Desierto sonoro
Primera parte » Desplazamientos
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Evidentemente, la niña se quejó también. Así que le dimos una caja. Cuando les preguntamos qué querían meter en sus respectivas cajas, el niño dijo que quería dejar la suya vacía por el momento:
Para poder coleccionar cosas durante el viaje.
Yo también, dijo la niña.
Alegamos que era un desperdicio de espacio llevar las cajas vacías. Pero nuestros argumentos encontraron buenos contraargumentos, o quizás sólo estábamos cansados de encontrar contraargumentos en general, así que ahí lo dejamos. En total teníamos siete cajas que viajarían con nosotros, como un apéndice, en la cajuela del coche que aún teníamos que comprar. Numeré las cajas cuidadosamente con un marcador. Las Cajas I a IV serían de mi esposo, la Caja VI era la de la niña, la Caja VII la del niño. La mía era la Caja V.
TERRITORIO APACHE
Al comenzar las vacaciones de verano, para las que faltaba poco más de un mes, partiríamos con dirección suroeste. Mientras tanto, durante ese último mes en la ciudad, seguíamos viviendo nuestras vidas como si nada importante fuera a cambiar entre nosotros. Asistimos a dos bodas y en ambas nos dijeron que éramos una familia hermosa. Qué niños más guapos, y qué distintos uno del otro, dijo una viejita con olor a talco. Cocinamos juntos, vimos películas, hicimos planes para el viaje y finalmente compramos un coche usado, una de esas vagonetas Volvo, año 1996, negra, con cajuela grande. Algunas noches nos poníamos a estudiar el mapa inmenso entre los cuatro, decidiendo las rutas que seguiríamos, ignorando con cierto éxito el hecho de que esas rutas desembocaban, tal vez, en algún momento, en nuestra disolución como familia.
¿Pero adónde vamos a ir exactamente?, preguntaban los niños.
Todavía no lo sabíamos, o no habíamos llegado a ningún acuerdo. Yo quería ir a Texas, el estado con mayor número de centros de detención para menores indocumentados. Había niños, cientos y quizás miles de niños, encerrados en Galveston, Brownsville, Los Fresnos, El Paso, Nixon, Canutillo, Conroe, Harlingen, Houston y Corpus Christi. Mi marido quería que el viaje terminara en Arizona.
¿Por qué en Arizona?, le preguntamos todos.
¿Y en qué parte de Arizona?, quise saber yo.
Por fin, una noche, abrió el mapa sobre nuestra cama y nos llamó a los niños y a mí al cuarto. Deslizó la punta de su índice desde Nueva York hasta Arizona y dio dos golpecitos en un punto, una pequeña marca en la esquina sureste del estado. Dijo:
Aquí.
¿Aquí qué?, preguntó el niño.
Aquí están las montañas Chiricahua, respondió su padre.
¿Y eso qué?, preguntó el niño.
Y eso es el corazón de la Apachería, respondió su padre.
¿Allí vamos a ir?, preguntó la niña.
Así es, contestó él.
¿Por qué allí?, preguntó el niño.
Porque allí vivieron los últimos apaches chiricahuas libres.
¿Y eso qué?, replicó el niño.
Pues nada, que ahí es adónde vamos, a la Apachería, donde vivieron los últimos pueblos libres antes de rendirse a los ojosblancos y ser desplazados a reservas.
¿Qué es un ojoblanco?, preguntó la niña, imaginando seguramente algo terrorífico.
Así le decían los chiricahuas a los europeos y a los blancos del continente americano: ojosblancos.
¿Por qué?, quiso saber la niña, y a mí también me daba curiosidad, pero el niño nos arrebató las riendas de la conversación, redirigiéndola hacia sus intereses:
¿Pero por qué los apaches, pa?
Porque sí.
¿Porque sí qué?
Porque fueron los últimos de algo.
PRONOMBRES
Así se decidió. Iríamos en coche hasta la punta sureste de Arizona, donde se quedaría él, o más bien se quedarían ellos, por un tiempo indefinido, y donde ella y yo probablemente no nos quedaríamos. Nosotras iríamos hasta allí con ellos, pero probablemente volveríamos a la ciudad al terminar el verano. Yo acabaría mi proyecto sonoro y después tendría que buscar trabajo. Ella tendría que volver a la escuela. Yo no podía mudarme a Arizona así, sin más. No iba a renunciar a todo, ni por él, ni por ellos, ni siquiera por nosotros.
Yo, él, nosotras, nosotros, ellos, ella: los pronombres se reordenaban todo el tiempo en nuestra confusa sintaxis familiar mientras negociábamos los términos del traslado. Empezamos a titubear al hablar de cualquier cosa, incluso de las cosas más triviales; empezamos a hablar como si anduviéramos de puntitas con el lenguaje, cuidadosos hasta la paranoia de no resbalarnos. Hay un poema de Anne Carson titulado «Soneto reticente» que en ningún sentido ayuda a aclarar todo esto. Trata sobre los pronombres, que son «parte de un sistema que discute con la sombra», aunque quizás lo que dice es que nosotros —personas, no pronombres— somos «parte de un sistema que discute con la sombra». Pero al mismo tiempo «nosotros» es un pronombre, así que tal vez el poema sostiene simultáneamente ambas verdades.
En todo caso, el asunto de cómo se reacomodarían nuestras vidas según la disposición final de todos nuestros pronombres se convirtió en nuestro centro gravitacional —el corazón oscuro y silencioso en torno al que circulaban todos los pensamientos y preguntas—.
¿Qué vamos a hacer cuando lleguemos a la Apachería?, preguntaba reiteradamente el niño durante aquellas semanas.
Sí, ¿qué va a pasar después?, le preguntaba yo a mi marido cuando nos metíamos en la cama.
Ya veremos qué pasa después, respondía él.
La Apachería, claro, ya no existe. Pero existía en la mente de mi marido y en los libros de historia sobre el siglo XIX, y empezó a existir, cada vez más, en la imaginación de los niños:
¿Va a haber caballos allí?
¿Va a haber arcos, flechas?
¿Tendremos camas, juguetes, comida, enemigos?
¿Cuándo nos vamos?
Sí, ¿cuándo nos vamos?
Les dijimos a los dos que saldríamos justo un día después del décimo cumpleaños del niño.
COSMOLOGÍAS
En esos últimos días que pasamos en la ciudad, antes de salir hacia la Apachería, nuestro departamento se llenó de hormigas. Hormigas grandes y negras, con forma de números ocho, con un impulso suicida por el azúcar. Si dejábamos un vaso con algo dulce en la encimera de la cocina, a la mañana siguiente encontrábamos veinte cadáveres de hormigas flotando, ahogadas en su propio hedonismo. Se inmiscuían en las repisas de la cocina, las alacenas, el lavabo (feudos habituales para las hormigas). Pero luego avanzaron hacia nuestras camas, nuestros cajones y, finalmente, hacia nuestros codos y cuellos. Una noche llegué a pensar que, si me quedaba quieta y en silencio el tiempo suficiente, podría escucharlas marchando al interior de las paredes, colonizando las venas invisibles del departamento. Intentamos sellar con cinta adhesiva todos los huecos de las molduras entre las paredes y el piso, pero se despegaba después de unas cuantas horas. El niño tuvo una idea mucho mejor —plastilina— y durante un tiempo sirvió más o menos bien, pero pronto las hormigas encontraron una nueva vía de acceso.
Una mañana, la niña dejó sus calzones sucios en el suelo del baño, después de bañarse, y cuando los recogí unas horas más tarde para echarlos a la canasta de la ropa sucia me di cuenta de que eran un hervidero de hormigas. Me pareció una transgresión grave. Y aunque no sé de qué índole, un heraldo oscuro. El fenómeno le pareció fascinante al niño; a la niña, hilarante. Esa noche, durante la cena, ambos le contaron el incidente a su padre.
Las hormigas se comieron mis chones, dijo ella.
Porque no te lavas bien el culet, agregó su hermano.
Sí me lavo el culet, y después me lavo la mano.
Yo quise decir lo que pensaba: que aquellas hormigas agoreras presagiaban algo. Pero no sabía cómo explicárselo a mi familia, o a quién fuera, sin sonar como una loca. Así que sólo compartí la mitad de la idea:
Un cataclismo.
Mi esposo escuchó el informe de los niños, asintiendo, con una sonrisa, y luego les dijo que las hormigas, en la mitología hopi, eran consideradas sagradas. Los hombres-hormiga eran dioses que salvaban a los habitantes del supramundo de las catástrofes: se los llevaban al inframundo, donde podían vivir en paz y libertad hasta que el peligro pasaba y podían regresar al supramundo.
¿De qué cataclismo nos vienen a salvar a nosotros?, le preguntó el niño.
Me pareció una buena pregunta, tal vez involuntariamente venenosa. Mi esposo bufó, pero no respondió nada. Luego la niña preguntó:
¿Qué es un cataclismo?
Algo muy malo, dijo el niño.
La niña se quedó callada un momento, abstraída en su plato, aplastando el arroz con su tenedor. Después, mirándonos de nuevo, muy seria, soltó una extraña aglutinación de conceptos, como si el espíritu de un ontólogo del siglo XIX la hubiera poseído:
Yo creo que las hormigas llegan en fila, se comen mis infrachones y nos llevan en sus supraculets y sanseacabó el cataclismo.
El lenguaje de los niños, de alguna manera, funciona como una vía de escape de los dramas familiares. Nos guía hasta un inframundo extrañamente luminoso, a salvo de nuestras catástrofes clasemedieras. Creo que poco antes de salir de viaje empezamos a permitir que las voces de nuestros hijos ocuparan nuestro silencio. Permitimos que su imaginación, como por un proceso alquímico, convirtiera todas nuestras preocupaciones y tristezas respecto al futuro en una especie de delirio redentor: ¡infrachones!
Las conversaciones, en una familia, se vuelven arqueología lingüística; erigen el mundo que compartimos, lo superponen en palimpsestos, le dan sentido a nuestro presente y nuestro futuro. La pregunta es: en el futuro, cuando rebusquemos en nuestro archivo íntimo y escuchemos de nuevo la cinta de las conversaciones familiares, ¿alcanzarán a componer una historia? ¿Un paisaje sonoro? ¿O encontraremos tan sólo cascajo, ruido, ruinas de lo que fuimos?
DESCONOCIDOS QUE PASAN
Hay una parte de Hojas de hierba, de Walt Whitman, que era, para mi marido y para mí, una especie de manifiesto o texto fundacional. Lo fue, al menos, muy al principio de nuestra relación, cuando empezábamos a imaginar y a dibujar nuestro futuro compartido. Empieza con unos versos sobre cruzarse en la calle con un desconocido:
¡Desconocido que pasas! No sabes con qué añoranza te contemplo,
Seguro eres tú aquel que yo buscaba, aquella que buscaba (lo veo como entre sueños),
En algún lugar, seguramente, he vivido contigo una vida dichosa;
Lo recuerdo todo al pasar a tu lado, fluidos, afectuosos, castos y maduros:
Creciste conmigo, una niña o un niño a mi lado fuiste,
Comí contigo y dormí contigo…
El poema explicaba, o eso creíamos nosotros, por qué habíamos decidido dedicar nuestras vidas, juntos pero solos, a grabar los sonidos de desconocidos. Al registrar sus voces, sus risas, su respiración, sin importar cuán efímero fuera nuestro encuentro con ellos, o quizás precisamente porque eran encuentros efímeros, se abría ante nosotros la posibilidad de una intimidad única: una vida entera, vivida en paralelo, en un instante, con un desconocido. Y la grabación de sonidos, pensábamos, a diferencia de lo que sucede al filmar imágenes, nos permitía acceder a una capa más profunda y siempre invisible del alma humana, del mismo modo en que un batimetrista sumerge su sonar en un cuerpo de agua para mapear las profundidades de un océano o un lago.
Ese poema termina con una promesa para el desconocido: «He de procurar no perderte». Es una promesa de permanencia: este efímero momento de intimidad que compartimos tú y yo, dos desconocidos, dejará una huella, seguirá reverberando siempre. Y, en muchos sentidos, creo que hemos cumplido esa promesa con algunos de los desconocidos que hemos encontrado y grabado a lo largo de los años: sus voces y sus historias regresan siempre para rondarnos. Pero nunca imaginamos que ese poema, y especialmente ese último verso, fuera además una advertencia en forma de moraleja para nosotros. Concentrados como estábamos en coleccionar intimidades de desconocidos, dedicados a escuchar tan atentamente sus palabras, nunca sospechamos que el silencio se iría ensanchando lentamente entre nosotros. Nunca imaginamos que, un día, terminaríamos por perdernos el uno al otro entre la muchedumbre.
GRABACIONES Y SILENCIO
Al cabo de casi cuatro años de grabaciones e inventarios, teníamos un archivo lleno de fragmentos de vida de absolutos desconocidos, pero casi nada de nuestra propia vida compartida. Ahora que estábamos por dejar atrás un mundo entero, el mundo que habíamos construido, no teníamos casi ningún registro, ningún paisaje sonoro de nosotros cuatro: la radio por las mañanas y los últimos ecos de nuestros sueños mezclándose con las crisis mundiales, los descubrimientos, las epidemias, el despiadado clima; el molinillo de café, los granos convirtiéndose en polvo; la ignición de la estufa generando un aro de fuego sobre la hornilla; el borboteo de la cafetera; los baños eternos que se daba el niño y la voz insistente de su padre, «Apúrate, vamos tarde»; las conversaciones pausadas, casi filosóficas, entre nosotros y los niños de camino a la escuela; el rechinido metálico del metro antes de detenerse y más tarde, en el vagón, el trayecto por lo general silencioso que hacíamos mi marido y yo hacia nuestras grabaciones de campo; el zumbido de las calles atestadas donde mi marido pescaba algún ruido extraviado con su boom en alto mientras yo me acercaba, grabadora en mano, a los desconocidos, tratando de capturar la corriente de todas sus voces, sus acentos e historias; el cerillo encendiéndose cuando mi marido prendía un cigarro y el largo siseo de la primera calada, entre los dientes apretados, antes de la lenta, aliviada, exhalación; el extraño ruido blanco que producían los grupos de niños en los parques infantiles —vórtice de histeria, enjambre de llantos— y, entre ellos, las voces nítidamente aisladas de nuestros hijos; el silencio fantasmal que se tiende sobre los parques cuando anochece; el alboroto y el crujir de los montículos de hojas secas en el parque, donde la niña busca gusanos, tesoros, cualquier cosa que siempre es nada, porque lo único que hay bajo las hojas son colillas de cigarros, mierdas fosilizadas y decenas de bolsitas ziploc —con suerte vacías— donde los dílers transportan coca o heroína; la fricción de las ráfagas de viento del norte contra nuestros abrigos cuando llegaba el invierno; el esfuerzo de nuestros pies al pedalear las bicicletas oxidadas a lo largo del río Hudson cuando llegaba la primavera; el afanoso jadeo de nuestros pechos al respirar los vapores tóxicos que emanaban de las aguas grises del río, y la silenciosa hostilidad que transmiten los hombres y las mujeres que salen a correr con demasiado esmero; los graznidos de los gansos canadienses errantes que desde hace unos años decidieron alargar su estadía migratoria; la sarta de instrucciones y regaños soltadas por los ciclistas profesionales, todos ellos hombres de mediana edad y en crisis de testosterona: «¡Muévete!», y «¡Voy a la izquierda!»; y, en respuesta a eso, mi voz, ya fuera murmurando débilmente «Disculpe, señor, disculpe» o bien vociferando insultos a voz en cuello —ahogados sin embargo, casi siempre, por los impetuosos vientos del oeste de la isla—; y, por último, todos los huecos sonoros en esos momentos que pasábamos a solas, coleccionando fragmentos del mundo como cada uno sabe hacerlo. El sonido de todo y de todos los que alguna vez nos rodearon, el ruido al que contribuimos y el silencio que dejamos atrás.
FUTURO
Y luego el niño cumplió diez años. Lo llevamos a comer a un buen restaurante y le dimos regalos (ningún juguete). Yo le regalé una cámara Polaroid y varias cajas de película, tanto en blanco y negro como a color. Su padre le regaló un kit para el viaje: una navaja suiza, unos binoculares, una linterna y una pequeña brújula. A petición suya, además, accedimos a desviarnos del itinerario originalmente planeado y pasar el día siguiente, el primero de nuestro viaje, en el Acuario Nacional de Baltimore. El niño había hecho una presentación en clase sobre Calipso, la tortuga de 230 kilos a la que le falta una aleta y que vive en aquel acuario, y se había obsesionado con ella desde entonces.
Esa noche, después de cenar, mi esposo hizo su maleta, yo hice la mía, y dejamos que los niños hicieran las suyas. Una vez que los niños se durmieron, yo volví a empacar por ellos. Habían empacado cualquier cosa. Sus maletas eran desastres duchampianos portátiles: ropita miniatura para una familia de osos miniatura, una espada láser rota, la rueda suelta de un patín, bolsas de plástico con cualquier cantidad de cositas de plástico. Mi esposo y yo alineamos las cuatro maletas junto a la puerta, junto a nuestras siete cajas y nuestro equipo de grabación.
Cuando terminamos, nos sentamos en la sala y compartimos un cigarro en silencio. Yo había subarrendado el departamento a una pareja, que se quedaría ahí durante el mes, y el espacio ya se sentía más suyo que nuestro. Fue extraño imaginar a otras personas habitando ese espacio pequeño pero luminoso donde nos convertimos los cuatro en una familia, y pensé con algo de miedo y con tristeza que estábamos por abandonar nuestro centro gravitacional. ¿Y luego qué?
Supongo que todas las historias comienzan y terminan con un desplazamiento; que todas las historias son en el fondo una historia de traslado: nuestra mudanza hace cuatro años; las mudanzas previas de mi marido y también las varias mías; las mudanzas, exilios y migraciones de cientos de personas y familias que habíamos entrevistado para el proyecto del paisaje sonoro; la diáspora de niños refugiados cuya historia iba a intentar documentar; y los despojos y desplazamientos forzados de los apaches chiricahuas, cuyos fantasmas mi esposo comenzaría a perseguir en breve. Todo el mundo se va, si necesita irse, o puede irse, o tiene que irse. Y al día siguiente, después de desayunar, lavamos los platos que quedaban y nos fuimos.