Contando atardeceres

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PARTE I. MADRID » 12. Sueño más despierta que dormida. ¿Y si no son sueños, sino «spoilers» que nos hace la mente?

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Sueño más despierta que dormida

¿Y si no son sueños, sino spoilers que nos hace la mente?

Supe que estábamos realmente a gusto conviviendo juntos cuando los padres de Dani volvieron a Sevilla un mes y medio más tarde, y los dos continuamos en mi casa como si aún no se hubiesen marchado. Ni siquiera sacamos el tema, avanzamos mirando para otro lado disfrutando de nuestro tiempo. Los dos teníamos muy claro que era lo que queríamos en ese momento, así que continuamos con nuestra rutina y las llaves de mi casa con mi llavero de Pachá en su bolsillo. Hice un hueco en el cajón de la cómoda y le dejé un par de perchas en mi diminuto armario. Siempre agradecí que no se trajera el uniforme de bombero a casa, porque hubiésemos tenido que sentarlo en el salón como si fuese un compañero más de piso. Por no hablar de la manguera.

Durante este tiempo, que Lucía definió como «entretenimiento con el bombero», Sara como «periodo emocional estable», Pol como «voy a bajar a ver el torso de tu novio todas las mañanas» y Laux como «convivencia con el maridito» hubo dos cosas que fueron inexorables: el paso del tiempo y que Javi y yo acabásemos enamorándonos. Porque obviamente fue una cuestión de tiempo: todo el que estuvimos juntos.

Cuando te encuentras en un estado de subidón emocional cercano a la felicidad más absoluta, tienes la sensación de que los días son eternos. Y el tiempo, ese que no se detiene ni siquiera cuando te enamoras profundamente, nos había llevado casi hasta junio, fecha límite del deadline para que finalizara la permuta de seis meses que Javi había pedido. La conversación sobre nuestro futuro se me atragantaba tanto como cuando bebo agua, que a veces parezco tonta y me pregunto si aún no he aprendido, con la edad que tengo.

Al final fue él quien se decidió a sacar el tema, una noche que estábamos los dos en el sofá haciéndonos cosquillas en el brazo.

—He hablado con el compañero que está en Ibiza por la permuta.

—¿Y? —El corazón se me aceleró tanto que a punto estuvo de salírseme por la boca.

—Quiere volverse a Madrid. Dice que no está por la labor de pasarse el verano apagando incendios entre guiris.

—¿Y qué vamos a hacer? —pregunté imaginando que habría un plan B.

Cuando utilicé un «vamos» en vez de un «vas», supe que el futuro era cosa de dos. Habían sido unos meses muy intensos, y me di cuenta de que no quería que se fuera bajo ningún concepto. Le apreté fuerte la mano.

—Voy a seguir buscando otra permuta. No he dejado de hacerlo durante estos meses, por si ocurría esto, pero no está la cosa fácil. Aunque tenga que cambiar de base, si consigo otra en Madrid con otro compañero, me cambio. Lo que sea. Incluso si es en Segovia, pero que no nos separe un mar. Sinceramente, yo no quiero irme.

—Yo tampoco quiero que te vayas.

No dijimos más. Del sofá nos fuimos a la cama y nos tumbamos. No hablamos, solo nos abrazamos, cerramos los ojos y nos quedamos dormidos, con cierta intranquilidad.

Unos días después, a mitad de la noche me desperté con una pesadilla y Javi me calmó, abrazándome. Para lo grande y fuerte que era, pocos podrían decir que por dentro eran tan tierno. Él se consiguió volver a dormir enseguida, mientras que yo me quedé tumbada, desvelada por el mal sueño. La conversación sobre nuestro futuro, días antes, había sido demoledora y yo estaba muy sugestionada. Teníamos pocas opciones y el poco tiempo que nos quedaba seguía pasando sin ninguna noticia favorable sobre permutas en el horizonte. Estaba tan obsesionada que acabé soñando que me iba a vivir a Ibiza. El sueño, lejos de ser una fantasía, fue otra pesadilla: tenía que hacer la maleta y me costaba horrores cerrarla. Luego, tenía que ir con ella al aero­puerto y a duras penas podía moverla porque pesaba una tonelada. Era como si la maleta no quisiese que me marchara de Madrid y sus ruedas se quedaban inmóviles sobre el asfalto. Además, en mi sueño viajaba también con una pequeña pecera llena de peces que me quería llevar a Ibiza a toda costa y que no me dejaban subir como equipaje de mano. Me decían que tenía que facturarla.

—¿Cómo voy a facturar una pecera con peces? —le decía a la chica del mostrador antes de que finalmente se rompiera, derramándose todos los pobres peces por el suelo.

Cuando esto ocurrió me sobresalté, moviendo mis manos en el aire intentando recogerlos, con la angustia de sentir cómo se resbalaban entre mis manos, para despertarme violentamente cuando mi maleta explotaba, expulsando porsiacasos por toda la terminal 4. Un cuadro.

A la mañana siguiente fui al trabajo un poco compungida por aquel sueño tan agobiante. Extrañamente, solo podía pensar en mis pobres peces, aunque nunca había tenido uno. Evidentemente cogí el teléfono y llamé a Lucía a primera hora. Si había alguien capaz de descifrar aquella enigmática visión y ayudarme, era ella.

—Pufff... ¡Cómo tienes la cabeza, rubia...! —dijo Lucía después de contarle el sueño con peces y señales.

—¿Es grave, doctora? —le pregunté un poco en broma, a lo que ella contestó con un silencio inquietante.

—A ver, rubia, no me quiero poner mística, pero los sueños son el puente entre la parte inconsciente y la parte consciente. No son tan claros como el horóscopo, pero siempre significan algo y los peces... son jodidos.

—Pero entonces ¿sabes lo que significa soñar con ellos?

—Ni puta idea, pero espera, que tengo un diccionario de sueños.

Lucía estaba como una regadera, pero era la única con la que podía hablar sobre el tema. No quiero imaginar la performance con la que Pol me hubiese deleitado si se lo llego a contar a él.

—Lo primero de todo: ¿los peces eran pequeños, grandes o gigantes?

—Yo qué sé, Luci. Pequeños. Como Nemo. Bueno, también había medianos. Como sardinas.

—Nemo no es una sardina, rubia.

—Ya, ya sé que Nemo no es una sardina, es... —dejé un silencio porque no tenía ni idea de qué raza era Nemo, si es que los peces tienen razas—. ¡Yo qué sé! Joder, ahora que me acuerdo también había un delfín. ¡Había peces por todas partes!

—¿Te cabía un delfín en la pecera?

—Me cabían muchas cosas, Luci.

—Mejor no saquemos esta frase de contexto... —añadió.

Lucía y yo nos descojonamos mientras ella buscaba en su libro de sueños el verdadero significado de aquella pesadilla.

—A ver... ya está. Aquí pone que si los peces son grandes, estás en un momento vital donde las circunstancias te exigen tomar una decisión importante. Si son gigantes, significa que van a llegar cambios muy significativos a tu vida. Cuanto más grandes los peces, más importantes los cambios.

—Vamos, que cuanto más grande, mejor... ¿No?

—Sin duda... Y los peces también.

Segundo momento de risas a pleno pulmón. Cuando recobramos el aliento, Lucía continuó leyendo.

—¿Estás preparada para lo que pone sobre los peces pequeños?

—Joder, claro, dale.

—Pues dice que soñar con peces pequeños significa que te sientes fuerte para afrontar un movimiento importante que se te va a plantear en tu vida. Vamos, está claro que la cosa va de grandes cambios. ¿Te vas a cortar el flequillo otra vez?

—Me temo que lo que tengo en mente es algo más trascendental que lo del flequillo.

—Espera, además pone aquí que si sueñas con peces fuera del agua, significa que la decisión acarreará un giro vital de ciento ochenta grados. La pecera sería como la parte segura de tu vida, la zona de confort y los peces fuera de ella serían una señal para que tomes la decisión.

—Arrrggggggg. No hay elección.

Hice un silencio que rápidamente Lucía identificó como un motivo de duda que claramente me preocupaba.

—Pero vamos a ver, ¿me vas a decir qué coño pasa? Es que no termino yo de enterarme muy bien a qué viene esto de los sueños y las peceras... Y por cierto, Nemo es un pez payaso.

Me mantuve en silencio. No sabía si era el momento de verbalizar una idea que me rondaba la cabeza y que tenía mucho que ver con todo lo que Lucía había leído en aquel libro de interpretación de sueños con animales acuáticos. Finalmente, accedí a dar rienda suelta a mis palabras.

—Pues es que a Javi se le agota la permuta en nada y se tiene que volver a Ibiza.

—Ya... y ese es el gran cambio que tiene que hacer. Igual él es el pez.

Dude un segundo, hasta que respondí con contundencia:

—No. El pez soy yo.

—¿Cómo que el pez eres tú?

—El pez soy yo porque soy yo la que estoy planteándome irme a vivir a Ibiza con él.

—¿QUÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉ? Pero ¿qué dices?

—Pues lo que oyes.

—Pero ¿se te ha ido el tinte al cerebro? ¿Qué se te ha perdido en Ibiza?

—Bueno, sería algo temporal y no creo que Ibiza sea un mal sitio para vivir.

—¿Tú eres consciente de que en Ibiza solo hay un Zara? Tú ahí no sobrevives.

—Lucía, dormir es el único hobby que tengo que es gratis. Igual es el momento de que ahorre.

—Ja, ja, ja. Ahorrar dice... Ya en serio. ¿Y tu trabajo? ¿Y Javi qué dice de todo esto?

—A la primera pregunta, no lo sé, y a la segunda, él no lo sabe.

—Pufff... Esto huele muy mal y esta vez no ha sido Laux con uno de sus famosos pedos de mofeta...

Ahí tenía toda la razón.

—Piénsatelo bien, anda.

—No se lo digas a nadie todavía, porfa.

—Claro que no, pero piénsate bien lo que vas a hacer antes de hacerlo.

—Te quiero, Luci.

—Y yo a ti, rubia.

Efectivamente, me lo tenía que pensar. Llevaba tiempo dándole vueltas, pero tras la «pescadilla» (la pesadilla de los peces) sentí que inconscientemente había tomado una decisión. Al menos yo.

Hablando con una compañera de trabajo esa mañana, me contó que ella cogió una excedencia cuando fue madre, al acabarse su permiso por maternidad. Era una opción que existía para todos, no solo por maternidad o cuidados de familiares, sino que podías solicitarla por un interés particular. Eso me abría un mundo de posibilidades.

Aquella misma mañana me estuve informando sobre ello y todo lo que implicaría. Me guardarían mi puesto de trabajo durante el tiempo que solicitase, no menos de cuatro meses, así que podría ser una muy buena opción para salir de Madrid y actualizarme un poco. En Ibiza hay muchos turistas: podría hablar en inglés e incluso aprender alemán. Vale, es verdad que me estaba autoconvenciendo, pero ¿quién no lo hace una o dos veces al día?

En las condiciones se describía que, en el caso de acceder a la solicitud, durante el tiempo de la excedencia podría trabajar, pero siempre que fuera en un sector distinto al mío. Joder, eso sacaba de la ecuación intentar buscar allí un trabajo de lo mío si quería mantener mi puesto cuando volviera... Esto se complicaba y era el momento de hablarlo con Javi.

Evité mandarle un mensaje. Mi estado de ánimo era inestable, bueno, más que inestable era una montaña rusa. Por un lado era consciente de lo muchísimo que me importaba Javi, tanto que me estaba planteando cambiar mi vida por él. Pero por otro lado estaba como enfadada por haber agotado su permuta sin encontrar una solución. Aunque dijo que había intentado buscar una nueva permuta, deberíamos haberlo hablado antes porque ahora no nos quedaban muchas opciones.

Esa misma tarde fui a casa de mi madre cuando salí del trabajo, como hacía varias veces durante la semana. Necesitaba su consejo, así que me desahogué con ella.

—Hija, yo qué te voy a decir. Como madre, tengo que asegurarme de que te lo pienses bien. No quiero que te vayas, pero también sé lo que es el amor...

—Ya lo sé... Quiero pensar que sería algo temporal. Toda mi vida está aquí; estás tú, mis amigos, mi trabajo... No me imagino quedándome allí más allá de unos meses.

Mientras hablaba con ella, uno de los gatos maulló sonoramente, como diciendo «Oye, que también me tienes a mí». Se me escapó una lágrima que vino seguida de un torrente, abrazada a mi madre.

—Tienes que hacer una lista de pros y de contras. Vete a tu habitación, coge papel y lápiz, y hazla.

Me mandó a mi habitación a hacer los deberes como cuando iba al instituto, como cuando tenía dieciséis años y quería llamar a mi amiga de la infancia Lauri por teléfono para contarnos las historias del día, pero antes tenía que terminar las tareas. Le hice caso enseguida, para que se notase mi madurez. Me senté en mi antigua mesa de estudio, y abrí el cajón para buscar papel y boli. Me encontré con mi colección de cartitas y sobres con olor. Me sorprendió que algunas conservasen todavía un hilillo de aquel maravilloso perfume. Recordé que, de pequeña, tenía auténtica pasión por esas cartitas que intercambiábamos con amigas para aumentar nuestra colección. Lauri siempre tenía las más exclusivas y difíciles de encontrar, ya que poseía un gusto exquisito y la capacidad de hacerse con las mejores. Viendo aquellas preciosas cartas decoradas recordé mi relación de amistad con ella en aquellos años de instituto. Una amistad tan sincera e incondicional que cuando se marchó a Alemania con su familia, dejó un hueco que nadie ha podido llenar hasta ahora. Porque Laux, Lucía y Sara tienen el suyo propio, y Lauri ha sido irrepetible. Ahora es muy feliz allí, a pesar de que para ella no debió ser nada fácil tomar esa decisión. Quizá era una señal de que yo también podría serlo en otro lugar.

Cogí una cartita de abejas y flores, y comencé a hacer la lista, tal y como me había sugerido mi madre.

—Debes tener en cuenta que habrá cosas que tendrán más peso que otras. Puede que una columna tenga más argumentos, pero quizá tengan menos valor —dijo mi madre desde la puerta de mi habitación.

—Claro, no había pensado en eso.

—Yo lo que hago es poner al lado de cada cosa el valor que tiene. Por ejemplo, irte con Javi puede tener un veinte de peso en los pros, mientras que dejar tu trabajo temporalmente puede suponer solo un cinco en los contras. Al final, sumas los valores y eso te dará una pista de por dónde ir.

—Ay, mamá, qué gran consejo. Gracias.

—Este es mi segundo mejor consejo, hija.

Obviamente, la curiosidad me hizo preguntar por el primero.

—¿Y cuál es el primero?

—Si tiendes bien, planchas la mitad.

Mi madre era una cachonda de cuidado...

—Ja, ja, ja. Otro consejazo de los tuyos, sin duda.

—Es que hoy me has pillado con el día lúcido. ¿Quieres que te dé el último?

—Por supuesto.

—No me pongas a mí más de un uno en la puntuación de la lista. Sé que para ti soy un cien, pero quiero que seas feliz y no un impedimento para que lo consigas.

Me abracé a mi madre y me emocioné muchísimo. Me sugirió que terminase más tarde la lista, ya en casa, puesto que era mejor que me tomase mi tiempo para sopesarlo todo con calma. También porque yo aún ni siquiera se lo había dicho a Javi, con lo cual, el cincuenta por ciento de la ecuación no sabía de mis inquietudes.

Me fui a casa y aquella noche Pol bajó a fumarse su consabido cigarrito. Estaba haciendo, sin ser consciente, una excursión de llamadas y visitas a la gente más importante de mi vida para saber casi de manera indirecta qué pensaban del asunto.

—Te voy a decir una cosa, rubia: me jode que ese tío que tienes por novio controle tanto de plantas. Ya no me necesitas. Mira que ahora eres capaz hasta de tener una orquídea cuando antes no podías ni convivir con un aloe vera —me dijo mientras atusaba una flamante orquídea que tenía en la ventana y que, por supuesto, cuidaba Javi.

—Tiene buena mano con las plantas, sí.

—Las tiene enormes. ¿Te crees que no me he fijado? Te recuerdo que Javi es mi tipo.

—Ja, ja, ja. No pongas los ojos en mi hombre —dije sin mucho entusiasmo.

—Venga va... ¿Qué pasa? Ahorrémonos dos chistes, cuatro comentarios sarcásticos y un «vete a la mierda, Pol» y vayamos al grano.

—Joder, siempre me lo notas todo.

—Es que eres transparente, y no lo digo solo por tu tono de piel. Suelta, soy todo oídos.

—Esas sí que las tienes grandes. Las orejas, digo.

Ambos nos descojonamos y la tensión que yo mantenía sobre mis hombros se relajó un poco. Me desahogué con él.

—¿Y dónde está el problema? —dijo Pol, contrastando con la opinión de Lucía.

—¿Cómo que dónde está el problema? Pues el problema está nada más y nada menos que a más de quinientos kilómetros y con un mar de por medio.

—Te recuerdo que hasta hace poco yo vivía a casi quinientos kilómetros y he rehecho mi vida aquí tan ricamente.

Recordé que Pol había llegado hace unos años desde Lleida por una reestructuración en su empresa y no solo eso: su novio Jaume no se lo había pensado dos veces y se había venido con él a Madrid.

—Son las cosas que se hacen por amor —continuó hablando—: Jaume y yo somos felices aquí, igual que lo éramos en Lleida y que lo seríamos en cualquier sitio. Aunque con lo gris y muermo que es, eso de que es feliz más bien tengo que imaginármelo, porque él, lo que es dar señales... No se prodiga mucho.

Qué facilidad tenía para dejar la puntillita siempre. Entonces, Pol dijo, para concluir, una frase que recordaré para siempre, y que probablemente fuese el punto definitivo de inflexión que desequilibró la balanza a favor de los pros.

—Rubia, lo importante no es dónde, es con quién.

Touché. Cuando Pol se marchó, me quedé pensando en ello durante mucho tiempo, repitiendo aquella frase como si fuera un mantra. No es dónde, es con quién. Y sin duda, con Javi, el dónde era lo de menos... ¿o no?

Ya solo me faltaba la opinión de Sara y Laux, así que un jueves por la tarde quedé con ellas para tomar unas cañas como solíamos hacer a menudo, con la clara intención de contarles mi plan.

Ocho de la tarde. El sol seguía en lo alto, una terraza fresquita en la plaza de Olavide, con los flus flus de agua vaporizada que a Sara le ponían el flequillo como el de un perro de aguas y Laux llamando a voces al camarero, como de costumbre. La vida.

—¡Chiquiiiiiiii! Por aquí dos cervezas sin gluten y una a tope de gluten para ella. —Laux se dirigió al camarero señalando a Sara.

—Ja, ja, ja. Ya me como yo todo el gluten que vosotras no podéis —dijo Sara, metiéndose en la boca uno de los torreznos que nos habían puesto como tapa.

—Oye, que los torreznos no llevan gluten —dijo Laux.

—Lo peor es la contaminación cruzada —apunté.

—Sois unas perras tiquismiquis —se mofó Sara de nosotras, mientras se comía el torrezno con todo el gusto del mundo delante de nuestras caras.

—Ojo, que habla de ser tiquismiquis una cuyo novio se pone histérico cuando se sale con el rotulador mientras colorea un mandala.

—No subestimes el drama que supone salirte de un mandala cuando coloreas, rubia. Es una cosa muy seria. —Sara mordió otro torrezno y le dio un tragazo a la cerveza, lo que provocó que eructara violentamente sin querer.

Toda la plaza nos miró y la pobre Sara, muerta de la vergüenza, se encogió en la silla mientras Laux se partía de la risa. Por primera vez no había sido ella.

—¡Ja, ja, ja! Amiga, eso ha sido un siete en la escala de eructos. Menudo reburbujito, ¿eh? ¡Perra! ¿Qué querías? ¿Que comiésemos torreznos y nos has lanzado una tapita al aire...? Porque huele desde aquí...

No pudimos parar de reír durante al menos treinta minutos. Fue lo que llamamos una «perrianécdota». Algo que perdurará y recordaremos como buenas perras, cuando toque. Aproveché que recuperábamos el aliento para lanzarme al barro.

—A ver, un poquito de silencio... —Me aclaré la voz mientras ellas me observaban curiosas.

—Chiqui, otras cervezas, que la rubia se va a soltar un monólogo de los suyos y tiene pinta de ir para largo —dijo Laux mirando al camarero de nuevo.

—A ver... Esta tarde quería deciros que desde que os conocí, os habéis convertido en una parte muy importante de mi vida, probablemente la que más...

Sara y Laux cambiaron el gesto al momento entendiendo que lo que iba a contarles era importante para mí.

—Habéis estado conmigo este último año con todo lo de mi padre...

En ese momento sentí que se me quebraba la voz y rápidamente me agarraron las manos.

—También cuando me tropecé saliendo de aquella discoteca y me hice un esguince delante de los porteros... —añadí sonriendo para intentar salir de aquel sentimiento que me provocaba recordar la muerte de mi padre.

Ambas se descojonaron, quizá visualizando la vergonzosa caída.

—También estabais junto a mí cuando conseguí superar a Álex...

Laura se llevó la mano al corazón y después levantó el puño en señal de apoyo. Proseguí:

—Y es que es así: en mis peores momentos, siempre habéis estado cerca las dos. Por eso tengo que deciros algo...

Dejé un silencio.

—¡¡Creo que me dais mala suerte, cabronas!! —dije completamente en broma porque no me atrevía a soltarles la noticia que de manera unilateral había empezado a tomar.

Obviamente nos reímos a carcajadas de nuevo, llamando la atención de media terraza del bar.

—Eres tonta del ano —dijo Laux entre risas.

—Me estabas asustando, tía —añadió Sara.

—Era una broma. Ahora ya en serio. Chicas, tengo que deciros una cosa importante.

Se cruzaron una mirada de auténtico misterio y, rápidamente, Laux se lanzó a preguntar.

—¿Vas a apuntarte por fin al gimnasio? —dijo entre risas.

—¿Igual va a teñirse de morena? —dudó Sara.

A estas edades, las típicas preguntas que se esperan ante un «tengo algo que contaros» eran si estás embarazada o que si tu novio te ha pedido matrimonio, pero nosotras éramos más originales.

—Ya sabéis que a Javi se le acaba pronto la permuta y tendrá que volverse. Bueno, pues estoy pensando en irme a vivir con él a Ibiza —solté con rapidez y de forma contundente.

Pensaba que el ambiente festivo, entre risas, cervezas y torreznos, amortiguaría un poco la noticia, pero no fue así. Por el gesto de sus caras en los primeros dos segundos pude ver que no iban a reaccionar nada bien.

—Pero ¿lo estás diciendo en serio? —preguntó Laux.

Asentí y bebí cerveza.

—Pero ¿tú estás segura de lo que estás diciendo? Yo no lo veo, ¿eh? —dijo Sara.

—Yo tampoco, para nada. Me parece que se te ha ido la pinza. ¿Y tu curro? ¿Tu familia? ¿Tu casa? ¿Con qué maleta te ibas a ir? —Laura comenzó a hacer un montón de preguntas que Sara continuó:

—¿Y nosotras?

Reconocí en ellas el mismo miedo que tuve años atrás, cuando con dieciocho años mi amiga Lauri me dijo que se marchaba a vivir a Alemania. Y dijimos que nada iba a cambiar, pero todo cambió. En su caso, porque fue definitivo: ella nunca volvió, salvo para pasar algún verano más en el pueblo o visitar a su familia española. Seguimos felicitándonos los cumpleaños e intercambiando algún me gusta en Instagram y Facebook, pero poco más.

Recordé que tardé bastante tiempo en aceptarlo y mucho más en asimilarlo, pero eso no era lo que iba a ocurrir con mis amigas. Mi partida era algo temporal, como lo de Lucía, que también se había marchado a escribir su libro a Asturias. No, no iba a cambiar nada. Esa vez lo pensaba de verdad.

—No va a cambiar nada, chicas. Sería algo temporal... —les dije.

—Hombre, cambiar sí que va a cambiar, seamos serias —con­testó Laura ceñuda, en un gesto que no había visto hasta ese momento en ella.

—Pero ¿te irías para siempre? —preguntó Sara.

—No creo, tía... Sería por un tiempo, en todo caso... Ni siquiera se lo he comentado a Javi, solo estoy barajando la idea por tener un plan sobre la mesa cuando se agote la permuta. Pero necesitaba saber qué os parecía y pediros consejo —les dije, bastante afectada ante su reacción—. Es una decisión muy jodida para mí.

Sara notó mi aflicción y se mostró un poco más comprensiva.

—Yo, si es algo temporal mientras Javi busca otra permuta de esas, no lo veo ni tan mal.

—¡Claro! Justo esa sería la idea. He pensado pedir una excedencia de unos meses en el trabajo.

—Además, te pillaría justo el verano en Ibiza... No parece un mal plan. —Sara continuó echándome un cable, pero Laux no parecía que fuese a aflojar.

—Y podríais venir a verme...

—Yo lo empiezo a ver, ¿eh? —dijo Sara mirando a Laux, que seguía sin decir ni una sola palabra.

—Chicas, me tengo que ir, que es tarde. —Laux apuró su botellín y se levantó de la mesa.

Sara y yo nos quedamos de piedra. Nunca, repito, nunca, en el tiempo que conocía a Laura, le había visto tan enfadada y afectada. Quise entender su reacción porque yo había estado justo en el mismo lugar donde ella se encontraba ahora. Había sido esa persona que bajo ningún concepto desea separarse de alguien a quien quiere mucho.

No quise salir detrás de ella ni llamarla esa noche. Tal y como me ocurrió a mí cuando supe que Lauri se marchaba, pensé que necesitaría su tiempo para asimilarlo y en su caso fue más del que creía.

Durante aquella interminable semana en la que hubo un silencio sin precedentes en el Dramachat, me sentí realmente mal porque, aunque estaba segura de que estar con Javi era lo que quería, me dolía el corazón solo de pensar lo mal que podrían sentirse mis amigas, que más que amigas, eran mis hermanas. No podía soportar que Lucía, Sara y Laux no me apoyaran. Me entristecía muchísimo.

Esa situación no pasó desapercibida para Javi, que rápidamente pudo darse cuenta de que algo pasaba.

—¿Qué tal hoy en el trabajo?

—Bien, ¿y tú? —contesté, baja de ánimo.

—Ha sido un día de mierda, no me valoran nada en el curro... Y la verdad es que estoy un poco harto. Tenía muchas ganas de volver a casa contigo —dijo mientras se tumbaba en el sofá dejando caer su cabeza en mi pecho.

—A mí también me apetecía mucho verte.

Nos quedamos en silencio, mirando al techo. Sin ninguna intención de profundizar en esa mala sensación que arrastrábamos, hasta que Javi le plantó cara al momento.

—La cuenta atrás para el verano se nos agota, cariño. Lo siento muchísimo, pero si no vuelvo a Ibiza, pierdo mi trabajo. He estado pensando incluso en solicitar una excedencia, pero no llevo el mínimo de tiempo en el puesto. Sé que es demasiado, pero quiero pedirte algo...

—Espero que no sea matrimonio porque no tengo la manicura hecha —contesté rápidamente para aliviar un poco la tensión.

Javi me miró, dejando entrever su preciosa sonrisa. Me derretí en ese mismo instante. Era pura dulzura.

—¿Puedo pedirte que te pienses si querrías venir conmigo a Ibiza durante unos meses, hasta que encuentre otra permuta?

No me pidió que me fuese con él. Me pidió que me lo pensase, lo que denotaba una generosidad que pocas veces había percibido en alguien hasta ese momento. Y yo ya lo tenía casi decidido. Entendía su situación. Yo podía pedirme una excedencia durante unos meses y él buscaría en ese tiempo una nueva permuta que nos permitiera volver, pasado ese tiempo. Pero no os voy a engañar, estaba acojonada. Le abracé muy fuerte, le dije que lo pensaría y miré por la ventana de mi casa, echando ya de menos los árboles que veía a través de ella.

 

 

 

Al día siguiente acompañé a Javi a su casa para recoger algo de ropa que volvía a necesitar, básicamente otros dos calzoncillos y un par de camisetas. Ciertamente, en mi pequeño piso vivía con lo justo porque no quería invadir mi espacio, por eso solía dejar parte de la ropa en su casa de alquiler y dar más viajes de la cuenta. Me di un paseo por la calle, como acostumbraba mientras él preparaba su bolsa. En aquel instante, recibí una llamada de Laux. Me puse nerviosa.

—Amiga... —dije tímidamente al descolgar.

—Eres una zorra y una cerda. Eres una «zorda» —dijo con ese tono tan habitual que le caracterizaba. Por supuesto, no esperaba menos que un insulto inventado y personalizado por parte de Laux.

—Ya lo sé, tía. Ya lo sé.

—Que sepas que me dejas tirada, pero te amo. Menudo churrito debe tener el Javitxu para que te vayas con él...

No pude contenerme la risa. Laux volvía a ser ella misma y ese silencio con el que nos castigamos durante esa semana desapareció por completo al minuto.

—Por cierto, ¿Se lo has dicho ya?

—No hizo falta. Salió de él.

—Si es que estáis alineados hasta en eso... Pues te voy a decir una cosa, pienso ir para allá en cuanto pueda... Vamos, ya te digo yo que me vas a tener allí viendo a Ivanovich día sí, día también.

—Ja, ja, ja. Estás obligada a hacerlo.

Laux tomó aire, dejó las bromas a un lado y se mostró más compresiva.

—Perdóname, amiga. No lo encajé bien. Luchi acaba de irse y perderte ahora ti...

—Ya lo sé, gordi —respondí comprensiva.

Laux respiró profundamente, algo tan insólito en una mujer que apenas lo hacía cuando hablaba, que supuse que lo que iba a decir era muy valioso para ella.

—Mira, rubia, sé que Javi es importante para ti... Pero tú lo eres más para mí.

Aquella frase resonó dentro de mí llegando a cada parte de mi cuerpo. 

—Te he echado mucho de menos esta semana, amiga.

—Y más que nos vamos a echar... Pero hoy he mirado el horóscopo y todas esas mierdas que leéis tú y Lucía, y ponía que, a veces, para avanzar hay que cambiar algo y me he dado cuenta de que es justo eso lo que estás buscando. Así que... ­­­­­­¡A por ello, amiga!

Nunca pensé que Laux tomaría en serio las frases de un horóscopo, pero es que aquellas palabras tenían toda la razón. Que una libra de pura cepa como yo, la duda personificada, hubiese tomado una decisión tan importante solo podía significar que para avanzar era el momento de hacer un cambio.

Laux me colgó después de desearme toda la suerte del mundo y hacerme prometer que le llamaría tres veces durante la semana, sin contar, por supuesto, el contacto diario por el Dramachat.

Sentada en aquel banco junto a la casa de Javi me sentí aliviada porque me apoyaban las personas más importantes de mi vida en una decisión que no era sencilla para mí. Aquello me daba fuerzas para estar segura de mí misma; así que respiré, miré al cielo y, casi por casualidad, cruzándose con mi mirada, vi el ático tan maravilloso del que tiempo atrás me había enamorado. Ya no tenía ningún cartel naranja fosforito ni el número particular. En ese mismo instante recibí una notificación en mi móvil.

 

 

Idealista

Uno de tus favoritos ya no está disponible.

 

 

No había señal más grande que esa. Cuando Javi bajó, me abracé muy fuerte a él y le dije que me pediría una excedencia de unos meses para irme a vivir con él, pero solo si él buscaba otra permuta para volvernos a Madrid y alquilar juntos un ático, el que fuese.

Me cogió en brazos como a una niña pequeña, feliz, rodeando con mis piernas su cuerpo en plena calle.

Nunca la frase de Pol tomó más sentido que en aquel momento: «No es dónde, es con quién».

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