Ciudad de las nubes
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Seymour
Seymour tiene once años y está volviendo a casa de la biblioteca el último lunes de agosto cuando ve algo color marrón en el arcén de Cross Road justo antes de cruzarse con Arcady Lane. Ya ha encontrado aquí mapaches atropellados en dos ocasiones. En otra, un coyote reventado.
Es un ala. El ala amputada de un gran búho gris, con cobijas aterciopeladas y plumas remeras marrones y blancas. De la articulación aún cuelga un trozo de clavícula, con unos cuantos tendones asomando.
Pasa un Honda a toda velocidad. Seymour escudriña la carretera, busca en la maleza del arcén el resto del pájaro. En la cuneta encuentra una lata vacía que dice Übermonster Energy Brew. Nada más.
Sigue hasta casa y se para en el camino de entrada con la mochila a la espalda y la pluma pegada al pecho. En las parcelas de Eden’s Gate hay un chalé piloto casi terminado y cuatro más en construcción. Una viga de celosía cuelga de una grúa y dos carpinteros se mueven de un lado a otro debajo de ella. Llegan nubes, relampaguea un rayo y por un instante ve la Tierra desde un millón de kilómetros de distancia, una mota que se desplaza a gran velocidad por un vacío yermo y devastado y al momento siguiente está de nuevo en la entrada a la casa y no hay nubes, no hay rayo: es un día azul despejado, los carpinteros están colocando la viga de celosía, sus pistolas de clavos hacen clac clac clac.
Bunny está trabajando, pero se ha dejado el televisor encendido. En la pantalla, una pareja mayor tira de maletas con ruedas por la pasarela de un crucero. Brindan con copas de champán, juegan en una máquina tragaperras. Ja, ja, ja, dicen. Ja, ja, ja, ja, ja. Sus sonrisas son demasiado blancas.
La pluma huele a almohada vieja. La complejidad de los marrones, tostados y cremas que se alternan en franjas en las plumas es escandalosa. Por cada 27.027 americanos, un gran búho gris. Por cada 27.027 Seymours, un Amigofiel.
El búho debía de estar cazando en uno de los abetos de Douglas en el borde de Cross Road. Una presa, probablemente un ratón, subió al pavimento de la carretera husmeando, tembloroso, y los latidos de su corazón debieron de centellear en el oído preternatural de Amigofiel igual que la luz de una boya en la oscuridad de un puerto.
El ratón empezó a atravesar el río de asfalto; el búho extendió las alas y bajó en picado. Mientras tanto pasó un coche en dirección oeste con faros hendiendo la noche, moviéndose más rápido de lo que debería ser natural moverse.
Amigofiel: que sabía escuchar. Que tenía una voz pura, brillante y bella. Que siempre volvía.
En el Magnavox, el crucero vuela en mil pedazos.
Mucho después de anochecido, Seymour oye el Grand Am, oye las llaves de Bunny en la puerta. Entra en su habitación oliendo a lejía y sirope de arce a partes iguales. La mira coger la pluma.
—Ay, bichito. Lo siento.
—Alguien tiene que pagar por esto —dice Seymour.
Bunny hace ademán de acariciarle la frente, pero Seymour se gira hacia la pared.
Bunny le pone una mano en la espalda y todo el cuerpo de Seymour se pone rígido. Por la ventana cerrada, a través de las paredes, oye coches circular por Cross Road, la terrible e incesante máquina humana que sigue rugiendo.
—¿Quieres que me quede en casa mañana? Puedo decir que estoy mala. Podemos hacer gofres.
Seymour entierra la cara en la almohada. Cinco meses atrás la ladera de la colina bajo la alambrada era el hogar de ardillas rojas pinzones negros musarañas enanas culebras rayadas carpinteros peludos mariposas cola de golondrina líquenes de lobo flores de mono diez mil topillos cinco millones de hormigas. Ahora ¿qué es?
—¿Seymour?
Bunny dijo que había veinte lugares al norte de aquí adonde podría volar Amigofiel. Bosques más grandes. Bosques mejores. Montones de topillos, dijo. Más topillos que pelos en la cabeza de Seymour. Pero no era más que un cuento. Sin levantar la cabeza, coge sus protectores auditivos y se los pone.
Por la mañana Bunny se va a trabajar. Seymour entierra el ala junto a la roca con forma de huevo detrás de la casa y decora la tumba con piedrecitas.
Debajo del banco del cobertizo de herramientas de Pawpaw, debajo de tres latas de aceite para motor y un trozo de conglomerado, hay un hueco forrado con lona que Seymour descubrió varios años atrás. Dentro hay treinta octavillas amarillentas que dicen MILICIA DE LA LIBERTAD DE IDAHO, dos cajas de munición, una pistola Beretta color negro y una caja con asas de cuerda con las palabras GRANADA DE MANO M67 FRAGMEN ESPOL RETARD 25UDS. estampadas en la caja.
Con los pies apoyados a ambos lados del hueco, agarra una de las asas con las dos manos, saca la caja y la levanta. Abre el cierre con la hoja de un destornillador. Colocadas dentro, en una retícula de cinco por cinco, cada una en su pequeño cubículo, hay veinticinco granadas de mano color verde aceituna con las palancas de seguridad bajadas y las anillas puestas.
En el ordenador de la biblioteca, un veterano de guerra canoso con una nariz espantosamente inflamada explica los rudimentos de la M67. Ciento ochenta y cuatro gramos de explosivo de alto grado. Una espoleta de entre cuatro y cinco segundos. Radio de letalidad de cinco metros. «Una vez lanzada —dice el hombre—, el resorte interno suelta la palanca y libera el percutor, que entra en contacto con la carga. La carga inicia entonces la detonación…».
Pasa Marian y sonríe; Seymour esconde la pestaña del navegador hasta que se ha ido.
El hombre se coloca detrás de una barricada, aprieta la palanca, tira de la anilla, lanza. Al otro lado de la barricada, salta tierra por los aires.
Seymour vuelve a darle al play. Lo ve otra vez.
Los miércoles Bunny hace turno doble en el Pig N’ Pancake y no llega a casa hasta después de las once. Deja un táper de macarrones en la nevera. La nota que hay encima dice: «Todo va a salir bien». Seymour pasa toda la tarde sentado a la mesa de la cocina con una granada de fragmentación de cuarenta años de antigüedad en el regazo.
El último camión se marcha de Eden’s Gate alrededor de las siete. Seymour se pone los protectores auditivos, cruza el jardín trasero, se cuela por la nueva cerca de madera y cruza la parcela vacía con la granada en el bolsillo. El césped recién plantado en el jardín trasero de la casa piloto refulge con un verde oscuro y maligno. Las dos estructuras de casas a ambos lados tienen ya puerta, pero donde deberían ir el pomo y el cerrojo hay solo agujeros.
Delante de cada casa hay un letrero de la inmobiliaria con su caja de folletos traslúcida. «Disfrute del estilo de vida Lakeport que siempre soñó». Seymour elige el chalé de la izquierda.
En lo que será la cocina hay agujeros vacíos para los armarios. Desde una ventana del piso de arriba, todavía llena de adhesivos y papel film, ve por entre las ramas de los pocos abetos que quedan el claro donde antes estuvo el árbol de Amigofiel.
No hay camiones por ningún lado. No hay voces, ni música. En el cielo que se oscurece, la estela de un avión solitario atraviesa una luna en cuarto creciente.
Vuelve al piso de abajo, sujeta la puerta delantera con un taco de madera y sale a la acera recién vertida en pantalón corto y sudadera, con los protectores auditivos alrededor del cuello y la granada en la mano.
«El terreno no es nuestro. Pueden hacer lo que quieran con él».
«Bosques más grandes, mejores. Tiene donde elegir».
Mantiene la palanca apretada, contiene la respiración y mete el dedo índice por la anilla de seguridad. Lo único que debe hacer es tirar. Se ve a sí mismo lanzar la granada dentro de la casa sin despegar el brazo del cuerpo: la fachada de madera se hace astillas, la puerta principal se sale de los goznes, las ventanas se hacen añicos, la sacudida atraviesa Lakeport, sobrevuela las montañas hasta llegar a oídos de Amigofiel en cualquiera que sea la rama mística en la que descansen los fantasmas de los búhos de una sola ala, parpadeando a la eternidad.
Tira de la anilla.
Le tiemblan las rodillas, su corazón brama, pero el dedo se niega a moverse. Recuerda el vídeo: el ruido sordo, la tierra subiendo como un surtidor. Cinco seis siete ocho. Tira de la anilla.
No puede. Apenas consigue mantenerse en pie. El dedo sale de la anilla de seguridad. La luna sigue en el cielo, pero puede caerse en cualquier momento.