Costumbres en común

Costumbres en común


Introducción de Julio Martínez-Cava

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El mercado es en verdad una metáfora soberbia y desconcertante de las energías que quedaron en libertad y de las necesidades (y opciones) nuevas que se crearon a resultas de las formas capitalistas de intercambio, escondidos todos los conflictos y todas las contradicciones. El mercado es (cuando se contempla bajo este aspecto) una máscara que llevan unos intereses determinados, que no coinciden con los de «la nación» o «la comunidad», pero a los que interesa, sobre todo, dar la impresión de que sí coinciden. Los historiadores que suponen que tal mercado existía realmente deben mostrárnoslo en los anales. Una metáfora no basta, por espléndido que sea su linaje intelectual.

III

Veamos seguidamente el asunto del papel que interpretaban las mujeres en los motines de subsistencias. En 1982 Jennifer Grimmett y Malcolm I. Thomis publicaron un útil capítulo sobre el tema,[775] en el cual preguntaron cuál de los dos sexos interpretaba un papel más destacado, aunque dejaron la pregunta sin respuesta. Kenneth Logue, en un estudio sobre las «chusmas de la harina» en Escocia, comprobó que las mujeres eran muy activas, aunque representaban solo el 28 % de las personas que comparecieron ante los tribunales. Pero posiblemente esto se debió a que «era menos probable que las procesaran que a sus colegas masculinos», de modo que, una vez más, la pregunta queda sin respuesta.[776] En 1988, John Bohstedt quiso dar una respuesta concluyente en un notable artículo que pretende demoler «el mito del motín de subsistencias femenino».[777]

He aquí las conclusiones de Bohstedt:

Las mujeres no dominaban los motines de subsistencias; estos motines no eran una esfera claramente femenina […]. Típicamente, las mujeres se unían a los hombres en los motines de subsistencias […]. La cooperación de las mujeres con los hombres es mucho más significativa que el monopolio que sugiere la creencia más antigua. Las mujeres eran compañeras significativas de los hombres en los motines relacionados con el pan en parte porque eran compañeras esenciales en la tarea de ganar el sustento de la unidad doméstica en la sociedad preindustrial y en parte porque tales motines seguían siendo un método político eficaz en las ciudades tradicionales y estables de tamaño entre pequeño y mediano.

Estas conclusiones se sostienen de dos maneras. En primer lugar, John Bohstedt presenta lo que se pretende que son estadísticas depuradas de todos los motines habidos en Inglaterra y el país de Gales entre 1790 y 1810. En segundo lugar, introduce algunas páginas de especulación sobre el papel de los dos sexos en la economía doméstica protoindustrial.

Ya he expresado la admiración que siento por el importante estudio de los motines que hizo Bohstedt. Y en este nuevo artículo hay material interesante. Pero oscurece tantas cosas como revela. La primera dificultad es que no hay ningún «mito del motín de subsistencias femenino» que deba demolerse. Nadie, ningún historiador, ha sugerido jamás que los motines de subsistencias fueran un «monopolio» de las mujeres o que fuesen predominantemente femeninos, y Bohstedt no puede mostrar ninguno que lo fuera. Lo más que puede hacer es censurar a Barbara y J. L. Hammond porque (en 1911) escribieron sobre el crítico año de 1795 diciendo que fue el año de «la revuelta de las amas de casa», debido al «papel conspicuo que las mujeres desempeñaron» en los motines de subsistencias.[778] Eso no constituye un «mito», de manera que nos empujan hacia una polémica espuria. Quizá los historiadores anteriores no siempre hayan prestado suficiente atención al papel de las mujeres en los motines, pero la mayoría de ellos han coincidido en afirmar que las mujeres eran muy visibles en los motines y participaban con frecuencia en ellos. Dado que todos los historiadores muestran motines en los cuales los hombres también eran muy visibles, o en los cuales los hombres y las mujeres actuaban juntos, nadie ha sugerido que los motines de subsistencias fueran «una esfera claramente femenina».

Empujado por el vivo deseo de expulsar del campo a este adversario mítico, Bohstedt introduce sus cuadros. Con gran laboriosidad ha reunido una «muestra» de 617 motines entre 1790 y 1810 y la utiliza en varias maniobras estadísticas. No sé qué decir al respecto. Hay veces en que sus cifras son útiles: por ejemplo, al mostrar una división aproximada entre las diferentes ocasiones de motín. Y Bohstedt es un erudito cuidadoso que a veces recuerda las limitaciones de sus datos. Pero, en general, su historia se hace menos creíble cuanto más se rinde él ante sus propias cifras y cuanto más se aleja de las fuentes «literarias» y contextuales. Esto se debe a que gran parte de los datos son demasiado confusos para introducirlos en un cuadro, donde las definiciones han de ser claras. Y cuando examinas algunas de las cifras de John Bohstedt, lo que está en discusión puede parecer absurdo. De sus 617 motines logra identificar 240 como de subsistencias. Estos se dividen a su vez en:

Si se deduce D y se juntan A y B, entonces 77 de 158, es decir, el 49 % de estos motines de subsistencias tuvieron participación femenina y el 51 %, no. De modo que, si se quisiera afirmar que las mujeres tomaron parte en «la mayoría» de tales motines, se cometería un error de un 2 %. Pero, juntando B y C, se descubriría que 123 de 158, lo que representa el 78 %, tuvieron participación masculina, lo cual podría ser un paso hacia la creación de un mito del motín de subsistencias masculino que una generación posterior de ordenadores debería demoler.

Cuando Bohstedt se brinda a utilizar estas cifras en maniobras más complicadas (tales como los cocientes de violencia y desorden), sin duda hace reír a toda persona que esté familiarizada con el material que usa. Permítanme explicar algunas de las dificultades. Ante todo, hay que señalar las dificultades con que se tropieza para hacer un recuento digno de confianza. Son conocidas y se han comentado con frecuencia.[779] Bohstedt extrae su muestra del Annual Register, de dos periódicos de Londres y de las cartas enviadas al Ministerio del Interior para dar cuenta de desórdenes (HO 42). Se trata de un estudio amplio, pero la información provincial de la prensa de Londres era fragmentaria, cabe que los jueces de paz no siempre desearan poner los asuntos locales en conocimiento de las autoridades centrales, la muestra tiende a destacar demasiado los incidentes dramáticos o violentos en detrimento de los más pacíficos (de ahí la posibilidad de que no informe debidamente de la participación de las mujeres), etc. Cuando se compara con estudios regionales que sacan su material de fuentes locales, la muestra de Bohstedt presenta un recuento insuficiente. Alan Booth, en un estudio minucioso de los motines de subsistencias habidos en el noroeste de Inglaterra durante los mismos años, da cuenta de cuarenta y seis disturbios de los cuales solo doce aparecen en la muestra de Bohstedt. Booth añade que «en la mayoría de los motines donde se dejó constancia de la composición sexual parece que las mujeres fueron a la vez más numerosas y especialmente activas», y a continuación cita trece ejemplos. Por consiguiente, los ejemplos de Booth (que él no pretende sugerir que sean exhaustivos) superan el total del recuento de motines de subsistencias de todas las categorías que hizo Bohstedt y que tienen que quedarse cortos al reflejar la presencia femenina.[780]

Seguidamente, debemos tener en consideración la naturaleza de los datos que se emplean. ¿Cómo es que en ochenta y dos casos (es decir, más de la tercera parte de la muestra) se desconoce el sexo de los amotinados y en qué medida son concluyentes o confusos los datos en los ochenta y un casos de solo hombres? Los datos se expresan a menudo utilizando un lenguaje sexualmente indeterminado: «amotinados», «la chusma», «los pobres», «los habitantes», «el populacho». Veamos una carta del 12 de julio de 1740 procedente de Norwich y publicada en el Ipswich Journal que describe un motín por parte del «pueblo llano», «lo más humilde del pueblo», «la multitud»:

Sobre las ocho de la noche el alcalde encerró a tres de cuatro alborotadores en la cárcel; el cual acto enfureció tanto a la chusma que abrieron la cárcel por la fuerza, liberaron a sus compañeros, y apenas dejaron un cristal en toda la cárcel […]. Dicen que ante este ultraje de la chusma, un gentleman irreflexivo arrebató el mosquete de un dragón y atravesó con un disparo la cabeza de un hombre. Ya podéis imaginar cómo esto enfureció al populacho; y la consecuencia del trabajo de aquella noche fue: tres hombres, un muchacho y dos mujeres muertos a tiros.[781]

Este informe empieza siendo indeterminado (D), se vuelve masculino (C) en «Alborotadores» y pasa decididamente a (B) —mujeres y hombres— solo cuando los dragones, al disparar a bocajarro contra la multitud, sacan una muestra al azar. Entre todo el vocabulario indeterminado («chusma», «populacho») y masculino, la primera mención de las mujeres en un informe largo es cuando dos de ellas son muertas a tiros. En 1757 una multitud parecida y sexualmente indeterminada se presentó ante un molinero de Hereford e insistió en registrar la casa y el molino en busca de cereales. El molinero se negó:

Pese a ello, persistieron en hacer otro registro, diciendo que si no tenía nada de cereales, tendría algo de dinero, y ante semejante declaración fue necesario hacer fuego contra ellos y cuatro mujeres y dos hombres resultaron heridos, lo cual hizo que el resto se dispersara.[782]

Una y otra vez los informes sobre «chusmas» dejan el sexo sin determinar hasta el momento en que alguna acción o las detenciones hacen que los individuos resulten visibles. Y no es esto indicio de un sesgo sexista por parte del autor del informe. El sesgo (suponiendo que lo haya) es más probable que esté en la mente del historiador o del lector del siglo XX, cuyas expectativas, cuando lee algo sobre «chusmas», son de multitudes integradas por hombres, y que lee las crónicas de acuerdo con ello. Quizá en las postrimerías del siglo XIX «la chusma» se convirtió en un sustantivo masculino. Pero la imagen que estos nombres colectivos evocaban en la mente de las personas del siglo XVIII era muy diferente: la palabra «chusma» hacía pensar en mujeres, hombres y (a menudo) jóvenes, especialmente chicos. Me parece probable que el cuadro de Bohstedt sea engañoso y que muchos de los motines de la columna (D) (sexo desconocido) y algunos de la (C) (solo hombres) fueran mixtos.

Asimismo, estas cifras que entran en los cuadros, ya procedan de la prensa o de una carta al Ministerio del Interior, normalmente dan cuenta de un determinado momento del motín —quizá su punto crítico— y raramente describen su evolución. No obstante, un motín puede tener varias fases: puede empezar, por ejemplo, con lo que hacen las mujeres, después los hombres se unen a ellas y al final se quedan solos. A mi modo de ver, hay dos situaciones en las cuales cabe esperar que una multitud sea predominantemente masculina. La primera es cuando grupos de trabajadores disciplinados, acostumbrados a actuar juntos, inician el motín: este puede ser el caso de los mineros del carbón, los barqueros, los estañeros de Cornualles y los marineros. En el segundo caso, cuando se espera un conflicto serio con las autoridades, a veces parece que las mujeres retroceden, o quizá es que los hombres les piden que retrocedan.

Sin embargo, los datos no son tan ordenados como esto sugiere. Los mineros y los estañeros eran arquetipos del amotinado masculino, pero también es notorio que toda la comunidad participaba en sus movimientos. De la «chusma» de Kingswood se suele pensar que era masculina, por ejemplo, ante el hecho de que destruyó las barreras de portazgo y puertas de peaje. Pero a veces su resistencia a la autoridad parecía más un levantamiento de todo el distrito. Durante los motines contra el impuesto sobre la sidra en 1738 los funcionarios se encontraron con «la resistencia de aquella pandilla de salvajes con armas de fuego»: «Hay ahora en el bosque no menos de 1.000 hombres, mujeres y chicos en armas, destruyendo todo lo que encuentran a su paso».[783] En 1740, los mineros de Kingswood hicieron una marcha hasta Bristol y se manifestaron contra el precio del trigo ante la Casa del Consejo, dejando atrás «su habitual armamento de garrotes y bastones», pero acompañados de «algunos tejedores, esposas de mineros y abundancia de otras mujeres».[784] Tanto la ausencia de «armamento» como la presencia de mujeres inducen a pensar (en esa ocasión) en el propósito de valerse de métodos pacíficos.

En 1740, hubo en el noreste una oleada de motines de subsistencias cuya culminación fue el saqueo del Ayuntamiento de Newcastle. (Véanse las pp. 136-137 y 326). Poceros y barqueros destacaron en los hechos y a primera vista podría parecer un motín de hombres. Pero un examen más detenido demostrará que la presencia masculina alternaba con la femenina. Las acciones regionales contra la exportación fueron iniciadas en Stockton por «una señora con un palo y un cuerno». (Véase la p. 329). Mujeres además de hombres tomaron parte en el abordaje de naves cargadas de trigo y obligaron a descargarlo y entregarlo a la multitud que esperaba en la playa.[785] Cuando —después de tres semanas de bloqueo popular de la exportación— el sheriff reunió el posse comitatus contra ellos, los habitantes de Stockton, en número de tres mil, «llamaron a los mineros de Ederly y Caterhorn».[786] Mientras tanto, se habían registrado disturbios de escasa importancia en Newcastle-upon-Tyne, en los que participó un grupo de mujeres «incitadas por un líder que se hacía llamar “Generala” o Jane Bogey, repicando campanas y obstaculizando el paso de los caballos que transportaban cereales por la ciudad».[787] Después de que cinco mujeres fueran encarceladas,[788] los disturbios de Newcastle se calmaron, pero rebrotaron a escala mucho mayor a mediados de junio, con la participación de barqueros y poceros (que abandonaron sus pozos). En la primera fase, «un grupo de trescientos o cuatrocientos hombres, mujeres y niños» entró en la ciudad y exigió trigo a bajo precio; entraron por la fuerza en algunos graneros y la multitud marchó triunfalmente por las calles lanzando vítores y haciendo sonar instrumentos de viento. Los magistrados llamaron y armaron a los Vigilantes y se practicaron algunas detenciones; la multitud aparece entonces en las crónicas cada vez más masculina, con «mineros, carreteros, herreros y otros trabajadores comunes», bien armados de garrotes, abriendo por la fuerza el depósito de detenidos y liberando a los presos, y marchando muy disciplinadamente por la ciudad con tambores, gaitas y banderas simuladas.[789]

Habría más episodios, las fuerzas del orden abrirían fuego contra la multitud y esta atacaría el ayuntamiento. Mi propósito es ilustrar la evolución de una multitud que participa en un motín de subsistencias, a la que ahora pueden incitar unas mujeres, luego puede dar cabida a ambos sexos y a edades diversas y que finalmente (cuando llega el momento de rescatar a alguien y enfrentarse a las autoridades) se vuelve predominantemente masculina. Pero no hay que estereotipar nada de todo esto. El historiador más cuidadoso del suceso observa que al papel de las mujeres y los niños se le quitaba importancia en investigaciones posteriores, a la vez que se exageraba el de los poceros. Las mujeres contribuyeron a episodios de violencia, así física como verbal, entrando por la fuerza en los graneros y una mujer se postró de rodillas ante los magistrados y gritó: «¡Sangre por sangre!».[790] Las autoridades trataron con la máxima dureza a las mujeres que habían descargado trigo de un barco en Stockton,[791] mientras que en Newcastle seleccionaron a los poceros para procesarlos y dejaron en paz a las mujeres.

Vemos aquí a comunidades enteras en acción, con uno de los dos sexos destacando al asumir cada uno de ellos un papel diferente. El episodio podría incluirse en cualquiera de las categorías de John Bohstedt según el momento en que se informase de él. También vemos que la multitud podían integrarla diferentes elementos que desempeñaban de modo consciente papeles diferentes en cooperación unos con otros. Hay otras ocasiones en que se informa de que el «pueblo» llamó a los mineros para que le ayudaran. En los motines contra la exportación que hubo en Saint Asaph (Flint) en 1740 se dijo que a los «hombres, las mujeres y los niños» se les unieron «varios mineros del carbón y de otra clase»; no solo eso, sino que se alegó que los mineros «pertenecientes» a sir Thomas Mostyn fueron despedidos deliberadamente, les dieron garrotes y les alentaron a formar parte. Acabaron dominando por completo las cosas y marcharon juntos bajo los colores de Mostyn y gritando «¡Un Mostyn!».[792] En Coventry (1756) los pobres —es de suponer que de ambos sexos— «dieron palmaditas en la espalda de los mineros y les instaron a terminar lo que habían empezado».[793] Y en Nottingham, en el mismo año, los mineros negociaron un acuerdo con el alcalde y luego, cuando salían de la ciudad, «varias mujeres […] les dieron dinero para que volviesen y les mostraron un molino de viento […] que tenía piedras francesas». Los mineros, deseosos de complacerlas, destruyeron varios molinos de los alrededores.[794] En los motines contra la exportación en Poole (Dorset) en 1737 (en cambio) la acción estuvo a cargo de las mujeres, y los hombres las apoyaron y juraron que «si alguien se atreve a molestar a alguna de las mujeres en sus acciones» reunirían a un gran número de hombres y destruirían tanto los barcos como los cargamentos (p. 329).[795]

Dos ejemplos poco corrientes de apoyo de un sexo al otro proceden de Escocia. En enero de 1813 en Montrose los magistrados trataron de forzar a los carreteros de la ciudad a cargar cereales en los barcos y los carreteros prometieron a regañadientes que así lo harían; pero (¡sorpresa!), al volver a casa, se encontraron con que no podían entrar, porque sus esposas habían cerrado los establos con llave o enviado los caballos a otra parte. En 1801, en Errol, los Voluntarios recibieron la orden de salir a la calle para una posible intervención contra una «chusma de la harina». «Cuando se disponían a desfilar, algunas de las mujeres, principalmente las esposas y las madres de los Voluntarios, les quitaron las armas, pero se las devolvieron inmediatamente». La multitud apedreó entonces una posada impunemente y, según sugiere Kenneth Logue, «puede ser que las mujeres sencillamente quitasen parte del mecanismo de disparo, con lo cual inutilizaron las armas y relevaron a los Voluntarios de la desagradable tarea de abrir fuego contra sus propios paisanos».[796]

Una serie de acciones más compleja se describió en Exeter en 1757:

El pasado día de mercado algunos agricultores pidieron 11 chelines por bushel de trigo y acordaron entre ellos subir el precio hasta 15 chelines y luego resistir. Pero los griegos (que así llaman a los habitantes de Saint Sidwell’s), al tener noticia de este complot, mandaron a sus esposas en gran número al mercado, decididos a no pagar más de 6 chelines por bushel, y, si no querían venderlo a ese precio, tomarlo por la fuerza; y las esposas que no estuvieran conformes con ese acuerdo serían azotadas por sus camaradas. Habiendo tomado esta decisión, marcharon hacia el mercado del trigo y arengaron a los agricultores de tal manera que bajaron su precio a 8 chelines y 6 peniques. Llegaron los panaderos y se lo hubiesen llevado todo a ese precio, pero las amazonas juraron que al primer hombre que lo intentase lo llevarían ante el alcalde, y los agricultores, al oír esto, juraron que traerían más al mercado; y las vehementes hembras amenazaron a los agricultores diciéndoles que si no cumplían su juramento, ellas vendrían y se lo llevarían por la fuerza de sus almiares. Los agricultores cedieron y lo vendieron por 6 chelines, con lo cual los tejedores y los peinadores de lana pobres se alegraron.[797]

Es dudoso que los «griegos» pudieran «mandar a sus esposas» a llevar a cabo una serie de acciones practicadas tan hábilmente sin un previo acuerdo mutuo sobre el papel de los dos sexos: el cual (en este caso) dejaba la acción y el trabajo de pensar a las mujeres y solo la tarea de comer a los hombres.

Otra dificultad (insuperable) es que los datos sacados de los años 1790-1810, por muy hábilmente que se cuenten, no pueden servir de base para generalizaciones sobre la presencia femenina en los motines de subsistencias que tuvieron lugar a lo largo de un periodo de más de doscientos años. Después de 1812, los motines de esta clase, en la mayor parte del país, cedieron su puesto a otros tipos de protesta (política, sindical). De modo que John Bohstedt ha sacado sus cantidades de las últimas etapas del motín tradicional, en el cual —según arguye él mismo— puede que el papel de las mujeres estuviera cambiando. Como mínimo, las generalizaciones tendrían que apoyarse en un repaso de los datos correspondientes a los siglos XVII y XVIII.[798]

En vez de intentar ese repaso, John Bohstedt salta a un argumento totalmente distinto. Expresa dudas sobre si las mujeres tenían un lugar significativo en el mercado. De hecho, siguiendo la moda que impera en el mundo académico occidental, la moda de presentarse como más feminista que tú, sugiere que quienes afirman que las mujeres participaban en el mercado son vendedores de estereotipos sexistas. Yo soy uno de los blancos de su desprecio, toda vez que en mi ensayo, al mismo tiempo que llamaba la atención en especial sobre el papel muy activo de las mujeres, había sugerido que una de las razones de ello podía ser el hecho de que fueran «las más involucradas en la compra y venta cara a cara, las más sensibles a la trascendencia del precio, las más experimentadas en detectar el peso escaso o la calidad inferior» (p. 330). Bohstedt discute esta afirmación: «Es un error anacrónico suponer que el papel de las mujeres en los motines de subsistencias nació de algún papel especial de la mujer como la compradora de la familia. En ninguna parte se encuentran pruebas de la frecuente suposición de que en este periodo las mujeres eran las principales compradoras». «Las mujeres plebeyas eran productoras y ganadoras de ingresos y no amas de casa y compradoras no asalariadas y limitadas por su sexo al papel más moderno de “hacer hogar”».[799] A decir verdad, Bohstedt se indigna ante el estereotipo inventado por él mismo: «Las mujeres no eran simplemente furias hogareñas que se secaban las manos y se iban al mercado o se encendían allí como multitud de compradoras». No trata de demostrar quién se encargaba de comprar las provisiones ni cómo,[800] sino que, en vez de ello, formula hipótesis sobre las relaciones «casi de igualdad» entre las mujeres y los hombres en la economía doméstica protoindustrial.

Estoy de acuerdo en que «amas de casa» y «la compra» son (en sus acepciones actuales) términos anacrónicos, aunque yo no utilicé ninguno de ellos. Tengo una pequeña dificultad que estriba en que no considero que las habilidades que intervienen en ir al mercado o encargarse del hogar carezcan de importancia y sean inferiores, aunque es verdad que las culturas dominadas por los hombres pueden hacer que lo parezcan, y luego traten de limitar a las mujeres a papeles «inferiores». Pero en realidad hay aquí dos interrogantes: uno empírico —¿quién hacía la compra y cómo?— y otro teórico sobre la economía doméstica protoindustrial, y nos ocuparemos de ellas siguiendo ese orden.

No hay ninguna fuente única a la que se pueda acudir para determinar los papeles de los sexos en el mercado. Desde luego, las mujeres se hallaban presentes como vendedoras de comestibles, aunque pocas de ellas eran comerciantes autorizadas.[801] Cabría esperar que, en una ciudad con mercado, encontráramos multitud de vendedores de aves de corral, huevos, mantequilla, verduras, fruta y otros artículos producidos localmente, y la mayoría de estos vendedores eran mujeres: las esposas, hijas y criadas de los agricultores del lugar, mientras que otras serían comerciantes modestas de la clase trabajadora. En un mercado gobernado estrictamente, algunas de estas personas podían pagar un tributo por su puesto de venta —por ejemplo, en la Butter Cross (véase la lámina XVII)—, pero era más frecuente que expusieran sus mercancías en la periferia.[802] En 1816 un historiador local describió el mercado de Bicester:

He oído decir a muchos de los habitantes ancianos que en otro tiempo veían la colina del mercado completamente cubierta de sacos de trigo y demás; las avenidas que llevaban a ella abarrotadas de esposas de agricultores con sus cestas de mantequilla, huevos y aves de corral.[803]

De hecho, al mercado de aves de corral, fruta y verduras a veces lo llamaban «mercado de las mujeres». Un comerciante experimentado, recordando la década de 1760, describió el próspero mercado turístico de Bath, donde «el agricultor, su esposa, hija o criada» acudía con «la mejor mantequilla de leche, mantequilla de suero de leche, quesos […], cerdos para asar […], tocino […], morcilla y salchichón, abundancia de manteca, mondongo bien limpiado y preparado a mano por una pulcra lechera; aves de corral diversas […], huevos frescos […], fruta, flores, hierbas, miel y los panales, etc., etc.».[804] En la década de 1790 de este comercio ya se estaban encargando «intermediarios, buhoneros, etc.»,[805] y al crecer la prosperidad de los agricultores la gente se quejaba con frecuencia de que «compraban pianofortes para sus hijas, en vez de llevar la mantequilla y los huevos al mercado».[806]

Es menos fácil identificar a los compradores, aunque es indudable que los había de uno y otro sexo. Oxford, que en el siglo XVIII era un mercado de trigo bien reglamentado, tiene muy pocos datos sobre compras pequeñas y los que tiene indican que los principales compradores eran panaderos, molineros y comerciantes. Pero es posible que no se tomara nota de las pequeñas compras. O quizá la gente trabajadora no compraba a menudo un saco de trigo de un bushel de harina.[807] Una investigación sobre Ruth Pierce, que murió en extrañas circunstancias en el mercado de Devizes en 1753, indica que se había juntado con otras tres mujeres para comprar un saco de trigo a un agricultor.[808] Las prácticas eran diferentes en cada región, pero a mediados de siglo en muchas partes del sur y de las Midlands los trabajadores compraban harina o pan en lugar de trigo.[809] Cinco casos relativos a infracciones del Assize of Bread (falta de peso, entre otras) se vieron ante las Quarter Sessions de Oxfordshire, en la Epifanía de 1758, procedentes de Ploughley Hundred, y cuatro de los compradores a quienes se les tomó juramento eran mujeres.[810] El alegato que la Corona presentó en 1766 contra Hester Pitt y Jane Pitt indica que pararon a Mary Cooke en Ruscombe, cerca de Stroud, cuando iba a caballo cargada con dieciséis docenas de panes, la empujaron hasta hacerla caer del caballo y se apoderaron del pan.[811] Esto nos recuerda que en la segunda mitad del siglo las tiendas de panaderos y buhoneros eran cada vez más comunes, que el pan podía transportarse a caballo o en un carro tirado por un caballo, y que los motines podían ser de mujeres contra mujeres.

Los datos de que disponemos me inducen a pensar que en la década de 1790 la gente trabajadora no compraba trigo, harina o pan en el mercado en el día de mercado, sino que obtenía estos productos en otra parte, en posadas, tiendas o panaderías. Catherine Phillips nos dice en 1792 que «antes era costumbre de las esposas de trabajadores y artífices comprar, en los días de mercado, dos o tres galones de malta, con la que quizá se elaboraría una cerveza tolerablemente buena para la mesa y que duraría toda la semana», pero ya empezaban a no hacer esa compra porque el impuesto sobre la malta había hecho que el precio subiera demasiado.[812] Donde la gente acudía al mercado urbano desde cierta distancia quizá utilizaban algún medio de transporte, y las mujeres, los hombres y los niños mayores viajaban apretujados en él; sin duda el marido y la mujer solían recorrer juntos el mercado.

En 1800 un observador se fijó en que un hombre y su esposa acudían a una posada para comprar un cuarto de bushel de trigo, y después de medir el trigo, la mujer le dice a su marido: «John, quiero un poco de dinero para ir a la tienda de comestibles y comprar un poco de té, azúcar, mantequilla».[813] En esta división de los papeles de los sexos, el de la mujer consistía en terminar la compra y el del hombre (sin duda), quedarse en la posada y beber.

Personas de todas las edades, tipos, tamaños y sexos se reunían en un mercado concurrido. La gente elegante iba apartándose a medida que transcurría el siglo; no quería verse apretujada entre los plebeyos y mandaba a sus criados al mercado en vez de ir en persona. (Más que al criado, probablemente enviaban a la cocinera o la ayudanta de cocina a comprar provisiones). Las esposas y las hijas de los cottagers quizá siguieron acudiendo para gastarse en tela, cintas o artículos domésticos los modestos ingresos que obtenían vendiendo huevos o cerezas. (El dinero ganado con estos productos pertenecía a la parte del presupuesto familiar que correspondía a «la rama femenina»). Algunos agricultores se quedaban, se emborrachaban y sus esposas tenían que recogerlos.[814] Había carreteros y palafreneros, vendedores de coplas, quizá uno o dos violinistas y un fullero. Había niños con los ojos muy abiertos y la esperanza de robar una manzana. Había parejas de enamorados, en el único día en que podían verse. Panaderos y molineros, buhoneros e intermediarios, funcionarios del mercado. Y una multitud de compradores, muchos de los cuales eran mujeres. Por regla general, le tocaba a la mujer cocer el pan, elaborar la cerveza y preparar la comida —Mary Collier, la lavandera, reveló con elocuencia los papeles duales de la mujer como asalariada y trabajadora doméstica, en 1739—[815] y desde hace mucho tiempo se da por sentado que la mujer era la principal compradora de provisiones. No se ha demostrado del todo que así fuera, pero si las investigaciones se dirigen en esa dirección, poca duda me cabe de cuáles serán sus resultados.

En cualquier caso, el mercado era una gran ocasión para la sociabilidad. Me atrevo a sugerir que el día de mercado podía incluso ser de diversión. Si las mujeres interpretaban un papel tan importante en relacionar las unidades domésticas unas con otras hasta formar una comunidad, ¿cómo podía ocurrir que no tomasen parte en una ocasión tan importante para la relación social (y los chismorreos) de la comunidad como el mercado? Bohstedt no nos ofrece ninguna prueba, pero sugiere que tanto los ingresos de la familia como las compras necesarias «probablemente los recogía el hombre al hacer el viaje semanal al almacén y al mercado». Bohstedt dice esto pensando en el trabajador pañero o fabricante de clavos «protoindustrial» que trabaja en su propia economía doméstica, pero tiene que recoger las materias primas y entregar el producto terminado al putter-out. Pero el día de entrega de su «pieza» a menudo no era el mismo que el día de mercado. Y en una mayoría de las unidades domésticas hilar fue la parte principal del trabajo de las mujeres hasta la década de 1790 o más tarde, y las mujeres (esposas o solteras) tenían que visitar a su propio putter-out o al tendero que hacía las veces de agente, con la misma frecuencia. Un folleto de 1741 muestra a mujeres de Hampshire, Wiltshire y Dorset acudiendo al mercado en carretas de agricultor y llevando el hilo a los pañeros: «Luego reciben las pocas cosas que necesitan y vuelven a la posada para que las lleven de nuevo a casa». (Podía haber hasta trescientas o cuatrocientas personas pobres, principalmente mujeres, en el mercado haciendo esto).[816] En 1794 un observador bien informado escribió sobre el desaliento de un peón «cuya esposa e hijos vuelven del mercado con la triste noticia de que el hombre de la lana ya no da más trabajo para hacerlo a domicilio».[817]

Si las mujeres solían preparar la comida en la unidad doméstica y si algunos (pero no todos) los motines de subsistencias protagonizados por mujeres tenían objetivos en el mercado, el sentido común induce a pensar que las mujeres sabían mucho de la comercialización de los alimentos. Así parece con frecuencia a juzgar por los informes. En 1740 en Newport Pagnell (en una época en que la multitud bloqueaba las exportaciones), los agricultores vendieron dos carretas de trigo a los agentes. Se disimuló el trigo envasándolo como si fuera queso, pero «algunas mujeres astutas» sospecharon el engaño, pararon las carretas y (acompañadas de otras trescientas mujeres) trabaron un largo y victorioso combate con los agricultores.[818] John Bohstedt desea quitarle importancia a este papel de la mujer en el mercado porque quiere hacer hincapié en el papel productivo de las mujeres en la unidad doméstica protoindustrial, que las hacía «virtualmente iguales a los hombres en la economía y la organización comunales». Las mujeres participaban en los motines, «no en calidad de amas de casa, sino como personas que contribuían plenamente a los ingresos de la familia». «Hay que verlas como protociudadanas y constituyentes de la organización y la economía locales, casi iguales a los hombres en afirmar sus derechos al pan disponible».

No deseo poner en duda la importancia del trabajo de las mujeres en la unidad doméstica dedicada a la pañería o la metalurgia. Pero no hay ninguna razón que les impidiese ser también las principales encargadas de comprar y vender alimentos, del mismo modo que los hombres serían los que con más frecuencia se encargaban de las herramientas y los materiales del oficio. Lo que puede resultar engañoso son los conceptos de «igualdad» y estatus que les aplicamos desde nuestra propia sociedad consciente del estatus y contractual. Estas mujeres (y estos hombres) eran para ellas mismas y no para nosotros: eran protonada. No las acuciaba ninguna idea de igualdad, en sentido competitivo, toda vez que estaban profundamente habituadas a aceptar que los papeles de los hombres y los de las mujeres eran diferentes y que ello no significaba que ninguno fuera más o menos que el otro. Desde luego, había puntos de coincidencia y también ocasiones en que cada sexo (las mujeres con más frecuencia que los hombres) tomaba parte en el trabajo del otro. Pero Bohstedt va demasiado lejos, en su loable intento de poner de relieve la posición independiente de las mujeres, al sugerir que los papeles de los hombres y las mujeres en la economía de la unidad doméstica o del cottage eran casi indistinguibles.[819]

Al contrario; los diferentes papeles de los sexos estaban demarcados firmemente, tal vez tanto más firmemente cuanto que la esfera de responsabilidad de cada sexo contaba con el respeto del otro. Una fuente enfáticamente literaria es el poema «que describe las costumbres de los pañeros» en el West Riding de Yorkshire hacia 1730. Es exactamente una comedia de costumbres sobre los papeles de los sexos en una unidad doméstica «protoindustrial», aunque su categoría es la de pequeño menestral más que la de oficial. En él la comida ciertamente la prepara la señora, con la ayuda de «la aprendiza Bess»: consiste en caldo, tortas de avena, carnero, pan (preparado en casa), pastelillos de fruta y cerveza de elaboración casera. El «maestro» supervisa las necesidades del ramo de tejedores; él o sus hijos (o aprendices) obtienen lana de la región de los Wolds, la llevan a los hilanderos, obtienen apresto, colorantes, etc. La señora debe supervisar la obtención de levadura (tal vez de algún vecino), malta y frutos del lúpulo para elaborar cerveza, jabón y «azul». Bess y ella deben también «sentarse ante la rueda de hilar», teñir, hacer la colada (y lavar la vajilla), llevar a los niños a la escuela e ir luego a buscarlos y supervisar a los trabajadores en ausencia del maestro. Y otra docena de cosas.[820]

Eran exactamente la magnitud y la importancia manifiesta del papel de la mujer, así como sus múltiples responsabilidades, cada una de las cuales exigía habilidades especiales, las que le daban autoridad en la unidad doméstica y respeto en la comunidad. Su trabajo era indispensable y ella lo sabía muy bien. De nada sirve tratar de calificar las esferas de trabajo femenina y masculina en términos de grados de «casi igualdad». Por supuesto, en la esfera pública del derecho, la religión y la propiedad la mujer estaba sometida. Pero en la economía de la unidad doméstica los términos que necesitamos son «autoridad», «valía» y «respeto»: tal vez la paridad y la interdependencia mutua de los elementos que son diferentes.[821]

Si las mujeres destacaron de modo especial en los motines de subsistencias habidos en regiones donde la economía doméstica manufacturera era fuerte, tales como los distritos pañeros, ello se debía en parte a que su papel en esta economía les daba autoridad y confianza en sí mismas. Pero esto no era debido a que los papeles de los sexos fuesen casi indistinguibles. La esfera de autoridad femenina probablemente incluía la mayor parte de la compra y venta de provisiones y dentro de la unidad doméstica las mujeres eran responsables de preparar el pan, elaborar cerveza y alimentar a todos sus miembros. Por lo tanto, eran especialmente sensibles al precio y a la calidad, y eran las primeras en tener que formular economías y estrategias de supervivencia cuando la escasez amenazaba. Este papel hacía que custodiasen la supervivencia de la unidad doméstica tanto como la custodiaban los hombres, que tal vez ganaban la mayor parte de los ingresos de la familia. Hablaban de sus problemas, enfados o ansiedades con otras mujeres, no solo en el mercado, sino en las ocasiones que diariamente se presentaban en el vecindario. Alice Clark escribió hace mucho tiempo que esto favorecía «la formación de una opinión pública femenina sobre los acontecimientos del momento». De esta manera se vinculaban las unidades domésticas y se preparaba el núcleo para las acciones directas.[822]

Al quitarle importancia a este papel y fijar su análisis sobre el papel de las mujeres como ganadoras de ingresos en la unidad doméstica manufacturera, Bohstedt —muy en contra de sus propias intenciones— hace una crónica casi condescendiente de las mujeres como participantes en motines: «Típicamente, las mujeres se unían a los hombres en los motines de subsistencias» (p. 416, la cursiva es mía). Se sugiere que las mujeres expresaban su solidaridad con los hombres, como «casi iguales» suyos que eran. Pero los datos que tenemos no producen esa impresión. En estas cuestiones, las mujeres eran a menudo las líderes de la opinión de la comunidad y las que iniciaban las acciones; a veces eran las únicas ejecutantes de tales acciones y los hombres las secundaban para mostrar su solidaridad con ellas tan frecuentemente como las mujeres secundaban a los hombres.

En 1766 y posteriormente hubo menos acciones espontáneas de la multitud en el mercado porque eran menos los cereales que se vendían allí. Las ventas se estaban trasladando a las posadas y el mercado libre estaba tocando a su fin en algunos lugares. La gente trabajadora del sur y de las Midlands era cada vez más dada a comprar pan. El precio del pan podía fluctuar o (si el precio permanecía igual) lo que variaba era el peso, que era más difícil de juzgar. En los años de precios altos de la década de 1790, los enormes panes de cuatro libras o de dos libras que normalmente se elaboraban en muchas ciudades quedaron fuera del alcance de «los pobres», que «se vieron obligados a comprar fragmentos de pan, con varias superficies expuestas al sol, el aire, las moscas, el polvo y todas las contingencias de una tienda de buhonero».[823] Pero el producto final que se encontraba en una tienda de buhonero era un blanco fútil para los que deseaban provocar el descenso del precio de los cereales. Por consiguiente, la multitud tenía que trazar sus planes con más cuidado y seleccionar los blancos, a menudo fuera del mercado, tales como posadas, canales, muelles, graneros, casas de labranza, molinos, carretas en la carretera. Estas acciones relacionadas con el trigo o la harina debían de producirse después de debates (y rumores sobre acaparamiento o especulación) en el seno de la comunidad trabajadora.

Las acciones espontáneas por parte de mujeres en el mercado fueron más frecuentes en la primera mitad del siglo, porque el trigo y la harina estaban todavía en el mercado abierto. Así, en Oxford en 1693 encontramos en el mercado mujeres «apedreando a molineros, harineros, panaderos, etc.»;[824] en 1740, la mayoría de los motines fueron contra la exportación, pero también se da noticia de motines en el mercado, tales como el de Peterborough, donde «varias mujeres se alzaron tumultuosamente en el día del mercado, obligaron a los agricultores a abandonar sus sacos y esparcieron su trigo por la calle».[825] Se da cuenta de parecidas acciones de mujeres en el mercado en 1757 en Bewdley, Worcester, Taunton, Newcastle-under-Lyme y Salisbury, mientras en 1766, en Kidderminster, cuando unas mujeres pobres estaban licitando por un saco de trigo en el mercado de este producto y un panadero ofreció más que ellas, «el pueblo se alborotó inmediatamente».[826] Si esta clase de alborotos perdían fuerza luego, las mujeres todavía podían iniciar (e iniciaban) acciones espontáneas en el mercado en relación con otros alimentos, tales como las patatas o la carne. En Ashby-de-la-Zouche en 1766, cuando un agricultor subió en dos peniques la libra el precio de su mantequilla, «una vieja le asió por el cogote con una mano y con la otra le untó la cara de mantequilla».[827]

Si las mujeres tomaron parte en más o menos motines de los que se tiene noticia carece de importancia. Lo que sí continúa siendo importante —y, de hecho, notable— son las abundantes pruebas de que las mujeres participaron activamente en los motines de subsistencias durante un periodo de más de doscientos años, y en muchas partes de Gran Bretaña.[828] Ningún otro asunto recibía un apoyo tan entusiasta y constante de las mujeres, al menos en Inglaterra.[829] Al repasar las acusaciones en los tribunales del oeste y de Oxford en la segunda mitad del siglo XVIII, vemos unos cuantos casos que parecen ser la defensa de prácticas gremiales (pero no del sindicalismo formal) por parte de la comunidad; prácticas que consisten en resistencia al cercamiento de tierras, en cencerradas y en la política cívica en antiguas ciudades pañeras. Y en todas estas cosas parece que hubo una significativa participación femenina. Pero los motines de subsistencias son las acusaciones donde con mayor frecuencia encontramos mujeres. Hay algunos casos donde todos los acusados son hombres,[830] como también los hay donde solo figuran mujeres.[831] Hay acusaciones en las que parece que se ha escogido a una mujer a modo de muestra,[832] de la misma manera que en otros casos se han escogido hombres.[833] Hay veces en que la acusación parece haberse hecho imparcialmente.[834] Pero las acusaciones dan fe de la vigorosa presencia de las mujeres.

Hay la posibilidad de seguir investigando este aspecto, pues parece que todavía nadie ha examinado sistemáticamente los archivos judiciales a lo largo de un prolongado periodo. Y no es de esperar que se encuentren respuestas uniformes. John Bohstedt señala que de 54 amotinados que comparecieron ante los tribunales en Devon en 1795 y 1801 solo 7 eran mujeres; pero que en Mánchester, en 1795, de las 12 personas acusadas de participar en motines de subsistencias 9 eran mujeres.[835] Mis propias investigaciones en los archivos judiciales revelan una discrepancia parecida entre el distrito occidental (donde durante el periodo 1765-1772 hubo motines en Devon, Wiltshire, Dorset y Somerset) con 114 hombres y solo 14 mujeres acusados, y el distrito de Oxford (donde hubo motines de subsistencias en Herefordshire, Worcestershire y Shropshire entre 1767 y 1774) con acusaciones contra 20 mujeres y solo 5 hombres.[836] ¿Indican estas cifras diferencias de comportamiento entre los sexos o diferencias en las prácticas de control y procesamiento?[837]

No sabemos hasta qué punto las autoridades estaban tan dispuestas a procesar a mujeres como a hombres o si las mujeres tenían que cometer «desafueros» especiales antes de ser acusadas.[838] Hay pocos indicios que hagan pensar que en el oeste de Inglaterra, región profundamente tradicional donde los motines de subsistencias eran un modo de «negociación» casi tolerado, las autoridades considerasen de mal gusto acusar a mujeres por haber participado en tales motines. En 1765 Tiverton se vio convulsionado por motines de la comunidad y los gremios contra el alcalde y la corporación, en los cuales (según atestigua la literatura) las mujeres fueron las que más destacaron, pues entraron por las ventanas de una posada y cayeron sobre el alcalde, arrancándole la peluca y amenazándole con la muerte si no firmaba un papel. Pero de las 26 personas procesadas por estos motines solo 6 eran mujeres.[839] Pero ¿qué función cumplía el procesamiento? Parece ser que en el distrito occidental el procesamiento de participantes en motines de subsistencias fue fortuito y a menudo indulgente. Con frecuencia era difícil persuadir al grand jury a encontrar motivos suficientes para procesar a los amotinados y (una vez encontrados) podía ocurrir que el petty jury[840] no los declarase culpables. En el caso de un ataque que en 1767 hubo contra un cernedero de Devon, 21 personas fueron absueltas y en dos casos el grand jury «no pudo encontrar» motivos para procesarlos, y en el caso de otro ataque contra un molino «no se pudo encontrar» motivos para procesar a la totalidad de los 18 acusados en Ottery Saint Mary.[841] Y así sucesivamente. En 1795 y 1800-1801 se desplegó un poco más de celo, pero una venta forzosa en 1801 dio por resultado la absolución de cinco hombres acusados y no se celebró proceso contra la única mujer, al mismo tiempo que se anuló el procesamiento de dos hombres acusados de aterrorizar a un agricultor (poniéndole una soga alrededor del cuello) para que firmase un papel. En cambio, cuatro mujeres de Montacute (Somerset) fueron acusadas de hurto en gran cuantía por obligar a Elizabeth Hopkins a vender setenta y dos panes a un precio inferior al que ella deseaba cobrar, y Mary Gard y Sarah Baker fueron declaradas culpables.[842]

En varios casos más, tanto en el distrito occidental como en el de Oxford, se impuso a los acusados una multa de un chelín o se les absolvió por «pobres».[843] Esto induce a pensar que la función del procesamiento era inspirar terror durante un tiempo hasta que fuese posible restaurar el orden y que el acusado cayera en el debido estado de contricción a causa de la ansiedad y de las molestias del juicio propiamente dicho. El procesamiento entrañaba una serie de dificultades —la selección de los infractores, la preparación de los testigos renuentes, el odio que inspiraba el fiscal— y los magistrados locales (notoriamente en el oeste) eran reacios a incoar proceso.[844] Dado que el procesamiento era a la vez selectivo e incierto —esto es, se emprendía para dar «ejemplo», pero no tenía necesariamente una relación directa con la incidencia de motines—, no puede darse por sentado que fuera ciego ante el factor sexo. Excepto en los casos en que las mujeres predominaban de forma manifiesta en los motines, puede que las autoridades hubieran comprobado que era más conveniente castigar a los hombres de modo ejemplar.

Incluso es posible que existiese una jerarquía de niveles de procesamiento, con diferentes proporciones por sexo en cada nivel. En lo más alto de la jerarquía estaría la encomienda especial de Oyer and Terminer, que el Gobierno instituyó a finales de 1766 con el objeto de dar «ejemplos» en los distritos turbulentos. Los que eran juzgados por esta encomienda eran predominantemente hombres: 13 en Berkshire y ninguna mujer; 15 hombres en Wiltshire y 4 mujeres; y en Gloucestershire 54 hombres y 12 mujeres.[845] Puede que las autoridades fuesen hasta cierto punto reacias a someter a las mujeres a un procesamiento que podía terminar con su ejecución,[846] pero, en el caso de que les incoaran proceso, es difícil saber si recibían un trato preferente de los tribunales.[847] En el caso de las mujeres de Wiltshire, Priscilla Jenkins fue condenada a muerte por robar en una casa (se le conmutó la pena por la de deportación perpetua), Elizabeth Moody y Mary Nash fueron deportadas durante siete años por robar cosas por valor de 1 chelín y 7 peniques en una casa, y Sarah Pane, que era viuda, fue declarada culpable de robar harina por valor de 6 peniques y puesta en libertad después de azotarla en privado. Los castigos parecen bastante severos. Pero se trataba de los cargos por los cuales los jurados habían optado por declararlas culpables. Examinando el asunto más detenidamente, parece que las habían elegido para procesarlas porque todas menos Sarah Pane fueron más allá del «motín de subsistencias» y cometieron robos en los domicilios de agricultores o comerciantes. Priscilla Jenkins se había llevado presuntamente una loncha de tocino, un par de botas y varios objetos en un fardo sobre la cabeza… y un arma de fuego. Elizabeth Moody y Mary Nash no eran felonas tan desesperadas, pero las acusaron de allanamiento de morada, de romper las ventanas y algunos muebles y de llevarse la ropa de vestir de la familia.[848]

En el caso de los acusados de Gloucestershire cabe deducir un poco más.[849] La encomienda especial en Gloucester se vio frenada por un grand jury que se negó a dar su aprobación ciegamente y quizá también por un petty jury reacio. De las 21 mujeres a las que estaban preparando para procesarlas una no fue acusada, es de suponer que por ser feme covert.[850] Más de la mitad del resto fueron absueltas (ocho) o el grand jury juzgó que no había motivo para procesarlas (tres). De 75 detenidos de sexo masculino se libró más o menos la misma proporción, con 18 absoluciones y 20 acusaciones no aprobadas por el grand jury. Y no hay gran diferencia en el índice de declaraciones de culpabilidad: 7 de 21 mujeres comparadas con 35 de 75 hombres. La diferencia acentuada se encuentra en la severidad de las sentencias condenatorias. Dieciséis de los hombres fueron declarados culpables de felonías; 19, de delitos menores; mientras que solo 2 de las mujeres fueron declaradas felonas y a 5 las declararon culpables de delitos menores. Nueve participantes en motines fueron condenados a muerte —todos eran hombres, aunque 6 de ellos fueron indultados— y 9, entre ellos dos mujeres, fueron condenados a 7 años de deportación.

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