Dune

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Libro tercero: El profeta » Capítulo 48

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Y Paul comprendió la futilidad de sus esfuerzos por modificar eso lo más mínimo. Había pensado poder oponerse él solo a la yihad, pero la yihad seguiría existiendo. Incluso sin él, sus legiones se esparcirían con rabia fuera de Arrakis. Solo necesitaban una leyenda, y él ya se había convertido en una. Les había mostrado el camino, les había permitido dominar incluso a la Cofradía gracias a que necesitaban la especia para sobrevivir.

Le invadió una sensación de fracaso, y entonces vio que Feyd-Rautha se había despojado de su uniforme destrozado para quedarse solo con una simple malla metálica de combate.

«Este es el clímax —pensó Paul—. A partir de este momento, el futuro se abrirá y las nubes dejarán paso a una luz gloriosa. Si muero aquí, dirán que me he sacrificado para que mi espíritu los guíe. Si vivo, dirán que nada puede oponerse a Muad’Dib».

—¿Está preparado el Atreides? —dijo Feyd-Rautha, utilizando las palabras del antiguo ritual kanly.

Paul eligió responder según la costumbre Fremen:

—¡Que tu cuchillo se astille y se rompa! —Señaló la hoja del emperador en el suelo para indicar a Feyd-Rautha que podía avanzar y cogerla.

Feyd-Rautha se inclinó sobre el cuchillo sin apartar la atención de Paul y luego lo balanceó un momento en su mano para sopesarlo. Cada vez estaba más emocionado. Era el combate que siempre había soñado, de hombre a hombre, habilidad contra habilidad, sin el estorbo de ningún escudo. Ese combate le abriría el camino del poder, puesto que el emperador premiaría sin la menor duda a quien eliminara a aquel fastidioso duque. Tal vez incluso concediera como premio a su altanera hija y una parte del trono. Y ese paleto convertido en duque, ese vagabundo del desierto, no podía ser un adversario digno de un Harkonnen adiestrado en todas las estratagemas y las traiciones de mil combates en la arena. Y ese patán ignoraba que tendría que vérselas contra muchas más armas que un simple cuchillo.

«¡Veremos si resistes al veneno!», pensó Feyd-Rautha.

Saludó a Paul con la hoja del emperador y dijo:

—Prepárate a morir, loco.

—¿Empezamos el combate, primo? —preguntó Paul. Avanzó con paso felino, los ojos fijos en la hoja que tenía delante, el cuerpo encorvado y el crys blanco lechoso apuntando hacia delante como si fuese una extensión de su brazo.

Giraron uno alrededor del otro mientras sus pies desnudos hacían crujir el suelo y a la espera de la más mínima abertura.

—Qué bien bailas —dijo Feyd-Rautha.

«Es un hablador —pensó Paul—. Es otra debilidad. El silencio le inquieta».

—¿Te has arrepentido de tus errores? —preguntó Feyd-Rautha.

Paul siguió girando en silencio.

La anciana Reverenda Madre observó el combate desde la primera fila junto al emperador y empezó a temblar. El Atreides había llamado primo al Harkonnen. Eso significaba que conocía los ancestros que compartían, lógico al tratarse del Kwisatz Haderach. Pero esas palabras la obligaron a concentrarse en lo único que le importaba ahora.

Aquello podía convertirse en una terrible catástrofe para los planes selectivos de las Bene Gesserit.

Había entrevisto parte de las conclusiones a las que había llegado Paul: que Feyd-Rautha podía matarlo pero sin salir por ello victorioso. Sin embargo, fue otro pensamiento el que la abrumó. Tenía ante ella a los dos productos finales de un largo y costoso programa e iban a enfrentarse en un combate a muerte que podía acabar con la vida de cualquiera de ellos. Si ambos morían allí, solo quedaría la hija bastarda de Feyd-Rautha, que aún era un bebé y era un factor desconocido, y Alia, una abominación.

—Quizá aquí solo tengáis ritos paganos —dijo Feyd-Rautha—. ¿Quieres que la Decidora de Verdad del emperador prepare tu espíritu para este viaje?

Paul sonrió y giró alerta hacia la derecha mientras sus tenebrosos pensamientos quedaban anulados por las necesidades de aquel momento.

Feyd-Rautha saltó e hizo una finta con la mano derecha, pero se pasó el cuchillo a la izquierda en un abrir y cerrar de ojos y atacó.

Paul lo esquivó con facilidad y notó en el golpe de Feyd-Rautha la vacilación característica del condicionamiento del escudo. Sin embargo, fue leve, y Paul llegó a la conclusión de que Feyd-Rautha había combatido antes contra adversarios sin escudo.

—¿Acaso un Atreides corre en lugar de combatir? —preguntó Feyd-Rautha.

Paul siguió girando en silencio. Recordó las palabras de Idaho, las que le había dicho hacía mucho tiempo en el campo de prácticas de Caladan: «Usa los primeros momentos para estudiar al adversario. Puede que así pierdas la posibilidad de una victoria rápida, pero esos momentos de análisis son una garantía de éxito. Tómate tu tiempo y actúa sobre seguro».

—Tal vez piensas que esa danza prolongará tu vida unos pocos instantes —dijo Feyd-Rautha—. Estupendo. —Dejó de girar y se irguió.

Paul había visto lo suficiente para una primera evaluación. Feyd-Rautha avanzó por el lado izquierdo, lo que dejaba el flanco derecho virado hacia Paul, como si la cota de malla pudiera protegerlo de arriba abajo. Era el modo de actuar de un hombre adiestrado en el uso del escudo y con un puñal en ambas manos.

O tal vez la cota de malla no era lo que parecía. Paul titubeó.

El Harkonnen daba la impresión de estar demasiado confiado ante un hombre que ese mismo día había conducido a sus fuerzas a la victoria contra las legiones Sardaukar.

Feyd-Rautha notó la vacilación.

—¿Por qué prolongas lo inevitable? —dijo—. No haces más que impedirme ejercitar mis derechos sobre este mundo infecto.

«Quizá sea una aguja —pensó Paul—. Una muy bien escondida. No hay el menor rastro en la malla».

—¿Por qué no hablas? —preguntó Feyd-Rautha.

Paul volvió a empezar a girar y se permitió que una gélida sonrisa fuera la única respuesta a la inquietud que había captado en la voz de Feyd-Rautha, una prueba de que el silencio estaba haciendo su efecto.

—Sonríes, ¿eh? —dijo Feyd-Rautha. Y saltó en mitad de la frase.

Paul esperó un mínimo titubeo, lo que hizo que casi no consiguiera evitar el corte de la hoja, cuya punta le rozó el brazo izquierdo. Evitó pensar en el repentino dolor y llegó a la conclusión de que la primera vacilación había sido un truco, una contrafinta. Era un adversario muy superior a lo que había esperado. Debía hacer fintas en las fintas de las fintas.

—El propio Thufir Hawat me enseñó algunos de estos golpes —dijo Feyd-Rautha—. Incluso llegó a hacerme daño. Qué pena que ese viejo estúpido no esté vivo para ver esto.

Paul recordó lo que Idaho le había dicho una vez: «En combate, fíjate solo en lo que ocurre en la pelea. De este modo, nunca te sorprenderán».

Volvieron a girar uno alrededor del otro, agazapados y acechando.

Paul vio cómo la emoción volvió a florecer en el rostro de su oponente y se preguntó la razón. ¿Acaso un arañazo significaba tanto para él? ¡A menos que la hoja estuviera envenenada! Pero ¿cómo podía ser posible? Sus hombres habían tenido el arma entre sus manos, la habían examinado antes de dársela. Eran demasiado experimentados para no reparar en algo tan obvio.

—Esa mujer con la que hablabas antes —dijo Feyd-Rautha—. Esa pequeña. ¿Acaso es algo especial para ti? ¿Quizá tu animalillo favorito? ¿Debo reservarle una atención especial?

Paul se quedó en silencio mientras sus sentidos interiores examinaban la sangre que goteaba de la herida. Descubrió que había un somnífero en el arma del emperador. Modificó su metabolismo para rechazar la amenaza y alteró las moléculas del narcótico, pero le asaltó una duda. Habían preparado la hoja con un somnífero. Un somnífero. Algo que el detector de venenos no descubriría, pero lo suficientemente fuerte como para paralizar sus músculos si lo alcanzaba. Sus enemigos tenían sus propios planes en los planes, sus propias traiciones y estratagemas.

Feyd-Rautha volvió a saltar y lanzó un golpe.

Con una sonrisa helada en sus labios, Paul fintó con calculada lentitud, como si estuviera paralizado por la droga, y en el último instante esquivó para luego golpear el brazo que atacaba con la punta de su crys.

Feyd-Rautha esquivó parcialmente el golpe saltando de costado y retrocediendo mientras pasaba el cuchillo a la mano izquierda. Sus mejillas palidecieron cuando notó el dolor del ácido en la herida causada por Paul.

«Dejémosle un momento de duda —pensó Paul—. Dejémosle sospechar que es veneno».

—¡Traición! —gritó Feyd-Rautha—. ¡Me ha envenenado! ¡Noto el veneno en el brazo!

Paul rompió su silencio por primera vez.

—Solo es un poco de ácido —dijo— para contrarrestar el somnífero de la hoja del emperador.

Feyd-Rautha dedicó una gélida sonrisa a Paul y levantó la hoja de su mano izquierda para saludar con sorna. Sus ojos brillaban de rabia tras el cuchillo.

Paul también pasó el crys a su mano izquierda y se encaró con su oponente. Volvieron a iniciar esos giros para analizarse.

Feyd-Rautha se le acercó despacio, con el cuchillo en alto y la rabia reflejada en sus ojos entornados y la mandíbula prominente. Fintó hacia la derecha y abajo, y se encontraron uno frente al otro con las hojas entrecruzadas y presionando.

Paul desconfiaba del lado derecho de Feyd-Rautha, donde sospechaba que estaba la aguja envenenada, por lo que le obligó a girar hacia la derecha. Estuvo a punto de no ver el resplandor de la aguja bajo el cinturón. Fue un movimiento de Feyd-Rautha, una distensión repentina de sus músculos, lo que lo puso sobre alerta. La punta pasó muy cerca de la carne de Paul.

«¡En la cadera izquierda! Traición en la traición de la traición», pensó Paul.

Usó el adiestramiento Bene Gesserit de sus músculos para apartarse de improviso y así aprovechar el reflejo instintivo de Feyd-Rautha, pero la necesidad de alejarse de la aguja envenenada en la cadera de su oponente le hizo trastabillar y caer al suelo, con Feyd-Rautha sobre él.

—¿La ves en mi cadera? —susurró Feyd-Rautha—. Vas a morir, estúpido. —Y empezó a contorsionarse para que la aguja se acercara más y más—. Paralizará tus músculos, y mi cuchillo acabará contigo. ¡No quedará rastro que pueda ser detectado!

Paul luchó con todos sus músculos y oyó los gritos silenciosos en su mente, las advertencias de sus antepasados que exigían que pronunciara la palabra secreta para detener a Feyd-Rautha y salvarse.

—¡No la diré! —jadeó Paul.

Feyd-Rautha lo miró con imperceptible vacilación. Sin embargo, fue suficiente para que Paul captara el punto débil en el equilibrio de su adversario, hiciera palanca y le obligara a rodar sobre sí mismo, lo que los dejó en la posición inversa. Ahora Feyd-Rautha estaba bajo él, con su cadera derecha en alto e incapaz de girarse porque la aguja de su cadera izquierda se había clavado en el suelo.

Paul liberó su mano izquierda, ayudado por la lubricación de la sangre de su brazo, y golpeó a Feyd-Rautha por debajo de la mandíbula. La punta del crys se abrió camino hasta el cerebro. Feyd-Rautha se estremeció y se retorció en el suelo, con el costado aún parcialmente sujeto debido a la aguja clavada.

Paul respiró hondo para recobrar su calma, se impulsó hacia arriba y se puso en pie. Permaneció inmóvil sobre el cuerpo con el cuchillo en la mano y alzó los ojos hacia el emperador con deliberada lentitud.

—Majestad —dijo—, habéis perdido otro efectivo. ¿Vamos a dejar de tergiversar y engañarnos? ¿Vamos a discutir lo que conviene hacer? El matrimonio de vuestra hija conmigo y una vía libre para que un Atreides se siente en el trono.

El emperador se giró para mirar al conde Fenring. El conde le sostuvo la mirada, ojos grises contra ojos verdes. Cualquier palabra era inútil, se conocían desde hacía tanto tiempo que bastaba una simple mirada.

«Mata a este advenedizo por mí —decía el emperador—. El Atreides es joven y tiene recursos, sí… pero también está cansado debido al largo esfuerzo y no resistirá un combate contra ti. Desafíalo ahora. Sabes cómo hacerlo. Mátalo».

Fenring movió la cabeza despacio, un prolongado giro hacia el rostro de Paul.

—¡Hazlo! —siseó el emperador.

El conde miró a Paul con fijeza, tal como la dama Margot le había enseñado, a la manera Bene Gesserit, consciente del misterio y la oculta grandeza que había en ese Atreides.

«Podría matarlo», pensó Fenring… Y sabía que era cierto.

Sin embargo, algo en sus más remotas profundidades retuvo al conde, quien tuvo una visión breve e inadecuada de su superioridad frente a Paul, una manera de ocultarse de él, unos motivos furtivos que nadie podía dilucidar.

Paul consiguió comprenderlo en parte a través del bullir de ese nexo del tiempo y al fin comprendió por qué nunca había visto a Fenring en las tramas de su presciencia. Fenring era uno de esos que hubiera podido ser, un Kwisatz Haderach en potencia, malogrado por una mancha en su esquema genético, un eunuco cuyo talento se había ocultado y reprimido. En ese momento, sintió una profunda compasión por el conde Fenring, el primer sentimiento de fraternidad que había experimentado hasta el momento.

Al notar la emoción de Paul, Fenring dijo:

—Majestad, me niego.

La rabia inundó a Shaddam IV, que dio dos pasos a través de su cortejo y abofeteó a Fenring con todas sus fuerzas.

El rostro del conde se ensombreció. Alzó la vista, miró con fijeza al emperador y, con tranquilo y deliberado énfasis, dijo:

—Hemos sido amigos, Majestad. Lo que hago ahora solo lo hago por amistad. Olvidaré esta afrenta.

Paul carraspeó.

—Hablábamos del trono, Majestad —dijo.

El emperador se giró con brusquedad y miró a Paul con ojos llameantes.

—¡El trono es mío! —bramó.

—Tendréis otro en Salusa Secundus —dijo Paul.

—¡He depuesto las armas y he venido aquí confiando en tu palabra! —gritó el emperador—. Cómo te atreves a amenazarme…

—Estáis seguro en mi presencia —dijo Paul—. Es un Atreides quien os lo ha prometido. Pero Muad’Dib os sentencia a vuestro planeta prisión. No tengáis miedo, Majestad. Usaré todos los poderes a mi alcance para hacer que el lugar sea menos hostil. Lo transformaré en un planeta jardín, lleno de cosas encantadoras.

El sentido oculto de las palabras de Paul llegó hasta la mente del emperador, quien miró a Paul desde el otro lado de la estancia.

—Ahora comprendo tus verdaderos motivos —gruñó.

—Ciertamente —dijo Paul.

—¿Y Arrakis? —preguntó el emperador—. ¿También será otro planeta jardín lleno de cosas encantadoras?

—Los Fremen tienen la palabra de Muad’Dib —dijo Paul—. El agua fluirá libre bajo el cielo de este mundo, y Arrakis tendrá oasis verdeantes llenos de cosas hermosas. Pero también debemos pensar en la especia. Por lo que siempre habrá desierto… y también vientos terribles y pruebas para endurecer al hombre. Nosotros los Fremen tenemos un dicho: «Dios creó Arrakis para probar a los fieles». Uno no puede ir contra la palabra de Dios.

La anciana Decidora de Verdad, la Reverenda Madre Gaius Helen Mohiam, había captado otro significado oculto en las palabras de Paul. Había entrevisto la yihad. Dijo:

—¡No puedes soltar a esa gente sobre el universo!

—¡Desearéis recuperar las amables costumbres de los Sardaukar! —espetó Paul.

—No puedes —susurró ella.

—Eres una Decidora de Verdad —dijo Paul—. Analiza tus palabras. —Miró a la Princesa Real, luego al emperador—. Decidid pronto, Majestad.

El emperador dedicó una mirada afligida a su hija. Ella le tocó el brazo y dijo con tranquilidad:

—Me han educado para esto, padre.

Él respiró hondo.

—No podéis permitirlo —murmuró la anciana Decidora de Verdad.

El emperador se irguió y recuperó algo de su dignidad perdida.

—¿Quién negociará por ti, consanguíneo? —preguntó.

Paul se giró, miró a su madre, que tenía los ojos casi cerrados por el agotamiento y se encontraba junto a Chani y un grupo de Fedaykin. Se acercó a ellos, se detuvo frente a Chani y la observó.

—Sé por qué lo haces —murmuró ella—. Si ha de ser así… Usul.

Paul notó las lágrimas reprimidas que evidenciaba su voz y le acarició la mejilla.

—Mi Sihaya nunca tendrá nada que temer —susurró. Dejó caer el brazo y se giró hacia su madre—. Tú negociarás por mí, madre, con Chani a tu lado. Tiene sabiduría y una vista aguzada. Y es cierto lo que dicen: nadie es más duro negociando que un Fremen. Su amor por mí y nuestros hijos que están por venir le indicarán cuáles son nuestras necesidades. Hazle caso.

Jessica adivinó los fríos cálculos que se escondían tras las palabras de su hijo y se estremeció.

—¿Cuáles son tus instrucciones? —preguntó.

—Exijo como dote la totalidad de las propiedades del emperador en la Compañía CHOAM —dijo.

—¿La totalidad? —Jessica se quedó estupefacta y casi no pudo articular palabra.

—Debe ser despojado del todo. Quiero un condado y un directorio de la CHOAM para Gurney Halleck, y le será entregado el feudo de Caladan. Títulos y poderes para todos los supervivientes de los Atreides, hasta el más humilde soldado.

—¿Y para los Fremen? —preguntó Jessica.

—Los Fremen son cosa mía —dijo Paul—. Lo que reciban les será dado por Muad’Dib. Para empezar, Stilgar será gobernador en Arrakis, pero eso puede esperar.

—¿Y para mí? —preguntó Jessica.

—¿Hay algo que desees especialmente?

—Quizá Caladan —dijo, mirando a Gurney—. No estoy segura. Me he vuelto demasiado parecida a los Fremen… y soy una Reverenda Madre. Necesito un tiempo de paz y tranquilidad para reflexionar.

—Lo tendrás —dijo Paul—, y cualquier otra cosa que Gurney o yo podamos darte.

Jessica asintió y, de repente, se sintió vieja y cansada. Miró a Chani.

—¿Y para la concubina real?

—No quiero títulos —murmuró Chani—. Ninguno. Por favor.

Paul bajó la mirada para contemplar sus ojos y, de pronto, la recordó como la había visto en otras ocasiones, con el pequeño Leto en sus brazos, su hijo que había encontrado la muerte en esa violencia.

—Te juro que no necesitarás ningún título —murmuró—. Esa mujer será mi esposa y tú solo una concubina, porque esto es un asunto político y debemos sellar la paz y aliarnos con las Grandes Casas del Landsraad. Respetaremos las formalidades. Pero esa princesa no obtendrá de mí más que el nombre. Ningún hijo, ninguna caricia, ninguna mirada, ningún momento de deseo.

—Eso dices ahora —murmuró Chani. Miró a la princesa rubia que estaba al otro lado de la estancia.

—¿Tan poco conoces a mi hijo? —susurró Jessica—. Mira a esa princesa inmóvil, orgullosa y tan segura de sí misma. Dicen que tiene pretensiones literarias. Esperemos que puedan llenar su existencia, porque va a tener muy poco más. —Se le escapó una risotada amarga—. Piensa en ello, Chani: esa princesa tendrá el nombre, pero será mucho menos que una concubina. Nunca recibirá un momento de ternura por parte del hombre al que estará unida. Mientras que a nosotras, Chani, nosotras que arrastramos el nombre de concubinas… la historia nos llamará esposas.

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