Ciudad de las nubes

Ciudad de las nubes


Ocho » Camino de Constantinopla » Omeir

Página 53 de 163

Omeir

Ciento cuarenta millas separan el campo de pruebas en Edirne de la Reina de las Ciudades y llevan el cañón hasta allí más despacio de lo que se arrastra un hombre a gatas. Forman la caravana que tira de él treinta parejas de bueyes, cada una uncida a un pértigo doble por el centro, una caravana tan larga y con tantas posibilidades de fracaso que se detiene docenas de veces al día. Delante y detrás de ellos, más bueyes tiran de culebrinas, catapultas y arcabuces, quizá unas treinta piezas de artillería en total, y aun otros tiran de carros con pólvora o bolas de piedra, algunas tan grandes que Omeir no podría rodearlas con los dos brazos.

A ambos lados de la carretera, hombres y bestias circulan por entre los carros igual que fluye un río alrededor de una roca: mulas cargadas de alforjas, camellos con docenas de vasijas de barro colgadas del lomo, carros llenos de provisiones y tablas y cuerdas y telas. ¡Cuán diverso es el mundo! Omeir ve adivinos, derviches, astrólogos, estudiosos, panaderos, artilleros, herreros, místicos en túnicas raídas, cronistas y curanderos y portaestandartes con gallardetes de todos los colores. Algunos llevan armadura de cuero, otros plumas en el sombrero, algunos van descalzos, otros calzan botas de reluciente piel de Damasco hasta la rodilla. Ve a un grupo de esclavos con tres cicatrices horizontales en la frente (una, explica Maher, por cada uno de sus amos muertos); ve un hombre de frente tan encallecida de postrarse a rezar que da la impresión de llevar una gran uña cerosa en la cabeza.

Una tarde: un mulero envuelto en una piel de oso y con una hendidura en el labio superior no muy diferente de la de Omeir adelanta la caravana mirando al suelo y sigue su camino. Cuando se cruzan, los ojos de ambos se encuentran, y el mulero aparta la vista, y Omeir no lo vuelve a ver.

Oscila entre el asombro y el abatimiento. Cuando se va a dormir junto al fuego y se despierta junto a las ascuas con la escarcha centelleando en su ropa, cuando espera junto a los otros boyeros a que se reavive la hoguera, mientras todos comen gachas de cebada y hierbas y trocitos de carne de caballo del mismo perol de cobre, experimenta un sentimiento de inclusión como nunca antes, la sensación de que todos participan de una empresa formidable y justificada, una tarea tan justa que hay lugar en ella incluso para un niño con un rostro como el suyo, todos dirigiéndose al este, hacia la gran ciudad, como convocados por la flauta mágica de uno de los cuentos de Abuelo. Cada mañana el alba llega antes, las horas de luz crecen, aparecen volando bandadas de grullas, después de patos y más tarde de aves cantoras, como si la oscuridad se replegara y la victoria estuviera escrita.

Pero en otros momentos su entusiasmo se desmorona. El barro se pega en forma de grandes terrones a las pezuñas de Árbol y Rayo de Luna, las cadenas chirrían, las cuerdas gimen y silbidos recorren la comitiva adelante y atrás, y el aire se llena de los sonidos de animales que sufren. Muchos de los bueyes van uncidos a yugos fijos, no móviles como los que hace Abuelo, pocos de ellos están acostumbrados a transportar cargas tan pesadas en un terreno desigual y a cada momento hay reses heridas.

A Omeir cada día le brinda una nueva lección sobre lo descuidados que pueden ser los hombres. Algunos no se molestan en herrar a sus bueyes con herraduras de dos goznes; otros no revisan los yugos en busca de grietas que después lastiman los lomos de los bueyes; otros no dejan recuperarse a los animales desunciéndolos en cuanto terminan de tirar; aun hay otros que no siempre les cubren los cuernos para evitar que se enganchen entre sí. Hay siempre sangre, gemidos, sufrimiento.

Delante de la caravana van equipos de constructores de carreteras apuntalando cruces, poniendo tablas sobre el suelo embarrado, pero, ocho días después de salir de Edirne, la ristra de bueyes llega a un río sin puente, con el agua alta y turbia y una corriente que, en su punto más profundo, forma un remolino enfangado. Los boyeros que van en cabeza avisan de que guijarros resbaladizos acechan en el lecho del río, pero el boyero jefe dice que deben seguir.

Ha cruzado cerca de la mitad de la caravana, cuando el animal que va delante de Árbol resbala. El yugo que sujeta a su pareja lo retiene un instante y, a continuación, se le rompe una pata con tal estrépito que Omeir nota el chasquido en el pecho. El buey herido se tambalea hacia un lado arrastrando a su compañero, la ristra entera se desvía hacia la izquierda y Omeir percibe cómo Árbol y Rayo de Luna se preparan para asumir el peso extraordinario mientras los dos patalean dentro del agua. Llega corriendo un boyero con una larga lanza y atraviesa primero a un convulso buey y luego al otro, y la sangre de ambos mana en el río mientras algunos herreros golpean las cadenas con hachas para liberarlos y otros boyeros recorren la comitiva atrás y adelante diciendo «so» y tranquilizando a los animales. Pronto enganchan caballos a los dos bueyes muertos para sacarlos del agua y poder descuartizarlos más tarde y los herreros montan una gran fragua y un fuelle en la orilla embarrada para reparar la cadena y Omeir se lleva a Rayo de Luna y Árbol a pastar y se pregunta si habrán comprendido lo que acaban de ver.

Cuando anochece, acicala primero a Árbol y luego a Rayo de Luna mientras lo miran, les limpia las pezuñas y se dice a sí mismo que no comerá la carne de los animales muertos por respeto, pero más tarde, cuando el olor llena el aire frío y se reparten las escudillas de guiso, no puede resistirse. Mastica y siente el peso del cielo y, con él, una oscura confusión.

Con cada puesta de sol, sus bueyes pierden luz. De cuando en cuando, Árbol pestañea a Omeir con sus enormes y húmedos ojos, como si lo perdonara, y por las mañanas, antes de ser uncido, Rayo de Luna sigue mostrándose curioso, observando mariposas o un conejo o abriendo las fosas nasales para identificar distintos olores en el aire. Pero la mayor parte del tiempo que están sin uncir permanecen cabizbajos y se limitan a comer, como si se sintieran demasiado cansados para otra cosa.

El muchacho se coloca a su lado, metido en el barro hasta los tobillos, con el rostro tapado por la capucha, y contempla la paciente y suave manera en que las pestañas de Rayo de Luna suben y bajan. El pelo, que casi parecía de plata cuando era joven, lleno de pequeños arcoíris que reflejaban el sol, ahora es de un gris ratón. Una nube de moscas flota sobre una herida supurante que tiene en el omóplato. Omeir cae en la cuenta de que son las primeras moscas de la primavera.

Ir a la siguiente página

Report Page