Desierto sonoro
Tercera parte » Sueña caballos
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Y rumbo al sur caminamos, Memphis, tú y yo, hacia el corazón de la luz, juntos y cerca y callados, y los niños perdidos también caminaban por algún lugar, bajo el mismo sol, tal vez, aunque yo tenía todo el tiempo la sensación de que caminábamos sobre la superficie del sol y no bajo sus rayos, y te pregunté, no sientes como que estamos caminando sobre el sol, pero tú no me respondiste nada, no decías nada, nada en absoluto, lo cual me preocupó porque sentía que estabas desapareciendo y que te estaba perdiendo de nuevo, aunque estabas allí a mi lado, como una sombra, así que te pregunté si estabas cansada, sólo para oírte decir algo, pero tú sólo dijiste sí con la cabeza y sin hablar para nada, así que te pregunté si tenías hambre, y otra vez no dijiste nada pero moviste la cabeza para confirmar que tenías hambre, y yo también tenía hambre, un hambre que me quemaba por dentro, que me quemaba y me devoraba por dentro porque no la alimentaba con nada, aunque quizás no era por eso, quizás no era hambre, ésa era mi sospecha por momentos, que no era hambre lo que sentía, pero no te lo dije, no lo dije en voz alta porque no lo habrías entendido, pensé que quizás no era hambre sino más bien una especie de tristeza o de hoyo, o quizás algún tipo de desesperanza, el tipo de desesperanza que te hace sentir que, hagas lo que hagas, ya no va a irse nunca, porque estás atrapado en un círculo, y todos los círculos son infinitos, siguen por siempre, girando y girando en este desierto giratorio sin final ni principio, siempre idéntico, repitiéndose, y te dije, te acuerdas de cómo doblábamos cachos de papel, tú y yo, cuando hacíamos figuras de origami para adivinar el futuro, y tú dijiste mmhmm, y luego yo te dije, pues este desierto es exactamente como nuestros origamis adivinatorios, excepto que aquí, cuando abres la esquinita del papel, tu fortuna es siempre desierto, cada vez igual, desierto, desierto, desierto, lo mismo, y cuando tú dijiste mmhmm de nuevo, me di cuenta de que lo que yo decía no tenía ningún sentido, que mi cerebro estaba dando vueltas solo, girando y girando, vacío y lleno de aire caliente, aunque a veces, cuando silbaba el viento del desierto, me aclaraba la cabeza durante un instante, pero en general había sólo aire caliente, polvo, piedras, arbustos y luz, sobre todo luz, tantísima, tanta luz cayendo desde el cielo que era difícil pensar, difícil ver claramente, difícil ver las cosas que tienen nombres que conocíamos de memoria, nombres como saguaro, nombres como mezquite, cosas como gobernadora y arbusto de jojoba, imposible ver las cabezas blancas de las choyas güeras, que teníamos justo enfrente, verlas a tiempo antes de que sus espinas se alzaran para pincharnos y rasguñarnos, imposible ver las siluetas de los cactus órganos a la distancia, antes de que estuvieran justo enfrente de nosotros, porque todo era invisible bajo esa luz, casi tan invisible como son las cosas en la noche, así que para qué servía, toda esa luz, para nada, porque si la luz hubiera servido de algo no nos habríamos perdido dentro de ella, tan perdidos dentro de la luz que creíamos que el mundo a nuestro alrededor se estaba borrando, se estaba volviendo irreal, y por un momento sí que desapareció del todo y todo lo que había era el sonido de nuestras bocas respirando el aire pesado, respirando y exhalando, y el sonido de nuestros pies, que pisaban y pisaban, y el calor en nuestras frentes que nos quemaba las últimas ideas buenas, hasta que llegó de nuevo el viento, un poco más fuerte que antes, nos sopló en la cara, acarició nuestras frentes, se coló en nuestras orejas, y nos recordó que el mundo seguía allí, aunque nos sintiéramos tan lejos de él, que había un mundo en algún sitio, con televisiones, computadoras, autopistas y aeropuertos, y también personas, porque la brisa trajo sus voces, estaba llena de murmullos, trajo voces lejanas y así supimos de nuevo que había personas en algún sitio, personas reales en un mundo real, y el viento siguió soplando y sacudió las ramas reales a nuestro alrededor, las ramas reales sacudiéndose con el viento, como las ramas de los crótalos cornudos, que también eran reales, así que, en mi cabeza, me puse a hacer una lista de las cosas que existían en el desierto, a nuestro alrededor, crótalos cornudos, alacranes, coyotes, arañas, gobernadoras, choyas güeras, jojobas, saguaros, y de pronto tú dijiste saguaro, como si me hubieras estado leyendo la mente, o quizás había dicho esas palabras en voz alta y tú me habías escuchado y habías repetido una, dijiste, mira, allí hay un saguaro, y por supuesto no era un saguaro sino un nopal, justo frente a nosotros, un nopal en el que habían crecido seis tunas gordas y espinosas, llenas de agua y de sabores dulces, y recordé que mamá nos había enseñado esa palabra, tunas, y me encantaba repetirla porque sonaba a tambor, tunas, y las tunas eran reales, no un espejismo, y las arrancamos, les hincamos las uñas, pelamos a cachos su piel gruesa y no nos importó si se nos clavaban mil espinas diminutas, porque eran reales, y nos las comimos como si fuéramos coyotes, el jugo se desbordaba y goteaba al suelo, se escapaba entre nuestros dientes, escurría por nuestras barbillas y a lo largo de nuestros cuellos y desaparecía bajo mi camisa deshilachada y mugrienta y bajo tu camisón, ahora apenas me daba cuenta de que estaban deshilachados, sobre todo a la altura de nuestros pechos, pero no importaba, al menos nuestros pechos estaban ahí, y nuestros pulmones respiraban mejor por fin, llenaban nuestros cuerpos de un aire mejor, nuestras mentes con mejores ideas, nuestras ideas con mejores palabras, palabras que por fin pronunciaste en voz alta, dijiste, podrías, Pluma Ligera, podrías contarme más sobre los niños perdidos, dónde están ahora, qué están haciendo, vamos a verlos, y mientras seguíamos caminando traté de imaginar más cosas que contarte sobre los niños perdidos, para que pudieras escucharlos como yo los escuchaba en mi cabeza, y también imaginarlos, así que dije sí, te voy a contar más sobre ellos, están viniendo hacia nosotros y los vamos a encontrar allá, mira, y entonces saqué mis binoculares de la mochila y te dije toma, agárralos con fuerza y mira a través de los lentes, mira allá, ves, tienes que enfocar, mira allá a lo lejos, hacia esos nubarrones negros que se están formando sobre el valle, puedes verlos, te pregunté, ves esas nubes, allá, sí, dijiste, ya enfocaste, pregunté, y tú dijiste sí enfoqué y sí veo las nubes y también los pájaros que vuelan junto a las nubes, y entonces me preguntaste si yo creía que esos pájaros eran águilas, así que miré por los binoculares y dije sí, claro que sí son, ésas son las águilas, las mismas águilas que ven los niños perdidos ahora mismo, mientras caminan hacia el norte por las llanuras desérticas, las águilas que baten sus musculosas alas, que entran y salen de los nubarrones negros, y los niños las ven a simple vista, los cinco niños, mientras siguen caminando, bajo el sol, manteniéndose juntos y también callados, en una horda compacta, más y más adentro en el callado corazón de la luz, sin decir nada y sin oír casi nada, porque no hay nada que pueda oírse salvo el monótono sonido de sus propios pasos, siguen y siguen a través de estas tierras yermas, sin detenerse nunca, porque si se detienen mueren, eso lo saben bien, se los dijeron, si alguien se detiene en las tierras yermas, no vuelve a salir, como aquel niño de entre ellos, el quinto, que no sobrevivió, y el hombre al mando, que ahora ya no estaba, y también como el sexto niño, que se tropezó con una raíz o una piedra o una zanja cuando ya estaban a salvo de los hombres que vigilaban el muro, había tropezado con una raíz o una piedra, nadie vio exactamente con qué, pero cayó al suelo con las rodillas débiles, sus manos chocaron contra el suelo recio, estaba tan cansado, todos los otros siguieron caminando mientras él gateaba, un paso, dos pasos, tan cansado, resistiendo el suelo recio, luchando contra la ola de cansancio que se alzaba en su interior, tres pasos, cuatro, pero no servía de nada, era demasiado tarde, él sabía que no debía detenerse pero lo hizo, a pesar de que una de las niñas, la mayor de las dos, le había dicho levántate, no te detengas, a pesar de que escuchó la voz que decía levántate ahora mismo, y sintió la mano de la niña jalando de la manga de su camisa, alzó la vista y vio el brazo, el hombro de la niña, su cuello, su cara redonda que le decía no, no te detengas, levántate ahora mismo te digo, había tirado de su manga, que se había estirado hasta rasgarse uno o dos centímetros, y entonces el niño envolvió el pequeño puño que tiraba de su manga con su propia mano y apretó un poco la mano de la niña para darle a entender que ya era demasiado tarde, pero que no pasaba nada, y que ella tenía que soltarlo y seguir su camino junto a los otros, y el niño casi le sonrió al darle a la niña el sombrero negro que llevaba puesto, y ella lo recibió y, finalmente, le soltó la manga y siguió caminando, primero trotando un poco para alcanzar a su hermana menor, que también se había retrasado un poco para esperarla, y luego caminando ya que la había alcanzado, y la tomó de la mano y siguió caminando, más despacio, cojeando un poco, con un pie a medias protegido por un tenis y el otro pie descalzo, hinchado y sanguinolento, un pie cuya planta fue lo último que vio el niño antes de permitirse cerrar los ojos, de permitir que su mente se volviera hacia adentro, antes de que sus pensamientos conjurasen la imagen de los pies huesudos y morenos de su abuelo, con sus venas marcadas y sus uñas amarillentas, y luego una cubeta llena de langostas, las pinzas metálicas que una muchacha acerca a sus propios pies, para aliviarlo del dolor que lo mantiene unido al cuerpo, a esta vida, y luego las vías del tren, extendiéndose hasta el horizonte a sus espaldas y desapareciendo en la vacuidad de la luz, la demasiada luz, hasta que sus codos cedieron y se doblaron por completo, estaba tan cansado, y su pecho se extendió sobre la tierra, tan cansado, y sus labios, medio cuarteados, tocaron la tierra, tan cansado, hasta que la fatiga lo fue abandonando poco a poco, un alivio, un quejido postrero, como una marea que por fin remite, ya podía dejar de resistir, de luchar, de intentar, por fin podía quedarse allí acostado nada más, completamente quieto, en el mismo lugar donde una mañana, meses después, dos hombres que patrullan la región fronteriza encontrarán los huesos que fueron sus huesos y los harapos que fueron sus ropas, cada objeto suyo recolectado en una bolsa transparente por uno de los dos hombres que lo encuentran, mientras el otro saca una pluma y un mapa, y marca un punto en el mapa con la pluma, un punto más entre otros varios puntos en el mapa de papel que entregará después, esa misma tarde, a las 4:00 o 4:30 p. m., a la viejita metódica que nació muchos años atrás en una casa cerca de un lago neblinoso en el valle del Annapurna, en Nepal, y que fue reubicada durante su adolescencia a este desierto, y que está sentada ahora frente a una computadora en una pequeña oficina, como cada día hábil, sorbiendo su café helado con un popote reutilizable mientras espera que el monitor carbure, los ojos fijos en esa pantalla que al principio se enciende con un tono azul genérico, luego se llena de pixeles hasta mostrar la imagen de escritorio personalizada con la cordillera del Annapurna, nevada y prístina al amanecer, y por último aparecen las hileras de íconos, esparciéndose y brotando a la visibilidad de manera ordenada, mientras la palma de la mano de la señora se envuelve en torno al mouse, lo aprieta ligeramente y lo mueve de un lado a otro hasta que la flechita del cursor asoma en una esquina de la pantalla y se arrastra a través de la montaña nevada del escritorio, roza las carpetas en color azul cielo etiquetadas como Muertes del Valle de Ánimas, Muertes del Valle de San Simón, Muertes de San Pedro, y finalmente se detiene en Muertes del Valle de Sulphur Springs y abre ese archivo, que se despliega entonces por toda la pantalla, cubriendo la montaña nevada, revistiendo la blanca nieve con la tierra sucia, la tierra sucia y los puntos rojos que indican muertes por todas partes, muertes por todas putas partes, murmura la señora entre dientes, porque el mapa de aquel valle desértico, el Valle de Sulphur Springs, que es y no es el mismo valle desértico que se extiende más allá de su oficina, pequeña y oscura pero con aire acondicionado, está manchado de cientos de puntos rojos, todos ellos añadidos a mano, uno por uno, por ella misma, la señora que nunca llega tarde al trabajo, y que sorbe su café con popotes reutilizables para no contaminar, y que se sienta bien derecha frente al monitor de su computadora mientras escucha en sus audífonos una novela romántica y lésbica, ligeramente pornográfica pero rotundamente moralista, escrita por la autora Lynne Cheney y titulada Hermanas, y la escucha a sabiendas de que la autora de la novela es la esposa del exvicepresidente Dick Cheney, quien, durante el mandato de George W. Bush, dirigió la operación «Jump Start», durante la cual se desplegó a la Guardia Nacional en la frontera y se erigió un muro de seis metros de altura a lo largo de una parte del desierto, un muro que pasa a sólo unos cuantos kilómetros de su oficina, oficina que no es nada sino un pequeño rectángulo aislado de aquel asqueroso desierto por una simple pared gruesa y una puerta delgada de aluminio, bajo cuya ranura el viento arrastra las últimas notas de todos los ruidos del desierto, diseminados a lo largo y ancho de las tierras yermas que hay afuera, sonidos de leves ramas que se quiebran, pájaros que cantan, piedras que ruedan, pisadas, lamentos, voces que ruegan por agua antes de apagarse con un quejido postrero, luego sonidos más oscuros, como el de los cadáveres que se convierten en esqueletos, los esqueletos en huesos sueltos, los huesos que se erosionan y desaparecen en la tierra, y nada de esto lo oye la señora, por supuesto, pero de alguna manera lo presiente, como si hubiera partículas de sonido adosadas a las partículas de arena que el viento desértico arrastra hasta el tapete de pasto artificial afuera de su oficina, de modo que cada día, antes de entrar a esa oficina, la señora tiene que agarrar su tapete y azotarlo contra el muro exterior de adobe, quitarle el polvo con tres o cuatro golpes fuertes contra el adobe, hasta que todas esas partículas de arena salen volando de regreso hacia el desierto, de vuelta a las corrientes sonoras del viento desértico, que recorren eternamente los valles vacíos, cargando sonidos que nadie registra, que nadie escucha, sonidos perdidos en última instancia, a menos que den con la concavidad de alguna oreja humana, por ejemplo las orejas de los niños, que ahora los escuchan y tratan de darles un nombre pero no encuentran palabras ni significados a los que aferrarse, y siguen caminando, con el sonido del lento discurrir de unos pasos a sus espaldas, la mirada siempre fija en el suelo que van pisando y sólo cada tanto alzada hacia el horizonte, donde ven que algo sucede, aunque no alcanzan a distinguir exactamente qué, tal vez una tormenta, nubes que se forman allá a lo lejos, negros nubarrones que se forman sobre el valle, allá lejos, mira, los ves, se preguntan unos a otros, allá lejos, esos pájaros, tal vez águilas, los alcanzas a ver, y sí, dice un niño, sí, dice otro, sí los vemos, y sí creo que son águilas, las vimos tú y yo, Memphis, esas águilas, aunque no alcanzábamos a oírlas, porque a nuestro alrededor había muchos otros sonidos, sonidos extraños, tan extraños que yo no sabía si estaban en mi cabeza o en el aire, como las campanas de una iglesia y el aleteo de muchísimos pájaros, como animales moviéndose a nuestro alrededor pero invisibles, y tal vez sonidos de caballos acercándose, y me pregunté si no estaríamos oyendo el sonido de todos los muertos del desierto, todos los huesos que hay allí, y recordé esa vez que papá nos leyó una historia sobre unas personas que encontraron un cadáver en un campo y lo dejaron allí, y el cadáver de esa historia se había quedado atorado en alguna parte de mi cerebro y regresaba una y otra vez a mí, porque las historias a veces hacen eso, se quedan en tu cabeza y aparecen en el mundo cuando menos te lo esperas, por eso cuando íbamos caminando por el desierto yo pensaba todo el tiempo en ese cadáver en el campo, y me daba miedo pensar que tal vez íbamos a caminar sobre los huesos de alguien enterrado bajo nosotros, pero de todas formas seguimos andando, y seguimos andando, el calor cada vez más chicloso y el sol de frente picándonos como mil abejas amarillas, aunque había bajado un poco y dibujaba pequeñas sombras alrededor de las cosas, las piedras, los arbustos, los cactus, y seguimos andando hasta que tropecé con una raíz o con una piedra o una zanja y me caí, y mis manos chocaron contra el suelo y mis palmas se llenaron de piedritas y polvo y tal vez de espinas, y me dieron ganas de quedarme allí tirado con el cachete contra la tierra y quedarme dormido, sólo una siesta rápida, tal vez, tan cansado, pero tú empezaste a jalar mi camisa, a tirar de mi manga, a decir levántate ahora mismo, te lo ordeno, Pluma Ligera, y aunque eras más chica que yo, de pronto tu voz sonó como si tuviera que hacerte caso, así que me levanté y dije sí, señora, Major Tom Memphis, lo cual te dio risa al principio, pero luego empezaste a llorar, y luego a reírte de nuevo, una y otra vez como en un círculo, nuestros sentimientos y nuestros cuerpos cambiaban como el viento, y en ese instante escuchamos rugir al cielo y miramos hacia arriba y vimos las nubes de la tormenta formándose ante nosotros, estaban lejos todavía pero más cerca que antes, y luego vimos un rayo que parecía partir el cielo inmenso en dos pedazos como si fuera un huevo, y las águilas, una vez más, que ahora eran visibles a simple vista, aunque todavía parecían puntos minúsculos, tú dijiste parecen guantecitos perdidos en el cielo que buscan a su otro par en la tierra, y luego vimos el resplandor de otro rayo, aún más brillante que el primero, y también lo ven los niños perdidos, mientras siguen caminando en el desierto, el desierto radiante y repetitivo, y esperan atentos el sonido del trueno que debería llegar, pero lo único que oyen es el ruido sordo de sus pasos en la arena, incesante, conforme avanzan, y aunque el camino a través de las llanuras desérticas es siempre plano, los niños sienten que van bajando, de algún modo, sobre todo ahora que el aire caliente ha quedado a sus espaldas y que se hunden en un calor sin viento, en el punto más bajo de la concavidad del valle, donde encuentran un pueblo fantasma hacia el final de la tarde, a la hora en que los niños suelen salir a jugar, sólo que en ese pueblo no hay nadie y no se oye nada, salvo sus propios pasos, haciendo eco en las paredes que el sol, orondo y bajo, tiñe de amarillo, nada sino casas abandonadas, algunas de ellas con paredes agrietadas y ventanas rotas por las que alcanzan a verse habitaciones vacías, muebles desvencijados, algunas pertenencias olvidadas, la suela de un zapato, una botella rota, un tenedor, y bajo una silla de tres patas un sombrero rosa que uno de los niños, el más chico de todos, distingue y recoge, no le importa que esté sucio y gastado, se lo pone en la cabeza y sigue caminando junto a los otros tres entre el cascajo de antiguos muros de adobe destruidos por las hierbas, hierbas que a veces arrancan para meterse en la boca aunque el sabor amargo les provoca arcadas y algunos escupen, y mientras lo hacen, la menor de las dos niñas escucha de pronto algo diferente, un sonido como de voces o murmullos, oye voces a su alrededor susurrando palabras, pero dónde están las bocas que las susurran, y el otro niño, más chico que ella, que ahora lleva puesto el sombrero rosa, también las oye, aunque no dice nada y sólo piensa voces, voces, escucha, corazón, como sólo los santos escucharon, y en ese silencio de murmullos, ambos, niño y niña, los más pequeños de los cuatro, oyen los ecos más profundos de las cosas que alguna vez estuvieron allí y que ya no están, el repicar de campanas de la iglesia, las madres deshechas en llanto, los abuelos repartiendo consejos y regaños en la mesa del desayuno, los mirlos dispersos en las altas copas de los árboles por las plazas de los pueblos donde resonaba la música, el ininterrumpido murmullo de otros niños, que murieron antes que ellos, donde se oye una voz que dice aquí encontraremos las puertas del paraíso porque las puertas del paraíso existen sólo en el desierto inanimado, aquí en la tierra calcinada por el sol donde nada germina, y otro dice no, no encontraremos nada aquí, porque el desierto es una tumba y nada más, el desierto es una tumba para aquellos que necesitan cruzarlo, y moriremos bajo este sol, este calor, dice un murmullo, esto no es nada, otro contesta, espera a que lleguemos al valle de San Simón, dicen que parece como si estuviera ubicado a las puertas mismas del infierno, hace calor aquí, dice ahora la niña más grande, y su voz suena alta y clara, tan concreta que casi se puede tocar, mientras los cuatro niños trasponen la frontera de ese pueblo fantasma y no queda nada ya que oír, nada salvo el triste sonido del viento que respira mientras ellos siguen caminando juntos, en una cuadrilla compacta, más al fondo del valle sobre el que el cielo se cubre de nubes, densas nubes que se forman rápido, con la promesa redentora de algún cambio, de agua, de sombra, densas nubes a lo lejos todavía pero no demasiado lejos porque allí se ve de repente otro resplandor de rayo, esta vez seguido por el rugido distante de un trueno, y los cuatro niños alzan la vista hacia la tormenta, que se quebrará en lluvia cuando alcancen el centro mismo del valle, donde las águilas vuelan ahora siguiendo extraños patrones, como escribiendo un mensaje en el cielo en un alfabeto extranjero, y por primera vez los niños las oyen silbar y trinar, y oyen sus agudos llamados, escucha, dijiste, escucha, Pluma Ligera, dijiste que alcanzabas a oír voces, voces buenas, provenientes quizás de un parque o de unos juegos cercanos, voces buenas y reales, y yo traté de escucharlas, pero no oía nada excepto el latido de mi propio corazón, y pensé corazón, escucha, corazón, cállate y trata de escuchar las voces y trata de seguirlas, detente y escucha, y cuando ambos nos detuvimos a la sombra de una gran roca rojiza, pude oír el sonido del viento que silbaba, y el sonido del espacio que rotaba, pero no oí nada parecido a voces humanas, sólo ruidos huecos, hacía tanto calor, hace tanto calor aquí, dije, y tú, tú no tienes calor, pregunté, pero no dijiste nada, no respondiste, así que no supe si lo había dicho en voz alta o lo había pensado, y cuando nos levantamos de nuevo y reemprendimos la marcha, lo único que lograba oír era el sonido de tus pies como un sonido-sombra a mi lado, y también mis propios pies, y luego, a la distancia, el sonido de otros pasos, moviéndose adelante o atrás de nosotros, a través del desierto, idénticos, debe de ser difícil estar muerto, dijiste, y yo te pregunté qué querías decir con eso, aunque lo sabía porque también yo me sentía como si estuviera muerto y mis ideas rebotaran contra cada piedra, para volver a mí, interrumpidas sólo por un trueno cada tanto, que venía de las nubes densas que teníamos enfrente, y que se nos iban acercando, o a las que nos íbamos acercando nosotros, como nos acercábamos también a las águilas, que por fin alcanzábamos a oír, sus silbidos y trinos, agudos, sonidos que los niños perdidos confunden con el sonido de risas o de lamentos, risas y lamentos infantiles, como en un patio de juegos donde muchos niños se juntan, salvo que no hay patio y no hay juegos, y nada puede oírse en realidad en aquel lugar donde caminan, a excepción de los pequeños pasos confundiéndose, sus propios pasos caminando por el desierto inanimado, sobre la tierra calcinada por el sol, y tal vez cientos o miles de pasos perdidos más, debe de ser arduo estar muerto, piensa uno de los niños, difícil estar muerto aquí, piensa, y recuerda algo que su madre le dijo cierto día, le dijo que los ángeles nunca saben si están vivos o no, que los ángeles olvidan si viven entre los vivos o entre los muertos, pero los cuatro niños saben que siguen vivos, aunque caminen entre los ecos de otros niños, pasados y futuros, que se hincaron, se acostaron, adoptaron posición fetal, cayeron, se perdieron, no supieron si estaban vivos o muertos dentro del vasto y hambriento desierto donde sólo ellos cuatro siguen caminando en silencio, a sabiendas de que también ellos pueden perderse pronto, mientras piensan a quién podrían llamar en su ayuda, a nadie, saben que no pueden llamar a nadie, ni hombres, ni ángeles, ni bestias, sobre todo no a aquellas bestias que, silenciosas pero astutas y taimadas, advierten que están perdidos y saben que pronto serán comida, los miran arrastrar los pies extrañamente a través de este desierto, de este mundo jamás interpretado donde todo permanece sin nombre para ellos, los pájaros, las piedras, los arbustos y las raíces, un mundo del todo extranjero, que se los tragará hasta incorporarlos a su ausencia de nombres, como se ha tragado a cada uno de los otros niños, pero los cuatro continúan caminando, en silencio, tratando de ignorar esas ideas oscuras, hasta que la menor de las dos niñas dice de pronto miren, miren allá arriba, miren esas águilas flotando justo sobre nosotros, miren, y los otros tres niños alzan la vista al cielo y ven una espesa capa de nubes frente a ellos, no demasiado lejos y, en efecto, esas extrañas águilas que vuelan formando una parvada estrecha en vez de ir solas, que es como vuelan las águilas normalmente, pero por qué, me preguntaste, Memphis, por qué vuelan así esas águilas, Pluma Ligera, por qué esto y por qué lo otro, por qué, seguías haciéndome preguntas muy difíciles mientras caminábamos hacia los nubarrones, acercándonos más y más a ellos, por qué, dónde, qué, preguntabas, pero cómo, cómo podría haber respondido a todas tus preguntas, Memphis, preguntas y más preguntas, cómo se crean los pantanos, para qué sirven las espinas, por qué no me da risa si me hago cosquillas a mí misma, por qué ya no puedo reírme de nada, por qué aquí el aire huele a plumas de pollo y por qué, mira, por qué vuelan todas esas águilas ahora sobre nosotros, crees que nos persiguen, que nos quieren comer o nos están protegiendo, y por qué, no lo sé, no lo sé, no lo sé, Memphis, pero no, las águilas no van a comernos, imposible, dije, están cuidándonos, no te acuerdas de los Guerreros Águila de los que nos hablaba papá todo el tiempo, pregunté, y tú dijiste que sí, que te acordabas, y luego dijiste vamos a seguirlas, vamos a jugar a que las águilas son nuestros papalotes y que tenemos que seguirlas como cuando seguimos un papalote, lo cual me pareció una idea brillante, así que eso hicimos, empezamos a seguirlas, sosteniendo carretes invisibles atados a cuerdas invisibles, y caminamos así durante un rato, mirando sobre todo al cielo, nuestra mirada fija en las águilas-papalotes, dando pequeños pasos, hasta que llegamos a un vagón de tren abandonado, a unos cincuenta pasos de nosotros, un vagón sin ruedas, simplemente abandonado en pleno desierto, y notamos que las águilas dejaban de volar hacia el frente y se quedaban dando vueltas en el espacio vacío sobre el vagón, no teníamos ni idea de cómo había llegado allí, pero nos detuvimos y lo observamos fijamente, yo le tomé una foto y lo observamos otro rato, y luego alzamos la vista hacia las nubes densas que estaban a punto de reventar de lluvia, y hacia las águilas altas que ahora volaban trazando círculos perfectos sobre el vagón de tren, y los cuatro niños también las ven, volando en círculos bajo las nubes cargadas, y deciden caminar directo hacia ellas, todo derecho, caminando mucho más aprisa ahora que el sol se hunde en el cielo, caminando hasta que ven la góndola abandonada, todavía pequeña pero ya nítida a la distancia, y caminan directamente hacia ella, hasta detenerse bajo su sombra, las cuatro espaldas recargadas contra el óxido del vagón, sin atreverse aún a entrar en él aunque la puerta corrediza esté abierta, porque cuando presionan la oreja contra el tibio metal de la góndola, escuchan un movimiento al interior, una persona o un animal grande, tal vez, y por eso deciden no arriesgarse, a menos que no les quede otra opción más adelante, ningún otro lugar donde guarecerse de la inminente tormenta, porque los nubarrones densos y amenazantes están ahora justo sobre sus cabezas, y ya casi se oculta el sol, ya casi, y los nubarrones estaban justo sobre nuestras cabezas, y estábamos cansados, y además teníamos miedo, como había pasado en los atardeceres de otros días, empezaba a caer el sol y llegaba el miedo, así que caminamos lentamente hacia el vagón, preguntándonos si estaría vacío y si sería seguro, y deseando, con un poco de suerte, encontrar comida vieja allí dentro, comida empacada en cajas, porque yo sabía que todos esos vagones transportaban cajas de comida de un lado al otro del país, y entonces tú te detuviste a unos cuantos pasos del vagón y me dijiste que tenía que asomarme a ver qué había ahí adentro y si era seguro acercarnos antes de que tú dieras un paso más, y eso hice, caminé despacio y mis pies iban haciendo más ruido que nunca en el suelo lleno de piedritas y de espinas, caminé hacia el vagón, que era grande y estaba pintado de rojo, pero la pintura se había descarapelado en algunas partes y había óxido debajo, y las puertas corredizas estaban abiertas de ambos lados, así que al detenerme frente a él, el vagón parecía una ventana a través de la que se podía ver el otro lado del desierto desde nuestro lado del desierto, y ambos lados eran idénticos, salvo por las montañas que se alzaban al final del desierto al otro lado, y el sol se estaba poniendo a nuestras espaldas en el horizonte llano, y enfrente de nosotros, más allá de las puertas del vagón, estaban las montañas Chiricahua, y yo recogí una piedra del piso y la agarré con fuerza, y noté que me sudaba la palma de la mano, pero di tres pasos más, tres pasos chicos, y eché el brazo hacia atrás para tomar impulso, y luego hacia delante y solté la piedra, que dibujó en el cielo una curva hasta caer adentro del vagón, una curva lenta, como si lanzara una pelota para que la atrapara alguien de tu edad, y la piedra golpeó el suelo del vagón, hizo un ruido que hizo un eco, y luego se escuchó como una vibración cada vez más fuerte, hasta que me di cuenta de que ese otro sonido no era un eco sino un sonido real, porque el eco no aumenta y este sonido sí aumentaba, hasta que la vimos, enorme, hermosa, con las alas gigantes extendidas, el pico en curva y la cabeza pequeña emplumada, aleteó un par de veces, salió del vagón volando hacia el cielo hasta convertirse en un pequeño objeto allá arriba y se unió al círculo de águilas que circulaban sobre nuestras cabezas, y nosotros las mirábamos como hipnotizados por sus vueltas cuando una piedra salió de pronto volando hacia nosotros desde el otro lado del vagón, como un eco de piedra, una piedra que la mayor de las niñas acababa de lanzar desde el otro lado de la pared oxidada de la góndola y a través de sus puertas abiertas, una piedra real que el niño y su hermana hubieran confundido con un eco, confundidos como estaban con respecto a la relación de causa y efecto que normalmente gobernaba el mundo, de no ser porque la piedra que les lanzaron golpea al niño en el hombro, tan real, concreta y dolorosa que su sistema nervioso se despabila, alerta, y su voz profiere un indignado ay, me dolió, quién anda ahí, pregunté, quién anda ahí, dice, y al escuchar el sonido de esa voz los cuatro niños se miran mutuamente con alivio, porque es una voz real, por fin, no ya un eco del desierto ni un espejismo sonoro como los que han venido persiguiéndolos desde hace rato, así que se sonríen los unos a los otros, entre los cuatro se miran y sonríen, y primero la niña mayor y luego la más chica, y luego los dos niños se asoman por un costado de la puerta abierta de la góndola, cuatro caras redondas nos miraban directamente desde el otro lado del viejo vagón de tren, tan reales que no pensé que fueran reales, pensé será posible o me estoy imaginando cosas, porque el desierto te traiciona, a esas alturas lo sabíamos muy bien tú y yo, y todavía no podía creer que fueran reales, aunque los cuatro niños estaban allí de pie frente a nosotros, dos niñas con trenzas largas, la mayor con un bonito sombrero negro, y luego dos niños, uno de ellos con un sombrero rosa, ninguno parecía real hasta que tú abriste la boca, Memphis, dijiste Gerónimoooo desde sólo un paso atrás de mí, y entonces vimos esas cuatro caras decirnos también Gerónimoooo, Gerónimoooo dicen los dos niños a los otros cuatro desde el otro lado de la góndola abandonada, un niño y una niña, y a los cuatro les lleva unos segundos entender que son reales, ellos y nosotros, nosotros y ellos, pero cuando finalmente lo entienden, los cuatro, los dos, los seis en total se ocupan de recolectar agua del chubasco en las botellas vacías que tienen en sus mochilas y les dan largos y agradecidos tragos y comparten, y cuando al fin se sienten saciados, entran lentamente en la góndola abandonada mientras, afuera, el sonido de los truenos se va haciendo más constante, reverbera como una ola iracunda, y el destello de los rayos, por todas partes a su alrededor, empieza a azotar la arena seca, lanza granos de arena hacia los torbellinos ascendentes que a los niños les recuerdan a los muertos, a los muchos muertos, fantasmas que brotan del suelo desértico para asustarlos, atormentarlos, y me di cuenta de que el cielo se iba poniendo más oscuro, se acercaba la noche, estábamos ya adentro del vagón, resguardados, y les dije a todos, por qué no hacemos una fogata, yo tengo cerillos, y todos estuvimos de acuerdo en que eso era lo que había que hacer, así que juntamos a toda prisa algunos palos y ramitas y trozos de cactus muertos de alrededor del vagón y, aunque ya estaban demasiado húmedos, los apilan justo en el centro de la góndola mientras la mayor de las niñas camina hasta el nido que el águila ha creado en una esquina del vagón, sobre dos vigas de madera paralelas, y arranca con cuidado algunas ramitas y algunas hierbas de aquel nido, se las pasa a los otros niños, que siguen juntando ramas y cactus para la fogata, mientras se dicen cosas como mira, agarra éste, ten cuidado, éste tiene espinas, y esta rama es más larga y mejor, hasta que todos ven que la mayor de las niñas se trepa en un barril, se asoma al nido del águila, revuelve algo en su interior y luego mira al resto de los niños como diciendo aquí está, lo encontré, con una sonrisa enorme y, en su mano, un huevo, todavía tibio, que levanta por encima de su cabeza como si fuera un trofeo y luego, con cuidado, se lo pasa a su hermana, que se lo pasa a otro niño, al que lleva puesto el sombrero rosa, se van pasando el huevo de mano en mano como si se tratase de una ceremonia, sienten esa cosa casi viva, casi palpitando en sus manos, y luego la niña extrae otro huevo y otro más, tres huevos en total que sostienen, con las manos en cuenco, tres de los niños, las dos niñas más chicas y uno de los niños, y en aquella misma esquina, la mayor de las niñas toma el nido entero en sus brazos desnudos, lo carga, se baja del barril, un nido hecho de ramitas entreveradas, tejidas entre sí a la perfección, y la niña lo deposita en medio de la góndola vacía, junto al montón de ramitas que los niños han logrado juntar, y todos miran el nido como absortos, sin saber qué hacer exactamente, hasta que el niño nuevo saca de su mochila una caja de cerillos, enciende uno y lo lanza al interior del nido, donde se apaga, luego enciende un segundo cerillo, pero nada, y sólo al tercer intento, cuando se agacha sobre el nido y sostiene el cerillo encendido contra una ramita, consigue encender un extremo seco, los otros niños observan la llama con atención, deseando que se propague, hasta que finalmente sucede, el fuego se propaga por toda la ramita, que lleva la llama hasta un palo más grueso, y luego a otro, hasta que arde el nido entero, y cuando el fuego alcanza un buen tamaño frente a ellas, las dos niñas y el niño que sostienen los huevos los vuelven a meter en el nido ardiente, y las llamas rodean los tres huevos, los van ennegreciendo por fuera, los hacen hervir por dentro, los huevos se cocinan en la fogata hasta que, unos minutos más tarde, usando un palo lo suficientemente largo que encontró en el suelo, la mayor de las niñas los saca rodando de la fogata y le ordena al resto de los niños que soplen hacia la superficie de los tres grandes huevos, y ellos obedecen, hasta que pueden abrirlos, quitarles la cáscara y morderlos con hambre desesperada, por turnos, primero la niña más chica, luego el niño del sombrero rosa, luego la niña nueva, luego los otros niños, y al final la mayor de las niñas, que probablemente tiene la misma edad que el niño nuevo, tenía mi edad pero era como mayor que yo, y yo sabía que había que hacerle caso a ella, con su sombrero negro enorme y sus ojos también enormes, y nos dijo que ahora que estábamos compartiendo comida podíamos confiar y podíamos decirnos nuestros nombres y tú dijiste que eras Memphis así que yo dije que era Pluma Ligera, y ella sonrió y nos dijo que ella era Tormenta, y con la mirada le indicó a su hermana menor decir su nombre, que era Terremoto, y luego dijeron sus nombres guerreros los dos niños, el mayor era Mazorca Azul y el más chiquito era Águila de Piedra, y mientras yo mordía mi porción del huevo, y masticaba la parte gomosa y luego la parte arenosa de adentro, no podía dejar de recordar los ojos del águila madre que me habían mirado directamente a la cara antes de que emprendiera el vuelo por la puerta abierta del vagón, justo después de que yo lanzara la piedra, y de pronto tú gritaste fuertísimo, y todos volteamos a verte, asustados primero, y escupiste algo en tu mano, y luego lo examinaste con los dedos de tu otra mano, y nos enseñaste un diente, por fin se te había caído el segundo diente, y nos reímos todos, por fin nos pudimos reír, tú también, y me diste el diente para que lo guardara, para más tarde, dijiste, y cuando acabamos de comer yo dije por qué no contamos historias antes de dormirnos, y eso hicimos, hicimos un esfuerzo por quedarnos despiertos y, durante un rato, llenamos el espacio vacío de ese vagón de tren y el tiempo raro de ese desierto con historias, historias y chistes que por momentos nos hacían carcajearnos como los truenos que tronaban afuera, pero todos estábamos cansados, hacía frío y la tormenta seguía y seguía, la lluvia caía casi dentro del vagón por las puertas abiertas y se colaba por el techo oxidado, y nos quedamos sin cosas que contar y sin cosas de las cuales reírnos, así que poco a poco nos quedamos callados, y tú, acurrucándote contra mí, tiraste de mi manga y me miraste a los ojos como si fueras a decir algo y luego dijiste algo pero en voz baja, como si fuera un secreto, dijiste Pluma Ligera, y yo te dije qué, y tú dijiste prométeme que me vas a llevar a Echo Canyon mañana, y yo dije sí, Memphis, te lo prometo, y una vez más dijiste Pluma Ligera, qué pasa, Memphis, nada, Pluma Ligera, me gusta estar contigo y quiero estar siempre contigo, está bien, y yo dije está bien, sí, y las otras dos niñas también seguían despiertas, pero los niños estaban dormidos, creo, porque se habían quedado callados y respiraban más lento, y la mayor de las niñas, Tormenta, nos preguntó si queríamos escuchar una última historia, y sí, sí, sí, dijimos, sí, por favor, así que ella respondió voy a contarles una historia, pero después de que la cuente los tres tienen que cerrar los ojos e intentar dormir, por lo menos intentarlo, y los tres dijimos que sí, así que contó la historia, dijo sólo esto, y cuando despertaron, el águila todavía estaba allí, y así se acabó la historia y tú no te dormiste, creo, pero fingiste que te dormías y también la niña más chica, Terremoto, fingió dormirse hasta que las dos se quedaron dormidas por fin, pero yo no me dormí ni tampoco Tormenta, nos quedamos despiertos un rato moviendo las ramitas de la fogata, que ya se estaba extinguiendo, y ella me preguntó qué hacíamos allí, tú y yo, así que le conté que nos habíamos escapado, y cuando le conté por qué, ella dijo que yo era un idiota, que había sido una tontería escaparnos, por qué nos escapábamos si en realidad no teníamos nada de qué escapar, y supe que tenía razón, pero me daba mucha vergüenza reconocerlo, así que en vez de eso le dije que, además de escaparnos, estábamos buscando a dos niñas que se habían perdido, dos niñas que eran hijas de una amiga de nuestra mamá, y dónde se perdieron, preguntó ella, en el desierto, respondí, las conoces, preguntó ella, conoces a las dos niñas que están buscando, no, respondí, y entonces cómo piensas encontrarlas, no lo sé, pero tal vez las encuentre, pero si las encontraras, cómo sabrías que son ellas si nunca les has visto la cara, así que le dije que sabía que las niñas eran hermanas, sabía que llevaban vestidos idénticos y que su abuela les había cosido el número de teléfono de su madre en la parte interior del cuello de los vestidos, eso es una tontería, dijo ella, y se rió con una risa que no era de maldad, para nada, era más bien una risa como de mamá que se ríe de sus hijos, de qué te ríes, le pregunté, y ella me dijo que muchos niños que cruzaban ese desierto tenían números de teléfono cosidos por sus abuelas a los cuellos de la ropa o al interior de sus bolsillos, dijo que el niño más chico de los que estaban allí, y que dormía a tu lado, tenía un número de teléfono cosido al cuello de la camisa, y que también ella y su hermana tenían números en los cuellos de los vestidos, y entonces se quitó el sombrero negro, se acercó un poco a mí por encima de las cenizas y trató de enseñarme el interior del cuello de su vestido, mira, dijo, sí, ya veo, dije yo, aunque en realidad no veía nada, sólo sentía que la sangre se me subía a la cara y la frente, por suerte era una noche oscura, y no se me veía la vergüenza, todo estaba a oscuras salvo algunas brasas anaranjadas en el lugar donde habíamos hecho la fogata, bueno, buenas noches, dijo ella, y buena suerte, sí, muy buena suerte y buenas noches, dije yo, y tal vez la noche no sea buena sino sólo silenciosa, y en ella descansan los seis niños, acurrucados y dormidos alrededor de las brasas que se extinguen, pies que tocan cabezas que tocan pies, la mayoría de ellos quizás soñando, salvo el mayor de los niños y la mayor de las niñas, que apenas se van deslizando suavemente hacia el sueño cuando escuchan, más allá del último crepitar de ramas encendidas, el llamado distante de un águila, y ambos saben que está llorando por sus huevos, y el niño llora y llora, como no ha llorado nunca hasta este momento, tal vez, y susurra perdón, águila, perdón, teníamos mucha hambre, y la niña no llora ni pide perdón al águila, pero sí le agradece en silencio, gracias águila, por tus tres huevos, hasta que ambos niños se quedan finalmente dormidos como los otros, y el niño sueña que es la joven guerrera llamada Lozen, quien, al poco tiempo de cumplir diez años, subió a una de las montañas sagradas de la Apachería y se quedó allí sola durante cuatro días, hasta que, al final del cuarto día, antes de bajar para volver con los suyos, la montaña le dio un poder, y a partir de ese momento, al observar qué venas se le habían puesto de color azul profundo tras caminar en círculo con los brazos al cielo, sabía dónde estaba el enemigo y podía salvar a su gente del peligro, y en su sueño el niño es esa guerrera, Lozen, y conduce a su gente lejos de un grupo de lo que podían haber sido paramilitares o soldados, vestidos con sus tradicionales casacas azules del siglo XIX, sólo que en el sueño llevan armas extrañas, metralletas y luces láser, y el niño-niña guía a su gente hasta un vagón abandonado, donde comienza a escuchar, con esa obsesiva repetición de las pesadillas, la misma frase que siempre oían en el coche de sus padres, pronunciada con histrionismo, al despertarse en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos, una y otra vez, la misma oración incompleta, al despertarse en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos, como un disco rayado, hasta que el niño abre los ojos de repente, se incorpora y extiende el brazo para tocar a su hermana que duerme a su lado y siente un alivio enorme al comprobar que está allí, junto a él, allí estabas, Memphis, con tus chinos todos húmedos, y recordé que mamá te solía oler la cabeza como si estuviera oliendo un ramo de flores y yo nunca había entendido por qué lo hacía, pero ahora lo entendía, me incliné para olerte y olías como a polvo tibio y a pretzel, un olor salado pero a la vez dulce, así que te besé la cabeza y, al hacerlo, murmuraste algunas palabras como águila y luna, o tal vez aguiluna, y luego volviste a chuparte el dedo, y parecías tranquila mientras yo examinaba el espacio alrededor nuestro en la oscuridad, el sol no salía aún, y entendí con el corazón, no con la cabeza, que los Guerreros Águila habían estado allí junto a nosotros, la tormenta se había calmado casi por completo y estábamos a salvo gracias a ellos, supe que nos habían protegido de todo, así que me acurruqué de lado otra vez y escuché respirar a los otros cuatro, Tormenta, Terremoto, Mazorca Azul, Águila de Piedra, el más chico, que igual que tú se chupaba el dedo, y me imaginé que el sonido que hacían los dos era un sonido de pisadas, docenas de pisadas, los Guerreros Águila caminando a nuestro alrededor, se succionaban el dedo, los dos, pisadas, y el revoloteo de las alas de águilas, y palabras como aguiluna, aguipiedra, piedraluna, truenos partiendo el cielo a la mitad, hasta que por fin cerré los ojos de nuevo, pensé en las águilas y en la luna, y me quedé dormido y no soñé nada, o tal vez soñé caballos, dormí muy profundo, por fin, tan profundo que, cuando me desperté, el sol brillaba afuera y yo estaba solo en el vagón de tren, así que me levanté con pánico, primero, pensando que me había quedado solo, pero me asomé por las puertas abiertas del vagón y descubrí que el sol estaba ya más alto que la montaña, y que tú estabas allí afuera, te vi, tanto alivio, estabas sentada en el suelo a unos cuantos pasos del vagón, jugando con el lodo, estoy haciendo panqués de lodo para desayunar, dijiste, y mira, también tengo un arco y una flecha para que cacemos algo, dijiste, y me mostraste un arco y una flecha de plástico que tenías al lado, de dónde sacaste eso y dónde están los demás niños, te pregunté, y tú dijiste que se habían ido, se habían ido justo antes del amanecer, y dijiste que habías conseguido el arco y la flecha en un trueque, que le habías dado algunas cosas de mi mochila a Tormenta a cambio del arco y la flecha, qué, te pregunté, de qué estás hablando, repetí, mientras buscaba mi mochila en el vagón y luego revolvía en su interior para ver qué me faltaba, y faltaba el mapa grande de mamá, la brújula, la linterna, los binoculares, los cerillos y hasta la navaja suiza, así que bajé del vagón de un salto con la mochila, ligera, colgada de un hombro, caminé hasta ti, me paré justo frente a ti, viéndote hacia abajo, y te grité por qué hiciste eso, porque hoy vamos a ver a mamá y papá y ya no necesitábamos esas cosas, Pluma Ligera Egoísta, dijiste, hablabas con calma y yo estaba muy enojado contigo, Memphis, furioso, cómo sabes que vamos a verlos hoy, te pregunté, y tú dijiste que lo sabías porque papá te había dicho que el viaje se terminaría cuando se te cayera el segundo diente y, aunque era una explicación tonta y no tenía sentido, me dio un poco de esperanza, tal vez sí los íbamos a encontrar ese mismo día, pero de todas formas seguía furioso, habías regalado mis cosas, al menos no regalaste la grabadora de mamá, ni mi cámara, ni mis fotos, dije, luego me miraste hacia arriba y dijiste bueno, también intercambié mi libro sin dibujos y mi mochila porque necesitaban una mochila, ah, sí, por qué cosas los cambiaste, te pregunté, por sombreros, dijiste tú, uno para mí y uno para ti, y señalaste con un dedo los dos sombreros que había en el suelo a unos metros de distancia, uno rosa y uno negro, el rosa es tuyo y el negro es mío, dijiste, y yo respiré lento y profundo, intentando no enojarme todavía más contigo, y me senté en el suelo a tu lado, pensé que probablemente tenías razón, o al menos deseé que tuvieras razón, si íbamos a encontrar a mamá y papá más o menos pronto, o si ellos nos iban a encontrar a nosotros, ya no necesitábamos esas cosas, podía ver las montañas Chiricahua ya muy cerca hacia el este y ahora que ya era plena mañana parecían más pequeñas y más cercanas y menos difíciles de subir de lo que habían parecido el día antes, bajo la tormenta, probablemente nos tomaría sólo unas horas llegar a la cima, donde estaba Echo Canyon, entrecerré los ojos como si viera por binoculares, haciendo taco las dos manos para asomarme por ahí, tratando de ver cuál era la cúspide, siguiendo la línea escarpada de las montañas y, justo cuando pensaba que ojalá tuviera mis binoculares reales, tú dijiste vas a querer panqués de lodo para desayunar o qué, así que sonreí y te dije sí, por favor, sólo una rebanada, y recogí los sombreros por los que habías intercambiado nuestras pertenencias, te pasé el sombrero rosa y tú dijiste no, el negro es el mío, así que nos probamos los dos, una y otra vez, y en verdad el rosa me quedaba mejor a mí, y el tuyo tenía un pliegue raro adelante que casi te cubría los ojos, pero te quedaba bien también, te veías muy concentrada mientras cortabas el panqué de lodo en grandes rebanadas y luego fingimos comérnoslo con unos palitos, y mientras fingía masticar me pregunté hacia dónde, exactamente, se dirigirían los cuatro niños, si llegarían a su destino, si les serviría el mapa, esperaba que sí, si caminaban en línea recta podrían llegar a las vías del tren antes del anochecer, estoy seguro de que lo lograrán, me decía mientras tú y yo nos preparábamos para partir y mientras empezábamos a caminar hacia las montañas que se alzaban frente a nosotros, estoy seguro de que llegarán a las vías pronto, también nosotros nos movíamos más fácilmente y más rápido de lo esperado porque el sol seguía cerca del horizonte, el viento no quemaba aún y habíamos comido, bebido y descansado, así que no íbamos agotados ni sedientos como el día anterior, y muy pronto llegamos a la ladera de las montañas y empezamos a subir por un camino empinado, más allá de las columnas altísimas de piedra de las Chiricahua, que parecían rascacielos, y más alto aún, hacia los picos más altos, y seguimos subiendo, seguimos andando, hasta llegar al valle alto, rojizo y amarillo bajo el sol, un valle que papá nos había descrito muchas veces, pero que era todavía más hermoso de lo que él decía, y llegamos al punto más alto al que podía llegarse, desde donde se veía el resto del valle, y allí encontramos una cueva pequeña, no demasiado profunda, y decidimos descansar un poco, porque sabíamos que íbamos por el camino correcto, porque papá también nos había descrito ese tipo de cuevas, pequeñas y seguras, sin osos ni animales, porque no eran lo suficientemente profundas como para ser resguardos de animales grandes, y ya que habíamos descansado un rato, como teníamos los sombreros y además teníamos el arco y la flecha, decidimos jugar al juego de los apaches que jugábamos con papá, así que me escondí detrás de una roca en la cueva, y tú te escondiste en algún otro sitio por allí también, y tú me buscabas y yo te buscaba, y quien encontrara al otro primero tenía que gritar Gerónimo, y esa persona ganaba el juego, ésas eran las reglas, y yo seguía escondido cuando apareciste de pronto detrás de mí y gritaste Gerónimo, toda orgullosa de haber ganado, gritaste tan fuerte que tu voz viajó a toda velocidad y luego regresó a nosotros, alta y clara, erónimo, ónimo, ónimo, así que yo grité Gerónimo de nuevo, para probar el eco, y lo escuchamos rebotar todavía más alto y largo, Gerónimo, erónimo, ónimo, ónimo, y los dos nos volvimos locos de alivio o de felicidad o de ambas cosas, porque lo habíamos logrado, estábamos en el corazón de Echo Canyon, lo habíamos encontrado, y de pronto estábamos tan agitados con agitación de la buena que gritamos nuestros nombres al mismo tiempo y lo que regresó a nosotros fue una palabra confusa como igeraphis, geraphis, phis, shhh, shhh, dije, y me llevé el dedo índice a los labios para que te callaras un segundo porque era mi turno ahora, por qué, dijiste, porque yo soy más grande, contesté, y estaba tomando aire para gritar mi nombre, Pluma Ligera, cuando de pronto, antes de que pudiera decirlo, los dos escuchamos otra cosa, algo alto y claro y familiar, que venía de muy lejos pero directamente hasta nosotros, y luego el sonido rebotó en cada piedra del valle, ochise, chise, chise, y luego, justo después, escuchamos uda, uda, uda y fue muy difícil sacar la siguiente palabra de mi estómago porque de pronto estaba lleno de emociones como truenos, mi estómago, y llena de rayos, mi cabeza, llena de alegría, nos habían encontrado, por fin, y sentí que ni siquiera iba a poder decir nada, pero sí pude, tomé aire y grité Pluma Ligera, y escuchamos las palabras rebotar, ligera, gera, era, y los escuchamos gritar ya vamos, amos, amos, y tal vez algo como quédense donde están, tan, tan, y tú te quedaste allí parada sin hacer nada un instante, pero luego respiraste todo el aire que te rodeaba, se te infló la panza como un globo, y gritaste, gritaste tu hermoso nombre, y tu nombre rebotó por todas partes, poderoso y total, a nuestro alrededor, Memphis.