Destello
Capítulo 1
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1 La reina Malina
Oro. Allá donde mires solo ves oro.
Cada centímetro del castillo de Alta Campana ostenta ese resplandor dorado. Durante la última década, muchos han sido los curiosos que han viajado desde todos los rincones de Orea solo para admirarlo. Su magnificencia se ha ido pregonando por los seis reinos, y quienes lo han contemplado con sus propios ojos se han quedado impresionados, pues su abrumador esplendor nunca deja indiferente a nadie.
Pero este castillo, mi hogar, no siempre ha sido de oro macizo. Recuerdo los parapetos de pizarra y los portones de hierro forjado. Recuerdo un vestidor que se confundía con el arcoíris, con atuendos de todos los colores, y una vajilla blanca y prístina, a juego con la cabellera nívea del linaje Colier. Recuerdo que la campana de la torre era de cobre y su tintineo, suave y agradable al oído.
Lo que antaño era liviano y ligero como una pluma ahora requiere la fuerza bruta de varios hombres para poder levantarlo del suelo. Las zonas del castillo que lucían los colores de la historia y del inexorable paso del tiempo ahora relucen como si fuesen nuevas. Incluso las rosas del claustro las ha convertido en oro, por lo que jamás volverán a florecer ni a embriagar el aire con su delicioso perfume.
Nací y crecí en el castillo de Alta Campana. Me conocía cada recoveco, cada baldosa, cada peldaño de cada escalera. Incluso había memorizado cada veta en la madera de todos los marcos de las ventanas. Todavía recuerdo el tacto del trono en el que se sentaba mi padre, construido en piedra y con diamantes incrustados que se extrajeron de las minas del este.
A veces me despierto en mitad de la noche, envuelta en esas sábanas doradas, y durante unos instantes me quedo un poco desorientada. No sé dónde estoy porque ya no reconozco este lugar.
La mayoría de los días, ni siquiera me reconozco a mí misma.
Los dignatarios que vienen de visita se quedan embobados al ver todo ese lustre, toda esa fastuosidad dorada. La precisión y los detalles de todas las superficies doradas les maravillan y asombran por partes iguales y no disimulan en celebrar el poder de Midas.
Sin embargo, no puedo evitar sentir añoranza por cómo era el castillo de Alta Campana antes de la llegada de Midas.
Echo de menos los rincones oscuros, las sillas de madera, incluso los horribles tapices azules que decoraban mi antigua alcoba. Es curioso las cosas que uno extraña cuando las pierde, o cuando se las arrebatan de golpe, sin tomarse la molestia de preguntar.
Sabía que, tarde o temprano, me arrepentiría de haber perdido el control del Sexto Reino. Lo perdí en cuanto accedí a casarme con Midas. Sabía que lloraría la muerte de mi padre. Incluso sabía que añoraría que los súbditos se dirigiesen a mí por mi antiguo nombre y título, princesa Malina Colier.
Pero jamás imaginé que lamentaría tanto la pérdida de este palacio. Supongo que nunca me planteé que algo así pudiera ocurrir. Y, sin embargo, cada habitación y cada objeto decorativo que adornaba los inmensos salones del palacio se fueron transformando delante de mis ojos, hasta el último cojín, hasta la última copa de vino.
Al principio era emocionante, no voy a negarlo. Un castillo de oro encaramado en las montañas heladas; parecía una imagen sacada de un cuento de hadas. Y, como guinda del pastel, el creador de tal preciosa estampa quería desposarse conmigo y nombrarme reina. Ese matrimonio no solo me aseguraba poder quedarme aquí, en mi hogar, sino que además prometía asegurar mi linaje real.
Y aquí estoy, en mi salón privado revestido en oro. De aquella joven ingenua e inocente ya no queda nada, ni su sombra. No tengo herederos. No tengo familia. No tengo poderes mágicos. No tengo un marido comprensivo y cariñoso. Y ya no reconozco el lugar que me vio crecer.
Estoy rodeada de riquezas que carecen de valor para mí.
Este castillo, el lugar donde mi madre me dio a luz, desde donde mi padre y mi abuelo gobernaron Alta Campana, donde residen mis más preciados recuerdos de la infancia, ya no me resulta familiar, sino que se ha vuelto un lugar desconocido y extraño. No me transmite serenidad, ni consuelo, ni emoción. Es todo lo contrario a un cuento de hadas.
Al resto de los mortales les deslumbra y encandila, pero yo ya me he acostumbrado y advierto hasta el más diminuto rasguño en las superficies doradas de los suelos y las paredes. No tengo que fijarme demasiado para distinguir en qué zonas el metal se ha ido desgastando, deformando así hasta las líneas más rectas. Si los criados se han dejado alguna esquina por pulir, no tardo en darme cuenta porque, sin querer, reparo en cada fragmento que se ha deslucido.
El oro es un metal brillante, pero el paso del tiempo también hace mella en él. Se va desluciendo y va perdiendo ese brillo original hasta convertirse en una superficie maleable sin durabilidad.
Lo aborrezco. Igual que aborrezco a Midas. Mi famoso marido. La gente se arrodilla ante él, y no ante mí. Tal vez no posea un talento mágico, pero el rencor es un arma muy poderosa.
Tyndall se va a arrepentir. He perdido la cuenta de las veces que me ha hecho de menos, que me ha arrinconado, que no ha contado conmigo para tomar decisiones importantes, incluso trascendentales. Va a lamentarse de haberme subestimado, de haberme robado mi reino.
Voy a hacerle pagar por todo lo que ha hecho, y no voy a conformarme solo con montañas de oro.
—¿Queréis que cante para vos, su majestad?
Clavo la mirada en el cortesano que está sentado justo delante de mí. Es joven, intuyo que debe de rondar los veinte años. Es guapo y atractivo y tiene una voz de sirena.
Esos son los rasgos que comparten todos mis cortesanos.
A ellos también los aborrezco.
A veces su compañía me resulta tediosa. Pueden llegar a ser plúmbeos y soporíferos, comen como bestias hambrientas y rompen cualquier momento de calma y tranquilidad con su estúpida cháchara. Son como moscas; da igual las veces que intente apartarlos de un manotazo, porque siempre están revoloteando a mi alrededor.
—Pero ¿a ti te apetece cantar? —replico, aunque es una pregunta irrelevante porque…
Esboza una amplia sonrisa.
—A mí me apetece hacer lo que sea que a mi reina le complazca.
Una respuesta hipócrita de un galán hipócrita.
Eso es lo que son todos, unos hipócritas. Unos farsantes. Unos chismosos. Los envían para hacerme compañía, para distraerme, para entretenerme. Me consideran una mujer estúpida, insulsa y sin ambiciones que necesita de bufones las veinticuatro horas del día.
Tyndall no está en el castillo. De la noche a la mañana, recogió sus cosas y partió rumbo al Quinto Reino. Estoy segura de que la gente se postrará a los pies del Rey Dorado y le dedicará toda clase de adulaciones y lisonjas. Oh, Midas disfrutará de lo lindo y, para qué engañarnos, a mí me viene de maravilla.
Porque mientras él está allí, yo estoy aquí, en Alta Campana. Por primera vez en mucho tiempo, no tengo que soportar esa presencia cegadora todo el día.
Quiero pensar que es una señal del gran Divino. Sin un marido al que obedecer. Sin un rey ante el que reverenciarme. Sin su mascota dorada siguiéndole a todas partes, esa aberración que encarna la codicia y avaricia de Midas y que esconde tantas mentiras bajo esa piel reluciente.
Es mi oportunidad.
Con Tyndall lejos de Alta Campana y, con toda probabilidad, muy ocupado y distraído tratando de ganarse la simpatía de los súbditos y nobles del Quinto Reino, tengo una oportunidad y no pienso desaprovecharla.
Quizá ya no reconozca los muros de este castillo, pero sigue siendo mío.
Todavía conservo la ambición que tenía cuando era una cría, antes de descubrir que no había heredado ningún don mágico, antes de que mi padre me entregara en matrimonio a Tyndall, cegado por el brillo de todo su oro.
Sin embargo, el oro ya no me deslumbra. Ya no.
Porque mi sueño, mi función, mi anhelo, mi deber, siempre fue gobernar Alta Campana, y no vivir sometida a un marido, ni ser apartada de mis obligaciones monárquicas, ni recibir el mismo trato que una mujer pusilánime y consentida. Tyndall Midas se ha entrometido en todos los asuntos reales y, desde el principio de nuestra unión, me dejó en un segundo plano. Todo ese brillo dorado terminó por eclipsar mi vida.
Y yo se lo permití. Mi padre se lo permitió. Todo el condenado reino se lo permitió.
Pero ya no puedo más.
Estoy harta de pasarme las horas apoltronada en un sillón mullidito y acolchado, de bordar pañuelos estúpidos que nunca utilizaré, de zamparme pastelitos empalagosos mientras los cortesanos comentan el vestido que lució tal o cual aristócrata en la fiesta, simplemente porque les gusta oír el sonido de su propia voz.
Estoy harta de ser la reina fría y distante que no siente ni padece.
Tyndall se ha marchado y, por primera vez desde que me nombraron reina, siento que puedo ejercer como tal.
Y eso pretendo hacer.
He llevado una corona muchos años y ahora, por fin, voy a utilizarla con propiedad.