Ciudad de las nubes

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Zeno

En invierno, de las letrinas suben estalagmitas de orina petrificada. El río se congela, los chinos caldean menos barracones y los americanos y los británicos terminan juntos. Blewitt rezonga que ya están más apretados que dos capas de pintura, pero Zeno siente excitación cuando entran los prisioneros ingleses. Su mirada se encuentra con la de Rex y pronto sus jergones están uno junto al otro, pegados a la pared, y cada mañana se despierta con la promesa de encontrar a Rex en el suelo, a un brazo de distancia, y con la certeza de que ninguno de los dos tiene otro sitio donde ir.

Cada día, cuando suben por las colinas heladas, cortando, recogiendo y acarreando maleza para el fuego, Rex le regala una nueva lección.

Γράφω, gráphō, arañar, dibujar, raspar o escribir: la raíz de caligrafía, geografía, fotografía.

Φωνἠ, phōnḗ, sonido, voz, lenguaje: la raíz de sinfonía, saxofón, micrófono, megáfono, teléfono.

Θεός, theós: un dios.

—Pon a cocer las palabras que conoces hasta que quede solo el esqueleto —dice Rex— y es casi seguro que en el fondo de la olla te encontrarás a los clásicos mirándote.

¿Quién dice cosas así? Y Zeno sigue lanzando miradas furtivas: a la boca de Rex, a su pelo, sus manos; obtiene el mismo placer de mirar a este hombre que de mirar el fuego.

La disentería le llega a Zeno como les llega a todos. Acaba de salir de las letrinas y ya tiene que suplicar permiso para volver. Blewitt dice que llevaría en brazos a Zeno al hospital del campamento, pero el hospital del campamento no es más que una choza en las que unos que se dicen médicos abren en canal a los prisioneros y les meten hígados de pollo entre las costillas para «curarlos» y que más le vale morirse allí para que él pueda quedarse con sus calcetines.

Pronto está demasiado débil hasta para ir a las letrinas. En su momento más bajo, se hace un ovillo en el colchón, con parálisis causada por deficiencia de tiamina, y cree que vuelve a tener ocho años y está en casa, tiritando sobre el lago helado dando pasitos hacia el remolino blanco con sus zapatos de funeral. Delante de él atisba una ciudad tachonada de torres: parpadea y titila. Todo lo que tiene que hacer es acercarse y estará a sus puertas. Pero, cada vez que lo intenta, Athena tira de él.

En ocasiones recobra la consciencia el tiempo suficiente para encontrar a Blewitt a su lado, dándole de comer papilla y diciendo cosas como «Ah-ah, de eso nada, chico, no te vas a morir, no sin mí». En otras ocasiones, es Rex quien está sentado a su lado, con la montura de sus gafas sujeta con alambre oxidado, enjugándole la frente. Con una uña escribe un verso en griego en la escarcha de la pared, como si dibujara glifos misteriosos para ahuyentar a los ladrones.

En cuanto puede caminar, Zeno debe volver a ocuparse del fuego. Algunos días está demasiado débil para acarrear su exiguo fardo más allá de unos pocos metros antes de dejarlo en el suelo. Rex se acuclilla a su lado y, con un trozo de carbón, escribe Ἄλφάβητος en el tronco de un árbol.

Α es ἄλφα es alfa: la cabeza de un buey invertida. Β es βῆτα es beta: la planta de una casa. Ω es ὦ μέγα es omega, la mega O: una enorme boca de ballena a punto de tragarse todas las letras que tiene delante.

Zeno dice:

—Alfabeto.

—Bien. ¿Y qué me dices de esto?

Rex escribe ό νόστος.

Zeno rebusca en los compartimentos de su mente.

Nostos.

Nostos, sí. El acto de volver a la patria de uno, de regresar sano y salvo. Por supuesto, rastrear el origen griego de una palabra inglesa es complicado. Nostos también puede ser un canto sobre el regreso al hogar.

Zeno se pone de pie, mareado, y coge su fardo.

Rex se guarda el trozo de carbón en el bolsillo.

—En un tiempo —dice— en que la enfermedad, la guerra y la hambruna acechaban casi siempre, cuando eran muchos los que morían antes de tiempo y el mar o la tierra engullían sus cuerpos o simplemente se perdían en el horizonte, no regresaban jamás y se desconocía qué había sido de ellos… —Mira desde los campos helados hasta los edificios bajos y oscuros del Campamento Cinco—. Imagina lo que debía de ser oír los viejos cantos sobre héroes que vuelven a casa. Creer que algo así era posible.

Más abajo, en el Yalu helado, el viento levanta la nieve en largos remolinos. Rex se sube más el cuello del abrigo.

—No es tanto lo que dice el canto, sino el hecho de que se siga cantando.

Singular y plural, raíces de sustantivos y casos verbales: el entusiasmo de Rex por el griego antiguo los ayuda a sobrellevar los momentos más duros. Una noche de febrero, después de anochecido, encorvados alrededor del fuego en el cobertizo de la cocina, Rex usa su trozo de carbón para escribir dos líneas de Homero en una tabla y se la pasa a Zeno.

τὸν δὲ θεοὶ μὲν τεῦξαν, ἐπεκλώσαντο δ᾽ ὄλεθρον

ἀνθρώποις, ἵνα ᾖσι καὶ ἐσσομένοισιν ἀοιδή

Por los intersticios de las paredes del cobertizo se ven estrellas suspendidas sobre las montañas. Zeno siente el frío en la espalda, la leve presión de los huesos de Rex contra los suyos; son poco más que esqueletos.

θεοὶ es los dioses, nominativo plural.

ἐπεκλώσαντο significa urdieron, indicativo de aoristo.

ἀνθρωποις es a los hombres, dativo plural.

Zeno respira, el fuego chisporrotea, las paredes del cobertizo desaparecen y en un pliegue de sus pensamientos, inaccesible a los guardias, el hambre o el dolor, el significado del verso asciende a través de los siglos.

—«Voluntad ello fue de los dioses —dice—, que urdieron a tantos la ruina por dar que cantar a los hombres futuros».

Rex mira lo escrito en la tabla, a continuación a Zeno y de nuevo a la escritura. Mueve la cabeza con incredulidad.

—Excelente. Eso es excelente, joder.

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