Costumbres en común
Introducción de Julio Martínez-Cava
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Estas páginas, pues, estaban entre los escritos más influyentes de la historia y hay que señalar que su influencia mundial a veces fue funesta. Sus argumentos desacreditaban o desaprobaban las tradicionales intervenciones protectoras en tiempos de escasez, podían utilizarse para justificar el agiotaje y el acaparamiento y podían servir de excusa para tranquilizar la conciencia turbada de las autoridades recomendando la inactividad como economía política correcta. Dos economistas indios que han tenido la temeridad de poner en entredicho la habitual autosatisfacción de su profesión ante los puntos de vista de Smith sobre el comercio de cereales reciben una altanera reprimenda de Hont e Ignatieff: han «pasado por alto» «la tradicional teoría de la justicia que enmarca el discurso de Smith sobre el comercio libre de artículos para la subsistencia durante la escasez y las plagas de hambre».
Y citan este pasaje de la digresión:
Impedir […] que el agricultor envíe sus productos en todo momento al mejor mercado es evidentemente sacrificar las leyes normales de la justicia en aras de una idea de la utilidad pública, en aras de una especie de razones de Estado […], un acto de autoridad legislativa que debería ejercerse solamente, que solo puede perdonarse, en casos de la más apremiante necesidad.
Y de una forma u otra Hont e Ignatieff encuentran en este pasaje la confirmación de su conclusión de que «el discurso de Smith no trataba de las condiciones de las plagas de hambre reales, las cuales correspondían al discurso sobre la necesidad grave que “infringe todas las leyes”». Pero en vano buscaremos en la digresión, o en otras partes de La riqueza de las naciones, ese «discurso sobre la grave necesidad». Lo que se nombra pretenciosamente como «discurso» es, a lo sumo, una breve cláusula de salvedad (medidas «que solo pueden perdonarse en casos de la más apremiante necesidad») y un prolongado silencio sobre lo que pueden ser estas medidas.[719]
En cuanto a «la tradicional teoría de la justicia que enmarca el discurso de Smith sobre el comercio libre», la justicia es para con los derechos de propiedad. Tal como Hont e Ignatieff reconocen en otra parte, Smith «insistió en la prioridad casi absoluta de los derechos de propiedad de los mercaderes de cereales y los agricultores frente a las afirmaciones de necesidad que hacían los trabajadores pobres». Esta postura era más extrema que la de muchos economistas políticos y fisiócratas de la época; de hecho, Diderot consideró que privilegiar la propiedad privada por encima de la necesidad en tiempos de hambre era un «principio caníbal».[720]
Mi argumento (da la casualidad) no pretende demostrar que el doctor Adam Smith era un caníbal. La defensa que hizo Smith del comercio libre de cereales poseía virtudes evidentes a largo plazo, pero tenía únicamente una pertinencia negativa en épocas de crisis, toda vez que sus remedios —tales como incrementar la producción de cereales— eran a largo plazo o —por ejemplo, los precios muy altos— no eran remedios en absoluto. Entre las deficiencias de la doctrina de Smith cabe señalar que:
1) Era doctrinaria y contraempírica: no quería saber cómo funcionaban los mercados reales, como tampoco quieren saberlo sus discípulos actuales; como dogma podía servir de excusa para la inactividad, ejemplo de lo cual son varios desastres en Irlanda y la India.
2) Promovía la idea de que los precios elevados eran un remedio (doloroso) para la escasez, al atraer provisiones hacia la región afligida por la escasez, pero lo que atrae abastecimiento no son los precios altos, sino las personas que tienen en el bolsillo dinero suficiente para pagarlos: un fenómeno característico de los tiempos de escasez es que esta genera desempleo y bolsillos vacíos; al comprar artículos de primera necesidad a precios hinchados, las personas dejan de poder comprar cosas que no son esenciales y entonces vienen tiempos difíciles para el zapatero, el tejedor, el calcetero, el pescador, el barbero, el transportista y muchas otras personas.[721] Por consiguiente, el número de personas capaces de pagar los precios hinchados disminuye en las regiones deprimidas y los alimentos pueden exportarse a las regiones vecinas, menos deprimidas, donde el empleo se mantiene y los consumidores todavía tienen dinero para pagar. En esta secuencia, los precios altos pueden, de hecho, retirar abastecimiento de las regiones más deprimidas. Una destacada autoridad en materia de hambres recientes, el doctor Amartya Sen, señala que en un periodo de depresión el hambre e incluso la inanición tienen «poca influencia en el mercado» y en muchas plagas de hambre se exportaron alimentos desde el país o la región azotada por la plaga. Un caso notorio de ello fue Irlanda en la década de 1840 y se ha observado en varias ocasiones también en la India:
La proposición de Adam Smith, de hecho, se ocupa de la eficiencia con que se satisface una demanda del mercado, pero no dice nada sobre satisfacer una necesidad que no se haya traducido en una demanda efectiva debido a la falta de unos derechos basados en el mercado y a la escasez de poder adquisitivo.[722]
3) El error más desafortunado nace de la metáfora que hace Smith del precio como medio de racionamiento. Smith arguye que los precios altos frenan el consumo y hacen que «todo el mundo más o menos, pero en especial las clases inferiores, se incline hacia la frugalidad y la buena administración». Al comparar al comerciante que sube los precios con el «prudente capitán de una nave» que raciona los alimentos de la tripulación, hace una sugerencia persuasiva de distribución justa de recursos limitados. Estos recursos se racionarán, no solo entre consumidores individuales, sino también a lo largo del tiempo, dividiendo «los inconvenientes» de la escasez «tan equitativamente como sea posible a lo largo de todos los diferentes meses, semanas y días del año».
Por persuasiva que sea la metáfora, hay una elisión de las relaciones reales que el precio asigna, lo cual induce a pensar —porque el argumento se ha repetido desde entonces y todavía puede oírse hoy— en un juego de manos ideológico. El racionamiento por medio de los precios no distribuye los recursos equitativamente entre los necesitados; reserva los alimentos para los que puedan pagar su precio y excluye a los que no puedan pagarlo. Quizá una quinta parte o una cuarta parte de la población inglesa en el siglo XVIII iba tirando al borde de la subsistencia pura y simple, y corría el peligro de caer más abajo siempre que subían los precios. En un estudio reciente y autorizado se demuestra que
en los años difíciles tal vez el 20 % de la población no podía, sin ayuda, comprar suficiente pan aun en el caso de que hubiera podido eliminar todos los demás gastos; y […] en un año muy difícil el 45 % de toda la población podía verse arrojado a semejante indigencia.[723]
Lo que Hay encuentra en la Inglaterra del siglo XVIII, sir William Hunter y otros observadores lo encontraron en la India del XIX. Incluso en años normales una quinta parte de la población «pasaba por la vida con alimentos insuficientes».[724] La elevación de los precios durante los periodos de escasez podía «racionarla» hasta el extremo de excluirla por completo del mercado.
Esto es algo que hay que tener presente en todo momento. Los precios altos del pan importaban poco a los ricos, eran una molestia para las clases medias, resultaban dolorosos para los trabajadores con empleo fijo, pero podían representar una amenaza para la supervivencia de los pobres. Por esto eran a la vez una cuestión «política». El motín de subsistencias era una protesta y quizá un remedio contra este «racionamiento» por medio del bolsillo que fomentaba la desigualdad social.
Puede que esto nos recuerde que el mundo todavía no ha terminado con la escasez o con el hambre. El problema ocupa a muchas mentes capacitadas y, como cabía esperar, una parte de la labor más pertinente procede de economistas e historiadores indios, para los cuales el hambre no es un problema tan lejano y que, pese a ello, comparten con Inglaterra algunas historias comunes de administración, derecho e ideología. Un método impresionante para abordar el asunto es el de Amartya Sen, en su Poverty and famines (1981), que emplea la «teoría de los derechos» y también un avanzado aparato estadístico. «Derechos» indica la totalidad de los variados medios gracias a los cuales las personas tienen acceso a los alimentos esenciales, ya sea mediante la agricultura de subsistencia directa o el abastecimiento por parte de un patrón o amo (en su unidad doméstica) o mediante la compra en el mercado. Una plaga de hambre es el resultado de la ruptura de tales derechos y el mérito de este método es que no solo nos dice que se ha producido un descenso de la cantidad de alimentos disponibles, sino que además examina «por qué algunos grupos tenían que pasar hambre mientras que otros podían alimentarse […]. ¿Qué permite que un grupo y no otro se haga con los alimentos que existen?».[725]
El doctor Sen examina las plagas de hambre habidas en Asia y en África durante el siglo XX, cuyos datos estadísticos son más dignos de confianza que los que tenemos para el siglo XVIII, y concluye que, en el gran número de casos examinados, el hambre no puede atribuirse simplemente al «descenso de la disponibilidad de alimentos». Donde había habido una mala cosecha, «un déficit moderado de la producción» se «traducía en un déficit excepcional de la puesta en el mercado». El mercado no puede aislarse y abstraerse de la red de relaciones políticas, sociales y jurídicas en la cual se halla situado. Una vez se ha entrado en la espiral descendente del hambre, el proceso puede volverse acumulativo y «prescindiendo de cómo se cause una plaga de hambre, los métodos para romperla exigen que haya abundancia de alimentos en el sistema de distribución público».[726]
Este método es aplicable a la escasez en la Europa del siglo XVIII también,[727] y es preferible al que se adopta con la mayor frecuencia y que se concentra en las malas cosechas como si estas pudieran dar una explicación, no solo necesaria, sino también suficiente, de todo lo que vino después. El doctor Sen arguye que este método «FAD» (Food Availability Decline, es decir, descenso de la disponibilidad de alimentos)
da pocos indicios sobre el mecanismo causal de la inanición, ya que no entra en la relación de las personas con los alimentos. Sea cual fuere el poder profético del punto de vista «FAD», no cabe duda de que es délfico en su reticencia.[728]
En general, los pobres ingleses del siglo XVIII eran protegidos de la inanición absoluta por las leyes de pobres y por la caridad, pero el argumento del doctor Sen sigue siendo válido. Las explicaciones de los años de escasez que ofrecen Smith y Malthus se apoyan mucho en las malas cosechas (FAD) y siguen siendo «délficas» en lo que se refiere a la relación de las personas con los alimentos y los derechos socialmente diferenciales que existían.
La «relación de las personas con los alimentos» lleva aparejados sistemas de poder, propiedad y leyes. El conflicto sobre el derecho a los alimentos en el mercado podría verse como un foro de la lucha de clases si la mayoría de los historiadores actuales no fueran demasiado remilgados para usar esa expresión. También puede verse como un foro para el conflicto de intereses, «la ciudad» contra «el campo», cuando los obreros industriales, los de la lana o los mineros del carbón se enfrentaban a los agricultores y los comerciantes.
Ambas formas de conflicto pueden observarse en Inglaterra durante los años de precios altos de las guerras napoleónicas, y dado que el Gobierno intervenía con la doctrina y con la fuerza armada en apoyo del funcionamiento sin trabas del capitalismo agrario, no cabe duda de qué clases e intereses fueron los vencedores. El profesor Mingay calcula que, en las regiones que ha investigado, las rentas subieron entre el 40 % y el 50 % entre 1750 y 1790; y entre 1790 y 1815 las rentas volvieron a subir entre el 80 % y el 90 %.[729] Al mismo tiempo (como atestiguan las considerables edificaciones agrícolas de aquel periodo que todavía se conservan), los agricultores medianos y los de mayor importancia podían pagar con comodidad estas rentas elevadas a la vez que crecían su prosperidad y sus aspiraciones sociales. La renta era el medio que empleaban los terratenientes para percibir su parte de los beneficios agrícolas. Estas rentas indicaban un aumento muy considerable de la riqueza de las clases capitalistas agrarias (riqueza en la que los braceros agrícolas no participaban) y esto se veía asistido a su vez por la venta de alimentos —y especialmente de cereales— a los consumidores de «la ciudad». La riqueza de los terratenientes también recibía el apoyo de los cercamientos de tierras, que alcanzaron su apogeo en los años de la guerra cuando tres millones de acres (1.215.000 hectáreas), es decir, el 9 % de la superficie terrestre de Inglaterra, fueron objeto del cercamiento parlamentario y gran parte de ellas se destinó al cultivo de cereales.[730]
Esta prosperidad no pasó desapercibida entre los trabajadores de la industria lanera, los mineros del carbón y los manufactureros «protoindustriales» que vivían junto a las prósperas regiones agrícolas. Es en este contexto donde deben verse los enfrentamientos de 1795-1796 y 1800-1801. Wretched faces (1988), del doctor Roger Wells, es el estudio más documentado que tenemos o es probable que tengamos de todos los aspectos de estos años de escasez y hay que expresar gratitud al autor por su laboriosidad de archivero y por la luz que emana de muchas de sus páginas. Sin embargo, ciertas conclusiones suyas son aparentemente disparatadas y parecen contradecirse con sus propios datos, y puede que ello se deba a que hasta el doctor Wells se ha visto indebidamente influido por el aparente sentido común del método de Smith (FAD).
Desde luego, hubo serios déficits de las cosechas en estos años y el país quizá hubiera tenido que hacer frente a una verdadera plaga de hambre de no haber sido por las considerables importaciones del extranjero.[731] Pero cuando Roger Wells escribe que la puesta en práctica de «la economía moral» era «una receta para el desastre»,[732] lo que hace es examinar el asunto con una perspectiva demasiado estrecha. Sus argumentos contra «la economía moral» —expresión en la que cabe todo y que él utiliza a lo largo de la totalidad de su importante estudio para indicar cualquier medida que tomaran las autoridades o impusiera la multitud para proteger al consumidor, regular los mercados o controlar los precios— son a veces tan alarmistas como los de Edmund Burke o los del duque de Portland. Arguye que las perturbaciones del mercado «diezmaron el abastecimiento futuro y luego aceleraron la inflación», que «los controles de los precios agravaron los efectos de la violencia», que «el Assize of Bread hizo estragos allí donde estuvo vigente» y que la economía moral «estimuló directamente la intervención populista violenta al mismo tiempo que debilitaba los propósitos de la comunidad de contener los desórdenes».[733] Y evoca visiones de un círculo vicioso en el que «el motín detiene el abastecimiento, los mercados vacíos estimulan más violencia y nuevas perturbaciones aniquilan la confianza comercial»:
Finalmente, desde una perspectiva global, todo el país se vería afectado. En este contexto los aspectos «positivos» de la intervención popular, frenando la inmoralidad mercantil, combatiendo la explotación máxima, empujando la atención pública hacia la precaria situación de los pobres y galvanizando mayores medidas de socorro, pierden importancia. Porque estas últimas características de la protesta, por más que fueran importantes, estaban esencialmente localizadas. Al evaluar un motín, el historiador debe también adoptar los criterios del Gobierno. El examen macroeconómico, en contraposición al microeconómico, del comercio de cereales revela los peligros de la protesta para la subsistencia nacional en general y para los centros de consumo en particular. Alejar la inanición de los lugares más vulnerables hacía necesario suprimir con la mayor rapidez los motines.[734]
Lo malo es que el hambre suele estar «localizada» (en el estómago). Las muertes por inanición aparecen como micropuntos localizados. Roger Wells ha leído demasiados documentos estatales sobre la administración de Pitt durante la guerra y se ha visto atraído hacia el interior de sus bucles argumentales que se retroalimentan. Asimismo, en su lenguaje exagerado («desastre», «diezmaron», «violencia», «intervención populista violenta», «aniquilar») nos hemos apartado mucho de las acciones directas disciplinadas y a menudo incruentas de la multitud, con su «protocolo» y su «desorden ordenado»[735] que ha revelado la historiografía reciente y que confirman las investigaciones del propio doctor Wells, y hemos vuelto a la antigua y nefasta escuela en la que toda multitud se presentaba como una «chusma» violenta y crédula.
Hay algo en los argumentos de Wells, algo que alcanza su mayor fuerza cuando cita —especialmente en el verano de 1795— las numerosas ocasiones en que la multitud bloqueó el paso de cereales por vía acuática o por tierra. Este bloqueo hubiera podido provocar desastres en grandes centros de consumo tales como Birmingham, Nottingham y Leicester, aunque no ocurrió así. En otras cuestiones, Wells (de forma poco característica) ofrece pruebas poco convincentes e inciertas. Los escasos ejemplos que da no persuaden de que la regulación de los precios siempre «diezmara» el abastecimiento futuro de aquellos mercados. Donde las ciudades o los distritos manufactureros dependían de una fuente local de alimentos, los agricultores también dependían de su clientela local; y la multitud podía amenazar a los agricultores con requisar sus productos. Al final los agricultores tenían que volver al mercado y en su comportamiento influían factores diversos: las relaciones con los consumidores, con sus terratenientes, con su propia conciencia.
La afirmación de Roger Wells en el sentido de que «el Assize of Bread hizo estragos allí donde estuvo vigente» se ve apoyada por una sola anécdota acaecida en Oxfordshire en 1800. Pero da la casualidad de que Oxford es el único centro sobre el cual tenemos un estudio meticuloso del funcionamiento del Assize en el siglo XVIII y este estudio en modo alguno confirma la atribución de «estragos». Las investigaciones de la doctora Wendy Thwaites inducen a pensar que es posible que el funcionamiento del Assize elevara marginalmente el precio del pan en Oxford en los años normales, pero que frenara la subida en los años de escasez. Daba a las autoridades del mercado, los panaderos y los consumidores «una sensación de seguridad en las relaciones de unos con otros»,[736] y, en todo caso, no debe verse aisladamente, sino como parte de una regulación de mayor alcance que incluía el control del peso y la calidad. Londres también tuvo un Assize of Bread durante todo el siglo XVIII y, lejos de sufrir «estragos», los motines de subsistencias fueron raros en la capital.[737]
Roger Wells hace un balance excesivamente desequilibrado. Es verdad que Pickard, el molinero-comerciante más importante de Birmingham, tuvo que dejar el negocio debido a la hostilidad de la multitud en septiembre de 1800.[738] Pero esto no dejó a Birmingham sin provisiones. Había otro molino de vapor, el Union Mill, aunque este suministraba principalmente pan a sus numerosos comerciantes y suscriptores, y a coste de producción, lo que tal vez representaba la traducción de los principios de la «economía moral» en un principio de cooperación.[739] Y el molino de Pickard no cerró: fue alquilado a una compañía nueva, como medida de urgencia, para garantizar el abastecimiento continuado de la ciudad. El hijo de Pickard, Edward, dejó constancia de las fluctuaciones irregulares de la marcha de esta compañía de urgencia de «gentlemen benévolos»;
Uno de los gentlemen estuvo en Hull poco después de que comenzara el primer periodo [de alquiler de seis meses] y, habiendo salido de Birmingham con la impresión temerosa de que la ciudad estaría realmente sin abastecimiento de alimentos, se aventuró a comprar una gran cantidad de trigo […] que acababa de llegar del Báltico y la envió a Birmingham por cuenta de esta nueva Compañía. No sé cómo se pagó el trigo ni quién lo pagó: supongo que su banquero les proporcionó el dinero […] Aunque el precio del trigo ya era exorbitante en aquel tiempo, inesperadamente subió mucho más: y, si bien la Compañía pudo proporcionar así una gran cantidad de harina cada semana a los pobres, por un precio inferior al que cobraban los comerciantes en general, lo cierto es que, al finalizar los primeros seis meses, se encontraron con que sus beneficios eran tan grandes que temieron que la exhibición de sus cuentas provocara cierta indignación popular. En consecuencia, solicitaron a mi padre que prolongara el periodo de alquiler, a lo que él accedió, con el fin de, según dijeron, efectuar alguna disminución de las ganancias para presentar al público un balance más satisfactorio. Más o menos en la fecha de renovación del periodo, el precio del trigo empezó a ceder y continuó cayendo hasta el final: a consecuencia de lo cual, y también a causa de las pérdidas sufridas en otras compras cuantiosas efectuadas a comienzo del último periodo, estos gentlemen benévolos no solo invirtieron todos sus beneficios de los primeros seis meses, sino que además perdieron todo el capital que habían adelantado.[740]
Este caso no cuadra con las propiedades de la doctrina de Smith ni de la «economía moral». Sugiere que, en estas condiciones excéntricas, durante la guerra, todas las partes del mercado de cereales estaban jugando a la gallina ciega. En cualquier caso, las generalizaciones sobre las características y las funciones de los motines de subsistencias son arriesgadas si se hacen partiendo exclusivamente de estos años de guerra, toda vez que son un caso especial: tanto el apogeo como el final de la tradición de los motines, en un contexto de guerra y temores de invasión, con la gentry y sus criados en armas (como yeomanry)[741] y en un estado de pánico antijacobino. Estos últimos años del siglo XVIII fueron también un momento decisivo en lo que se refiere a las circunscripciones y las prácticas de comercialización, a medio camino entre los mercados abastecidos localmente donde los consumidores y los agricultores, los magistrados y los comerciantes, todas estas personas sabían algo de las demás, a veces se encontraban cara a cara y podían «negociar» los precios, incluso por medio del «motín»; y las relaciones más impersonales de los grandes mercados urbanos que los agricultores raramente visitaban, abastecidos por distribuidores que compraban en mercados lejanos.[742] Asimismo, la experiencia de la década de 1790 resulta todavía más complicada a causa de las profundas divisiones internas en el seno de las autoridades gobernantes, con el Gobierno central imponiendo los dogmas del laissez-faire mientras que algunas autoridades locales y los terratenientes tradicionalistas intentaban controlar los precios por medio de la persuasión y de la tolerancia de las actividades de la multitud. En condiciones tan confusas es probable que encontremos contradicciones y algunos ejemplos de «estragos».
Los argumentos más convincentes sobre el «éxito» del motín se pueden presentar si se toma en consideración un largo periodo que abarca los siglos XVII y XVIII. Dos historiadores del siglo XVII sacan la conclusión de que los motines «consiguieron invariablemente que las autoridades tomasen medidas para aliviar los agravios».[743] En general, lo mismo puede decirse en el caso del siglo XVIII. La regulación de los precios podía incluso dar buenos resultados y el análisis más persuasivo del éxito de la multitud se encuentra en el capítulo titulado «Devon’s classic food riots» en Riot and community politics in England and Wales, 1790-1810 (1983), de John Bohstedt. Este demuestra que la ciudad pequeña o mediana era el escenario clásico de la acción directa de la multitud (apoyada por la visita de los agricultores de los alrededores) y sugiere que tales acciones contaban con el apoyo de redes, tanto horizontales como verticales, de relación dentro de comunidades que tenían sus propias tradiciones y recordaban sus propios precedentes. En las relaciones verticales sugiere que «patronazgo social» puede ser una expresión más útil que «paternalismo», un patronazgo que, sin embargo, entrañaba deberes y obligaciones recíprocos. Si bien el motín o la acción directa para hacer que bajasen los precios en modo alguno eran legítimos, lo cierto es que tanto las autoridades como la multitud se atenían a un «protocolo» reconocido. Los amotinados «no lanzaban un desafío directo contra todo el sistema de propiedad y poder», y mientras así fuera, y se evitase la violencia, las autoridades eran a veces cómplices en la fijación de precios, reconociendo que «la paz social era más importante que los derechos de propiedad absolutos o, mejor dicho, los derechos a obtener beneficios». Por consiguiente, los amotinados «modificaban los derechos de propiedad de los agricultores y los distribuidores de alimentos […] y su ejercicio de la fuerza en el margen de la legitimidad y la ilegalidad era una forma real, aunque limitada, de ejercer poder político». A decir verdad, «los motines eran un momento constituyente dinámico en el sistema de propiedad y poder».[744]
John Bohstedt afirma confiadamente que los amotinados de Devon alcanzaban sus objetivos: «Los motines no hubieran sido tan frecuentes ni tan ordenados de no haber obtenido ningún resultado». Los motines de subsistencias, huelga decirlo, aparecen también en la historia de otras naciones, primero en Europa y China,[745] luego en la India y en otras partes. Hay algunos indicios de que representan una fase de transición entre el Antiguo Régimen demográfico de base local y crisis absolutas de subsistencia y el «mercado libre» nacional y «moderno» regulado exclusivamente por los precios y la policía.[746] Es poco probable que el motín hubiese sido tan universal en el caso de no haber dado algunos «resultados», algún espacio en el cual la acción directa era una forma de protegerse de los apetitos recién liberados de los intereses agrarios, una advertencia a los especuladores y los agiotistas y una señal de alarma para que las autoridades tomasen medidas de urgencia y las instituciones benéficas se pusieran en movimiento.
La acción directa podía (y puede) presentarse bajo muchas formas, desde las peticiones humildes hasta las cartas amenazadoras y el incendio provocado[747] o los bloqueos y ataques contra los molinos, pero era siempre un acontecimiento profundamente político además de económico.
El motín, como «momento constituyente dinámico en el sistema de propiedad y poder», obviamente ha adquirido formas e importancia diferentes en la historia de distintas naciones, y en el caso inglés hay que verlo dentro de la estructura de las relaciones entre patricios y plebeyos que ya hemos examinado (capítulo 2), con sus límites y su espacio para la licencia. Pero volvamos a revisar los hechos de la India e Irlanda y también los de Inglaterra. En un lúcido estudio, David Arnold ha examinado la aparición de una tradición de motines de subsistencias, quizá empezando por la Presidencia de Madrás en 1876. En el periodo 1918-1919 hubo unos ciento veinte incidentes en el sur de la India cuyas características y objetivos eran parecidos a los registrados en Inglaterra y Francia durante el siglo XVIII: impedir las exportaciones, provocar un descenso de los precios y presionar a los funcionarios locales para que tomasen medidas destinadas a garantizar el abastecimiento. Al igual que en la Inglaterra de dos siglos antes, el «saqueo» de las tiendas de comestibles generalmente no acababa en robo, sino que lo que se pretendía era estropear el género para humillar a los comerciantes a quienes la multitud consideraba culpables de agiotaje y acaparamiento en un periodo de extrema privación. Por consiguiente, una de las funciones del motín era moderar el apetito de beneficios desatado por el «mercado libre» en vías de desarrollo, y Arnold relaciona su agresividad con el momento de transición entre los mercados de base local y un naciente mercado nacional de cereales, transición que iba acompañada de súbitas fluctuaciones de los precios, la exportación de cereales desde regiones afectadas por la escasez y rupturas de los acostumbrados cauces de comunicación. También sugiere que, al menos a corto plazo, el motín triunfaba, en términos de sus propios objetivos.[748] Lo que puede desprenderse de esto es que el motín es funcional y cabe esperar que aparezca en el mismo momento de transición en la historia de muchas naciones.
En tal caso, ¿por qué no se impone en la historia de Irlanda? Hubo graves episodios de hambre en Irlanda durante el siglo XVIII y comienzos del XIX, mucho antes de la llamada Gran Hambruna. Pero el caso irlandés no es tan claro como a veces se ha hecho que pareciera. Se afirma a menudo que no hay una tradición de motines de subsistencias en Irlanda.[749] Sin embargo, durante la seria plaga de hambre de 1740-1741 el periódico dublinés Pue’s Occurrences dio la noticia de que la chusma de Dublín había abierto por la fuerza panaderías y tiendas de harineros y la de que se había abordado un barco en el Liffey (junio de 1740); también informó de que el ejército había sofocado un motín contra la exportación en Galway (agosto), de que se habían registrado motines contra la exportación y a favor de la fijación de precios en Youghal y en Munster en general (diciembre), de que la gente había irrumpido en varios comercios de Limerick (marzo de 1741) y de que un barco que transportaba avena con destino a Waterford había sido detenido en el río en Carrick-on-Suir y que las tropas habían disparado contra la multitud (abril de 1741).[750] No parece un país carente de una tradición de motines de subsistencias. Se informó de que las mujeres habían participado en motines en Wexford en 1757[751] y en 1758 John Wesley encontró a «la chusma» muy atareada en el puerto de Sligo, descargando un barco holandés de trigo que habían comprado los forestallers «para matar de hambre a los pobres». La chusma llevó todo el cargamento al mercado y «lo vendió por cuenta de los propietarios» al precio normal. Y esto lo hicieron con toda la tranquilidad y toda la compostura imaginables y sin golpear ni hacer daño a nadie.[752]
Así pues, no cabe duda de que los irlandeses del siglo XVIII conocían el «clásico» motín de subsistencias y es posible que las historias generales no le dediquen la atención suficiente. Si esta clase de motín no logró impedir las exportaciones ni aliviar el hambre (como en 1740-1741), ello podría explicar por qué la tradición fue debilitándose con el paso del siglo.[753] Y sobre las razones de la divergencia de las tradiciones nacionales solo cabe hacer especulaciones. Quizá los participantes en estos motines tenían menos influencia «política» en Irlanda, porque no amenazaban de la misma forma directa la estabilidad y el «prestigio» de una gentry dominante residente. Y tampoco (a falta de leyes sobre pobres) estimularon del mismo modo un aparato de socorro, ni siquiera (a pesar de algunos ejemplos) de caridad de la gentry.[754]
De modo que en Irlanda los motines de subsistencias no «funcionaron», en parte porque no había espacio político (como en Inglaterra) dentro del cual la plebe pudiese ejercer presión sobre sus gobernantes. Arguyendo en retrospectiva a partir de estos casos, podemos examinar una vez más los datos relativos a Inglaterra. Hace veinte años los historiadores apenas prestaban atención a la idea de que los motines de subsistencias quizá cumplían alguna función positiva. La doctrina de Smith los veía como ejemplos de disfunción social, al mismo tiempo que presentaba el déficit (FAD) de las cosechas como explicación suficiente de la mayoría de los incrementos del precio de los cereales. Lo que un estudioso ha llamado «una lectura anacrónica de la sociedad moderna en sus primeros tiempos como sociedad de mercado caracterizada por el triunfo del individualismo económico» ha dado credibilidad a «un modelo malthusiano de cambio social y económico», que propone una relación sin problemas y no mediada entre la cosecha, el precio y (hasta el siglo XVII) la mortalidad.[755]
Pero avances recientes de la demografía histórica nos están mostrando una serie de acontecimientos más compleja. A. B. Appleby identificó claramente el hambre regional en el noroeste en 1596-1597 y 1622-1623, y planteó de forma interesante el interrogante de por qué el resto de Inglaterra había logrado librarse del hambre. Se han propuesto varias razones convincentes para la diferencia en la «ecología del hambre» entre el noroeste y el sur. Y a ellas cabe agregar la diferencia de la eficacia de las medidas de socorro, que se encargaban de que los escasos cereales excedentes se llevaran al mercado o se transfiriesen a los más necesitados, a precios subvencionados. Puede que el Book of Orders tuviera funciones más que simbólicas y (con la ayuda del socorro a los pobres y las instituciones benéficas) que mitigase los efectos de la escasez en el sur, mientras que la región del noroeste era no solo agropecuaria y deficiente en trigo, sino que, además, carecía de las estructuras administrativas y financieras para poner en movimiento el Book of Orders.[756]
El importante libro Population history of England, de Wrigley y Schofield, nos permite seguir estudiando estos argumentos. Si bien suele argüirse que la amenaza del hambre ya había desaparecido de Inglaterra en 1650, hasta 1745 puede demostrarse la existencia de una débil relación entre los precios de los cereales y la mortalidad. Una relación débil (cuando existe a lo largo y ancho de la nación) podría ocultar agudas crisis de ámbito local o una mortalidad diferencial en la cual el excedente de defunciones recaía principalmente entre «los pobres» o ciertos grupos desprotegidos. Asimismo, la amenaza del hambre no se había alejado mucho. Wrigley y Schofield examinan una muestra de 404 parroquias entre 1541 y 1871 buscando años en los que la tasa de mortalidad en muchas parroquias fuera notablemente superior a la tendencia del momento; los años entre 1727 y 1729 y 1741 y 1742, que son años de escasez y motines, ocupan lugares muy elevados en la clasificación (con tasas de mortalidad de entre el 30 % y el 40 % por encima de la tendencia), aunque otros años de motines —1709, 1757 y 1795— no aparecen en puestos elevados.[757] Pero no podemos tener la seguridad de que la causa fueran crisis de subsistencias locales, ya que la elevada mortalidad podía ser resultado de epidemias.[758]
Estas cuestiones son complejas. A efectos de nuestro argumento bastará con señalar que las crisis locales persisten hasta bien entrado el siglo XVIII, que el déficit de las cosechas o los precios altos surten un efecto diferencial en las distintas comunidades (incluso las próximas unas a otras), y que los movimientos insignificantes de las series estadísticas nacionales pueden ocultar sufrimientos locales muy agudos. Por otra parte, «con mucho, la incidencia global más alta de mortalidad causada por una crisis [local] se daba en el suroeste, en una región que se extendía desde el sur de Gloucestershire y el oeste de Wiltshire hasta Devon pasando por Dorset»: es decir, una de las regiones donde más motines de subsistencias hubo durante el siglo XVIII.[759]
Esto induce a pensar que los amotinados tenían buenas razones para preocuparse y para actuar en defensa propia. Y que en los años de precios altos se veían empujados hacia el margen, de tal modo que incluso las modificaciones pequeñas de su situación en el mercado podían representar una diferencia mortal. Había muchas maneras de obtener subsistencias, no todas las cuales dependían del mercado,[760] y en los casos de apuro «los pobres» no estaban totalmente desprovistos de recursos. Un corresponsal que escribía desde «un vecindario manufacturero» del oeste en un periodo de escaso empleo y precios elevados (1741) concluía:
Cada mes los pobres se vuelven más pobres, pues sus vestidos se convierten visiblemente en harapos y no tienen posibilidad de comprarse otros nuevos. Ya se han vendido casi todas las pequeñas cosas superfluas, o quizá uno tenía un anillo de oro, otro dos o tres platos de peltre, un tercero un pote o una marmita de latón; de estas cosas venían desprendiéndose para comprar pan para sí mismos y sus familias.[761]
Eso no es (todavía) una crisis de subsistencias, pero sí es el contexto para la desnutrición crónica.
No hay que interpretar erróneamente la «teoría de los derechos» y sacar la conclusión de que no hubo fallos en el abastecimiento de cereales y que todas las escaseces las provoca el hombre. Lo que demuestra Sen es que, dado un déficit de la cosecha, la forma de distribuir el abastecimiento entre los grupos sociales es decididamente obra del hombre y depende del método de distribución que se escoja, y el precio en el mercado no es más que uno entre muchos de ellos. Incluso en tiempos de escasez había siempre algo de abastecimiento, y el problema consistía en cómo sacar este excedente de los depósitos y graneros y dirigirlo a los más necesitados.[762] Las medidas comprendidas en el Book of Orders funcionaron razonablemente bien y no está claro por qué dejaron de aplicarse a partir de 1630. En un ensayo argumentado con claridad, el doctor Outhwaite ha sugerido que la complejidad y la ineficiencia de su funcionamiento causaron «desencanto».[763] Pero también podrían asignárseles sendos papeles al interés y a la ideología a medida que las clases terratenientes, cultivadoras de cereales y orientadas hacia el mercado, fueron adquiriendo influencia en el gobierno. Durante largos periodos a partir de 1660 el problema no fue la escasez, sino la producción abundante, los precios bajos y los atrasos en las rentas, a la vez que la teoría mercantilista se mostraba absorta en la exportación de cereales (y las primas a la exportación). En semejantes condiciones, las medidas que tomaron los Tudor en relación con el abastecimiento no se pusieron en práctica, aunque no se olvidaron en los años de precios elevados. En 1693 en Oxfordshire la multitud se apoderó del trigo «cuando se lo estaban llevando los acaparadores», diciendo que estaba decidida a poner en práctica la ley en vista de que los magistrados la descuidaban.[764] «Algunos de nuestros amotinados —escribió un comerciante en 1766— iban engañados hasta el extremo de creer que no hacían más que ayudar a hacer que se cumplieran leyes beneficiosas».[765]
Lo que tal vez mitigó la abrogación del Book of Orders fue la creciente eficacia de las leyes de pobres en lo que se refiere a proporcionar una red de seguridad institucional para las personas con domicilio. De la responsabilidad que rechazaron las autoridades centrales volvió a hacerse cargo la parroquia o el ayuntamiento. Y al lado de este socorro limitado, en tiempos de escasez, las tradiciones de caridad locales tenían más validez de la que a veces se les atribuye. En cierto sentido, las prácticas de «economía doméstica» y de hospitalidad de los Tudor se hicieron extensivas al gentleman terrateniente del siglo XVIII en su lucha por adquirir influencia local mediante grandes gestos de «liberalidad».[766]
En todos los años de precios altos —al menos hasta la década de 1760— hubo en casi todo el país terratenientes importantes que enviaban trigo a precios reducidos al mercado para dar ejemplo a los demás, vendían cereales baratos en su puerta, ordenaban a sus arrendatarios que abastecieran el mercado a precios moderados, que llegaban a algún acuerdo con el condado para reducir los precios y procesar a los que vendían según muestra, a los forestalled, etc. (En las décadas de 1780 y 1790 las opiniones ya estaban más divididas y aquellos que —como el conde de Warwick— continuaron haciendo los viejos gestos caritativos tendían a declararse paternalistas tories tradicionales). Esta tradición de caridad muy visible puede atribuirse en parte a motivos humanitarios y a una imagen aprobada que la gentry tenía de sí misma como protectora de los pobres contra los patronos desalmados, los mezquinos overseers de las parroquias y los intermediarios codiciosos. Pero era también una postura calculada en la alianza construida culturalmente entre los patricios y la plebe contra las clases medias, y distraía la atención de la prosperidad de los terratenientes para señalar a destacados disidentes y cuáqueros entre los comerciantes de la alimentación que recurrían al agiotaje.[767]
Vistas desde esta perspectiva, las leyes de pobres y las asociaciones benéficas eran partes integrantes del sistema de propiedad y poder. De hecho, con frecuencia las subvenciones y las suscripciones pueden verse como medidas encaminadas directamente a evitar el motín por medio de dinero, o incluso como recompensas por no amotinarse.[768] John Bohstedt nos ha advertido:
No es históricamente útil separar el indudable humanitarismo de estas asociaciones benéficas de su función de preservar el dominio de clase. La miseria de los plebeyos atacaba la conciencia de los ricos y lanzaba un desafío a su capacidad de poner remedio, del mismo modo que amenazaba con atacar sus propiedades y desafiar la legitimidad de su monopolio político.
En la década de 1790 «un “paternalismo” menguante […] no era más que el instinto de conservación tenuemente disfrazado».[769]
Así fue a partir de la década de 1790, y la supuesta amenaza del «jacobinismo» proporcionó un acicate complementario. Pero en décadas anteriores cabe percibir una especie de pacto social, menos calculador y más inconsciente, una especie de impuestos obligatorios que se pagan por el ejercicio cotidiano de la hegemonía. Daba un carácter de liberalidad a una parte de la gentry rural que permite perdonarle otros pecados. «En este sentido —ha escrito John Walter— los años de escasez continuaron favoreciendo una situación en la cual podía renegociarse continuamente la naturaleza de las responsabilidades sociales entre los pobres y sus superiores». Pero, a más largo plazo, lo que otrora se percibiera como deberes recíprocos (y como derechos por parte de los braceros) pasó a ser redefinido como «caridad discriminatoria y discrecional». Si «los pobres» se libraron de «la vulnerabilidad a las crisis de subsistencias» fue a costa de quedar «cogidos en una red de deferencia y dependencia».[770] Sin embargo, aunque esto es verdad en el caso de la Inglaterra rural —y quizá en el de algunas ciudades—, los anales de los motines de subsistencias muestran una alternativa.
De todos modos, a las medidas de socorro no se les puede quitar importancia diciendo que fueron simples gestos o un ejercicio de control social. Hay motivos para suponer que posiblemente mitigaron las crisis de subsistencias. Si el margen entre unas subsistencias deficientes y el hambre (para los grupos en peligro) era pequeño, entonces la redistribución marginal entre los más necesitados puede que importara lo suficiente como para cambiar un guarismo demográfico. Hasta entre ciudades vecinas la diferencia en la relación motín-socorro puede haber influido en la mortalidad. La mezcla de leyes de pobres, asociaciones benéficas, subvenciones —incluso medidas de poca importancia, como los límites a la conversión de cereales en malta, la prohibición de los polvos para el pelo o la recomendación de dietas austeras a las deferentes capas medias— puede que aportara su grano de arena a la supervivencia de alguien.
Esto es sencillamente repetir que el abastecimiento de alimentos (y, de hecho, la demografía) tiene su propia clase de política, en la cual puede que el motín se considere un agente racional y efectivo. De no haberse producido motines de subsistencias, puede que esta complicada mezcla de medidas de protección no hubiese existido nunca. Si, al igual que Roger Wells, decimos que «para alejar la inanición de los lugares más vulnerables era necesario suprimir con la mayor rapidez los motines», lo que hacemos es examinar desde una perspectiva a corto plazo la necesidad, en un caso de emergencia, de hacer que el tráfico de cereales cruce por la fuerza un bloqueo popular. Con una perspectiva a plazo más largo, de dos siglos y más, cabe que el motín y la amenaza de motín alejasen la inanición, a veces haciendo que bajasen los precios y, de forma más general, obligando al Gobierno a prestar atención a la difícil situación de los pobres, así como estimulando el socorro parroquial y la caridad local. Entonces la tesis tiene que ser que la solidaridad y la acción colectiva de la gente trabajadora urbana, así como la de los distritos manufactureros y mineros, hicieron algo por poner fin a la crisis de subsistencias. Y, a la inversa —pero como hipótesis más provisional—, podría ser que la falta relativa de motines en la Irlanda y la India del siglo XIX fuese un factor (entre otros) que permitió que la escasez se convirtiera en hambre. Y si así fue, entonces lo mejor que podemos hacer nosotros, en nuestra opulencia, para ayudar a las naciones hambrientas es enviarles expertos en el fomento de motines.[771]
Digo esto solo en parte en broma, porque lo que está en juego son las defensas de la comunidad y la influencia política de la gente trabajadora. Como mínimo, los gobernantes probablemente se ocuparán más de socorrer a los pobres si temen que, de no hacerlo, su gobierno correrá peligro a causa de los motines. Como es natural, no supongo que hubiera (y haya) una única serie alternativa y universal de remedios, «la economía moral», para derrotar la escasez y evitar el hambre. Mis argumentos han ido dirigidos precisamente contra semejante dogma universalista (el «mercado libre»). Tal vez lo único que quepa esperar en tiempos de crisis sea la improvisación enérgica, el uso de los recursos y las opciones de que se disponga. Si la economía política se apoya en metáforas persuasivas pero engañosas (tales como el «racionamiento»), la economía moral nutrió sus propios irracionalismos y supersticiones, tales como el convencimiento popular de que toda escasez era la consecuencia del acaparamiento y la especulación, «escasez artificial», o incluso de algún malévolo pacte de famine.
Siempre se pueden presentar argumentos desde ambos lados de la cuestión. El castigo ejemplar aplicado a los agiotistas[772] o a los comerciantes fraudulentos a veces ha surtido un efecto beneficioso en los precios, pero la imposición draconiana de límites máximos a los precios a veces ha propiciado la aparición de un mercado negro o una huelga de productores (la suspensión del abastecimiento por parte de los campesinos) con consecuencias no menos funestas que las del laissez-faire doctrinario. A veces la mentalidad de los revolucionarios urbanos ha sido profundamente hostil al campesinado, y en el siglo XX los Estados colectivistas han precipitado hambres tan horribles como las que presidió la economía política satisfecha de sí misma. Algunos teóricos de hoy muestran interés por recordar lo primero y por olvidar lo segundo, ocultándolo, por innombrable, en pequeños ejercicios de pensamiento político. Por esto he rectificado la crónica, para demostrar que los amotinados tenían sus razones.
Y (para concluir) tal vez convendría ser más prudentes al utilizar el término «mercado». Repetiré mi pregunta de antes: ¿es el mercado un mercado real o se trata de una metáfora? Hoy día a cada momento oyes hablar de «una economía de mercado». Cuando se contrasta con la dirección centralizada de los Estados colectivistas de la vieja escuela, comprendes qué es lo que se está describiendo. Y, desde luego, aquí el «mercado» es beneficioso y también puede ser democrático, porque estimula la variedad y expresa la elección por parte de los consumidores. Pero no puedo decir claramente qué era «una economía de mercado» en la Inglaterra del siglo XVIII; o, mejor dicho, no encuentro una economía que no fuese de mercado para contrastarla con ella. Es imposible pensar en una economía sin mercado; e incluso los más celosos participantes en motines de subsistencias, tales como los estañeros de Cornualles o los mineros de Kingswood o los trabajadores de la industria pañera del oeste de Inglaterra,[773] estaban comprometidos inextricablemente con el mercado, como productores y también como consumidores. ¿Cómo hubieran podido existir durante un mes o una semana sin él? Lo que encontramos son formas diferentes de regular el mercado o de manipular los intercambios entre productores y consumidores, en beneficio de unos o de otros. Nos hemos ocupado del caso especial de la comercialización de «artículos de primera necesidad» en tiempos de escasez y el modelo que prefería la multitud era precisamente el «mercado libre», en el cual los pequeños productores competían libremente, en vez de los mercados cerrados de cuando grandes comerciantes hacían transacciones privadas, ante muestras, en las habitaciones reservadas de las posadas.[774]
Sospecho que a menudo la «economía de mercado» es una metáfora (o una máscara) del proceso capitalista. Incluso puede emplearse a modo de mito. La forma del mito que más convincente resulta desde el punto de vista ideológico reside en la idea de que el mercado es una entidad supuestamente neutral pero (por casualidad) beneficiosa; o, si no es una entidad (toda vez que no puede encontrarse en espacio alguno excepto en la cabeza), entonces es un espíritu que da energía —de diferenciación, movilidad social, individualización, innovación, libertad—, como una especie de sala de clasificación del correo dotada de mágicos poderes de amplificación que transforma cada carta en un envase y cada envase en un paquete. Este «mercado» puede proyectarse como fuerza benigna de consenso, que involuntariamente maximiza los mejores beneficios de la nación. Incluso puede parecer que es el «sistema de mercado» el que ha «producido» la riqueza de la nación: ¿será que «el mercado» cultivó todos aquellos cereales?