Ciudad de las nubes
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Zeno
Saca brillo a esto, limpia aquello, lleva esto otro, sonríe cuando te llamen nenaza, duerme como un tronco. Por primera vez desde que tiene memoria, Zeno no es la persona de piel más oscura del grupo. En la mitad del Pacífico sur alguien lo apoda «Z» y le gusta ser Z, el chico flaco de Idaho que se escabulle por la oscuridad estrepitosa de las cubiertas inferiores, cuerpos masculinos dondequiera que mire, jóvenes y rapados, torsos que se ensanchan desde apretados cinturones, venas que se enroscan alrededor de antebrazos, hombres con siluetas como triángulos invertidos, hombres con mentones como botavacas en la parte delantera de los trenes. Con cada milla marina que pone entre él y Lakeport aumenta su sensación de posibilidad.
En Pyongyang, el hielo glasea el río. El contramaestre le da una chaqueta de campaña acolchada, un gorro de lana y un par de calcetines ligeros de suela reforzada y mezclilla de algodón; en su lugar Zeno se pone dos pares de calcetines de Utah Woolen Mills. Un oficial de transporte motorizado los asigna a él y a un soldado pecoso de Nueva Jersey llamado Blewitt a llevar un camión Dodge M37 con provisiones desde la base aérea en la ciudad a puestos de avanzada. La mayoría de las carreteras están sin asfaltar, son de un solo carril y están cubiertas de nieve, apenas se las puede llamar carreteras, y, a principios de marzo de 1951, once días después de llegar a Corea, Zeno y Blewitt llevan una carga de raciones y productos frescos por una curva cerrada, siguiendo a un jeep por una pendiente empinada, con Blewitt al volante y los dos cantando
Me gusta hacer pompas de jabón.
Bonitas pompas que flotan.
Suben tan alto
que casi llegan al cielo
cuando el jeep se parte en dos. Salen trozos rodando de la carretera a la izquierda de Zeno y Blewitt, a la derecha centellea el cañón de un arma y delante aparece una figura agitando lo que parece ser una granada con mango de madera de las que llaman aplastapatatas. Blewitt da un volantazo. Hay un resplandor seguido de una explosión extraña, como si alguien aporreara un tambor de acero bajo el agua. A continuación Zeno tiene la sensación de que le arrancan de cuajo las partes delicadas de su oído interno.
El Dogde da dos vueltas de campana y termina de costado en una ladera medio cubierta de nieve. Está pegado contra el parabrisas, del antebrazo le gotea algo caliente y un gemido agudo le tapona ambos oídos.
Blewitt ya no está en el asiento del conductor. Por la ventana lateral hecha añicos, Zeno ve soldados con el uniforme verde de lana de los chinos bajando en enjambre la ladera pedregosa hacia él. Se han roto numerosos sacos de huevos deshidratados al salir despedidos de la trasera del camión y hay nubes de polvo de huevo suspendidas en el aire y cada soldado que las atraviesa sale con el cuerpo y la cara amarillos.
Zeno piensa: lo sabía. Me he ido a la otra punta del globo y aun así no he conseguido dejarlo atrás. Aquí vienen, todas mis humillaciones pasadas: Athena sacándome del hielo, Los tritones de Atlantis carbonizados. En una ocasión el señor McCormack, el encargado de la maderera Ansley, le dijo que llevaba la bragueta abierta y, cuando Zeno se puso colorado e hizo ademán de subírsela, el señor McCormack le dijo que no lo hiciera, que le gustaba así.
Mariposón, llamaban los hombres de más edad al señor McCormack. Mariquita. Palomo cojo.
Zeno se ordena a sí mismo localizar su fusil M1, bajar del camión, combatir. Es lo que habría hecho su padre, pero antes de que logre convencer a sus piernas de que se muevan, un soldado de mediana edad con dientecitos color beis lo saca por la portezuela del pasajero y lo tira a la nieve de un empujón. Al momento siguiente lo rodean veinte hombres. Sus bocas se mueven, pero los oídos de Zeno no registran nada. Algunos llevan ametralladoras rusas; otros escopetas con aspecto de tener cuarenta años; algunos van calzados con sacos de arroz. La mayoría están abriendo raciones C que han cogido de la parte trasera del Dodge. Uno sostiene una lata cuya etiqueta dice TARTA INVERTIDA DE PIÑA mientras otro intenta abrirla con una bayoneta; otro se llena la boca de galletas saladas; un cuarto muerde una cabeza de repollo como si fuera una manzana gigante.
¿Dónde está el resto del convoy? ¿Dónde está Blewitt? ¿Dónde está el vehículo escolta? Cosa extraña, mientras lo arrastran ladera arriba Zeno no siente pánico, solo distancia. El trozo de metal que le sobresale del antebrazo y atraviesa la manga de su chaqueta tiene forma de hoja de sauce, pero no duele, aún no, y sobre todo es consciente de los latidos de su corazón y del zumbido de vacío en los oídos, como si le hubieran tapado la cabeza con una almohada, como si estuviera otra vez en su camita de latón en casa de la señora Boydstun y todo esto no fuera más que un mal sueño.
Lo llevan al otro lado de la carretera y por las terrazas heladas de lo que podría ser un huerto y lo empujan a un corral donde ya está Blewitt, que sangra de la nariz y un oído y que no deja de indicar mediante gestos que necesita un cigarrillo.
Se acurrucan juntos en el suelo helado. Pasan toda la noche esperando que les peguen un tiro. En algún momento, Zeno se saca la hoja de metal del antebrazo, se anuda la camisa alrededor de la herida y vuelve a ponerse la chaqueta del uniforme.
Al amanecer los conducen por un paisaje escarpado en dirección norte en compañía de otras ristras de prisioneros: franceses, turcos, dos británicos. Cada día son menos los aviones de guerra que sobrevuelan. Uno de los hombres no para de toser, otro tiene los dos brazos rotos, otro se sujeta un globo ocular que aún cuelga de su cuenca. Poco a poco, Zeno recupera el oído izquierdo. Blewitt tiene tal síndrome de abstinencia del tabaco que, en más de una ocasión, cuando un guarda tira una colilla, se abalanza a la nieve para cogerla, pero nunca consigue recuperarla encendida.
El agua que les dan huele a excremento. Una vez al día los chinos dejan en la nieve un perol de maíz hervido entero. Hay quienes se niegan a comerse la costra carbonizada que hay pegada en el fondo de la cazuela, pero Zeno recuerda las latas de conservas Armour & Company que Papá calentaba en la estufa de leña de la cabaña junto al lago y traga.
Cada vez que paran, se desanuda los cordones de las botas, se quita un par de calcetines de Utah Woolen Mills, se los guarda dentro del abrigo, pegados al sobaco, se pone el par más caliente y seco y esto es, fundamentalmente, lo que lo salva.
En abril llegan a un campo de internamiento en la margen sur de un río color café con leche. Los prisioneros son divididos en dos compañías y a Zeno y Blewitt les toca juntos en el grupo de más sanos. Pasando una serie de chozas campesinas de madera de aspecto agradable hay una cocina alargada y una despensa; a continuación un barranco, el río, Manchuria. Coníferas espigadas y vapuleadas por el viento se encorvan aquí y allí, con todas las ramas esculpidas en la misma dirección. No hay perros guardianes, ni sirenas, ni alambre de espino, ni torres vigía. «El país entero es una condenada cárcel de hielo —susurra Blewitt—. ¿Adónde íbamos a ir?».
Duermen en cabañas de techo de paja que alojan a veinte hombres torturados por los piojos repartidos en jergones en el suelo. No hay oficiales, son todos reclutas, mayores que Zeno. En la oscuridad cuchichean sobre esposas, novias, los Yankees, un viaje a Nueva Orleans, comidas de Navidad; los que llevan más tiempo allí cuentan que durante el invierno han perdido a muchos hombres cada día, que la situación ha mejorado desde que los chinos se hicieron cargo de los campos norcoreanos y Zeno aprende que aquel que más se obsesiona —el que habla sin parar de bocadillos de jamón, de una chica o de algún recuerdo de su hogar— es por lo común el siguiente en morir.
Puesto que puede caminar sin problemas, a Zeno le encomiendan cuidar del fuego: pasa casi todo el día recogiendo leña para calentar peroles negros que cuelgan sobre la lumbre en la cocina de los prisioneros. Durante las primeras semanas comen sobre todo soja o maíz seco hervido hasta formar un puré. De cena puede haber pescado con gusanos o patatas, nunca mayores que una bellota. Algunos días, con el brazo herido, Zeno tiene que hacer esfuerzos por reunir una mísera carga de leña, formar un haz, arrastrarla hasta la cocina y desplomarse en un rincón.
Los ataques de pánico le llegan entrada la noche: sensaciones lentas y asfixiantes durante las cuales Zeno pasa intervalos terroríficos en los que no puede respirar y de los cuales teme no ir a recobrarse nunca. Por las mañanas, oficiales de inteligencia les dan discursos en inglés entrecortado sobre los peligros de combatir en nombre de capitalistas instigadores de guerras. Sois peones del imperialismo, dicen, vuestro sistema es un fracaso, ¿es que no sabéis que la mitad de la población de Nueva York se muere de hambre?
Hacen circular dibujos del tío Sam con colmillos de vampiro y símbolos del dólar en lugar de ojos. ¿Alguien quiere una ducha caliente y un chuletón? Todo lo que tenéis que hacer es posar para unas fotografías, firmar una petición o dos, sentaros delante de un micrófono y leer algunas frases de condena a Estados Unidos. Cuando le preguntan a Zeno cuántos B-29 tiene el ejército americano en Okinawa, dice: «Noventa mil», que probablemente son más aviones de los que ha habido en la historia del mundo. Cuando explica a un interrogador que vive cerca del agua, el interrogador le obliga a dibujar el puerto de Lakeport. Dos días más tarde le dice a Zeno que han perdido el mapa y le obliga a dibujarlo de nuevo para comprobar que lo hace igual que la primera vez.
Un día un guarda saca a Zeno y a Blewitt de sus barracones y los conduce detrás del cuartel general del campamento hasta el borde del barranco que los prisioneros llaman Garganta Rocosa. Señala con el cañón de su carabina una de las cuatro cabinas de aislamiento que hay ahí y se aleja. La cabina parece un gran ataúd hecho de barro, guijarros y tallos de maíz, con una tapa de madera sujeta a la parte de arriba. De dos metros de alto por quizá uno de ancho, es lo bastante grande para que un hombre pueda tumbarse y posiblemente arrodillarse dentro, pero no ponerse de pie.
Odioso, aborrecible, repugnante. El olor a medida que se acercan supera cualquier adjetivo. Zeno contiene la respiración mientras abre los cierres. Salen enjambres de moscas.
—Dios bendito —musita Blewitt.
Dentro, acurrucado contra la pared del fondo, hay un cadáver: pequeño, anémico, rubio pálido. Su uniforme, o lo que queda de él, es la camisa de combate británica con dos grandes bolsillos. Tiene rajado uno de los cristales de las gafas y cuando levanta una mano para saludarlos con el pulgar hacia arriba a la altura de la nariz, Zeno y Blewitt dan un salto.
—Tranquilo —dice Blewitt y el hombre los mira pestañeando como si estuviera ante seres de otra galaxia.
Tiene las uñas negras y astilladas y, debajo del enjambre de moscas, lleva la cara y la garganta veteadas de mugre. Hasta que Zeno no quita la tapa para dejarla en el suelo no ve que, arañadas en cada milímetro disponible del envés, hay palabras. Medio en inglés, medio en otra cosa.
ἔνθα δὲ δένδρεα μακρὰ πεφύκασι τηλεθόωντα, dice una línea, con los extraños caracteres ladeados.
«Unos árboles crecen allí corpulentos, frondosos».
ὄγχναι καὶ ῥοιαὶ καὶ μηλέαι ἀγλαόκαρποι.
«Hay perales, granados, manzanos de espléndidas pomas».
Le empieza a latir el corazón con fuerza. Conoce este verso.
ἐν δὲ δύω κρῆναι ἡ μέν τ᾽ ἀνὰ κῆπον ἅπαντα.
«Hay por dentro dos fuentes: esparce sus chorros la una a través del jardín».
—Chico, ¿te has vuelto a quedar sordo?
Blewitt se ha metido en la caja y está intentando levantar al hombre por las axilas con la cara vuelta por el olor mientras que el hombre se limita a parpadear detrás de sus gafas rotas.
—Z, ¿vas a pasarte el día tocándote la nariz?
Reúne toda la información que puede. El hombre es el soldado de primera Rex Browning, un profesor de secundaria del este de Londres que se alistó como voluntario al estallar la guerra y que ha pasado dos semanas dentro de aquella cabina condenado a «reorientación de actitud» por tratar de escapar y solo le estaba permitido salir veinte minutos al día.
«Un iluso», lo llama alguien. «De manicomio», dice otro porque, como todo el mundo sabe, escapar con éxito del Campo Cinco es una fantasía. Los prisioneros van sin afeitar, están débiles por la malnutrición y son más altos que los coreanos y, por tanto, instantáneamente reconocibles. Si alguien lograra esquivar a los guardas, debería recorrer inadvertido ciento sesenta kilómetros de montañas, colarse por docenas de controles fronterizos, trepar por gargantas y ríos, y los coreanos que se apiadaran de él casi seguro terminarían denunciados y fusilados.
Y sin embargo, se entera Zeno, Rex Browning, el profesor de secundaria, lo intentó. Lo encontraron a pocos kilómetros del campo, subido a un pino a casi cinco metros del suelo. Los chinos talaron el árbol y lo llevaron de vuelta al campo arrastrándolo con un jeep.
Unas semanas después Zeno está cogiendo leña en la ladera de una colina, con el guarda más cercano a varios cientos de metros, cuando ve a Rex Browning subir por el sendero. Aunque está esquelético, no cojea. Se mueve con eficacia, deteniéndose de cuando en cuando para arrancar hojas de plantas y metérselas en los bolsillos de la camisa.
Zeno se coloca el hato al hombro y corre entre los matorrales.
—Hola.
Diez metros, cinco, uno.
—¿Hola?
El hombre no se detiene. Zeno llega al sendero sin resuello y, rezando por que los guardas no oigan, grita:
—Tales son los gloriosos presentes que los dioses dan a Alcínoo, rey de los feacios.
Rex se da la vuelta y está a punto de perder el equilibrio, abre y cierra sus enormes ojos detrás de las gafas rotas.
—O algo así —dice Zeno poniéndose colorado.
El otro hombre ríe; es una risa cálida, irresistible. Tiene los pliegues del cuello limpios de mugre, los pantalones remendados con pulcras puntadas: tendrá unos treinta años. El pelo color hebra de maíz, las cejas rubias, las bonitas manos… Zeno cae en la cuenta de que, en otras circunstancias, en otro mundo, Rex Browning sería guapo.
—Zenódoto —dice Rex.
—¿Cómo?
—El primer bibliotecario de Alejandría. Se llamaba Zenódoto. Nombrado por los reyes ptolemaicos.
Ese acento británico de vocales tan abiertas. Los árboles vibran al viento y la leña se le clava en el hombro a Zeno, que la deja en el suelo.
—No es más que un nombre.
Rex mira al cielo como si aguardara instrucciones. Tiene la piel de la garganta tan delgada que Zeno casi ve la sangre fluir por sus arterias. Parece demasiado frágil para un lugar así, como si de un momento a otro se lo fuera a llevar el viento.
En un gesto abrupto, se gira y sigue caminando por el sendero. La clase ha terminado. Zeno coge el hato de leña y lo sigue.
—Me la leyeron las dos bibliotecarias de mi pueblo. Me refiero a la Odisea. Dos veces. La primera cuando me mudé allí y otra vez cuando murió mi padre. A saber por qué.
Dan unos cuantos pasos más y Rex se detiene a coger más hojas y Zeno se inclina con las manos en las rodillas y espera a que el suelo deje de girar.
—Ya sabes lo que dicen —replica Rex. En lo alto del cielo, el viento hace jirones un gran manto de cirros blancos—. La Antigüedad se inventó para alimento de bibliotecarios y maestros de escuela.
Mira a Zeno y sonríe, de manera que Zeno le sonríe también, aunque no entiende el chiste y un guarda en lo alto del peñasco les grita algo por entre los árboles en chino y los dos siguen andando por el sendero.
—Entonces ¿eso era griego? ¿Lo que inscribiste en la tapa de madera?
—En el colegio no me gustaba, ¿sabes? Lo encontraba polvoriento y muerto. El profesor de clásicas nos hizo elegir un canto entero de Homero, aprenderlo de memoria y traducirlo. Yo elegí el canto siete. Una tortura, o así lo veía entonces. Memorizaba los versos mientras caminaba: «aun tendría que alargarme más que él refiriendo los males que en mi vida he venido a sufrir por decreto del cielo». Mientras bajaba las escaleras: «Pero ahora dejadme cenar aunque sigan mis lutos». Al ir al baño: «pues no hay nada de cierto más perro que el vientre maldito». Pero en dos semanas solo en la oscuridad —se toca la sien— te sorprendería lo que encuentras grabado en la sesera.
Caminan varios minutos más en silencio, Rex aflojando el paso más y más, y al poco están en el linde del Campo Cinco.
Humo de leña, un generador que ruge, la bandera china. El hedor de las letrinas. A su alrededor susurran arbolitos encorvados. Zeno se da cuenta de cómo una negrura se apodera de Rex y después lo suelta poco a poco.
—Yo sé por qué te leían esas bibliotecarias las viejas historias —dice Rex—. Porque si se cuentan lo bastante bien, durante el rato que dura la historia uno consigue burlar la realidad.