Ciudad de las nubes
Siete » Lakeport, Idaho » Seymour
Página 48 de 163
Seymour
Durante meses después de que el cartel de Eden’s Gate aparezca en un arcén de Arcady Lane nada cambia. El águila pescadora abandona su nido en la copa del árbol más alto del bosque con destino a México y las primeras nieves bajan de las montañas y la quitanieves del condado las quita de las carreteras y Lake Street se llena de domingueros camino de la estación de esquí y Bunny les limpia las habitaciones en el Aspen Leaf.
Cada día después de clase, Seymour, que tiene ahora once años, pasa delante del cartel
PRÓXIMAMENTE A LA VENTA
CASAS Y CHALÉS A MEDIDA
PARCELAS SUPERIORES DISPONIBLES
y deja la mochila en el tú y yo del salón y camina por huellas de pisadas en la nieve hasta el gran pino ponderosa y cada pocos días allí está Amigofiel, escuchando los chillidos de los topillos, los arañazos de los ratones y los latidos del corazón de Seymour.
Pero la primera mañana templada de abril, dos volquetes y un camión de plataforma transportando una apisonadora se detienen delante de la casa prefabricada de doble ancho. Gimen frenos, graznan walkie-talkies y pitan camiones y, para cuando termina la escuela el viernes, Arcady Lane está asfaltada.
Seymour se agacha en el asfalto recién puesto junto a un charco de lluvia. Todo huele a alquitrán fresco. Con dos dedos saca un gusano náufrago, poco más que un cordel rosa empapado. Este gusano no se esperaba que la lluvia lo arrastrara de sus galerías subterráneas hasta la superficie, ¿verdad? No esperaba encontrarse en esta superficie nueva e impenetrable.
Dos nubes se separan, la luz del sol se derrama sobre la calle y Seymour mira a su izquierda, y los cuerpos de lo que podrían ser cincuenta mil gusanos atrapan la luz. Hay gusanos, se da cuenta, cubriendo todo el asfalto. Miles y miles. Deposita el primero a los pies de un arándano, rescata un segundo, luego un tercero. Los pinos gotean, el asfalto humea; los gusanos bullen.
Rescata veinticuatro veinticinco veintiséis. Las nubes acordonan el sol. Un camión dobla por Cross Road y se acerca, aplastando los cuerpos de ¿cuántos? Más deprisa. Sube el ritmo. Cuarenta y tres gusanos cuarenta y cuatro cuarenta y cinco. Confía en que el camión se detenga, en que salga de él un adulto. Le haga un gesto con la mano, le dé una explicación. El camión pasa de largo.
Agrimensores aparcan camionetas blancas al final de la carretera y se suben a los árboles que hay detrás de la casa. Ponen trípodes, atan cintas alrededor de los troncos de los árboles. Para finales de abril, las motosierras vibran en el bosque.
El miedo zumba en los oídos de Seymour cuando vuelve a casa del instituto. Se imagina mirando el bosque desde arriba: están la casa de doble ancho, los árboles menguantes, el calvero en el centro. Está Amigofiel, sentado en su rama, rodeado de 27.027 puntitos formando anillos.
Bunny está sentada en la mesa de la cocina, absorta en un mar de facturas.
—Ay, bichito. El terreno no es nuestro. Pueden hacer lo que quieran con él.
—¿Por qué?
—Porque esas son las reglas.
Seymour pega la frente a la puerta corredera. La madre arranca un cheque, lame el sobre.
—¿Sabes qué? Que esas motosierras igual son buenas noticias para nosotros. ¿Te acuerdas de Geoff con G del trabajo? Dice que las parcelas al principio de Eden’s Gate pueden llegar a venderse por doscientos mil.
Cae la noche. Bunny repite la cifra.
Los camiones pasan rugiendo delante de la casa de doble ancho cargados de troncos; los buldóceres perforan el final de Arcady Lane y recortan una prolongación en forma de zeta en la ladera de la colina. Cada día, en cuanto se marcha el último camión, Seymour recorre la nueva carretera con los protectores auditivos puestos.
Las cañerías de desagüe están tendidas igual que columnas caídas delante de montículos de escombros; aquí y allí hay grandes madejas de cables. El aire huele a madera hecha astillas, a serrín y a gasolina.
Hay Hombresaguja aplastados en el barro. «Tenemos las piernas rotas —murmuran con sus voces de xilófono—. Nuestras ciudades están en ruinas». A medio camino colina arriba, el claro de Amigofiel se ha convertido en un amasijo de raíces y ramas pisoteadas por neumáticos. De momento el gran pino ponderosa muerto sigue en pie. Seymour examina cada extremidad, cada rama hasta que le duele el cuello de mirar hacia arriba.
Vacío vacío vacío vacío.
—¿Hola?
Nada.
—¿Me oyes?
Pasa cuatro semanas sin ver a Amigofiel. Cinco. Cinco y media. Cada día se cuela más luz en lo que era, horas antes, bosque.
Por la carretera recién asfaltada brotan anuncios de inmobiliarias, dos con carteles de VENDIDO ya pegados. Seymour coge un folleto. «Disfrute del estilo de vida Lakeport», dice, «que siempre soñó». Hay un plano de parcelas, una fotografía aérea con el lago al fondo.
En la biblioteca, Marian le dice que los de Eden’s Gate aprovecharon todos los resquicios de los planes y ordenanzas de urbanismo, organizaron una vista pública, repartieron magdalenas absolutamente deliciosas con el logo de la compañía en el glaseado. Dice que incluso han comprado la casa victoriana medio derruida contigua a la biblioteca y tienen la intención de reconstruirla y usarla de oficina.
—El desarrollo urbanístico —dice— siempre ha formado parte de la historia de esta ciudad.
Del cajón de un archivador de Historia Local saca grabados en blanco y negro de un siglo atrás. Seis leñadores posan hombro con hombro sobre el tocón de un cedro talado. Pescadores sujetan salmones de un metro de largo por las agallas. Varios cientos de pieles de castor cuelgan de la pared de una cabaña de madera.
Ver estas imágenes desencadena el murmullo rugiente en la base de la espina dorsal de Seymour. ¿Con «desarrollo» se refiere a la masacre de animales salvajes? Imagina a cien mil Hombresaguja que se levantan de un bosque en ruinas y marchan contra los camiones de los contratistas, un vasto ejército, intrépido a pesar de la increíble disparidad de fuerzas, y clavan pinchos diminutos en los neumáticos, clavos en las botas de los hombres. Camiones cisterna se incendian.
—Muchos habitantes de Lakeport —dice Marian— están ilusionados con Eden’s Gate.
—¿Por qué?
Marian le dedica una sonrisa triste.
—Bueno, ya sabes lo que dicen.
Seymour se muerde el cuello de la camisa. No lo sabe.
—Eso de que no es que el dinero lo sea todo. Es que no hay nada más.
Marian lo mira como si esperara que se echara a reír, pero Seymour no le ve la gracia y una mujer con gafas señala con el pulgar hacia el fondo de la biblioteca y dice: «Creo que el váter está atascado» y Marian se va corriendo.
No Ficción 598.9:
Cada año mueren en Estados Unidos entre 365 millones y 1.000 millones de pájaros al estrellarse contra cristales de ventanas.
Boletín de biología aviar:
Numerosos testigos afirmaron que, después de morir el cuervo, un gran número de compañeros de especie (mucho más de cien individuos, según algunos testimonios) bajaron de los árboles y caminaron en círculos alrededor del difunto durante quince minutos.
No Ficción 598.27:
Después de que su compañera chocara con el cable eléctrico, los investigadores observaron cómo el búho volvía a su nido, se ponía de cara al tronco del árbol y permanecía inmóvil varios días hasta morir.
Un día de mediados de junio, Seymour llega a casa de la biblioteca, mira hacia Eden’s Gate y ve que han talado el gran árbol de Amigofiel. Donde por la mañana se alzaba el tronco muerto, en la ladera de la colina, pasada la casa de doble ancho, ahora solo hay aire.
Un hombre desenrolla una manguera naranja de un camión; una retroexcavadora cava galerías para el alcantarillado; alguien grita: «¡Mike! ¡Mike!». La vista desde la roca con forma de huevo abarca ahora una colina alargada de jirones de bosque.
Suelta los libros y echa a correr. Baja Arcady Lane, Spring Street, hacia el sur por el arcén de grava de la interestatal 55, con el tráfico que pasa rugiendo, corriendo no tanto de furia sino de pánico. Hay que deshacer todo esto.
Es hora de cenar y el Pig N’ Pancake está lleno a reventar. Seymour jadea delante de la recepción y escruta los rostros. El encargado lo mira; los clientes a la espera de mesa observan. Bunny sale de la cocina con platos en ambos brazos.
—Seymour, ¿te ha pasado algo?
Sin soltar los cinco platos de sándwiches de atún con queso fundido y filetes de pollo fritos que lleva en los brazos, se las arregla para agacharse y Seymour se levanta uno de los protectores.
Olores: carne picada, sirope de arce, patatas fritas. Sonidos: alisado de rocas, motor de quebrantadoras, avisadores de marcha atrás de volquetes. Está a dos kilómetros de Eden’s Gate pero, de alguna forma, lo sigue oyendo, como si fuera una prisión que construyen a su alrededor, como si él fuera una mosca envuelta y tejida en una telaraña.
Los comensales miran. El encargado mira.
—¿Bichito?
Las palabras se le agolpan detrás de los dientes. Pasa traqueteando un ayudante de camarero empujando una silla alta con ruedas, las ruedas hacen catacloc en las baldosas. Una mujer ríe. Alguien grita: «¡Pedido!». El bosque los árboles el búho… A través de las suelas de los zapatos siente cómo una motosierra muerde un tronco, siente cómo se despierta sobresaltado Amigofiel. No hay tiempo para pensar: caes igual que una sombra en la luz del día mientras un refugio más es arrancado de cuajo del mundo.
—Seymour, méteme la mano en el bolsillo. ¿Tocas las llaves? El coche está aparcado a la puerta. Ve a sentarte en él, se está tranquilo, haz tus ejercicios de respiración y yo saldré en cuanto pueda.
Espera dentro del Pontiac mientras las sombras bajan por entre los pinos. Inhala en cuatro, contén la respiración en cuatro, exhala en cuatro. Sale Bunny con el delantal puesto y se frota la frente con la base de la mano. En una caja para llevar tiene tres tortitas con fresas y nata montada.
—Cómetelas con la mano, cariño, no pasa nada.
La luz menguante hace trampantojos; el aparcamiento se estira; los árboles se convierten en árboles de cuento. Aparece la primera estrella, a continuación se esconde. Mejores amigos mejores amigos, nunca nos separamos.
Bunny corta un trozo de tortita y se lo da.
—¿Te puedo quitar los auriculares?
Seymour asiente con la cabeza.
—¿Y tocarte el pelo?
Intenta no dar un respingo cuando los dedos de Bunny se enganchan en los enredones de su pelo. Sale una familia del restaurante, se sube a una camioneta y se va.
—Los cambios son duros, peque, lo sé. La vida es dura. Pero seguimos teniendo la casa. Seguimos teniendo el jardín. Nos tenemos el uno al otro, ¿no?
Seymour cierra los ojos y ve a Amigofiel sobrevolar una tierra baldía de aparcamientos interminables, sin un lugar donde cazar, sin un lugar donde posarse, sin un lugar donde dormir.
—Tener vecinos no será lo peor que nos pueda pasar. Igual hay niños de tu edad.
Una adolescente con delantal sale por la puerta de atrás y suelta una bolsa negra llena en el contenedor. Seymour dice:
—Necesitan cotos de caza grandes. Les gustan especialmente las atalayas para poder cazar topillos.
—¿Qué es un topillo?
—Son como ratones.
Bunny da vueltas a los protectores en las manos.
—Hay por lo menos veinte sitios como ese al norte de aquí a los que podría volar tu búho. Bosques más grandes, mejores. Tiene donde elegir.
—¿De verdad?
—Pues claro.
—¿Con muchos topillos?
—Montones de topillos. Más topillos que pelos en tu cabeza.
Seymour mastica un trozo de tortita y Bunny se mira en el espejo retrovisor y suspira.
—¿Me lo prometes, mamá?
—Te lo prometo.