Dune

Dune


Libro tercero: El profeta » Capítulo 47

Página 55 de 66

Y Muad’Dib se enfrentó a él y dijo: «Aunque creamos que la prisionera está muerta, aún vive. Porque su semilla es mi semilla, y su voz es mi voz. Y ella ve más allá de las fronteras más lejanas de lo posible. Sí, ve hasta los valles más lejanos de lo ignoto gracias a mí».

De El despertar de Arrakis, por la princesa Irulan

El barón Vladimir Harkonnen esperaba de pie y con la mirada gacha en la sala imperial de audiencias, el selamlik ovalado del emperador Padishah que había en el interior de la gran estructura. El barón había estudiado la estancia de paredes metálicas y sus ocupantes con miradas furtivas: los noukkers, los pajes, los guardias, las tropas Sardaukar de la Casa alineadas por las paredes cuya única decoración eran los estandartes ajados y manchados de sangre que habían capturado en batalla.

Luego se oyeron unas voces que resonaban por un alto pasadizo a la derecha de la estancia:

—¡Abrid paso! ¡Abrid paso a la Real Persona!

El emperador Padishah Shaddam IV hizo su entrada en la sala de audiencias a la cabeza de su séquito. Se quedó en pie a la entrada, a la espera de que instalaran el trono, e ignoró al barón y al resto de ocupantes.

Por su parte, el barón descubrió que no podía ignorar a la Real Persona y estudió al emperador en busca de una señal, un mínimo indicio que le permitiera adivinar el porqué de dicha audiencia. El emperador se quedó inmóvil e impasible mientras esperaba, una figura esbelta y elegante ataviada con el uniforme gris de franjas doradas y plateadas de los Sardaukar. Su rostro delgado y sus gélidos ojos le recordaron al difunto duque Leto. Tenía la misma mirada de ave de presa. Pero los cabellos del emperador eran rojos en lugar de negros, y la mayor parte de ellos quedaban ocultos bajo un yelmo de burseg negro como el ébano, con la cimera imperial de oro sobre la corona.

Apareció un grupo de pajes con el trono. Era una silla maciza esculpida en un único bloque de cuarzo de Hagal, azul verdoso y translúcido, con vetas de fuego amarillo. Lo colocaron en el estrado, y el emperador subió y se sentó.

Una anciana envuelta en un aba negro con la capucha echada sobre la frente se separó del cortejo del emperador, avanzó para situarse tras el trono y apoyó una mano descarnada en el respaldo de cuarzo. A la sombra de la capucha, su rostro era la caricatura del de una bruja: ojos y mejillas hundidos, una nariz protuberante y la piel arrugada y surcada de venas abultadas.

El barón reprimió sus temblores al verla. La presencia de la Reverenda Madre Gaius Helen Mohiam, la Decidora de Verdad del emperador, evidenciaba la importancia de esa audiencia. El barón apartó la mirada de la mujer y examinó el cortejo en busca de otros indicios. Había dos agentes de la Cofradía, uno alto y grueso, el otro pequeño y aún más grueso, ambos con lánguidos ojos grises. Tras los lacayos se encontraba una de las hijas del emperador, la princesa Irulan, una mujer de la que se decía había sido adiestrada en la más absoluta Manera Bene Gesserit y que estaba destinada a ser una Reverenda Madre. Era alta, rubia, con el rostro de una belleza cincelada y unos ojos verdes que lo miraban como si no estuviese ahí.

—Mi querido barón.

El emperador se había dignado a notar su presencia. Tenía una voz de barítono que reflejaba una calma exquisita. Parecía como si lo despidiera al mismo tiempo que lo saludaba.

El barón le dedicó una gran reverencia y avanzó hasta la posición requerida, a diez pasos del estrado.

—He venido tal y como habéis solicitado, Majestad.

—¡Solicitado! —graznó la vieja bruja.

—Silencio, Reverenda Madre —regañó el emperador, pero el hombre observó con aire divertido la turbación del barón—. Antes que nada, decidme adónde habéis enviado a vuestro secuaz, Thufir Hawat.

El barón lanzó ojeadas a diestro y siniestro y se irritó consigo mismo por no haber traído a sus propios guardias aunque no le sirvieran de mucho contra los Sardaukar. No obstante…

—¿Y bien? —insistió el emperador.

—Lleva cinco días desaparecido, Majestad. —El barón dedicó una mirada a los agentes de la Cofradía y luego volvió a centrarse en el emperador—. Debía de tomar tierra en una base de contrabandistas para intentar infiltrarse en el campamento de ese fanático Fremen, ese tal Muad’Dib.

—¡Increíble! —dijo el emperador.

La bruja palmeó el hombro del emperador con una de sus sarmentosas manos. La mujer se inclinó hacia él y le susurró algo al oído.

El emperador asintió.

—Cinco días, barón —dijo—. Explicadme, ¿por qué no os habéis preocupado por su ausencia?

—¡Sí que me he preocupado, Majestad!

El emperador siguió mirándolo, a la espera. La Reverenda Madre soltó una risilla cacareante.

—Majestad, lo que quiero decir —dijo el barón— es que ese Hawat morirá de todos modos dentro de pocas horas. —Y explicó lo del veneno residual y la constante necesidad de un antídoto.

—Muy ingenioso por vuestra parte, barón —dijo el emperador—. ¿Y dónde están vuestros sobrinos, Rabban y el joven Feyd-Rautha?

—Se avecina la tormenta, Majestad. Los he enviado a inspeccionar el perímetro para prevenir la posibilidad de un ataque Fremen amparado por la arena.

—Perímetro —dijo el emperador. Pronunció la palabra como un escupitajo—. La tormenta no llegará a esta depresión, y esa escoria Fremen no se atreverá a atacar mientras yo esté aquí con cinco legiones de Sardaukar.

—Claro que no, Majestad —convino el barón—. Pero nunca está de más excederse con la cautela.

—Ahhh —dijo el emperador—. Cautela. Entonces ¿no debería comentar nada sobre todo el tiempo que he perdido con esta farsa de Arrakis? ¿Ni de los beneficios de la Compañía CHOAM que se han perdido en este nido de ratas? ¿Ni de las ceremonias de la corte y todos los asuntos de estado que he tenido que aplazar e incluso cancelar por este problema tan ridículo?

El barón bajó la mirada, aterrado por la cólera imperial. Le inquietaba lo delicado de su situación en aquel lugar, solo y dependiendo de la Convención y del dictum familia de las Grandes Casas.

«¿Acaso quiere matarme? —se preguntó el barón—. ¡No puede! No con todas las Grandes Casas esperando ahí arriba para aprovechar cualquier pretexto y sacar el más mínimo provecho de esta crisis».

—¿Habéis capturado algún rehén? —preguntó el emperador.

—Es inútil, Majestad —dijo el barón—. Esos locos Fremen celebran una ceremonia fúnebre por cada prisionero que capturamos y actúan como si ya estuviera muerto.

—¿En serio? —dijo el emperador.

El barón aguardó y lanzó ojeadas a las paredes metálicas de ambos lados del selamlik mientras pensaba en la monstruosa tienda metálica que se erguía a su alrededor. La riqueza ilimitada que representaba algo así avivó el respeto del barón.

«Lleva pajes consigo —pensó el barón—. También inútiles lacayos de corte, esas mujeres y sus acompañantes, peluqueros, dibujantes, de todo… todos parásitos de la Corte. Han venido todos para adularlo, conspirar y pasar el “mal trago” con el emperador… Han venido para ver cómo acaba con este asunto, para escribir epigramas sobre las batallas e idolatrar a los heridos».

—Quizá no hayáis buscado los rehenes adecuados —dijo el emperador.

«Sabe algo», pensó el barón.

El miedo pesaba como una losa densa y fría en su estómago. Era como el hambre y, durante un tiempo, tembló bajo los suspensores y le dieron ganas de pedir que le trajeran comida. Pero en ese lugar nadie obedecía sus órdenes.

—¿Tenéis idea de quién puede ser ese Muad’Dib? —preguntó el emperador.

—Lo más seguro es que sea un umma —respondió el barón—. Un fanático Fremen, un aventurero religioso. Aparecen regularmente en la periferia de la civilización. Vuestra Majestad lo sabe.

El emperador miró a su Decidora de Verdad y luego volvió a mirar al barón con el ceño fruncido.

—¿Y no sabéis nada más sobre ese Muad’Dib?

—Que es un loco —dijo el barón—. Pero todos los Fremen están un poco locos.

—¿Locos?

—Gritan su nombre cuando parten a la batalla. Las mujeres lanzan sus niños contra nosotros y se empalan contra nuestros cuchillos para abrir una brecha a sus hombres cuando nos atacan. ¡No tienen… decencia!

—Sí que es grave —murmuró el emperador, y su tono de burla no escapó al barón—. Contadme, ¿habéis explorado alguna vez las regiones polares al sur de Arrakis?

El barón miró fijamente al emperador, sorprendido por el brusco cambio de tema.

—B-bueno… Vuestra Majestad ya sabe que toda esa región es inhabitable, que es una zona abierta donde el viento y los gusanos campan a sus anchas. Y tampoco hay en ella el menor indicio de especia.

—¿No habéis recibido ningún informe de los cargueros de especia indicando que han aparecido manchas verdes en esas latitudes?

—Son informes que han llegado siempre. Hemos investigado algunos… hace mucho tiempo. Se han visto unas pocas plantas, pero hemos perdido muchos tópteros. Cuesta demasiado caro, Vuestra Majestad. Es un lugar donde uno no puede sobrevivir durante mucho tiempo.

—Cierto —dijo el emperador. Chasqueó los dedos, y se abrió una puerta a su izquierda, detrás del trono. Dos Sardaukar aparecieron por ella con una niña que no parecía tener más de cuatro años. Llevaba un aba negro y la capucha echada hacia atrás dejaba al descubierto los cierres de un destiltraje que colgaban sueltos de su cuello. Sus ojos tenían el azul de los Fremen y observaban a su alrededor desde un rostro terso y redondo. No parecía en absoluto asustada, y algo en su mirada turbó al barón sin que pudiera explicar muy bien la razón.

Hasta la vieja Decidora de Verdad Bene Gesserit dio un paso atrás cuando la niña pasó a su lado, e hizo un gesto en su dirección como para protegerse. Sin duda, la vieja bruja estaba turbada por la presencia de la niña.

El emperador carraspeó, pero fue la niña quien habló primero, con una voz aún balbuceante debido a su paladar blando pero muy nítida.

—Aquí está al fin —dijo. Avanzó hasta el borde de la plataforma—. No está de muy buen ver, ¿verdad? No es más que un viejo gordo y asustado, demasiado débil para soportar su propia grasa sin ayuda de los suspensores.

Era una afirmación tan inesperada en boca de una niña que, pese a su rabia, el barón la miró con la boca abierta sin pronunciar palabra.

«¿Es una enana?», se preguntó.

—Mi querido barón —dijo el emperador—, os presento a la hermana de Muad’Dib.

—La her… —El barón centró su atención en el emperador—. No entiendo.

—A veces yo también soy demasiado prudente —dijo el emperador—. Se me informó de que en vuestras «deshabitadas» regiones meridionales se apreciaban indicios de actividad humana.

—¡Pero no es posible! —protestó el barón—. Los gusanos… Solo hay arena hasta…

—Son gente perfectamente capaz de evitar los gusanos —dijo el emperador.

La niña se sentó en el estrado al lado del trono y balanceó sus pequeñas piernas. Había un indudable aire de seguridad en la manera en la que observaba la escena.

El barón miró esos pequeños pies oscilantes, las sandalias que se intuían bajo la tela.

—Por desgracia —continuó el emperador—, solo envié cinco transportes con efectivos reducidos para capturar prisioneros e interrogarlos. Conseguimos escapar a duras penas con tres prisioneros y solo un transporte. ¿Habéis oído, barón? Mis Sardaukar casi fueron aniquilados por una fuerza defensiva compuesta en gran parte por mujeres, niños y ancianos. Esta niña estaba al mando de uno de los grupos que nos atacaron.

—¡Lo veis, Majestad! —exclamó el barón—. ¡Ya veis cómo son!

—Me dejé capturar —aseguró la niña—. No quería enfrentarme a mi hermano y tener que decirle que habían asesinado a su hijo.

—Solo consiguió escapar un puñado de hombres —dijo el emperador—. ¡Escapar! ¿Lo oís bien?

—También los habríamos aniquilado de no haber sido por las llamas —dijo la niña.

—Mis Sardaukar tuvieron que usar los propulsores de altitud de los vehículos como lanzallamas —explicó el emperador—. Un movimiento desesperado que les permitió escapar con tres prisioneros. Oíd bien, querido barón: ¡Sardaukar obligados a huir entre la confusión a manos de un grupo de mujeres, niños y ancianos!

—Debemos atacar con todos nuestros efectivos —espetó el barón—. Debemos destruir hasta el último vestigio de…

—¡Silencio! —rugió el emperador. Se inclinó hacia delante en el trono—. ¡Dejad de reíros de mi inteligencia! Venís haciendo gala de una actitud inocente, pero…

—Majestad —llamó la anciana Decidora de Verdad.

El emperador la hizo callar con un gesto.

—¡Me habéis dicho que no sabéis nada de lo que hemos descubierto, nada de las cualidades guerreras de este soberbio pueblo! —Se incorporó un poco en el trono—. ¿Por quién me estáis tomando, barón?

El barón retrocedió dos pasos y pensó: «Ha sido Rabban. Me ha hecho esto a mí. Rabban me ha…».

—Y esa falsa disputa con el duque Leto —gruñó el emperador al tiempo que se volvía a reclinar en el asiento—. Qué bien la planeasteis.

—Majestad —imploró el barón—. ¿Qué es lo que…?

—¡Silencio!

La anciana Bene Gesserit puso una mano en el hombro del emperador y se inclinó para susurrarle algo al oído.

La niña sentada en el estrado dejó de balancear las piernas y dijo:

—Aterrorízale un poco más, Shaddam. No debería alegrarme, pero siento un placer irrefrenable.

—Silencio, niña —dijo el emperador. Se inclinó hacia delante, le puso una mano en la cabeza y miró al barón—. ¿Es posible, barón? ¿Es posible que seáis tan ingenuo como me sugiere mi Decidora de Verdad? ¿No reconocéis a esta niña, la hija de vuestro aliado, el duque Leto?

—Mi padre nunca fue su aliado —dijo la niña—. Mi padre está muerto y es la primera vez que esta bestia Harkonnen me ve.

El barón se quedó paralizado por la estupefacción. Cuando recobró la voz solo acertó a balbucear:

—¿Quién?

—Soy Alia, hija del duque Leto y de la dama Jessica, hermana del duque Paul Muad’Dib —dijo la niña. Se bajó del estrado y cayó al suelo de la estancia—. Mi hermano ha prometido empalar tu cabeza en la punta de su estandarte, y creo que lo hará.

—Ya basta, niña —dijo el emperador, que se recostó aún más en el trono con la mano en la barbilla y examinó al barón.

—El emperador no me da órdenes —dijo Alia. Se giró y miró a la Reverenda Madre—. Ella lo sabe.

El emperador alzó la vista hacia su Decidora de Verdad.

—¿A qué se refiere?

—¡Esta niña es una abominación! —dijo la anciana—. Su madre merece un castigo como nunca se haya impuesto a nadie en la historia. ¡Muerte! ¡Ninguna muerte será bastante rápida para esta niña y para quien la ha engendrado! —Señaló a Alia con un dedo nudoso—. ¡Sal de mi mente!

—¿T-P? —susurró el emperador. Dirigió su atención a la niña—. ¡Por la Gran Madre!

—No lo entendéis, Majestad —dijo la anciana—. No es telepatía. Está en mi mente. Está como todas las demás antes de mí, como todas las otras que me han dejado sus recuerdos. ¡Está en mi mente! ¡Sé que es imposible, pero está en ella!

—¿Qué otras? —preguntó el emperador—. ¿Qué es este desatino?

La anciana se irguió y dejó caer el brazo.

—He hablado demasiado, pero lo importante es que esta niña que no es una niña debe ser destruida. Sabemos desde hace mucho que había que prevenir un nacimiento así, pero una de nosotras nos ha traicionado.

—Chocheas, anciana —dijo Alia—. No sabes cómo ocurrió y, sin embargo, no dejas de decir sandeces. —Alia cerró los ojos, respiró hondo y luego contuvo el aliento.

La anciana Reverenda Madre gimió y se tambaleó.

Alia abrió los ojos.

—Así es como pasó —dijo—. Un accidente cósmico del que has formado parte.

La Reverenda Madre alzó ambas manos con las palmas giradas hacia Alia.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó el emperador—. Niña, ¿de verdad puedes proyectar tus pensamientos dentro de la mente de otro?

—No es así en absoluto —dijo ella—. Si no he nacido como tú, no puedo pensar como tú.

—Matadla —murmuró la anciana, que se aferró al respaldo del trono para sostenerse—. ¡Matadla! —Sus viejos y hundidos ojos se clavaron en Alia.

—Silencio —dijo el emperador mientras examinaba a Alia—. Niña ¿puedes comunicarte con tu hermano?

—Mi hermano sabe que estoy aquí —dijo Alia.

—¿Puedes decirle que se rinda a cambio de tu vida?

Alia le dedicó una sonrisa inocente.

—No lo hará —dijo.

El barón avanzó vacilante hasta el estrado y se colocó delante de Alia.

—Majestad —suplicó—, no sabía nada de…

—Barón, interrumpidme otra vez y acabaré de un plumazo con la posibilidad de que tengáis oportunidad de volver a hacerlo —espetó el emperador. Seguía con la atención fija en Alia, la analizaba a través de sus párpados entornados—. No quieres, ¿eh? ¿Puedes leer en mi mente lo que pienso hacerte si no me obedeces?

—Ya te he dicho que no puedo leer las mentes —dijo la niña—, pero no hace falta telepatía para leer tus intenciones.

El emperador frunció el ceño.

—Niña, tu causa es inútil. Solo tengo que reunir a mis efectivos y reducir este planeta a…

—No es tan sencillo —dijo Alia. Señaló a los dos hombres de la Cofradía—. Pregúntaselo a ellos.

—No es juicioso oponerse a mis deseos —dijo el emperador—. Tú no puedes negarme nada.

—Mi hermano está de camino —dijo Alia—. Hasta un emperador debería temblar ante Muad’Dib, porque su fuerza es la de la rectitud y el cielo le sonríe.

El emperador se puso en pie de un salto.

—Esto ha durado demasiado. Acabaré con tu hermano y con todo este planeta. Los reduciré a…

La estancia retumbó y se estremeció a su alrededor. Una repentina cascada de arena cayó tras el trono, justo donde la estructura estaba acoplada a la nave del emperador. El estremecimiento que recorrió la piel de los presentes indicó que se acababa de activar un escudo de enormes dimensiones.

—Te lo dije —observó ella—. Mi hermano está de camino.

El emperador se quedó inmóvil frente a su trono, con la mano derecha apretada contra la oreja mientras escuchaba por el servorreceptor que le transmitía el informe de la situación. El barón avanzó dos pasos detrás de Alia. Los Sardaukar tomaron posiciones en las puertas.

—Nos retiraremos al espacio para reagruparnos —anunció el emperador—. Barón, mis disculpas. Esos locos están atacando al amparo de la tormenta. Ahora se van a enterar de lo que es la cólera del emperador. —Señaló a Alia—. Arrojadla a la tormenta.

Al oírlo, Alia retrocedió fingiendo terror.

—¡Que la tormenta decida mi suerte! —exclamó al tiempo que se arrojaba en brazos del barón.

—¡La tengo, Majestad! —gritó el barón—. ¿Quieres que la…? ¡Aaaaaahhhhhh! —La tiró al suelo y se aferró el brazo derecho.

—Lo siento, abuelo —dijo Alia—. Acabas de conocer el gom jabbar de los Atreides. —Se puso de pie, abrió la mano y dejó caer una aguja oscura.

El barón se derrumbó con los ojos desorbitados mientras miraba la mancha roja que había aparecido en su palma izquierda.

—Tú… tú… —Rodó a un lado entre los suspensores y se convirtió en poco más que una enorme masa de carne flácida suspendida a pocos centímetros del suelo con la cabeza colgando y la boca muy abierta.

—Esa gente está loca —gruñó el emperador—. ¡Rápido! A la nave. Vamos a librar este planeta de todos…

Algo destelló a su izquierda. Un relámpago fulgurante que rebotó en la pared y crepitó en el suelo metálico. Un aroma a aislante quemado se extendió por el selamlik.

—¡El escudo! —gritó uno de los oficiales Sardaukar—. ¡Se ha desconectado el escudo exterior! Ellos…

Sus palabras quedaron ahogadas por un rugido metálico proveniente del casco de la nave, que vacilaba y se estremecía detrás del emperador.

—¡Han disparado al morro de la nave! —gritó alguien.

Una nube de polvo penetró en la estancia. Alia salió de la cobertura, se incorporó y echó a correr hacia la puerta de entrada.

El emperador se giró con brusquedad y ordenó a los suyos que se dirigieran hacia la salida de emergencia que acababa de abrirse en ese momento en un flanco de la nave junto al trono. Hizo un gesto rápido con la mano a un oficial Sardaukar, en la nube de polvo que lo cubría todo.

—¡Resistiremos aquí! —ordenó el emperador.

La estructura volvió a sacudirse. Las puertas dobles salieron despedidas con fuerza hasta el fondo de la estancia y dejaron paso a un torrente de arena aderezado con gritos.

Una pequeña figura envuelta en una túnica negra se recortó durante un momento a la luz; era Alia que buscaba un cuchillo para rematar, como requería el adiestramiento Fremen, a todos los Harkonnen y Sardaukar heridos. Los Sardaukar de la Casa se abalanzaron hacia la bruma amarillenta y verdosa de la abertura con las armas en ristre para formar un arco y proteger la retirada del emperador.

—¡Salvaos, Majestad! —gritó un oficial Sardaukar—. ¡A la nave!

Pero el emperador se quedó solo e inmóvil en el estrado, señalando con la mano las puertas del selamlik. Una sección de unos cuarenta metros de pared se había derrumbado, y las puertas se abrían hacia la arena agitada por la tormenta. Una nube de polvo se elevaba baja en la distancia y recorría esa inmensidad de tonos pastel. Las centellas de la estática se columbraban en la nube y a través de la bruma se veían los reflejos de los escudos al desconectarse debido a la electricidad. La llanura estaba plagada de figuras que luchaban: Sardaukar y hombres embozados que parecían salir de la mismísima tormenta.

La mano tendida del emperador apuntaba hacia todo eso.

De las nubes de arena había empezado a surgir una fila compacta de formas resplandecientes: grandes curvas ondulantes con destellos cristalinos que se convirtieron en fauces abiertas de gusanos de arena, una enorme pared de ellos, todos con un pelotón de Fremen cabalgando al ataque sobre sus lomos. Cayeron sobre ellos entre silbidos y el agitar de las ropas al viento para luego atravesar el confuso tumulto de la planicie.

Avanzaron directamente hacia la estructura del emperador mientras los Sardaukar de la Casa, por primera vez en su historia, contemplaban petrificados una carga que sus mentes eran incapaces de aceptar.

Pero las figuras que cabalgaban a lomos de los gusanos eran hombres, y el relucir de las hojas que blandían en sus manos a la siniestra luz amarillenta de la tormenta era algo que los Sardaukar habían sido adiestrados para afrontar. Se lanzaron al combate. Y en la llanura de Arrakeen tuvo lugar un gigantesco combate cuerpo a cuerpo mientras un escogido grupo de guardias personales Sardaukar empujaban al emperador al interior de la nave, sellaban la puerta a sus espaldas y se disponían a morir allí para defenderlo.

Aletargado por el repentino silencio del interior de la nave, el emperador miró a los rostros descompuestos de su séquito y vio a su hija mayor con el rostro presa de la extenuación, a la anciana Decidora de Verdad inmóvil como una sombra negra con la capucha echada sobre su rostro y, finalmente, las dos caras que buscaba: los dos hombres de la Cofradía. Sus uniformes grises y sin ornamentos casaban a la perfección con la ostentosa calma que mantenían a pesar de lo que ocurría a su alrededor.

Sin embargo, el más alto de los dos se cubría el ojo izquierdo con una mano. Mientras el emperador lo miraba, alguien golpeó sin querer el brazo del hombre de la Cofradía, la mano se movió y el ojo quedó al descubierto. El hombre había perdido una de las lentes de contacto de enmascaramiento y tenía el ojo del todo azul, un azul tan profundo que parecía negro.

El más bajo de los dos se acercó un par de pasos hacia el emperador.

—No sabemos cómo terminará todo —dijo.

Y su compañero más alto, que había vuelto a cubrirse el ojo, añadió con voz impertérrita:

—Pero ni siquiera Muad’Dib lo sabe.

Las palabras sacaron de su estupor al emperador. Apenas pudo reprimir su desprecio, porque no necesitaba en absoluto la visión interior de los navegantes de la Cofradía para adivinar el futuro inmediato. Se preguntó si acaso esos dos hombres dependían de su facultad hasta tal punto que habían llegado a perder por completo el uso de los ojos y la razón.

—Reverenda Madre —dijo—, tenemos que trazar un plan.

La anciana se echó la capucha hacia atrás y afrontó su mirada con ojos fijos. Cruzaron una comprensión tácita y total. Ambos sabían que solo les quedaba un arma: la traición.

—Llamad al conde Fenring —dijo la Reverenda Madre.

El emperador Padishah asintió e hizo una seña a uno de sus ayudantes para que obedeciera.

Ir a la siguiente página

Report Page