Ciudad de las nubes
Seis » Constantinopla » Anna
Página 40 de 163
Anna
Cumple doce años, aunque nadie se da cuenta. Ya no corretea por las ruinas jugando a ser Ulises cuando entra sin ser visto en el palacio del valeroso Alcínoo: es como si, cuando Kalafates echó el pergamino de Licinio al fuego, el reino de los feacios también hubiera quedado reducido a cenizas.
A María ha vuelto a crecerle el pelo por donde Kalafates se lo arrancó y los cardenales alrededor de los ojos hace tiempo que han desaparecido, pero persiste una herida más profunda. Hace muecas de dolor cuando le da el sol, olvida los nombres de las cosas, deja frases sin terminar. Tiene dolores de cabeza que la obligan a refugiarse en la oscuridad. Y una mañana soleada, antes de que las campanas den la sexta hora, María suelta la aguja y las tijeras y se lleva los dedos a los ojos.
—Anna, no veo.
La viuda Teodora frunce el ceño desde su banqueta; las otras bordadoras levantan la vista, luego vuelven a su labor. Kalafates está en el piso de abajo, recibiendo a algún diocesano. María tira cosas de la mesa al mover los brazos de un lado a otro. Una bobina de hilo rueda a sus pies y se desenrolla despacio.
—¿Hay humo?
—No hay humo, hermana. Ven.
Anna la guía por las escaleras de piedra hasta su celda y reza, santa Koralia, ayúdame a ser mejor, ayúdame a aprender los puntos de bordado, ayúdame a arreglar esto, y pasa otra hora hasta que María es capaz de verse la mano delante de la cara. Durante la cena, las mujeres aventuran distintos diagnósticos. ¿Estranguria? ¿Fiebre cuartana? Eudokia ofrece un talismán; Ágata recomienda infusión de astrágalo y betónica. Pero lo que las bordadoras no dicen en voz alta es su convicción de que el viejo manuscrito de Licinio ha operado alguna clase de magia negra; que, a pesar de haber sido destruido, continúa causando desventuras a las hermanas.
«¿Qué hechicería es esta?».
«Te llenas la cabeza de cosas inútiles».
Después de las oraciones vespertinas, la viuda Teodora entra en la celda con un brasero de hierbas humeantes, se sienta junto a María y dobla sus largas piernas debajo del cuerpo.
—Hace toda una vida —dice— conocí a un calero que a una hora veía el mundo y a la siguiente no. Con el tiempo su mundo se volvió tan oscuro como la oscuridad del infierno, y ningún doctor, ni del país ni extranjero, pudo hacer nada por él. Pero su mujer tuvo fe en el Señor, reunió todas las monedas de plata que pudo y lo llevó por la puerta sagrada de Silivri hasta el santuario de la Virgen de la Fuente, donde las hermanas le dejaron beber del pozo sagrado. Y cuando regresó el calero…
Teodora dibuja una cruz en el aire, evocándolo, y el humo flota de una pared a otra.
—¿Qué? —susurra Anna—. ¿Qué pasó cuando regresó el calero?
—Vio las gaviotas en el cielo, y las naves en el mar, y las abejas visitando las flores. Y cada vez que las gentes se cruzaban con él, durante el resto de su vida, hablaban del milagro.
María está sentada en el jergón con las manos en el regazo como dos gorriones rotos.
—¿Cuántas monedas de plata? —pregunta Anna.
Un mes más tarde, al anochecer, se detiene en un callejón detrás de la tapia del convento de Santa Teófano. Mira. Escucha. Sube. Al llegar al final se cuela por el enrejado. Desde ahí, basta un pequeño salto al tejado de la bodega; se agacha un instante, prestando atención.
De las cocinas sale humo; un murmullo de cántico llega desde la capilla. Piensa en María sentada en su jergón en ese instante, guiñando los ojos para soltar y rehacer una sencilla corona de flores que Anna ha intentado bordar ese mismo día. En la creciente oscuridad ve a Kalafates coger a María del pelo. La arrastra por el pasillo, su cabeza se golpea con la escalera y es como si fuera la cabeza de Anna lo que se golpeara y en su campo visual estallan chispas.
Baja del tejado, entra en el ponedero, coge una gallina. Esta chilla una vez antes de que Anna le parta el cuello y se la guarde en el vestido. Luego, de vuelta al tejado de la despensa, cruza de nuevo la verja de hierro, atraviesa la hiedra.
En las últimas semanas ha vendido cuatro gallinas robadas en el mercado por seis monedas de cobre, apenas lo suficiente para comprar a su hermana una bendición en el santuario de la Virgen de la Fuente. En cuanto sus babuchas tocan el suelo, echa a correr por el callejón, con la pared del convento a su derecha, hasta llegar a la calle en que un río de hombres y bestias camina en dos direcciones en la luz menguante. Con la cabeza gacha y un brazo doblado sobre la gallina se abre camino hasta el mercado, invisible como una sombra. Entonces nota una mano en la espalda del vestido.
Es un niño, no mayor que ella. De ojos saltones, manazas, descalzo, tan flaco que parece todo ojos. Lo conoce: es el sobrino de un pescador y se llama Himerio, la clase de niño del que Crisa, la cocinera, diría que es tan malo como un dolor de muelas y tan inútil como cantar salmos a un caballo muerto. Un grueso mechón de pelo le cae sobre la frente, la empuñadura de un cuchillo asoma por la cintura de su pantalón bombacho y tiene la sonrisa propia de alguien que juega con ventaja.
—Conque robando a las siervas del Señor.
El corazón de Anna late tan fuerte que la sorprende que los transeúntes no lo oigan. La puerta de Santa Teófano aún se ve: el chico podría arrastrarla hasta allí para denunciarla, obligarla a abrirse el vestido. Anna ha visto a ladronas en la horca: el otoño anterior hubo tres vestidas de rameras y sentadas al revés en asnos; las llevaron al patíbulo del Amastrianum y la más joven de todas no debía de ser mucho mayor que ella ahora.
¿La ahorcarían por robar aves de corral? El chico vuelve la vista al callejón y a la tapia por la que Anna acaba de bajar, calculando.
—¿Conoces el priorato en la roca?
Anna asiente con la cabeza, desconfiada. Son unas ruinas en los límites de la ciudad, cerca del puerto de Sophia, un lugar amenazador rodeado de agua por tres partes. Es posible que siglos atrás fuera una abadía acogedora, pero ahora parece una reliquia aterradora y desolada. Los muchachos de la Cuarta Colina le han contado que lo moran espectros que se alimentan de almas mortales, que transportan a su camarlengo de una habitación a otra en un trono hecho de huesos.
Dos castellanos, envueltos en abrigos de brocado y generosamente rociados de perfume, pasan a caballo y el chico hace una inclinación de cabeza cuando se aparta de su camino.
—He oído —dice Himerio— que dentro del priorato abundan objetos de gran antigüedad: cálices de marfil, guantes recamados de zafiros, pieles de león. He oído que el Patriarca guardaba esquirlas del Espíritu Santo en jarras de oro. —Las campanas de una docena de basílicas empiezan su lento tañido y el niño mira por encima de la cabeza de Anna y guiña sus enormes ojos, como si viera gemas brillantes en la noche—. En esta ciudad hay forasteros dispuestos a pagar mucho por cosas viejas. Podemos ir en barca hasta el priorato, luego tú trepas y entras, llenas un saco y vendemos lo que encuentres. Reúnete conmigo debajo de la torre de Belisario la próxima noche que llegue humo del mar. Oles hablaré a las santas hermanas de la zorra que les roba las gallinas.
Humo del mar: se refiere a la niebla. Cada tarde Anna mira por las ventanas del taller, pero los días de otoño siguen siendo claros, con el cielo de un azul límpido y doloroso, un tiempo tan despejado, dice Crisa, que se ve el dormitorio de Jesús. Desde las estrechas callejuelas, por entre las casas, en ocasiones Anna atisba el priorato a lo lejos: una torre derruida, muros altos, ventanas tapiadas. Está en ruinas. Guantes bordados con zafiros, pieles de león… Himerio es un necio y solo una necia se creería sus cuentos. Sin embargo, bajo su aprensión, surge un hilo de esperanza. Como si una parte de ella deseara que llegara la niebla.
Una tarde llega: un torrente turbulento de blanco sube del Propontis al anochecer; es espeso, frío y mudo, y ahoga la ciudad. Por la ventana del taller Anna ve desaparecer la bóveda central de la iglesia de los Santos Apóstoles, a continuación los muros de Santa Teófano, luego el patio que hay abajo.
Después de oscurecido, después de los rezos, sale de debajo de la manta que comparte con María y se escabulle hacia la puerta.
—¿Dónde vas?
—A aliviarme. Descansa, hermana.
Recorre el pasillo, cruza por uno de los lados del patio para evitar al guarda y sale a la celosía de callejuelas. La niebla hace desaparecer muros, altera sonidos, transforma figuras en sombras. Se apresura, tratando de no pensar en los peligros nocturnos de los que ha sido advertida; brujas errantes, enfermedades transportadas por el aire, exhalaciones letales, granujas y depravados, los perros de la noche acechando en las sombras. Deja atrás las casas de herreros, peleteros, zapateros: todos protegidos por puertas con barrotes, todos temerosos de su dios. Baja el sendero empinado hasta el pie de la torre y espera y tiembla. La luna vierte su luz en la niebla como si fuera leche.
Con una mezcla de alivio y decepción, decide que Himerio debe de haber renunciado a su plan, pero entonces sale de entre las sombras. En el hombro derecho lleva una cuerda y en la mano izquierda un saco, y la guía sin decir palabra por una puerta de pescadores y a través de la playa empedrada, pasando una docena de botes vueltos del revés hasta un esquife varado en la grava.
Tan lleno de remiendos, con una madera tan podrida que a duras penas se puede considerar un barco. Himerio deja el saco y la cuerda en la proa, arrastra el bote al agua y espera con el agua hasta las pantorrillas.
—¿Flotará?
Parece ofendido. Anna sube a bordo y el chico empuja el esquife fuera de la grava y sube a bordo con agilidad. Mete los remos en las chumaceras, espera un instante y las palas de los remos chapotean chapotean chapotean y pasa volando un cormorán y el niño y la niña lo ven salir de la niebla y desaparecer de nuevo en ella.
Anna clava las uñas en la bancada mientras Himerio rema hasta el puerto. Una carraca que hay anclada de pronto está muy cerca, sucia, cubierta de percebes y enorme, con mástiles inverosímilmente altos, las aguas negras lamiéndole el casco, las cadenas del ancla envueltas en algas. Anna había creído que los barcos eran ágiles y majestuosos; de cerca le ponen los pelos de punta.
A cada respiración espera que alguien los detenga, pero nadie lo hace.
Llegan a una escollera e Himerio guarda los remos y cuelga dos sedales sin cebo de la popa.
—Si alguien pregunta —susurra—, estamos pescando. —Agita uno de los sedales como para demostrarlo.
El esquife cabecea; el aire apesta a crustáceo; más allá de la escollera, las olas se hacen añicos contra las rocas. Anna nunca ha estado tan lejos de casa.
De tanto en tanto el chico se inclina hacia delante y usa una jarra de boca ancha para achicar agua de entre sus pies descalzos. Detrás de ellos, las grandes torres de Portus Palatii han desaparecido en la niebla y solo están el rugido lejano de las olas contra las rocas y el golpeteo de remos contra la barca y su terror y euforia simultáneos.
Cuando llegan a una abertura en la escollera, el chico señala con la barbilla hacia la oscuridad pulsátil que hay detrás.
—Si hay mala marea, aquí hay una corriente que nos llevaría directos a mar abierto.
Rema un poco más y luego coloca los remos en horizontal y le da a Anna el saco y la cuerda. La niebla es tan espesa que al principio Anna no ve la pared, y, cuando por fin lo hace, le parece la cosa más vieja y cansada del mundo.
El esquife sube y baja con cada ola y en algún punto del interior de la ciudad las campanas suenan una vez, tan lejanas como si estuvieran en el otro extremo del mundo. De las catacumbas de la mente de Anna se escapan terrores: fantasmas ciegos, el camarlengo diabólico en su trono de hueso con los labios oscurecidos por la sangre de niños.
—Casi arriba del todo —susurra Himerio—. ¿Ves los agujeros de desagüe?
Anna solo ve una torre de ladrillo en ruinas, cubierta de mejillones por la parte que asoma del agua y estriada de algas y decoloraciones, que después se eleva en la niebla como hacia el infinito.
—Si trepas hasta uno de esos agujeros podrás entrar.
—¿Y luego?
En la oscuridad, los enormes globos oculares del chico casi parecen brillar.
—Llenas el saco y me lo bajas.
Himerio sujeta el remo lo más cerca posible del muro; Anna levanta la vista y tiembla.
—Es una buena cuerda —dice Himerio, como si la cualidad de la cuerda fuera la única objeción de Anna. Un murciélago solitario traza un círculo sobre el esquife y se va. Si no fuera por ella, María no habría perdido la vista. María podría ser la bordadora más hábil de la viuda Teodora; Dios la sonreiría. Anna es la que no es capaz de estarse quieta, la que no aprende, la que lo ha echado todo a perder. Mira el agua oscura y vítrea y la imagina cerrándose sobre su cabeza. ¿Acaso no lo merece?
Se coloca la cuerda y el saco alrededor del cuello y araña letras en la superficie de su cerebro. Α es ἄλφα es alfa; Β es βῆτα es beta. Ἄστεα son ciudades; νόον es pensamiento; ἔγνω es conoció. Cuando se pone de pie, el bote cabecea alarmantemente. A base de empujar primero un remo, luego el otro, Himerio mantiene la popa pegada a la base del muro; el esquife lo araña al caer y se estremece al subir, y Anna se agarra a un mechón de algas que crece por una grieta con la mano derecha, encuentra un pequeño apoyo para la izquierda, saca un pie del bote, pega el cuerpo a la pared y el esquife cae debajo de ella.
Se aferra a la piedra mientras Himerio se lleva la barca. Todo lo que queda bajo sus pies es el agua negra que fluye solo santa Koralia sabe a qué profundidad y solo santa Koralia sabe cómo de fría y de cuántos peligros llena. No hay otro remedio que seguir subiendo.
Los canteros y el tiempo han dejado bordes de piedras sobresaliendo aquí y allí, de manera que encontrar apoyos no es difícil y, a pesar del miedo, el ritmo de ascenso pronto la absorbe. Un asidero para la mano, otro, aquí uno para el pie, para el otro; la niebla borra a Himerio y el agua que hay abajo y Anna trepa como por una escalera a las nubes. Demasiado poco miedo y no prestarás la atención debida; demasiado miedo y te paralizarás. Busca, ase, date impulso, sube, busca. No hay sitio en la cabeza para nada más.
Con la cuerda y el saco alrededor del cuello, Anna asciende por una estratigrafía de piedra en descomposición, desde el primer emperador hasta el último, y pronto tiene casi encima los agujeros de los que habló Himerio: una serie de imbornales esculpidos en forma de cabezas de león, casi tan grandes como ella. Consigue impulsarse por la boca abierta de uno. En cuanto nota peso debajo de las rodillas, encoge los hombros y repta por un conducto de porquería.
Mojada y sucia de barro, se agacha y entra en lo que debió de ser un gran salón. Oye ratas corretear en la oscuridad.
Se para. Escucha. Gran parte del techo de madera se ha hundido y en la luz de luna dispersa por la niebla distingue una mesa cubierta de desperdicios tan larga como el taller de Kalafates ocupando todo el centro de la habitación, con un jardín de helechos en la superficie. Un tapiz destruido por la lluvia cuelga de una pared; cuando Anna toca el borde, cosas invisibles que hay detrás se sumen en las sombras con un batir de alas. En la pared, sus dedos encuentran un soporte de hierro, quizá para una antorcha, muy oxidado. ¿Tendrá algún valor? Himerio ha evocado visiones de tesoros olvidados —Anna imaginó el palacio de Alcínoo—, pero esto tiene poco de tesoro; todo está corroído por los elementos y el tiempo; es un imperio de ratas y quienquiera que fuera el camarlengo aquel que presidía el lugar, debe de llevar trescientos años muerto.
A la derecha de Anna se abre lo que podría ser una caída en picado pero resulta ser una escalera. Avanza a tientas pegada a la pared, un paso detrás de otro; la escalera serpentea, se bifurca, se bifurca otra vez. Elige un tercer pasillo y encuentra celdas como las de los monjes a lo largo de ambos lados. Ahí hay un montón de algo que pueden ser huesos, el susurro de hojas secas, una grieta en el suelo esperando para engullirla.
Se gira, se tambalea y, en la penumbra espectral, el tiempo y el espacio se confunden. ¿Cómo de lejos queda la habitación con la mesa alargada? ¿Cuánto tiempo lleva ahí dentro? ¿Se habrá dormido María o estará despierta y asustada, esperando a que vuelva Anna de aliviarse? ¿La habrá esperado Himerio? ¿Será lo bastante larga su cuerda? ¿Se los ha tragado el mar a él y a su mísero esquife?
La fatiga se apodera de ella. Lo ha arriesgado todo para nada; pronto cantarán los gallos, llamarán a maitines y la viuda Teodora abrirá los ojos. Cogerá su rosario, hincará las rodillas en la fría piedra.
Anna consigue regresar a tientas a la escalera y trepar hasta una puertecita de madera. La empuja y entra en una habitación circular, solo parcialmente techada, que huele a barro, a musgo y a viejo. Y a algo más.
A pergamino.
El techo que queda es desnudo, liso y sin adornos, y es como si Anna hubiera entrado en el cráneo de una calavera grande y rota, y en las paredes de esta pequeña cámara, apenas visibles en la bruma de luna, armarios sin puerta recubren las paredes del suelo al techo. Algunos solo contienen desperdicios y musgo. Pero otros están llenos de libros.
Anna se queda sin respiración. Aquí un montón de papel en descomposición, allí un rollo en mal estado, más allá una pila de códices encuadernados mojados de lluvia. De sus recuerdos sale la voz de Licinio: «Pero los libros, como las personas, también mueren».
Llena el saco con una docena de manuscritos, tantos como caben, y lo arrastra escaleras abajo, por el pasillo, adivinando qué dirección tomar en las bifurcaciones. Cuando llega a la gran sala con el tapiz, anuda el cuello del saco a un extremo de la cuerda, trepa por una montaña de escombros y sale por el imbornal empujando el saco delante de ella.
Al tensarse, la cuerda emite un gemido agudo y creciente mientras Anna la baja por la pared. En el preciso instante en que piensa: «Se ha ido, me ha abandonado aquí a mi suerte», Himerio y su esquife emergen junto al muro, envueltos en niebla y mucho más pequeños de lo que había esperado Anna. La cuerda pierde tensión, el peso desaparece y Anna la suelta.
Ahora el descenso. Si mira hacia abajo le entra una sensación como de ir a vomitar, de manera que se mira solo las manos, a continuación los dedos de los pies, y baja por entre la hiedra, las alcaparras y las matas de tomillo salvaje y, un minuto después, su pie izquierdo toca la bancada, luego lo hace el derecho y está dentro del barco.
Tiene las yemas de los dedos en carne viva, el vestido embarrado, los nervios deshechos.
—Has tardado demasiado —susurra furioso Himerio—. ¿Había oro? ¿Qué has encontrado?
El filo de la noche ya se retira cuando rodean la escollera y entran en el puerto. Himerio tira tan fuerte de los remos que Anna teme que las chumaceras se rompan y saca el primer manuscrito del saco. Es grande, está hinchado y, cuando trata de pasar la página, esta se rasga. Parece estar cubierta de pequeños arañazos verticales. La siguiente es lo mismo, columna tras columna de cuentas. El libro entero parece ser así. ¿Recibos? ¿El registro de algo? Saca un segundo libro, más pequeño, pero también parece estar lleno de columnas de marcas idénticas, solo que está mojado y posiblemente chamuscado también.
Se le cae el alma a los pies.
La niebla lo baña todo de una pálida luz lavanda e Himerio deja los remos un instante, le quita a Anna el segundo códice, lo huele y la mira con el ceño fruncido.
—¿Qué es esto?
Esperaba pieles de leopardo. Copas de vino hechas de marfil e incrustaciones de piedras preciosas. Anna rebusca en sus recuerdos, encuentra a Licinio con los labios como pálidos gusanos en el nido de su barba.
—Incluso si lo que contienen no es valioso, las pieles en que están escritos sí lo son. Se pueden raspar y volver a usa…
Himerio mete el códice en el saco, le da un puntapié, ofendido, y sigue remando. La gran carraca anclada parece flotar sobre un espejo e Himerio lleva el esquife a la orilla, lo arrastra arena adentro, le da la vuelta, se enrolla con cuidado la cuerda a un hombro y echa a andar con el saco en el otro. Anna lo sigue y parecen un ogro y su esclava sacados de un cuento infantil.
Atraviesan el barrio genovés, donde las casas se alzan ricas y altas, muchas de ellas con ventanas de cristal y algunas con mosaicos en las fachadas y ornadas solanas que dan a las murallas de mar frente al Cuerno Dorado. A la entrada del barrio veneciano, hombres armados bostezan junto a una puerta y dejan pasar a los dos niños sin mirarlos apenas.
Avanzan por delante de varios talleres y se detienen ante una puerta.
—Si hablas —dice Himerio—, llámame hermano. Pero no hables.
Un criado con pie varo los lleva a un patio donde una higuera solitaria busca un poco de luz, y se reclinan contra una pared, y los gallos cantan y los perros ladran, y Anna se imagina campaneros trepando hacia la niebla, tirando de cuerdas para despertar a la ciudad, vendedores de lana abriendo postigos, rateros volviendo a casa a hurtadillas, monjes dándose el primer latigazo del día, cangrejos dormitando debajo de barcas, charranes pescando su desayuno en los bajíos, Crisa la cocinera reavivando la lumbre, la viuda Teodora subiendo las escaleras de piedra al taller.
«Dios bendito, protégenos de la holganza».
«Porque nuestros pecados son innumerables».
Cinco piedras grises al otro lado del patio se transforman en gansos que despiertan y aletean y se estiran y les graznan. Pronto el cielo es de color cemento y los carros circulan por las calles. María le dirá a la viuda Teodora que Anna tiene reúma o fiebre. Pero ¿cuánto tiempo servirá esa excusa?
Al cabo se abre una puerta y un italiano somnoliento vestido con una saya de terciopelo de mangas hasta medio brazo mira a Himerio el tiempo suficiente para decidir que es insignificante y cierra la puerta. Anna rebusca entre los manuscritos húmedos en la luz creciente. Las hojas del primero que saca están tan salpicadas de moho que no consigue discernir una sola letra.
Licinio solía cantar las bondades de la vitela, pergamino hecho con la piel de un ternero arrancado del vientre materno antes de nacer. Decía que escribir sobre vitela era como oír la música más bella, pero la membrana de la que están hechos estos libros es áspera y peluda y huele a sopa rancia. Himerio tiene razón: no valdrán nada.
Pasa una criada llevando un cuenco con leche, a pasitos pequeños para no derramarla, y el hambre en la barriga de Anna es tal que el patio empieza a dar vueltas. Ha vuelto a fracasar. La viuda Teodora la azotará con la vara, Himerio la denunciará por robar gallinas del convento, María nunca tendrá monedas de plata suficientes para pagar una bendición de la Virgen de la Fuente y, cuando el cuerpo de Anna cuelgue del patíbulo, la muchedumbre cantará aleluya.
¿Por qué es así su vida? Una vida en la que viste la ropa interior vieja de su hermana y un vestido tres veces remendado mientras hombres como Kalafates van por ahí envueltos en seda y terciopelo con criados trotando detrás. Una vida en la que forasteros como estos tienen cuencos de leche y patios llenos de gansos y una saya distinta para cada día festivo. Siente un grito nacer en su interior, un chillido capaz de romper cristal, cuando Himerio le da un códice con cierres en la tapa.
—¿Qué es esto?
Anna lo abre por una de las páginas centrales. El griego antiguo que le enseñó Licinio recorre la página línea tras línea. «La India», dice…
cría unos caballos que tienen un cuerno, según relatan, y el mismo país cría también asnos con un solo cuerno. Con estos cuernos se fabrican vasijas para beber y si alguien echa en ellas un veneno mortífero que otro bebe, este no recibirá daño alguno de la conjura.
En la página siguiente:
La Foca, según tengo entendido, vomita su propia leche cuajada coagulada de su estómago para que los epilépticos no puedan curarse con ella. A fe que la Foca es una criatura maligna.
—Esto —susurra con el pulso acelerado—. Enséñales esto.
Himerio lo coge.
—Sujétalo al revés. Así.
El niño se frota las enormes órbitas que son sus ojos. La caligrafía es hermosa y experta. Anna lee: «He oído a personas afirmar que la paloma es la más sobria de las aves y la más moderada en su apetito sexual». ¿Es un tratado sobre animales? Pero el criado de pie varo está llamando a Himerio y este coge el libro y el saco y entra en la casa detrás de él.
Los gansos miran a Anna.
Himerio no ha estado fuera ni cincuenta latidos del corazón cuando sale.
—¿Qué?
—Quieren hablar contigo.
Subir dos tramos de escalera, pasar junto a un cuarto lleno de barriles y entrar en una habitación que huele a tinta. Sobre tres mesas de gran tamaño hay repartidos mechas, plumas, tinteros, plumines, punzones, lacre, cortaplumas, cálamos de bambú y saquitos de arena para sujetar pergamino. Cartas de navegación cubren una de las paredes, hay rollos de papel apoyados unos contra los otros y repartidos por las baldosas, excrementos de ganso enroscados, algunos de ellos pisados y embadurnando el suelo. Alrededor de la mesa central, tres forasteros rasurados estudian las páginas del códice que ha encontrado Anna y hablan en idioma extranjero igual que pájaros nerviosos. El de piel más oscura y menor estatura la mira con cierta incredulidad.
—Dice el muchacho que sabes descifrar esto.
—No somos todo lo versados en griego antiguo que nos gustaría —dice el de estatura mediana.
A Anna no le tiembla el dedo cuando lo apoya en el pergamino. «La Naturaleza», lee…
engendró al erizo terrestre prudente y capaz de subvenir a sus propias necesidades. En efecto, como necesita para todo el año un alimento que no toda…
Los tres hombres empiezan de nuevo a gorjear como gorriones. El más menudo suplica a Anna que continúe y esta avanza unas líneas más, observaciones extrañas sobre los hábitos de las anchoas, a continuación sobre los de cierta criatura llamada picotenaza, y el más alto y mejor vestido la interrumpe, camina entre pergaminos y homiliarios e implementos de escritura y se queda mirando un armario como quien escudriña un paisaje lejano.
Debajo de una mesa hay una cáscara de melón espumeando de hormigas. Anna se siente como si se hubiera colado en la canción de Homero sobre Ulises, como si los dioses estuvieran cuchicheando entre sí en el Olimpo y a continuación fueran a asomarse por entre las nubes para decidir su destino. En griego entrecortado, el hombre alto pregunta:
—¿De dónde habéis sacado esto?
—De un lugar escondido, al que es muy difícil llegar —responde Himerio.
—¿Un monasterio? —pregunta el hombre alto.
Himerio asiente vacilante con la cabeza, los tres italianos se miran e Himerio vuelve a asentir y pronto todos lo imitan.
—¿En qué parte del monasterio —dice el hombre más menudo mientras saca el resto de los manuscritos del saco— los habéis encontrado?
—En una cámara.
—¿Una cámara grande?
—De pequeña a mediana a grande —dice Himerio.
Los tres hombres rompen a hablar a la vez.
—¿Y todos los manuscritos son como este?
—¿Cómo están dispuestos?
—¿En horizontal?
—¿O verticales unos junto a los otros?
—¿Cuántos hay?
—¿Cómo está decorada la habitación?
Himerio se lleva un dedo al mentón simulando buscar en sus recuerdos y los tres italianos lo miran.
—La habitación no es grande —dice Anna—. No vi adorno alguno. Era circular y en otro tiempo tuvo techos abovedados. Pero el techo está roto ahora. Había más libros y pergaminos dispuestos en huecos de las paredes, como útiles de cocina.
La excitación se apodera de los tres hombres. El más alto rebusca en el interior de su saya con forro de piel, saca una bolsa de dinero y le pone unas monedas en la palma de la mano. Anna ve ducados de oro, stavrata de plata, y la luz de la mañana baila sobre las mesas de escribir y todo le da vueltas.
—A nuestro señor —dice el italiano alto— le gusta probar muchos platos. ¿Entendéis lo que quiero decir? Barcos, comercio, liturgia, soldadesca. Pero su verdadero interés, su pasión, por así decirlo, es descubrir manuscritos del mundo antiguo. Es de la opinión de que el mejor pensamiento data de mil años atrás.
El hombre se encoge de hombros. Anna no puede apartar los ojos del dinero.
—Por el texto sobre los animales —dice.
Le da a Himerio doce monedas e Himerio abre mucho la boca y el hombre de mediana estatura coge una pluma, la recorta con el cortaplumas y el de menor estatura dice:
—Traednos más y os pagaremos más.
Cuando salen del patio la mañana es gloriosa, el cielo está sonrosado, la niebla se disipa y Anna sigue las grandes zancadas de Himerio por entre casas altas y hermosas de madera —que ahora parecen más altas y más hermosas— con la felicidad haciendo piruetas en su interior, y en el primer mercado por el que pasan ya hay un vendedor friendo tortas ázimas rellenas de queso y miel y hojas de laurel, y compran cuatro y se las meten en la boca; la grasa le quema el fondo de la garganta a Anna e Himerio cuenta el dinero que le corresponde y Anna se guarda las monedas pesadas y relucientes dentro del ceñidor del vestido y atraviesa corriendo la sombra de la iglesia de Santa Bárbara, luego un segundo mercado más grande lleno de carretas y telas, aceite en vasijas de boca ancha, un afilador montando su piedra de afilar, una mujer retirando la tela que cubre una jaula con pájaros, un niño que lleva rosas de octubre en manojos, la avenida que se llena de caballos y asnos, de genoveses y georgianos, de judíos y pisanos, diáconos y monjas, cambistas, músicos y mensajeros, dos jugadores que han empezado a tirar dados hechos de cuerno de buey, un notario que lleva documentos, un noble que se detiene en un puesto mientras un criado sostiene una sombrilla sobre su cabeza, y si María quiere comprar ángeles ahora ya puede: revolotearán alrededor de su cabeza y le besarán las pestañas con sus alas.