Detectives victorianas
W. S. Hayward (fechas desconocidas) » La condesa misteriosa (1864)
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—Bien, Paschal —dijo—, ¿qué quiere?
—He ido a buscar algo de dinero para la condesa, que me mandó a la ciudad con ese objeto —respondí con atrevimiento—, y me dijo que debía venir a verla a usted, darle diez libras, y que usted me daría su dirección, pues deseaba que yo la acompañase al campo.
—¡Ah! ¿De veras? ¿Dónde está el dinero?
Le di diez soberanos al tiempo que le decía:
—Puedo darle cinco más si quiere, no creo que la condesa los eche de menos.
—No, tiene mucho dinero.
El ama de llaves se apoderó con ansia de los cinco retratos adicionales de Su Majestad y me dijo con suavidad que encontraría a la condesa en la abadía de Blinton, en el condado de York, donde había ido a pasar quince días con unos conocidos aristócratas. Yo siempre cuidaba de mostrarme muy callada, educada y servicial en presencia del ama de llaves, que me consideraba muy inocente, simple y trabajadora. Tras obtener la información que buscaba me quedé charlando un rato en tono amistoso y agradable, tras lo cual me despedí.
Cogí el correo de la noche en dirección al norte. Me acompañaba un comisario de policía, al que confiaba invariablemente el cumplimiento de toda empresa ardua que necesitara fuerza masculina. Era un hombre sociable y entre ambos habríamos sido dignos rivales de los ladrones más sagaces de la Cristiandad. En realidad lo éramos con frecuencia, como acababan descubriendo para perjuicio suyo. Hay algo en el veloz movimiento de los vagones de ferrocarril que siempre me resulta de lo más vivificante. Es propio del progreso y me levanta el ánimo en proporción a la velocidad adquirida, ya sea por prados o bosques, a veces serpenteando en un desfiladero y luego atravesando un largo y oscuro túnel. ¿Qué puede igualar a un viaje tan mágico?
Era de noche cuando llegamos a Blinton. La abadía estaba a una milla y media de la estación de ferrocarril. Ni el subcomisario ni yo nos sentíamos con ganas de ir a descansar, porque habíamos echado una cabezada durante el viaje de la que nos despertamos con fuerzas renovadas. Dejamos nuestras bolsas de viaje al cuidado de un soñoliento mozo de cuerda que solo esperaba la llegada del correo nocturno del norte, y a la una y media nos pusimos en marcha para reconocer la posición de la abadía de Blinton. La luna brillaba en todo su esplendor. Cogimos un camino de herradura; no entrañó demasiada dificultad encontrar la abadía, pues seguimos al pie de la letra las instrucciones del mozo de cuerda. Todo se hallaba inmóvil cuando nuestra mirada imperturbable cayó sobre la venerable mole que había soportado los vientos de tantos inviernos y reflejado los ardientes rayos de innumerables soles de verano. Me conmovió especialmente la capilla, que se alzaba ante nosotros, gris y melancólica; el techo oscuro, los imponentes contrafuertes, el conjunto de fustes, todo desvelaba la grandeza pasada. La escena no podía dejar de evocar las líneas de Walter Scott:
Si queréis formaros una exacta idea del magnífico aspecto de Melrose, id a visitarla de noche a la pálida claridad de la luna; porque el vivo resplandor de los rayos del día solo dora sus ruinas para insultar en ellas, al iluminarlas, sus cenicientas masas. Cuando los rotos arcos están sumergidos en las tinieblas de la noche, y cada ojiva refleja la blanquizca lumbre de la luna, cuyos fríos rayos proyectan inciertas masas de luz sobre las ruinas de la torre central; cuando los botareles ofrecen alternativamente las tintas del ébano y del marfil; cuando los plateados rayos del astro de la noche juguetean en torno de las estatuas de los santos, y de los carlones en que están grabadas las sentencias que nos enseñan a bien vivir y a bien morir, cuando a lo lejos se oye el mugido de las olas del Weed, y sobre la tumba de los muertos los siniestros graznidos del búho, ve entonces a observar el arruinado monumento, testimonio eterno de la munificencia de san David[1].
Nos detuvimos, sobrecogidos por una especie de fervor sagrado. La capilla, el castillo y su torreón, el pálido y argentado resplandor de la luna, la quietud hechicera de la noche, las ventanas almenadas, las aspilleras del techo desde las que antaño muchas severas culebrinas apuntaron contra el obstinado rebelde invasor; todo contribuía a inspirarme tristeza y melancolía. La mano del comisario, que buscaba mi brazo, me sacó de mi ensueño. Sin decir palabra me llevó a la penumbra de una cavidad, y tras apostarse él mismo y a mí en sitio seguro, me susurró al oído una única palabra: «¡Mire!». Así lo hice, y al echar un vistazo en la dirección que me indicaba su dedo extendido, vi un contorno oscuro escabulléndose por una puerta lateral de la abadía de Blinton. La figura sombría avanzó a hurtadillas con paso felino hasta llegar al tronco de un cedro en expansión cuyas ramas siniestras esbozaban una sombra cadavérica parecida a la del tejo negro en los terrenos de las iglesias; entonces sacó una instrumento punzante e hizo un agujero, como para enterrar algo. Apenas pude contener un grito ronco de alivio, pues me parecía evidente que la condesa de Vervaine estaba ocultando el botín ilícito. Bendije mi instinto, que me había impulsado a proponer una visita nocturna a la abadía, a pesar de que siempre escogía el alba para los viajes de reconocimiento. Había llegado a la conclusión general de que los delincuentes evitaban la luz del día y buscaban el refugio amistoso de una noche muy a menudo traicionera. En voz baja le comuniqué al comisario mis sospechas y él estuvo de acuerdo conmigo. Sugerí que arrestásemos de inmediato a la figura tenebrosa. La dama estaba tan concentrada en su tarea que no advirtió que nos acercábamos; si lo hubiese hecho, habría podido escapar al interior de la abadía. Tuvo la mano fornida del comisario en la pálida garganta antes de poder pronunciar palabra. La arrastró sin miramientos a la luz de la luna y las facciones familiares de la condesa de Vervaine se revelaron claramente.
—¿Qué quieren de mí y por qué me atacan de esta manera? —preguntó con voz trémula en cuanto se relajó la presión sobre su garganta.
Mientras tanto yo había cogido una bolsa, la misma bolsa de lienzo que había contenido los lingotes la noche del robo. Aún estaban allí. Cuando oí la pregunta de su excelencia, respondí:
—Los directores del Banco del Sur de Belgravia están impacientes por mantener una entrevista con usted —dije.
Levantó la mirada hacia mí y una expresión de angustia recorrió su hermoso rostro. Me conoció y en el acto supo que la habían acorralado. Con un movimiento veloz, tan ágil y raudo que pareció propio de un prestidigitador, la condesa de Vervaine se llevó algo a la boca; al momento siguiente tenía la mano de nuevo junto al costado, como si no hubiese pasado nada. Algo que brillaba a la luz de la luna atrajo mi atención. Me incliné a recogerlo. Era un anillo de oro de factura exquisita. Tenía el resorte de la tapa abierto. Lo alcé a la altura de mi cara. Exhalaba un fuerte olor a almendras amargas. Me giré sonrojada hacia su excelencia. Estaba muy pálida. El comisario estaba a punto de ponerle las esposas en las esbeltas muñecas; las tenía en la mano y las estaba ajustando. Pero ella, con la audacia de su propia acción, se ahorró tal indignidad. La cápsula del anillo contenía un sutil veneno que se había tragado con peculiar intrepidez antes de que pudiésemos anticipar o impedir que cometiese tal temeridad. El efecto de la virulenta droga fue tan rápido como mortal. Se tambaleó. Sus labios dibujaron una sonrisa que parecía decir «la batalla ha terminado y pronto descansaré». Después se desplomó pesadamente con los rasgos convulsos en un duro espasmo, el dolor final; sus ojos quedaron fijos, los labios entreabiertos y la versátil condesa de Vervaine dejó de existir. No lamenté que una criatura tan joven y hermosa hubiese escapado al banquillo del criminal, a la condena del ladrón. El asunto despertó mucha expectación en la época y los periódicos ilustrados se llenaron de fotos de la abadía de Blinton, pero ya hace tiempo que la mente del público lo ha olvidado, y desde entonces se han sucedido centenares de hechos. Aunque el Banco del Sur de Belgravia recobró sus lingotes, había sufrido enormes pérdidas debidas a las anteriores incursiones de la famosa condesa de Vervaine.