Diez de abril
Elisa Mújica • TiempoDeLectura7min
La calle se hallaba cubierta de escombros y era preciso caminar salvando los obstáculos. Antes se veían en ese sitio, a las ocho, vendedores de periódicos, empleados madrugadores y mujeres que iban a la iglesia. Algunos comercios abrían temprano y el humo que salía por la chimenea del hotel Regina tenía un aire familiar para los escasos transeúntes, que alzaban el cuello de su abrigo a causa del frío. Pero el edificio del hotel había sido quemado la víspera, y a nadie se le ocurría pensar en ir al trabajo o entrar a la iglesia.
De vez en cuando surgían grupos de hombres que corrían o atravesaban una bocacalle con los brazos en alto, cohibidos por la presencia de las tropas que conducía Alfredo. Tenían los ojos asustados y no se parecían a los que el día anterior avanzaban sin vacilación, como si contemplaran una visión interior. Alfredo se sabía superior a ellos y solo por el placer de comprobarlo ordenaba en cada bocacalle:
—¡Que nadie se mueva! Los que vayan a cruzar, ¡sigan de uno en uno y con los brazos en alto!
—¡Disparen!
No tenía que dar cuenta de sus actos. Lo único importante consistía en cumplir con la misión que le habían confiado al salir del cuartel. Debía liquidar a los francotiradores que se refugiaban todavía en las terrazas de algunos edificios y en las cúpulas de las iglesias retiradas. Si los atacaba sin contemplaciones, sería cuestión de horas conseguirlo, y entonces volvería la normalidad. Las gentes que permanecían encerradas en sus casas, pero experimentando una vaga solidaridad con los rebeldes, se enterarían de que estaban derrumbadas las esperanzas que no se atrevían a confesar. A estas las conocía bien Alfredo y el día anterior había tenido que apretar firmemente los labios para no decir nada, mientras las veía mover los botones de los aparatos de radio, encendida en sus ojos una llamita de ansiedad.
Los soldados dejaron la plaza de San Francisco y se dirigieron a la de Bolívar. Avanzaban chapoteando sobre el barro y sus pisadas producían un eco especial. Se habría podido decir que caminaban de modo diferente al de todos los demás días. Alfredo pensó que el himno nacional, tocado esa mañana por la banda del cuartel, también sonaba de una manera rara. Aunque se ocupaba, mientras marchaba, de preparar los detalles del ataque que iba a dirigir, a la vez que reconstruía mentalmente las líneas que habían tenido los edificios derrumbados, como si creyera que existían todavía en alguna parte y que allí durarían siempre.
Debía haber muchos muertos bajo los escombros. Salía de ellos un olor característico que impregnaba a los soldados y se les iba detrás lo mismo que un perro. Quizá habían pisado los cadáveres. Saber que se hallaban tan cerca hacía que los soldados se sintieran extraños. Deseaban desembarazarse de la molestia, olvidando pronto lo que había pasado. Pero no era posible tal vez a causa del silencio. No se percibía el ruido familiar de la ciudad, al que los oídos se encontraban tan acostumbrados que no lo notaban siquiera. Las descargas lejanas solo servían para acentuar el silencio que las seguía.
Pocas manzanas hacia el sur vieron la iglesia donde se refugiaban los francotiradores. Parecía un castillo misterioso, sin el aspecto amable de otras veces. Resolvieron subir por una calle lateral para no dar el frente a los rebeldes y, al bajar de nuevo, Alfredo descubrió en las cercanías una casa con el portón abierto. Encima se leía «Supermadera» en un letrero verde. El zaguán daba a un patio de piso de tierra, en el que había sembrada una palmera y se amontonaban tablas sin cepillar. Era un sitio ideal para subir las ametralladoras al tejado, con la ayuda de las maderas.
Contemplada desde el tejado, la importancia de la torre, erecta y blanca, resaltaba sobre el resto de las edificaciones. No salía de ella el menor ruido. Probablemente los francotiradores se habrían echado a descansar, rendidos por la fatiga de la noche. Al despertar se preguntarían, un poco asombrados, por qué se encontraban en la torre. Nunca, cuando la habían visto desde abajo, soñaron con que un día la habitarían. Les pesaba su silencio y deseaban abandonarla rápidamente, ir a sus casas, extenderse en la cama, afeitarse y recomenzar la vida con las preocupaciones de antes. Pero no era posible. La trampa los había cogido.
Pero cuando llegó la noche y la multitud se dispersó, los que subieron a la torre quedaron solos. Durante el día no habían tenido tiempo de pensar, y fue allá arriba, en la oscuridad que los reflejos de los incendios volvían más profunda, donde surgió en la cabeza de cada uno el recuerdo de los gritos, los disparos y el vértigo de esa tarde. El momento que vivían, en la soledad de la torre, se mezclaba con el que acababa de pasar, y no sabían por qué. En medio de su fiebre, creían volver a contemplar la imagen de un hombre tendido en la tierra y empapado en su sangre… A la madrugada se les acabaron las botellas. Tampoco tenían balas. Entonces se dieron cuenta de que en el mundo no les quedaba nada que hacer, excepto fumar, y esa seguridad los llenó de un alivio extraño.
La copa de la palmera se abría varios metros por encima de las cabezas de los soldados. Alfredo se dijo que era fácil que la alcanzara el tiroteo. Pertenecía a una clase que se aclimataba al frío, pero a él siempre le había sorprendido ver palmeras en una ciudad andina. Recordaba haber leído un artículo de un botánico muy afamado, en el que decía que se trataba de una variedad rara y muy apreciada, y se recomendaba proteger las pocas que existían aún. Sin embargo, no sería culpa de Alfredo si esta era destrozada. En la ciudad donde había nacido crecían muchas palmeras, y él podía mirarlas cada mañana, delgadas y brillantes, desde su ventana.
Debía ser la forzada inmovilidad en que se encontraba, agazapado sobre el tejado, la causa de que su imaginación buscara distraerse y lo impulsara a recordar su vida pasada. Sin quitar los ojos de la torre, seguía contemplando las palmeras, lo mismo que si viera a la vez dos grabados distintos en la página de un libro. Cerca de ellas se levantaba la casa, y allí estaba el padre… ¿Qué poder extraño y tremendo representaba para Alfredo? Cuando lo veía aproximarse se contraía, buscando hacerse más pequeño a fin de que la enorme fuerza pasara sin advertirlo. Pero en el momento menos pensado el padre caía sobre él. Peor que recibir los golpes era oír los gritos y ver la cara del hombre, con las niñas de los ojos girando, mientras Alfredo gritaba: «¡Perdón, perdón!». La madre lo miraba sin atreverse a defenderlo. No necesitaba sino interponer su cuerpo entre el del niño y el látigo, y el padre no habría podido tocarlo. Pero sabía que nunca sería capaz de hacerlo y permanecía en un rincón, como encadenada. Alfredo sentía que en el corazón de la madre nacía un sentimiento de hostilidad contra él, porque la obligaba a que su debilidad quedara al descubierto.
Todo había adquirido la nitidez de cuando va a suceder algo. Las hojas de la palmera se hallaban inmóviles. Alfredo miró con odio hacia la torre. Por la barandilla se había sumado el cañón de un fusil que apuntaba a la calle, y detrás se perfilaba la cabeza de un hombre.
Mientras había estado esperando le parecía que el tiempo se deslizaba con lentitud, pero, ahora, el momento de actuar llegaba demasiado pronto. Como si se encontrara a dos pasos, veía la cara del hombre asomado a la barandilla, con los cañones negriazulosos de la barba resaltando sobre la piel de pigmentación pálida. ¿Por qué ese hombre le hacía recordar a su padre? Cuando niño, creía que todo se hallaba impregnado de la presencia de este y temblaba al menor ruido. Entonces no sabía cómo defenderse.
De pronto lo bañó una oleada de odio terrible contra el hombre de la barandilla y le apuntó. Los soldados que esperaban la señal lo imitaron y se oyó el ruido de una granizada que empezaba. El cuerpo de Alfredo, de la cintura para abajo, se había vuelto de algodón. Danzaba en una nube gris y roja y se estremecía a cada disparo. Parecía que apretar el gatillo le producía un tormento atroz y que, a la vez, se hallara convencido de que de ello dependía su vida.
De la torre sacaron un pañuelo amarrado a un palo y lo agitaron, pero Alfredo no hizo caso. Aquella ametralladora, una vez que empezaba a funcionar, no se paraba, y a cada segundo lo obligaba a hacer con los dedos un movimiento seco y preciso. El cuerpo del hombre de la barba acababa de dar una voltereta. Sin caer al suelo, se había enredado en la barandilla. Seguía siendo un blanco, y Alfredo le disparaba. Resultaba igual que destripar a los animalitos en el campo, hasta que se volvían una arenilla blanda.
La torre mostraba un enorme boquete. Adentro debían yacer los cuerpos de los demás francotiradores, de los que habían sacado la bandera. Los soldados tenían malestar. Habría sido distinto si de la torre les contestaran en el tiroteo y si el capitán no lanzara gritos inarticulados e incomprensibles. Al fin, uno de los soldados se atrevió a aproximársele y le arrebató la ametralladora. Después lo echó sobre sus hombros y lo bajó al patio. Allí, los demás soldados lo vieron tambalearse como un borracho y caer al pie de la palmera.