Ciudad de las nubes

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Zeno

Tiene siete años cuando a su padre lo contratan para instalar una nueva sierra en la maderera Ansley Tie and Lumber Company. Cuando llegan es enero y los únicos copos de nieve que ha visto Zeno antes son las fibras de amianto que un droguero del norte de California espolvoreaba sobre una decoración navideña. El niño toca la superficie helada de un charco en el andén de la estación y enseguida retira los dedos como si se hubiera quemado. Papá se deja caer de espaldas en un banco de nieve, se embadurna el abrigo con ella y camina tambaleante.

—¡Mírrame! ¡Mírrame! ¡Soy muñeco de nieve!

Zeno se echa a llorar.

El aserradero los aloja en una cabaña de dos habitaciones mal aislada a un kilómetro y medio de la ciudad, en el linde de una llanura color blanco cegador que, como el niño comprenderá más tarde, es un lago helado. Cuando se hace de noche, papá abre una lata de kilo de espaguetis con albóndigas marca Armour & Company y la pone a calentar en la estufa. La mitad inferior le quema la lengua a Zeno. La mitad superior es un puré.

—Esta casa ser bárbara, ¿eh, corderito? Fabulosa, ¿sí?

De noche el frío se cuela por mil rendijas de las paredes y el niño no logra entrar en calor. Abrirse paso por el cañón de nieve apilada hasta el retrete una hora antes del amanecer es un horror tan sombrío que reza por no tener que hacer pis nunca más. Cuando rompe el día, papá lo lleva a la tienda, situada a un kilómetro y medio, y se gasta cuatro dólares en ocho pares de calcetines de lana Utah Woolen Mills, los mejores que tienen. Luego se sientan en el suelo junto a la caja registradora y papá le pone dos calcetines a Zeno.

—Recuérdate, hijo —dice—, no hay clima malo, solo ropa mala.

La mitad de los niños de la escuela son finlandeses y el resto suecos, pero Zeno tiene pestañas oscuras, iris color avellana, piel del color del té con leche y ese nombre. Aceitunero, Follaovejas, Espagueti, Zero… Incluso cuando no entiende los epítetos, el mensaje es claro: no apestes, no respires, deja de tiritar, deja de ser diferente. Después de la escuela deambula por el laberinto de montículos de nieve que es el centro de Lakeport, un metro y medio en la gasolinera, dos en el tejado de la ferretería M. S. Morris. En la tienda de caramelos Cadwell’s, niños mayores mascan chicle y hablan de gilipollas, mariquitas y bólidos; se callan cuando reparan en su presencia; le dicen: «No nos espíes».

Ocho días después de llegar a Lakeport se detiene delante de un edificio victoriano de dos plantas azul celeste en la esquina de Lake y Park. Del alero cuelgan témpanos como colmillos; el letrero, medio enterrado en nieve, dice:

Está mirando por una ventana cuando se abre la puerta y dos mujeres idénticas con sencillos vestidos de cuello alto lo animan a entrar:

—¡Pero bueno! —dice una—. Tienes pinta de estar helado.

—¿Dónde está tu madre? —dice la otra.

Lámparas de flexo iluminan mesas de lectura; un bordado en la pared dice: «Aquí se contestan preguntas».

—Mamá —dice Zeno— vive ahora en la Ciudad Celestial. Donde nadie conoce la tristeza y a nadie le falta de nada.

Las bibliotecarias inclinan las cabezas a exactamente el mismo ángulo. Una sienta a Zeno en una silla con respaldo de varillas delante de la chimenea mientras la otra desaparece por entre las estanterías y vuelve con un libro de tapas de tela y sobrecubierta amarillo limón.

—Ah —dice la hermana mayor—. Excelente elección.

Se sientan una a cada lado de Zeno y la que le ha traído el libro dice:

—En días como este, frío y húmedo, en el que uno no consigue entrar en calor, a veces se necesita a los griegos. —Le enseña una página repleta de versos—. Para que te transporten volando por el mundo hasta algún lugar cálido, rocoso y luminoso.

El fuego parpadea, los tiradores de latón de los cajones del catálogo de fichas centellean y Zeno se mete las manos debajo de los muslos mientras la segunda hermana empieza a leer. En la historia, un navegante solitario, el hombre más solo del mundo, navega dieciocho días en una balsa antes de que lo alcance una terrible tormenta. Su balsa se hace pedazos y las olas lo arrojan desnudo a las rocas de una isla. Pero una diosa llamada Atenea se disfraza de muchacha con un aguamanil y lo guía hasta una ciudad encantada.

Él en cambio admiraba los puertos, los buenos bajeles, los mercados, lugar de reunión de los nobles, los largos y altos muros con vallas de púas, hechizo a los ojos.

Zeno está extasiado. Oye las olas romper contra las rocas, huele el salitre del mar, ve las altas bóvedas relucir al sol. ¿Es la isla de los feacios lo mismo que la Ciudad Celestial y también tuvo su madre que flotar sola bajo las estrellas durante dieciocho días para llegar allí?

La diosa le dice al marino solitario que no tema, que vale más ser siempre valeroso, y este entra en un palacio que brilla como los rayos de la luna, el rey y la reina le dan vino endulzado con miel, lo sientan en un trono plateado y le piden que les cuente sus penalidades y Zeno está deseando oír más. Pero el calor del fuego y el olor del papel y la cadencia de la voz de la bibliotecaria se unen para hacerle un encantamiento y se queda dormido.

Papá promete aislamiento, un cuarto de baño dentro de la casa y un radiador eléctrico nuevo marca Thermador pedido directamente a Montgomery Ward, pero casi todas las noches vuelve a casa del aserradero demasiado cansado para soltarse los cordones de las botas. Pone una lata de carne con fideos en la estufa, fuma un cigarrillo y se queda dormido en la mesa de la cocina, con un charco de nieve derretida a los pies, como si se descongelara un poco en sueños antes de salir de nuevo al amanecer para volverse otra vez sólido.

Cada día después de la escuela Zeno hace una parada en la biblioteca y las bibliotecarias —las dos señoritas Cunningham— le siguen leyendo la Odisea. Y a continuación El vellocino de oro y los héroes que vivieron antes de Aquiles, haciéndolo viajar hasta Ogigia y Eritrea, Hesperia e Hiperbórea, lugares que las hermanas llaman tierras míticas, lo que significa que no son lugares reales, que Zeno solo puede viajar a ellos con la imaginación, aunque en otras ocasiones las hermanas dicen que los viejos mitos pueden ser más verdaderos que las verdades, así que quizá después de todo son lugares reales. Los días se alargan y el tejado de la biblioteca gotea y los pinos ponderosa encima de la cabaña se desprenden de nieve, que cae con un estrépito que a Zeno le suena a Hermes aterrizando con sus sandalias doradas con otro mensaje de los dioses del Olimpo.

En abril, papá llega a casa con una perra collie moteada del aserradero y, aunque huele a pantano y siempre defeca detrás de la estufa, cuando trepa a la manta de Zeno por las noches y pega su cuerpo al suyo entre suspiros de gran satisfacción, al niño le lloran los ojos de felicidad. La llama Athena y cada tarde, cuando sale de la escuela, la perra está ahí, meneando el rabo en la nieve sucia junto a la cerca de madera, y pasean juntos hasta la biblioteca y las hermanas Cunningham dejan que Athena duerma en el felpudo delante de la chimenea mientras le leen a Zeno sobre Héctor y Casandra y los cien hijos del rey Príamo. Mayo da paso a junio y el lago se vuelve color azul zafiro, las sierras resuenan en los bosques y junto a los aserraderos se levantan plataformas de trozas tan enormes como ciudades y papá le compra a Zeno unos pantalones de peto tres tallas demasiado grandes con un rayo cosido al bolsillo.

En julio pasa delante de una casa en la esquina de las calles Mission y Forest con chimenea de ladrillo, dos plantas, y un Buick Modelo 57 de 1933 azul claro, cuando sale una mujer de la puerta delantera y le pide que se acerque al porche.

—No muerdo —dice—, pero deja fuera al perro.

Dentro, cortinas color mora impiden pasar la luz. Su nombre, dice la mujer, es señora Boydstun y su marido murió en un accidente del aserradero unos años atrás. Tiene pelo amarillo, ojos azules y lunares en la garganta que parecen escarabajos paralizados en plena carrera. En una fuente en el comedor hay una pirámide de galletas con forma de estrella y el dorso brillante de glaseado.

—Adelante. —La mujer se enciende un cigarrillo. En la pared detrás de ella, un Jesucristo de treinta centímetros de alto mira amenazador desde la cruz—. Si no, las voy a tirar.

Zeno coge una: azúcar, mantequilla, deliciosa.

En estanterías que recorren la circunferencia de la habitación hay cientos de niños de porcelana con mejillas sonrosadas que llevan capuchas y trajes rojos, algunos sostienen horcas, otros se besan y otros se asoman a pozos de los deseos.

—Te he visto —dice la mujer—, deambulando por el pueblo. Hablando con esas brujas de la biblioteca.

Zeno no sabe cómo contestar y, en cualquier caso, los niños de cerámica le ponen nervioso y tiene la boca llena.

—Cómete otra.

La segunda es incluso mejor que la primera. ¿Quién hornearía una fuente de galletas solo para tirarlas?

—Tu padre es el nuevo, ¿verdad? En el aserradero. El de los hombros.

Zeno consigue asentir con la cabeza. Jesucristo lo mira sin parpadear. La señora Boydstun da una larga calada. Su gesto es desenfadado pero su atención es feroz y Zeno piensa en Argos Panoptes, el guardián de Hera, que tenía ojos por toda la cabeza e incluso en las yemas de los dedos, de manera que cuando cerraba cincuenta para dormir, otros cincuenta hacían guardia.

Coge una tercera galleta.

—¿Y tu madre? ¿No está?

Zeno niega con la cabeza y de pronto en la casa falta aire, las galletas se convierten en arcilla en su barriga, Athena gime en el porche y oleadas de culpa y confusión se apoderan de él con tal intensidad que se aparta de la mesa y se va corriendo sin dar las gracias.

El fin de semana siguiente va con papá y la señora Boydstun a un servicio dominical donde un pastor con las axilas húmedas les advierte de que acechan fuerzas oscuras. Después los tres van dando un paseo hasta la casa de la señora Boydstun, esta sirve algo llamado Old Forester en vasos azules iguales y papá enciende la radio de mesa Zenith que llena las habitaciones oscuras y recargadas de música de baile y la señora Boydstun ríe una risa llena de grandes dientes y le toca a papá el antebrazo con las uñas. Zeno tiene la esperanza de que saque otro plato de galletas cuando papá dice:

—Ahorra juegas fuera, hijo.

Zeno y Athena caminan una manzana hasta el lago y Zeno construye un reino en miniatura de los feacios en la arena, repleto de altas murallas y jardines de higueras y una flota de barcos de piñas y Athena recoge palos por toda la playa y se los lleva a Zeno para que los pueda tirar al agua. Dos meses atrás le habría extasiado pasar tiempo en una casa de verdad con una chimenea de verdad y un Buick modelo 57 en la puerta, pero ahora mismo lo único que quiere es volver a la cabaña con papá para que puedan calentar unos fideos en la estufa.

Athena no para de traerle palos cada vez más grandes, hasta que llega un momento en que arrastra arbolillos arrancados por la arena mientras la luz del sol riela en el lago y los enormes pinos ponderosa tiemblan y centellean y envían agujas a su reino y Zeno cierra los ojos y siente que se hace muy pequeño, lo bastante para entrar en el palacio real del centro de su isla de arena, donde criados lo visten con una túnica abrigada y lo guían por pasillos iluminados con antorchas y todos se alegran muchísimo de recibirlo y en el salón del trono se une a Ulises y su madre y el apuesto y poderoso Alcínoo y hacen libaciones en honor a Zeus, señor del Trueno, que guía a los viajeros.

Por fin vuelve a casa de la señora Boydstun, llama a papá y papá le responde desde la habitación del fondo: «¡Trres minutos más, corderito!», y Zeno y Athena se sientan en el porche rodeados de un halo de mosquitos.

Septiembre se cierra alrededor de agosto igual que las pinzas de un crustáceo y en octubre la nieve espolvorea las cimas de las montañas y pasan cada domingo en casa de la señora Boydstun y también muchas veladas entre semana. Para noviembre, papá sigue sin instalar un retrete dentro de la casa y no hay un radiador eléctrico Thermador pedido directamente a Montgomery Ward. El primer domingo de diciembre, después de la iglesia van a la casa de la señora Boydstun, papá enciende la radio y el locutor dice que 353 aviones japoneses han bombardeado una base naval americana en un lugar llamado Oahu.

En la cocina, a la señora Boydstun se le cae al suelo un paquete de harina. Zeno pregunta: «¿Qué es personal auxiliar?». Nadie contesta. Athena ladra en el porche y el locutor aventura que miles de marinos pueden estar muertos y en el lado izquierdo de la frente de papá se hincha visiblemente una vena.

Fuera, en Mission Street, los bancos de nieve ya son tan altos como Zeno. Athena cava un túnel en la nieve y no circulan coches ni sobrevuelan aviones ni de otras casas salen niños. El mundo entero parece haber enmudecido. Cuando, horas después, Zeno entra en la casa, su padre camina en círculos alrededor de la radio mientras hace crujir los nudillos de su mano derecha con los dedos de la izquierda y la señora Boydstun está en la ventana con un vaso de Old Forester y nadie ha limpiado la harina del suelo.

En la radio, una mujer dice: «Buenas tardes, señoras y caballeros», y carraspea. «Les hablo esta noche en un momento de extrema gravedad en la historia de nuestro país».

Papá levanta un dedo.

—Es mujerr del presidente.

Athena gime en la puerta.

«Desde hace meses ya —dice la mujer del presidente— la certeza de que algo así podía ocurrir ha pesado sobre nosotros y sin embargo resultaba imposible de creer».

Athena ladra.

—¿Puedes por favor hacer callar a ese animal? —salta la señora Boydstun.

—¿Podemos irnos ya a casa, papá? —pregunta Zeno.

«No importa lo que se requiera de nosotros —continúa diciendo la mujer del presidente—, estoy segura de que lo lograremos».

Papá niega con la cabeza.

—A estos muchachos les vuelan las cabezas mientras desayunando. Los queman vivos.

Athena vuelve a ladrar, la señora Boydstun arruga la frente con manos temblorosas y los cientos de niños de porcelana de los estantes —dándose la mano, saltando a la comba, acarreando cubos— de pronto parecen armados de un terrible poder.

«Y ahora —dice la radio— devolvemos la conexión al programa que habíamos dispuesto para esta noche».

—Así aprenden esos japos cabrones —asegura papá—. Se van a enterar de lo que son buenos.

Cinco días después, él y cuatro hombres más del aserradero van a Boise a que les cuenten los dientes y les midan el pecho. Y el día después de Navidad, papá sale camino de algo llamado campamento de instrucción de un lugar llamado Massachusetts y Zeno se ha ido a vivir con la señora Boydstun.

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