Detectives victorianas

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Grant Allen (1848−1899) » La aventura de la anciana quisquillosa (1899)

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La aventura de la anciana quisquillosa (1899)

La aventura de la anciana quisquillosa

(1899)

El día en que me vi con solo dos peniques en el bolsillo decidí, como es natural, dar la vuelta al mundo.

Fue la muerte de mi padrastro la que me condujo a esa situación. Nunca lo había visto en persona. De hecho, para mí nunca había sido más que un nombre: el coronel Watts-Morgan. No le debía nada, excepto mi pobreza. Se casó con mi querida madre cuando yo era una niña y asistía a la escuela en Suiza; y malgastó la pequeña fortuna que mi padre había legado en exclusiva a mi madre pagando sus deudas de juego. Después arrastró a mi madre a Birmania; y cuando entre él y el clima consiguieron matarla, compensó sus escamoteos como más barato le resultaba: dejándome lo justo para enviarme a Girton. Así pues, cuando el coronel falleció, el año en que yo terminaba mis estudios, no me pareció necesario guardar luto por él. Máxime porque eligió el preciso instante en el que debían entregarme mi asignación, y en consecuencia no me legaba nada más que sus deudas.

—Por supuesto, te dedicarás a la enseñanza, ¿verdad? —dijo Elsie Petheridge cuando le expliqué mi situación—. Ahora hay mucha demanda de profesoras de secundaria.

La miré, horrorizada.

—¡Enseñanza! ¡Elsie! —exclamé. (Había ido a la ciudad para ayudarla a instalarse en sus habitaciones, que estaban sin amueblar)—. ¿Has dicho enseñanza? ¡Qué propio de vosotras, las buenas maestras! Vais a Cambridge, donde os exprimen el corazón y la vida a base de exámenes, y al final os decís: «Veamos; ¿para qué sirvo yo ahora? ¡Pues para ir a examinar a otras personas!». Eso es lo que nuestra directora llamaría «círculo vicioso», si es que se pudiese admitir que hay algo vicioso en ti, querida. No, Elsie, no tengo ninguna intención de enseñar. La naturaleza no me hizo para ser profesora de secundaria. No podría tragarme una escoba aunque lo intentase durante semanas. Las escobas no van conmigo. Entre nosotras, soy un poco rebelde.

—Sí que lo eres, Brownie —respondió mientras se remangaba y dejaba de empapelar por un momento; me llamaban Brownie en parte por mi rostro oscuro, y en parte porque nunca me entendían—. Eso ya lo sabemos todas desde hace tiempo.

Solté la brocha y reflexioné.

—¿Te acuerdas, Elsie? —pregunté con la mirada clavada en el papel pintado—. Cuando llegué a Girton, todas llevabais el pelo lacio, con unos pulcros y suaves tirabuzones por delante y un moño trenzado del tamaño de una tortita por detrás; de repente irrumpí yo como un huracán tropical y os torcí; a los tres días algunas de vosotras, muchachas inocentes, comenzasteis llenas de temor a cortaros simples flequillos, mientras que otras salíais a escondidas, aterradas y temblorosas, a comprar un par de tenacillas. Al principio caí como una bomba entre vosotras; si ni siquiera tú te atrevías a hablar conmigo.

—Es que tenías bicicleta —interrumpió Elsie, alisando la pared a medio empapelar—; y en aquella época, por supuesto, las damas no iban en bicicleta. Debes admitir, Brownie querida, que era una innovación alarmante. Nos aterrorizabas. Pero, después de todo, no hay nada malo en ti.

—Espero que no —respondí con franqueza—. Iba por delante de mi época, eso era todo; hoy en día hasta la mujer de un reverendo puede ir en bicicleta sin sentirse avergonzada.

—Pero si no te dedicas a enseñar —continuó Elsie, mirándome con aquellos grandes ojos azules llenos de incertidumbre—, ¿qué es lo que harás, Brownie?

Su horizonte se limitaba al círculo académico.

—No tengo la menor idea —respondí, prosiguiendo el encolado—. Pero como no quiero abusar de tu exquisita hospitalidad durante el resto de mi vida, haga lo que haga debo empezar a hacerlo esta misma mañana, cuando terminemos de empapelar. No puedo dar clases. —La enseñanza, como el color malva, es el refugio de los incompetentes—. Y, si puedo evitarlo, no quiero vender sombreros.

—¿Sombrerera tú? —preguntó Elsie, con el rostro rojo de horror.

—Sombrerera, ¿por qué no? Es una profesión honesta, que ahora desempeñan hasta las hijas de los condes. Pero no hace falta que te sofoques. Te digo que de momento no contemplo esa posibilidad.

—Entonces, ¿qué es lo que contemplas?

Me detuve y reflexioné.

—Estoy en Londres —respondí, mirando abstraída al techo—; Londres, cuyas calles están asfaltadas de oro, aunque a primera vista parezcan adoquines llenos de fango; Londres, la ciudad más grande y rica del mundo, donde un alma en busca de aventuras debería poder encontrarlas en algún resquicio. (Ese pliego de papel está torcido, querida; tendremos que quitarlo). Ya he trazado un plan. Me dejaré llevar por el destino; o, si así lo prefieres, dejaré mi futuro en manos de la Providencia. Saldré a pasear esta mañana, en cuanto me haya aseado, y me echaré a los brazos de la primera empresa que pase por allí. Nuestro Bagdad bulle de alfombras. En cuanto vea una flotando ante mí, ¡ajá!, la asiré con fuerza. Iré donde me esperen la gloria o unos modestos ingresos. Pescaré la primera oferta, la primera señal de apertura.

Elsie me miró, más horrorizada y perpleja que nunca.

—Pero ¿cómo? —preguntó—. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¡Qué extraña eres! ¿Qué harás para encontrarla?

—Ponerme el sombrero y caminar por la calle —respondí—. No podría ser más simple. Esta ciudad es un hervidero de empresas y sorpresas. Forasteros de oriente y occidente la surcan en todas direcciones. Los ómnibus la atraviesan de cabo a rabo (¡si hasta me han dicho que llevan a Islington y Putney!); dentro, uno se sienta frente a personas que no ha visto nunca en su vida y que quizá no vuelva a ver, o que, por el contrario, le acompañarán durante el resto de sus días.

Tenía un discurso precioso en mente, más o menos en ese tono, sobre las infinitas posibilidades de entretenimiento para ángeles distraídos en taxis, en el metropolitano, en tiendas de esponjoso pan; pero los ojos de Elsie, que se abrían desmesuradamente, horrorizados, me frenaron en seco cual cabriolé en Piccadilly detenido por la inexorable mano del guardia de tráfico.

—¡Oh, Brownie! —exclamó, retrocediendo—. ¿No querrás decir que vas a pedirle al primer joven que te encuentres en un ómnibus que se case contigo?

Solté un gritito a modo de carcajada.

—¡Elsie —exclamé, besando su querida cabecita rubia—, eres impagable, de veras! Nunca sabrás qué quiero decir. No entiendes mi lenguaje. No, no; voy a limitarme a salir en busca de aventuras. Qué aventura será la que venga, no tengo en este momento ni la más ligera idea. La diversión está en la búsqueda, en la incertidumbre, en echar la moneda al aire. ¿De qué sirve estar arruinado (con la insignificante excepción de dos peniques) si no estás preparado para aceptar tu posición con el mismo espíritu con que acudirías a un baile de máscaras en Covent Garden?

—Nunca he ido a ninguno —señaló Elsie.

—¡Por todos los santos, ni yo tampoco! ¿Por quién me tomas? Pero tengo la intención de ver dónde me lleva el destino.

—¿Puedo ir contigo? —rogó Elsie.

—Por supuesto que no, niña —respondí; era tres años menor que yo, así que podía permitirme ser condescendiente con ella—. Eso lo estropearía todo. Tu encantadora carita bastaría para ahuyentar hasta la más tímida aventura.

Ella sabía a qué me refería. Tenía un rostro amable y reflexivo, pero carente de iniciativa.

Así pues, cuando terminamos con la pared, me planté mi mejor sombrero y me adentré sola en los jardines de Kensington.

Según me decían, me encontraba en un aprieto alarmante: una muchacha de veintiún años, sola en el mundo, a la que únicamente dos peniques libraban de la ruina, sin ninguna amistad para protegerla ni ningún pariente para aconsejarla. (No cuento a la tía Susan, que paseaba por Blackheath una elegante indigencia, y que regalaba su consejo, al igual que sus panfletos, con demasiada prodigalidad como para que alguien pudiese tenerlos en buen concepto). Pero lo cierto es que tengo que admitir que no estaba alarmada en absoluto. La naturaleza me ha dotado con una buena mata de pelo negro y rizado, y gran cantidad de buen ánimo. Si tuviese los ojos como los de Elsie, de ese azul líquido que se enfrenta a la vida con una mezcla de piedad y asombro, quizá me hubiese sentido como debía de sentirse una muchacha en esas condiciones; pero como tengo unos ojos grandes y negros, con un poco de chispa, y además soy tan capaz de manejar una bici como cualquiera de mis conocidas, he heredado o adquirido un punto de vista sobre el mundo que se inclina claramente hacia la jovialidad y no hacia el abatimiento. Refunfuño con dificultad. Así que acepté mi trance como una experiencia divertida que me permitía poner en práctica las agradables facultades del valor y el ingenio.

¡Cuántas posibilidades brindan los jardines de Kensington! El estanque redondo, el sinuoso Serpentine, el misterioso aislamiento del palacio holandés de ladrillo… Se siente el hormigueo de los geniecillos. Uno se da de bruces con las posibilidades. Es un lugar propicio para el romance, que limita al norte con el Abyss de Bayswater y al sur con el anfiteatro del Albert Hall. Pero como centro para aventuras elijo el largo sendero; de algún modo me atraía, como la travesía desde el norte hacia el oeste atraía a mis antepasados marineros, los bucaneros del Devon isabelino. Me senté en una silla, al pie de un viejo olmo dotado de una poética cavidad prosaicamente tapada con una pragmática plancha de hierro galvanizado. Dos damas entradas en años estaban sentadas al otro lado, damas de aire fastuoso con la fealdad arrogante y exclusiva de la aristocracia inglesa en el otoño de la vida. Si desea uno ilustrar la monstruosidad total, no hay nada como una viuda noble. Estaban hablando en tono confidencial cuando me senté; el insignificante acontecimiento de mi aparición no bastó para contener el flujo de su diálogo. Los grandes ignoran la intrusión de sus inferiores.

—Sí, es un terrible inconveniente —observó la más vieja y fea de las dos.

Era una dama de alta cuna y sus rasgos dibujaban con claridad una expresión quisquillosa. Poseía una nariz romana y tenía la piel arrugada como una manzana pasada; llevaba unos encajes color café en el sombrero a juego con el color de su tez.

—Pero ¿qué iba a hacer, querida? Tanta insolencia resultaba simplemente intolerable. Así que la miré a la cara y se acobardó, por supuesto; luego le dije con mi voz más gélida, y ya sabes lo gélida que puedo ser si se da la ocasión… —En este punto la segunda dama asintió sin rencor, como si estuviese perfectamente preparada para reconocerle a su amiga el don poco frecuente de la gelidez—. Le dije: «Célestine, puedes recoger tu salario mensual; dispones de media hora para salir de esta casa». Me hizo una profunda reverencia y respondió: «Oui, madame; merci beaucoup, madame; je ne désire pas mieux, madame». Se marchó, y fin de la historia.

—Aun así, ¿irás a Schlangenbad el lunes?

—Pues ese es el problema. El lunes. Si no fuese por el viaje, habría disfrutado de librarme de esa fresca. De hecho, estoy encantada, Amelia, pues no he visto nunca joven más insolente, orgullosa, independiente y respondona. Y la sonrisita que ponía… Pero tengo que ir a Schlangenbad. Y aquí reside la dificultad. Por una parte, si contrato a una doncella en Londres, tendré que elegir entre dos males. O me hago con una muchacha inglesa de esas que arrastran los pies, y sé por experiencia que tener una muchacha inglesa en el continente es mucho peor que no tener doncella alguna: tienes que atenderla tú, en vez de que ella te atienda; se marea en la travesía, y cuando llega a Francia o a Alemania odia la comida, detesta a los criados del hotel y no sabe hablar la lengua, con lo cual siempre te está llamando para que le sirvas de intérprete en sus diferencias personales con la fille-de-chambre y con el encargado; o contrato a una doncella francesa en Londres, y también sé por experiencia que las doncellas francesas que una contrata en Londres son invariablemente deshonestas, más incluso que el resto; han venido aquí porque nadie puede hablar bien de ellas en ningún sitio, y creen que es poco probable que una se ponga a escribir a su última señora a Toulouse o a San Petersburgo. Luego, por otro lado, no puedo esperar a contratar a una Gretchen, a una sencilla Gretchen del Taunus, en Schlangenbad; supongo que sigue habiendo muchachas sencillas en Alemania, hechas en Alemania, porque en Inglaterra ya no se fabrican, de eso estoy segura: la inocencia rústica se ha extinguido en este país. No puedo esperar a contratar a una Gretchen, como me gustaría hacer, por supuesto, simplemente porque no me atrevo a cruzar sola el canal y hacer ese larguísimo viaje por Ostende o Calais, Bruselas y Colonia, hasta Schlangenbad.

—Podrías contratar a una doncella temporal —sugirió su amiga, en un receso del tornado.

La anciana quisquillosa levantó la vista.

—¡Sí, y que me roben mi joyero! O averiguar que la muchacha inglesa no habla ni una palabra de alemán. O tener que ocuparme de ella en el barco cuando lo que quiero es entregar mi atención sin distracciones a mis propias desgracias. No, Amelia, me parece de lo más desconsiderado por tu parte que sugieras algo así. ¡Qué poco comprensiva eres! En este asunto me planto. Me niego a contratar a alguien de forma temporal.

Vi mi oportunidad. Era una idea encantadora. ¿Por qué no zarpar hacia Schlangenbad con la anciana quisquillosa?

Por supuesto, no tenía ni la más mínima intención de ocupar de modo permanente el cargo de doncella. Ni siquiera como recurso temporal, si se planteaba. Pero si quería dar la vuelta al mundo, ¿qué mejor manera de empezar que en el país del Rin? El Rin te lleva al Danubio, el Danubio al mar Negro, el mar Negro a Asia; y así, pasando por la India, China y Japón, se llega al Pacífico y a San Francisco; desde donde uno regresa con bastante facilidad a través de Nueva York y la compañía naval White Star Liners. Ya empezaba a sentirme como una trotamundos; la anciana quisquillosa era la parte fina de la cuña, el primer escalón. Me dispuse a poner el pie en él.

Me incliné al otro lado del árbol y hablé.

—Perdone —dije con la voz más dulce que pude—, pero creo que veo una salida a sus problemas.

Mi primera impresión fue que la anciana quisquillosa iba a sufrir un ataque de apoplejía. Se le puso la cara púrpura de indignación y asombro ante el hecho de que una transeúnte cualquiera se atreviese a dirigirle la palabra; hasta el punto de que por un segundo casi lamenté mi bienintencionada observación. Después me clavó la mirada, como si fuese la dependienta de una tienda de capas y no supiese bien si comprar la capa o comprarme a mí. Al final, tras mirarme a los ojos, se lo pensó dos veces y estalló en carcajadas.

—¿Qué haces escuchando a escondidas? —preguntó.

Fue mi turno de sonrojarme.

—Estamos en un lugar público —respondí, con dignidad—; y hablan ustedes en un tono que a duras penas puede considerarse íntimo. Si no quieren que las oigan, no deberían gritar. Además, yo quería hacerle un favor.

La anciana quisquillosa me miró una vez más de la cabeza a los pies. No me arredré. Entonces se volvió hacia su amiga.

—La muchacha tiene carácter —observó con tono animado, como si estuviesen hablando de alguien ausente—. Me parece que me gusta su aspecto, Amelia, te doy mi palabra. A ver, buena mujer, ¿qué es lo que quieres proponerme?

—Solo esto —respondí indignada, imponiéndome—. Soy licenciada en Girton, hija de un oficial, no más buena mujer que muchas otras de mi clase; y no tengo ninguna ocupación particular por el momento. No me opongo a ir a Schlangenbad. Podría ir con usted en calidad de acompañante, o asistente, o como quiera llamarlo; permanecería allí con usted una semana, hasta que se arreglase usted con su presuntamente sencilla Gretchen; y entonces me marcharía. El salario carece de importancia; mi pasaje bastará. Considero que es una oportunidad barata para llegar a Schlangenbad.

La mujer de rostro amarillento levantó sus gafas de montura de carey y patillas largas para inspeccionarme de nuevo.

—Vaya —murmuró—. ¿Adónde van a llegar estas muchachas? ¿Has dicho Girton? ¡Girton! ¡Eso está en Cambridge! Luego hablas griego, por supuesto; pero ¿y alemán?

—Como una nativa —respondí con jovial prontitud—. Fui a la escuela en el cantón de Berna; es una lengua materna para mí.

—No, no —prosiguió la anciana, clavando sus astutos ojillos en mi boca—. Esos labios nunca podrían articular schlecht o wunderschön. No están formados para ello.

—Perdone —respondí en alemán—. Si digo algo, es cierto. La inolvidable música de la lengua de mi patria en mi tierno oído desde el primer momento marca ha dejado.

La dama soltó una carcajada.

—A mí no me farfulles, muchacha —exclamó—. Odio esa jerga. Es la única lengua de la tierra que no consiguen hacer atractiva ni los labios de una joven bonita. Hasta tú haces muecas al hablarla. ¿Cómo te llamas, joven?

—Lois Cayley.

—¡Lois! ¡Vaya un nombre! Nunca he oído hablar de ninguna Lois en mi vida, excepto la abuela de Timothy. No serás la abuela de nadie, ¿verdad?

—No que yo sepa —respondí con gravedad.

Estalló de nuevo en una carcajada.

—Bueno, me parece que me sirves —dijo cogiéndome del brazo—. El gran engranaje de Girton no te ha desprovisto de originalidad. Adoro la originalidad. Ha sido muy inteligente por tu parte aprovechar la oportunidad de sugerir este acuerdo. Lois Cayley, dices; ¿algún parentesco con el impetuoso capitán Cayley, al que conocí en su día, del Regimiento 42 de la Infantería Escocesa?

—Soy su hija —respondí sonrojándome. Estaba orgullosa de mi padre.

—¡Ah! Ahora lo recuerdo; murió, el pobre; era un buen soldado. Y la… —Comprendí que quería decir «la descerebrada de su viuda», pero la detuve con una mirada—; su viuda fue y se casó con aquel apuesto canalla, Jack Watts-Morgan. Querida, no te cases nunca con un hombre con apellido compuesto y ningún medio de subsistencia visible; sobre todo si por lo general se le conoce por algún apodo. Así que eres la hija del pobre Tom Cayley, ¿eh? Bien, bien, creo que podremos arreglar este asunto. Mira, soy una persona acostumbrada a salirse con la suya. Si vienes conmigo a Schlangenbad, deberás hacer lo que te diga.

—Creo que podré apañármelas… una semana —respondí con reserva.

Sonrió ante mi audacia. Pasamos a revisar las condiciones. Eran bastante satisfactorias. No precisaba referencias.

—¿Tengo aspecto de ser una mujer a la que le importan las referencias? Normalmente se llama así a disertaciones que no dicen nada. Me has caído en gracia, ¡eso es lo que importa! Y además, ¡la hija del pobre Tom Cayley! Pero cuidado, no toleraré que me contradigas.

—No contradiré ni su mayor desatino —respondí con una sonrisa; y, una vez que arreglamos los preliminares, pregunté—: ¿Cuál es su nombre y su dirección?

Contra todo pronóstico, una desvaída mancha roja se extendió por la cetrina mejilla de la anciana quisquillosa.

—Querida —dijo—, mi nombre es lo único en el mundo que me hace avergonzarme. Mis padres eligieron castigarme con el apelativo más odioso que la inventiva humana destinó nunca a alma cristiana; y no he tenido valor para ir a cambiármelo.

Un destello de intuición me iluminó.

—¿No querrá decirme que se llama usted Georgina? —exclamé.

La anciana quisquillosa se aferró con fuerza a mi brazo.

—¡Qué inteligencia fuera de lo común! —profirió—. ¿Cómo es posible que lo hayas adivinado? Georgina, en efecto.

—Solidaridad —respondí—. Es el mío también, Georgina Lois. Pero como estoy de acuerdo con que dicha conducta es atroz, he suprimido el Georgina. Debería constituir delito penal traer al mundo a muchachas inocentes con tan pesada carga.

—¡Comparto plenamente tu opinión! Eres una joven de una sensatez extraordinaria. Aquí están mi nombre y mi dirección; salimos el lunes.

Observé la tarjeta. Hasta la caligrafía era chillona. «Lady Georgina Fawley, 49, Fortescue Crescent, W».

Nos había llevado veinte minutos arreglar los detalles. Según me marchaba, muy satisfecha, la amiga de lady Georgina corrió tras de mí con rapidez.

—Ten cuidado —dijo en tono de advertencia—. Has dado con una fiera.

—Eso parece. Pero al menos una semana en la selva será una experiencia.

—Tiene un carácter terrible.

—Eso no es nada. Yo también. Horroroso, se lo aseguro. Y si llegamos a las manos, soy más grande, más joven y más fuerte que ella.

—Bien, te deseo que salgas bien parada.

—Gracias. Es muy amable por su parte venir a advertirme. Pero creo que puedo cuidarme por mí misma. Vengo de una familia de militares.

Incliné la cabeza en señal de agradecimiento y fui paseando hasta la casa de Elsie. La querida Elsie se quedó alucinada cuando le relaté mi aventura.

—¿De veras vas a ir? ¿Y qué harás cuando llegues, querida?

—No tengo la menor idea —respondí—; ahí es donde entra la diversión. Pero en cualquier caso, habré llegado hasta allí.

—¡Oh, Brownie! ¿Y si te mueres de hambre?

—También podría morirme de hambre aquí. En cualquiera de los dos lugares contaré solo con dos manos y una cabeza para ayudarme.

—Pero aquí estás entre amigos. Podrías quedarte conmigo para siempre.

La besé en su suave frente.

—Mi buena y generosa Elsie… —exclamé—. No me quedaré ni un momento después de que hayamos terminado la pintura y el empapelado. He venido aquí a ayudarte. No podría seguir comiéndome el pan que ganas con tanto esfuerzo sin hacer nada. Eres un sol; pero lo último que quiero es echarte otro peso encima. Ahora remanguémonos y démonos prisa con los rodapiés.

—Pero, Brownie, querrás preparar tu equipaje. Recuerda que el lunes te vas a Alemania.

Me encogí de hombros.

—Es un truco que aprendí en Suiza. ¿Qué tengo que arreglar? —pregunté—. Con dos peniques no puedo salir a comprarme un traje de verano completo en Bond Street. Vamos, no me mires así: sé práctica, Elsie, y deja que te ayude a pintar los rodapiés.

Si no la ayudaba, la pobre Elsie no acabaría nunca. La mitad de la ropa se la cortaba yo; sus propias ideas se limitaban casi por completo al cálculo diferencial. Y cortarse una blusa siguiendo el cálculo diferencial es una tarea agotadora y laboriosa para una maestra de secundaria.

Para el lunes había empapelado y amueblado las habitaciones, y estaba lista para emprender mi propio viaje de exploración. Me reuní con la anciana quisquillosa en la estación de Charing Cross, donde nos habíamos dado cita, y procedí a hacerme cargo de su equipaje y sus billetes.

¡Dios mío, qué gruñona era!

—¡Vas a tirar la cesta! Espero que hayas comprado billetes vía Malinas, y no por Bruselas. Me niego a ir a Bruselas. Allí hay que hacer transbordo. Por favor, fíjate bien en lo que pesa el equipaje en libras inglesas, y que el hombre de la oficina te lo apunte en una nota para comprobar lo que te digan esos horrendos mozos belgas. Si no, te cobrarán el doble de peso, a no ser que lo transformes de inmediato en kilos. Ya me los conozco. Los extranjeros no tienen conciencia. Van a ver al cura, se confiesan y ¡hala! Borrón y cuenta nueva; a la mañana siguiente pueden empezar de cero en la senda criminal. Todavía no sé por qué voy al extranjero. El único país en el mundo apto para la vida es Inglaterra. Sin mosquitos, ni pasaportes, ni… ¡Por todos los cielos, criatura, no dejes que ese hombre odioso vaya balanceando mi sombrerera! ¿No tienes alma inmortal, mozo, que te impida ir aplastando la propiedad ajena como si fuesen cucarachas? No, no permitiré que lleves eso, Lois; se trata de mi joyero: dentro están las joyas que quedan de la familia Fawley. Me niego en redondo a aparecer en Schlangenbad sin ni siquiera un diamante. El joyero no abandona nunca mis manos. Ya es bastante difícil hoy en día guardar el corpiño y la falda juntos. Habrás reservado el cupé de Ostende, ¿no?

Nos metimos en nuestro vagón de primera clase. Estaba limpio y era cómodo; pero la anciana quisquillosa obligó al mozo a fregar el suelo, y no paró de moverse, preocupada, hasta que salimos de la estación. Por suerte, el único ocupante del compartimento era un caballero europeo de lo más civilizado y servicial (digo europeo porque no era capaz de distinguir si era francés, alemán o austriaco), que trataba por todos los medios de complacer los deseos de lady Georgina. ¿Deseaba madame que abriésemos la ventana? Ah, por supuesto, con mucho gusto; era un día tan cálido… ¿Y si cerrábamos un poquito más? Parfaitement, había corriente, il faut l’admettre. ¿Quizá madame prefería la esquina? ¿No? Entonces a lo mejor deseaba usar su maleta para apoyar los pies. Permettez: así. Con frecuencia corre aire frío por el suelo en los vagones de ferrocarril. Estamos atravesando Kent, ¡el jardín de Inglaterra! En tanto que diplomático, conocía todos los rincones de Europa, y repitió le mot que por casualidad había oído de labios de madame en el andén: ¡no había país en el mundo tan encantador como Inglaterra!

—¿No será monsieur agregado de la embajada de Londres? —inquirió lady Georgina, con mayor afabilidad.

Se retorció el bigote gris, un bigote encerado de gran distinción.

—No, madame; he abandonado el servicio diplomático. Ahora resido en Londres pour mon agrément. Algunos de mis compatriotas lo consideran triste; yo por mi parte encuentro que es la capital más fascinante de Europa. ¡Qué vivacidad! ¡Qué movimiento! ¡Qué poesía! ¡Qué misterio!

—Si por misterio se refiere a la niebla, podría desafiar al mundo entero —repuse.

Me observó fijamente.

—Sí, mademoiselle —respondió, con una voz muy diferente, marcada por la frialdad—. Intente lo que intente su gran país, aunque solo sea una niebla, lo consigue a las mil maravillas.

Soy de intuiciones rápidas. Sentí que el caballero extranjero me profesaba una instintiva antipatía. Por contra, hablaba mucho, y en tono animado, con lady Georgina. Habían hallado amigos en común y estaban sorprendidísimos de ello, como siempre lo está la gente al pasar por tan inevitable experiencia.

—Ah, sí, madame, lo recuerdo bien en Viena. Yo estaba allí en aquella época, como agregado en nuestra delegación. Era un hombre encantador; ¿leyó usted su magistral artículo sobre el problema central del Imperio austrohúngaro?

—¡Que estaba usted en Viena entonces! —se extasió a su vez la anciana quisquillosa—. Lois, niña, no mires de esa manera. —Se había empeñado desde el principio en llamarme Lois, por ser hija de mi padre, y debo confesar que lo prefería a que me llamasen señorita Cayley—. Seguro que nos conocimos. ¿Puedo preguntarle su nombre, monsieur? —Me di cuenta de que el caballero extranjero estaba encantado. Había jugado y había ganado un punto. Tenía la intención de que ella le preguntase. Llevaba una tarjeta en el bolsillo, convenientemente a mano; se la tendió. La leyó y la devolvió. «Monsieur le Comte de Laroche-sur-Loiret».

—Ah, recuerdo bien su nombre —interrumpió la anciana quisquillosa—. Creo que conocía usted a mi marido, sir Evelyn Fawley, y a mi padre, lord Kynaston.

El conde pareció profundamente sorprendido y satisfecho.

—¿Qué? ¡Entonces es usted lady Georgina Fawley! —gritó con afectación—. Por supuesto, señora, su admirable esposo fue el primero en ejercer su influencia a mi favor en Viena. ¿Que si me acuerdo de ce cher sir Evelyn? ¡Pues claro que me acuerdo! ¡Qué encuentro tan afortunado! Debí de verla hace unos años en Viena, señora, aunque no tuviese el placer de conocerla. ¡Pero su rostro ha quedado impreso en mi yo subconsciente! —Más tarde sabría que la doctrina esotérica del yo subconsciente era el hobby preferido de lady Georgina—. En el momento en que el azar me trajo a este vagón esta mañana me dije: «Esa cara, esos rasgos tan vivos, tan notables, ya los he visto antes. ¿Con qué los asocio en las profundidades de mi memoria? Con una familia de alta cuna; genio; rango; el servicio diplomático; un encanto indefinido; un ligero toque de excentricidad. ¡Ajá! Ya lo tengo. Viena, un coche con lacayos de librea roja, una presencia noble, una multitud de genios (poetas, artistas, políticos) arremolinada con ansia alrededor del landó. Esta fue mi imagen mental al sentarme frente a usted, y ahora lo entiendo: ¡es usted Georgina Fawley!

Pensé que la anciana quisquillosa, que era una persona despierta a su manera, debía de estar viendo más allá de palabrería tan hueca; pero había subestimado la capacidad del humano medio para tragarse los halagos. En lugar de rechazar tanta untuosa sandez con una sonrisa desdeñosa, lady Georgina había recuperado la frescura y un aire consciente de coquetería, y le seguía el juego.

—Sí, los de Viena fueron días maravillosos —dijo con una sonrisita—; entonces yo era joven, conde; disfrutaba al máximo de la vida.

—Las personas de su temperamento, señora, siempre son jóvenes —replicó el conde sin pensárselo dos veces, al tiempo que se inclinaba hacia delante y la miraba—. Hacerse mayor es una ridícula costumbre de los estúpidos y los vacuos. Los hombres y mujeres de esprit nunca envejecen. Uno aprende a lo largo de su vida a admirar no la belleza obvia de la juventud y la salud —dijo dirigiéndome una mirada desdeñosa—, sino la honda belleza del carácter profundo de un rostro, esa belleza tranquila y serena que queda impresa en el ceño gracias a las emociones.

—Tuve mis momentos —murmuró lady Georgina, ladeando la cabeza.

—Lo creo, señora —respondió el conde con una mirada galante.

De allí a Dover fueron hablando con incesante animación. La anciana quisquillosa era una compañía excelente. Tenía una lengua viperina, y en el transcurso de noventa minutos había despellejado viva a la mayor parte de la sociedad londinense, demostrando un ingenio corrosivo y gran vivacidad. Me reí contra mi voluntad ante sus salidas de tono; eran demasiado divertidas como para no hacer gracia, a pesar de su vitriolo. En cuanto al conde, estaba encantado. Él tampoco era parco en palabras, y entre ambos casi perdí la noción del tiempo hasta que llegamos a Dover.

Fue una travesía muy difícil. El conde nos ayudó a llevar las diecinueve bolsas de mano y las cuatro mantas de viaje a bordo; pero me di cuenta de que, a pesar de la fascinación que el conde le inspiraba, lady Georgina se resistía a sus inventivos esfuerzos por tomar posesión del preciado joyero mientras bajaba por la pasarela del barco. Se aferraba a él como si le fuese la vida en ello, aun en medio de los bandazos del barco en el canal. Por suerte soy buena marinera y cuando las mejillas de lady Georgina empezaron a palidecer, estaba lo bastante despejada como para alcanzarle el chal y el frasco de sales. Se pasó todo el viaje sin parar de moverse, preocupada. Quería que la tratasen por fin como a un animal vertebrado. Aquellos horribles belgas no tenían ningún derecho a plantar las sillas delante de ella en cubierta. Qué impertinencia por parte de aquellas frescas pelirrojas —hijas de verduleros, no cabía duda— venir a sentarse al mismo banco que ella, el banco «solo para damas» resguardado de la chimenea.

«Solo para damas», por supuesto. ¿Es que acaso las maletas se consideraban damas? Ah, seguro que el anciano caballero con polainas episcopales era su padre, ¿verdad? Un obispo debería educar mejor a sus hijas, enseñarlas a comportarse con seriedad. Y no… «¡Lois, mis sales!». Aquel barco era inhumano; qué olor a maquinaria; ya no quedaban barcos decentes; por mucho que presumiésemos de avances, ella recordaba que antes el servicio para atravesar el canal funcionaba mucho mejor que ahora. Pero claro, aquello fue antes de la educación obligatoria. Las clases trabajadoras estaban sacando la industria del país, y la consecuencia era que no éramos capaces de construir un barco que no apestase a gasolinera. Incluso los marineros de a bordo eran franceses, y farfullaban como idiotas; no había ni un honesto marinero británico entre ellos. Aunque los camareros eran ingleses, eso sí, pero ingleses cockney, de la clase popular, con sus modales descorteses y sus aires de colegio público. Ella sí que les daría colegio público si fueran sus criados; les enseñaría a respetar a la gente de cuna y educación. Pero los niños de las clases bajas ya nunca iban a catequesis; claro, estaban demasiado ocupados con la lingua, la jografía y el dibujo. Afortunadamente para mis nervios, un buen meneo a sotavento puso fin durante un rato al flujo de sus pensamientos respecto a las plagas de la época.

En Ostende, el conde realizó una segunda intentona galante de hacerse con el joyero, pero lady Georgina lo despachó automáticamente. Tenía la arraigada costumbre, me parece, de aferrarse con rapidez al joyero; pues estoy segura de que se hallaba demasiado abrumada por la cortesía del conde como para poner en duda ni por un momento la honestidad de sus intenciones. Pero cada vez que viajaba, me imagino, se aferraba a la cajita como si de ello dependiese su vida; dentro iban todos sus diamantes de valor.

Hicimos una parada de veinte minutos en Ostende para tomar un tentempié, intervalo durante el cual mi anciana señora me pidió con fervor que fuese a echar un vistazo a su equipaje registrado, a pesar de que, como estaba consignado hasta Colonia, no podría verlo siquiera hasta que cruzásemos la frontera alemana, pues los douaniers belgas sellaban el furgón en cuanto se descargaba el equipaje que debía ir directo a Alemania. No obstante, para contentarla, cumplí con la formalidad de fingir que iba a inspeccionarlo, solo para hacerme odiosa a los ojos del responsable de aduanas gracias a las preguntas estúpidas e inútiles que lady Georgina insistió en que hiciese. Cuando hube terminado tarea tan tonta y desagradable (pues yo no soy de naturaleza melindrosa, y es difícil asumir los melindres de otro por poderes), regresé al cupé que había reservado desde Londres. Para mi gran asombro, me encontré a la anciana quisquillosa y al egregio conde cómodamente sentados allí.

Monsieur ha tenido la bondad de aceptar un sitio en nuestro coche —observó lady Georgina cuando yo entré.

El conde hizo una reverencia y sonrió.

—Digamos más bien que madame ha sido tan amable de ofrecérmelo —corrigió.

—¿Le apetece almorzar, lady Georgina? —pregunté con mi voz más glacial—. Quedan diez minutos libres y el bufé es excelente.

—Una idea admirable —murmuró el conde—. Permítame que la acompañe, señora.

—¿Vienes, Lois? —preguntó lady Georgina.

—No, gracias —respondí, pues había tenido una idea—. Soy una marinera excelente, pero el mar me quita el apetito.

—Entonces nos guardarás los sitios —dijo, volviéndose hacia mí—. Espero que no permitas que se cuele ningún horrible extranjero. Intentarán entrar por la fuerza a no ser que insistas. Ya me conozco sus trucos. Tienes los billetes, supongo. ¿Y el bulletin para el cupé? Bueno, ten cuidado de no perder la documentación del equipaje consignado. No dejes que esos terribles mozos toquen mi capa. Y si alguien intenta entrar, asegúrate de ponerte en la puerta cuando suban para impedírselo.

El conde le tendió la mano; se deshacía en atenciones. Mientras lady Georgina descendía, no obstante, realizó otro hábil intento para aliviarla del peso del joyero. No creo que ella se diese cuenta, pero automáticamente lo apartó de un manotazo. Luego se volvió hacia mí.

—Toma, querida —dijo, entregándomelo—, mejor que me lo cuides. Si lo suelto en el bufé mientras estoy comiendo, algún canalla podría llevárselo. Pero no le quites las manos de encima bajo ningún concepto. Póntelo sobre las rodillas; y, por todos los santos, no te separes de él.

Para entonces mis recelos sobre el conde habían tomado cuerpo. Desde el principio me habían parecido sospechosas sus maneras lenitivas y engatusadoras. Pero cuando atracamos en Ostende le oí por casualidad mantener una conversación en susurros con un hombre de aspecto andrajoso que ocupaba un vagón de segunda clase procedente de Londres.

—¿Hay algún avance? —había murmurado el hombre desaliñado entre dientes en francés, mientras el noble soberbio de bigote encerado lo adelantaba.

—Avanza de maravilla —había respondido el conde en el mismo tono de voz—. Ça réussit à merveille!

Entendí que se refería a que sus esfuerzos por vencer la resistencia de lady Georgina habían dado fruto.

Habían pasado cinco minutos en el bufé cuando el conde regresó a toda prisa hasta la puerta del cupé con aire despreocupado.

Mademoiselle —dijo en tono distraído—, lady Georgina me ha mandado a coger su joyero.

Me aferré a él con ambas manos.

Pardon, monsieur le comte —respondí—; lady Georgina me lo ha confiado a mí y no puedo entregárselo a nadie sin su permiso.

—¿No me dirá que desconfía de mí? —exclamó iracundo—. ¿No estará poniendo en duda mi honor? ¿Duda usted de mi palabra cuando le digo que me envía lady Georgina?

Du tout —contesté con serenidad—. Pero he recibido órdenes de no separarme del joyero; y eso haré hasta que vuelva lady Georgina.

Masculló entre dientes una réplica indignada y se alejó. El hombre de aspecto andrajoso paseaba arriba y abajo por el andén, con un guardapolvos de dudosa factura. Al encontrarse movieron los labios. Los del conde parecieron murmurar:

C’est un coup manqué!

Pero ni siquiera entonces desistió. Vi que se disponía a continuar con aquel peligroso jueguecito. Regresó al bufé con lady Georgina. No me cabía duda de que sería inútil ponerla sobre aviso, pues el conde había conseguido embaucarla por completo; así pues, tomé la iniciativa. Examiné con detenimiento el joyero. Lo envolvía un estuche de cuero; por dentro era una caja fuerte de acero atada con sólidas bandas de metal. Tomé una decisión de inmediato, y actué como mejor me pareció bajo mi responsabilidad.

Cuando regresaron lady Georgina y el conde, parecían viejos amigos. Era evidente que la gelatina de codorniz y el vino espumoso del Rin les habían abierto el corazón. Fueron riendo y charlando sin cesar hasta Malinas. La inspiración de lady Georgina se hallaba en su mejor momento: su ingenio corrosivo se volvía cada vez más agudo y cáustico. Para cuando entramos bajo el enorme tejado de hierro de la estación central no quedaba ni una sola reputación en Europa con cabeza. Desde Ostende me había fijado en que al conde le angustiaba la posibilidad de que tuviésemos que abandonar el cupé en Malinas. Le aseguré en más de una ocasión que sus miedos eran infundados, pues había dejado estipulado en Charing Cross que el cupé nos llevaría directas a la frontera alemana. Pero me apartó con su noble brazo. Yo no le había contado a lady Georgina su vano intento de apoderarse del joyero; y el mero hecho de que guardase silencio incrementaba las sospechas que yo le inspiraba.

—Perdone, mademoiselle —dijo con frialdad—; no conoce usted estas líneas tan bien como yo. Nada es más común para esos canallas de empleados de ferrocarril que vender una plaza de cupé o de coche-cama y luego no llegar a reservarla nunca, o desalojarlo a uno a mitad de camino. Es muy posible que tengan que apearse en Malinas.

Lady Georgina corroboró aquella opinión con una amplia variedad de anécdotas seleccionadas que ilustraban las atrocidades de las empresas rivales que le habían robado el equipaje camino a Italia. Por no hablar de los trains de luxe, que eran nidos de ladrones.

Así pues, cuando llegamos a Malinas, saqué la cabeza y pregunté a un mozo, solo para satisfacer a lady Georgina. Como ya había anticipado yo, nos respondió que no había transbordo; íbamos directos hasta Verviers.

Sin embargo, el conde no se dio por satisfecho. Se apeó e intercambió algunas observaciones con un empleado que lucía la gorra con banda dorada de chef-de-gare, o algún cargo parecido, un poco más lejos en el andén. Luego regresó echando humo.

—Se lo dije —exclamó, abriendo de un portazo—. Estos canallas nos han engañado. El cupé no va más allá. Debe usted apearse de inmediato, señora, y tomar el tren de enfrente.

Estaba segura de que se equivocaba, y me atreví a decirlo. Pero lady Georgina gritó:

—¡Qué disparate, criatura! El chef-de-gare debe saber lo que se hace. ¡Sal de inmediato! ¡Trae las bolsas y las mantas! ¡Cuidado con esa capa! ¡No olvides la caja de los bocadillos! Gracias, conde; ¿sería tan amable de ocuparse de mis paraguas? Date prisa, Lois, ¡date prisa! ¡El tren se pone en marcha!

Entré tras ella dando tumbos con mis catorce bultos, y al mismo tiempo vigilando el joyero con discreción.

Tomamos nuestros asientos en el tren de enfrente, que, según advertí, llevaba el cartel «Ámsterdam, Bruselas, París». Pero no dije nada. El conde entró de un salto, dio unos brincos a nuestro alrededor, acomodó los bultos y volvió a salir de un salto. Habló con un mozo; luego volvió a toda prisa, alteradísimo.

Mille pardons, señora —exclamó—. Parece que el chef-de-gare me ha engañado cruelmente. Después de todo, tenía usted razón, mademoiselle. ¡Debemos regresar al cupé!

Con singular magnanimidad, me contuve para no replicar: «Ya se lo había dicho».

Lady Georgina, muy nerviosa y acalorada para entonces, salió a trompicones una vez más y se metió en el cupé. Ambos trenes iban a ponerse en marcha de un momento a otro. En medio de tantas prisas, dejó por fin que el conde se apoderase del joyero. Supongo que al pasar junto a una ventana este se lo entregó al pasajero de aspecto andrajoso; pero no estoy segura. En cualquier caso, cuando ya nos hallábamos cómodamente sentadas en nuestro compartimento una vez más, y él estaba de pie en el estribo, a punto de entrar, de repente dio un inesperado brinco hacia atrás y se metió del modo más brusco en un vagón destino a París. En ese mismo momento, los trenes se pusieron en marcha con un chillido penetrante.

Lady Georgina levantó las manos en un frenesí de horror.

—¡Mis diamantes! —gritó—. ¡Ay, Lois, mis diamantes!

—No se aflija —respondí, sujetándola, pues de veras tuve la impresión de que iba a saltar del tren—. Solo se ha llevado el estuche, con la caja de los bocadillos dentro. ¡Aquí está la caja de acero!

Y la saqué, triunfante.

La agarró llena de euforia.

—¿Cómo es esto? —exclamó abrazando la caja, pues les tenía verdadero amor a esos diamantes.

—Es muy simple —respondí—. Me di cuenta de que ese hombre era un canalla y de que tenía un cómplice en otro vagón. Así que mientras iba usted al bufé en Ostende saqué la caja del estuche y puse allí la caja de los bocadillos, para que se la llevase y pudiésemos tener pruebas contra él. Lo único que tiene que hacer usted ahora es informar al revisor, que mandará un telegrama para que detengan el tren de París. Ya hablé con él en Ostende, así que está todo listo.

Me dio un fuerte abrazo.

—¡Querida —exclamó—, eres la mujer más lista que he conocido nunca! ¿Quién habría podido sospechar de un caballero tan impecable? ¡Vaya, vaya! ¡Pero si vales tu peso en oro! ¿Qué voy a hacer yo sin ti en Schlangenbad?

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