Criaturas canela
Juan Mt
Pensaba que me iba a morir de tanto...
Atardecía en la montaña como en tantas otras lo hacía al mismo tiempo. Creo que lo especial de la mía era el calor que todavía irradiaba la tierra. La humedad combinada con la naturaleza, me azotaba el cuerpo que se defendía desesperado con sudor oliente a polvo y hierbas salvajes. Caminaba entre ensoñaciones y pulsos cardíacos frenéticos. Sentía ardor en mi espalda y en las piernas donde pequeños cortes me recordaban que vivía y que la vida montana era silvestre, más cuando se combinaba con las bestias del atardecer y la noche; aquellas criaturas color canela de ojos profundos que emanaban fuego desde el primer parpadeo al primer rayo del amanecer.
Sabía que entrar con la guardia baja entre el espesor del bosque seco representaba un riesgo. Por un lado estaban los peligros agudos de espinas y aguijones de plantas y alimañas, y por otro lado estaban las criaturas canela. Estas últimas, siempre acechantes entre los matorrales sin contacto directo de ojos pero con intenciones firmes de llevarse tu vida entera. Los motivos de haber entrado a tal aventura no responden a lógica alguna, simplemente tenía sed pero no de agua, quería beberme la excitación de sentir la vida al borde de la nada, una caída libre al infinito de la montaña.
No reparaba en la prontitud con que se desarrollarían los hechos que me hicieron caminar momentos más tarde como perdido entre sueños. No calculaba que apenas al cruzar los primeros árboles rebosantes de hojillas, en otros tiempos más espinas que follaje, me convertiría en prisionero de la búsqueda de un horizonte que no llegaría. Sin embargo, la sed, aquella que me había llevado a entrar, estaba por ser saciada, si no por una tarde, quizá para siempre.
Sigilosa, entre las pocas hojas secas que le ayudaban a viajar en absoluto silencio, me perseguía una criatura de color canela. Sus ojos, me habían fijado como objetivo desde el momento en que contemplaba la vastedad del bosque. Caminaba deteniéndose suavemente y se detenía para espiar, mientras se escondía tras alguna roca o un matorral. Se aproximaba más, esperaba a que fuera más adentro de la espesura, que nada pudiera arrebatarme de su ataque. Tranquila calculó y se abalanzó sobre mi cuerpo, llevándome directo al suelo.
Violentamente me di la vuelta para defenderme pero la acción me llevó a encontrarme directamente con unos ojos oscuros, tranquilos, cautivantes e inmovilizadores. Nunca había visto a las criaturas canela de las que solo los susurros hacían canciones, pero esta vez estaba a merced de una de ellas. De un atractivo angustiante y una firmeza evidente al primer contacto, solo me invitaba a rendirme ante su poder. Los brazos y las piernas largas, esbeltas pero fuertes junto con sus caderas apenas prominentes pero de aspecto insaciable destacaban a este ser de aspecto canela y de olor a hierbas de verano. La melena lacia y negra escurría por sus hombros de apariencia suave y su mirada, su mirada no se apartaba de mis propios ojos.
Lentamente acercó su cara hacia la mía. El mordisco que sobrevino a la aproximación desató un vendaval que recorrió mi cuerpo de arriba a abajo con calor y frío. Llevándose mi sangre a aquellos lugares que hasta hacia fracciones de segundo, todavía dormían. La criatura canela me lamió desde los labios hasta la cintura, sujetando mis brazos sin dejar posibilidad a la liberación. Luego, volvió sobre el camino que anduvo su lengua unas cuantas veces más y apenas jugueteó cerca de mi única arma disponible para la batalla. En cambio, fue despacio hacia arriba. Abrió sus piernas para colocarse sobre mi cuerpo y siguió desplazándose hacia arriba hasta que su área de fuego quedó sobre mi boca. Se dejó caer suavemente y me dejó beber de ese líquido apenas salado, apenas dulce pero caliente que salía del interior de su cuerpo.
Pasé un rato comiéndole de a poco y de a mucho. Buscaba el pequeño interruptor de vida que escondía entre sus pliegues y cada vez que lo succionaba o lo anolaba, la criatura canela emitía suaves gemidos al aire ardiente del bosque, mientras su cuerpo se movía despacio, sin prisa. Pasados unos instantes, se giró al lado contrario de donde estaba su mirada para esta vez regocijarse entre mis muslos, al tiempo que comía de mi cuerpo tan profundo que nos conectábamos en un figura numérica infinita.
El tiempo pasaba en alguna otra parte del mundo pero ahí, en ese espacio particular de la montaña y del bosque, el tiempo no existía. Solo el calor que irradiaban nuestros cuerpos de tanto devorar nuestros lados opuestos. En todo momento, solo fui presa de su control y forma de arrebatarme pedazos de vida. En un momento estuvo de nuevo viendo mis ojos, mientras se colocaba en mi para subir y bajar. Me tocaba, me mordía, me besaba, hacía todo lo posible para que yo sintiera la muerte cerca pero sin morirme todavía.
Cuando decidió levantarse, me tomó las manos y me incorporé. Me guió con ella hacia unas rocas donde apoyó una de sus piernas, mientras su espalda arqueada me indicaba lo que tenía que hacer. Entonces, me aproximé y volví a conectar mi cuerpo con el suyo. Esta vez, tomé el control de su vida jalando su mechón de cabello para que el arrebato tuviera fuerza. No me olvidé de devolver cada una de las agresivas mordidas, cada rasguño que ardía en mi cuerpo. Solo quería devolver la vida para acercarle también a la muerte. Al igual que ella, también me detenía para prolongar ese momento.
Entre los salvajes contactos de nuestras pelvis, dejé por un momento de estar dentro de ella para arrodillarme y cual figura religiosa, hundí mi cara entre los pliegues de sus muslos y los lamí completamente hasta llegar a su área de fuego. Luego, me puse de pie de nuevo y en un arrebato de furia, volví a conectarme con fuerza. Llevándola al suelo en un frenesí imparable que terminó con un grito de liberación y nuestras existencias todavía conectadas, acariciando la hojarasca.
Respiramos un momento el olor del bosque y del universo. Nos acariciamos las almas sin vernos a la cara y luego dormimos. Cuando desperté, la criatura canela me miraba con aquellos ojos eternos. Me extendió una mano para ponerme de pie y me llevó en silencio hacia el borde del bosque. Una vez ahí, me empujó para salvar la vida que apenas unos instantes antes había perdido entre su ser.
Mi montaña había sido mía siempre. Ni las criaturas habían podido arrebatarme ese sentimiento de pertenencia. Solo que esta tarde pensaba por primera vez que quizá era al contrario, que yo era de la montaña y las criaturas también, juntos como si fuéramos el mismo bosque que se extiende abriendo su abrigo, protegiendo la piel brusca de roca y arcilla de cada coloso que se saluda de cima en cima. Así de profundas eran mis ensoñaciones. El ardor seguía mi cuerpo recordándome que aquel día había muerto una sola vez.
Xalapa a 6 de julio de 2023
Crédito de la imagen: Jonathan Meza