo Jessica.
—Y crees que mis sentimientos personales nublan mi juicio —dijo Harah. Agitó la cabeza e hizo tintinear los anillos de agua en torno a su cuello—. Cómo te equivocas. ¿Acaso también piensas que me siento ofendida por no haber sido la escogida de Usul, que estoy celosa de Chani?
—Cada cual hace su elección, dentro de sus posibilidades —dijo Jessica.
—Chani me da pena —dijo Harah.
Jessica se envaró.
—¿Qué quieres decir?
—Sé lo que piensas de ella —afirmó Harah—. Crees que no es la mujer adecuada para tu hijo.
Jessica se relajó y se reclinó en los almohadones.
—Quizá.
—Podrías tener razón —dijo Harah—. Y si fuese cierto, podrías encontrar un sorprendente aliado: la propia Chani. Ella solo desea lo mejor para Él.
Jessica sintió un repentino nudo en la garganta.
—Quiero mucho a Chani —dijo—. No podría…
—Tus alfombras están muy sucias —dijo Harah. Echó un vistazo por el suelo y evitó mirar a Jessica—. Por aquí pasa mucha gente. Deberías hacerlas limpiar más a menudo.