Ciudad de las nubes
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Anna
En la Colina Cuarta de la ciudad que llamamos Constantinopla, pero cuyos habitantes llamaban sencillamente la Ciudad, cruzando la calle desde el convento de Santa Teófano Emperatriz, en la en otro tiempo próspera casa de bordados de Nikolaos Kalafates, vive una huérfana llamada Anna. No empieza a hablar hasta los tres años. A partir de entonces, son todo preguntas.
«¿Por qué respiramos, María?».
«¿Por qué no tienen dedos los caballos?».
«Si me como un huevo de cuervo, ¿se me volverá negro el pelo?».
«¿Cabe la luna dentro del sol, María, o es al revés?».
Las monjas de Santa Teófano la llaman «Monito» porque siempre está trepando a los frutales, y los niños de la Colina Cuarta la llaman «Mosquito» porque no los deja en paz, y la bordadora mayor, la viuda Teodora, dice que debería llamarse «Caso perdido» porque es la única niña que conoce capaz de aprender un punto de bordado en una hora y olvidarlo por completo a la siguiente.
Anna y su hermana mayor, María, duermen en una celda de una sola ventana donde apenas hay espacio para un jergón de crin. Entre las dos tienen cuatro monedas de cobre, tres botones de marfil, una manta de lana con remiendos y un icono de santa Koralia que pudo pertenecer o no a su madre. Anna nunca ha probado la crema dulce, jamás ha comido una naranja y no ha puesto un pie fuera de las murallas de la ciudad. Antes de que cumpla catorce años, todas las personas que conoce estarán esclavizadas o muertas.
Amanecer. La lluvia cae sobre la ciudad. Veinte bordadoras suben las escaleras del taller, se dirigen a sus bancos y la viuda Teodora va de ventana en ventana abriendo postigos. Dice: «Dios bendito, protégenos de la holganza», y las bordadoras contestan: «Porque nuestros pecados son innumerables», y la viuda Teodora abre con una llave el armario de los hilos y pesa el hilo de oro y de plata y las cajitas con perlas imperfectas, y apunta los pesos en una tablilla de cera, y, en cuanto la habitación está lo bastante iluminada para distinguir un hilo negro de uno blanco, empiezan a trabajar.
La bordadora mayor de todas, de setenta años, es Tekla. La más joven, de siete, es Anna. Se sienta al lado de su hermana y la mira desenrollar una estola de clérigo a medio terminar sobre la mesa. En los bordes, en redondeles pulcros, hojas de vid se entrelazan con alondras, pavos reales y palomas. «Ahora que hemos silueteado a Juan Bautista —dice María—, vamos a hacer sus facciones». Enhebra una aguja con dos hilos iguales de algodón teñido, fija el bastidor en el centro de la estola y da muchas puntadas muy seguidas. «Damos la vuelta a la aguja y la sacamos por el centro de la última puntada, separando los hilos así. ¿Lo ves?».
Anna no lo ve. ¿Quién quiere una vida así, encorvada todo el día sobre aguja e hilo, bordando santos y estrellas, grifos y hojas de parra en la vestimenta de jerarcas? Eudokia canta un himno sobre los tres niños santos y Ágata uno sobre las penalidades de Job y la viuda Teodora pasea por el taller igual que una garza a la caza de gobios. Anna intenta seguir con la vista la aguja de María —punto del revés, de cadeneta— pero justo delante de su mesa, en el alféizar, se posa una pequeña tarabilla marrón, se sacude agua del lomo, canta pii chac chac y, en un abrir y cerrar de ojos, Anna ya ha empezado a soñar que es ese pájaro. Echa a volar desde el alféizar, esquiva gotas de lluvia y sobrevuela el vecindario, las ruinas de la basílica de San Polieucto. Unas gaviotas vuelan alrededor de la cúpula de Hagia Sophia igual que plegarias alrededor de la cabeza de Dios, el viento levanta cabrillas en el agua del amplio estrecho del Bósforo y el galeote de un mercader rodea el promontorio con las velas henchidas, pero Anna vuela aún más alto, hasta que la ciudad es un estarcido de azoteas y jardines lejanos, hasta que está en las nubes, hasta que…
—Anna —sisea María—. ¿Qué hilo va aquí?
Desde el otro lado de la habitación, la atención de la viuda Teodora se dirige hacia ellas.
—¿Carmesí? ¿Arrollado sobre alambre?
—No —contesta María suspirando—. Carmesí no. Y sin alambre.
Pasa el día cogiendo hilos, cogiendo tela, cogiendo agua, llevando a las bordadoras su almuerzo de alubias en aceite. Por la tarde oyen ruido de cascos de un burro y el saludo del portero y las pisadas del señor Kalafates subiendo las escaleras. Todas las mujeres se sientan un poco más rectas, cosen un poco más deprisa. Anna gatea por entre las mesas y va recogiendo cada trozo de hilo que encuentra mientras susurra para sí: «Soy pequeña, soy invisible, no puede verme».
Con sus brazos larguísimos, boca sucia de vino y giba hostil, Kalafates tiene más aspecto de buitre que ningún otro hombre que Anna haya conocido. Emite pequeños cloqueos de desaprobación mientras pasa cojeando entre los bancos hasta que elige una bordadora tras la que detenerse; hoy le ha tocado a Eugenia y la sermonea sobre lo despacio que trabaja, sobre cómo en tiempos de su padre a una incompetente como ella no se le habría permitido acercarse a una bala de seda y es que estas mujeres no comprenden que cada día se pierden nuevas provincias a manos de los sarracenos, que la ciudad es la última isla de Cristo en un mar de infieles, que si no fuera por las murallas defensivas estarían todas en venta en un mercado de esclavos en alguna provincia olvidada de la mano de Dios.
Kalafates está a punto de echar espuma por la boca cuando el portero toca la campana para anunciar la llegada de un cliente. Se seca la frente y se ajusta la cruz dorada sobre la camisa, corre escaleras abajo y todas respiran de alivio. Eugenia deja las tijeras; Ágata se frota las sienes; Anna sale a gatas de debajo de un banco. María sigue cosiendo.
Las moscas trazan círculos entre las mesas. Del piso de abajo llega el sonido de hombres riendo.
Una hora antes de que anochezca, la viuda Teodora la llama.
—Si Dios quiere, niña, todavía hay luz para encontrar brotes de alcaparra. Aliviarán el dolor de las muñecas de Ágata y también mejorarán la tos de Tekla. Coge las que estén a punto de florecer. Vuelve antes de que toquen a vísperas, cúbrete el pelo y evita a granujas y gentes de mal vivir.
Anna apenas consigue mantener los pies en el suelo.
—Y no corras. Se te caerá el útero.
Se obliga a bajar despacio las escaleras, a cruzar despacio el patio, a pasar despacio junto al guarda, y entonces vuela. Cruza las puertas de Santa Teófano, rodea las enormes piezas de granito de una columna caída, pasa entre dos filas de monjes que suben la calle arrastrando los pies con sus hábitos negros igual que cuervos sin alas. En los caminos brillan charcos; tres cabras pastan en el esqueleto de una capilla derruida y levantan las cabezas hacia ella exactamente a la vez.
Es probable que cerca de la casa de Kalafates crezcan veinte mil arbustos de alcaparras, pero Anna corre una milla entera hasta las murallas de la ciudad. Aquí, en el huerto ahogado de ortigas, a los pies de la gran muralla interior, hay una poterna más vieja que la memoria. Trepa por unas piedras amontonadas, se cuela por un agujero y sube la escalera serpenteante. Seis vueltas hasta llegar arriba, atraviesa un guantelete de telarañas y llega a una torreta de arquero iluminada por dos aspilleras en lados opuestos. Hay escombros por todas partes; la arena se filtra por grietas del suelo bajo sus pies en regueros audibles; una golondrina asustada se aleja volando.
Sin aliento, espera a que se le acostumbre la vista a la oscuridad. Siglos atrás, alguien, quizá un arquero solitario cansado de vigilar, dibujó un fresco en la pared sur. El tiempo y los elementos han levantado gran parte del estuco, pero la imagen se conserva nítida.
En el extremo izquierdo, un asno de ojos tristes está a la orilla del mar. El agua es azul y está dividida en olas geométricas, y en el extremo derecho, flotando en una balsa hecha de nubes, tan alto que a Anna no le alcanza la vista, brilla una ciudad de torres de plata y bronce.
Ha contemplado esta pintura media docena de veces y siempre despierta algo en su interior, esa atracción inexpresable que ejercen los lugares lejanos, la intuición de la inmensidad del mundo y de su insignificancia dentro de él. El estilo es por completo distinto de los bordados del taller de Kalafates, la perspectiva es más extraña, los colores son más elementales. ¿Qué asno es ese y por qué tiene tal expresión de desamparo? ¿Y qué ciudad es esa? ¿Sion, el paraíso, la ciudad de Dios? Se pone de puntillas; entre grietas del estuco distingue columnas, arcos, ventanas, palomas diminutas que vuelan en bandadas entre las torres.
Abajo, en los jardines, empiezan a cantar los ruiseñores. La luz mengua, y el suelo cruje, y la torreta parece inclinarse más hacia el olvido, y Anna sale por el ventanuco que da al oeste al parapeto, donde los arbustos de alcaparras alineados ofrecen sus hojas al sol poniente.
Coge brotes, se los guarda en el bolsillo. Pero el gran mundo sigue atrapando su atención. Al otro lado de la muralla exterior, pasado el foso lleno de algas, la está esperando: olivares, caminos de cabras, la diminuta silueta de un hombre que guía dos camellos junto a un cementerio. Las piedras liberan el calor del día; el sol desaparece de la vista. Para cuando llaman a vísperas, Anna solo tiene llena una cuarta parte del bolsillo. Llegará tarde; María se preocupará; la viuda Teodora se enfadará.
Vuelve a entrar en el torreón y se detiene una vez más debajo de la pintura. Una respiración más. En la luz del crepúsculo, las nubes parecen agitarse, la ciudad parece centellear; el asno camina por la orilla, ansioso por cruzar el mar.