Ciudad de las nubes
Once
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ONCE
EN EL VIENTRE DE LA BALLENA
La ciudad de los cucos y las nubespor Antonio Diógenes, folio Λ
… seguía a mis escamosos hermanos por las infinitas profundidades, huyendo de los veloces y terribles delfines, cuando, sin previo aviso, nos topamos con un leviatán, la más gigantesca de todas las criaturas, de boca tan ancha como las puertas de Troya y dientes tan altos como las columnas de Hércules y tan afilados como la espada de Perseo.
Abrió de par en par las mandíbulas para engullirnos y me dispuse a morir. Nunca lograría llegar a la ciudad de las nubes. Nunca vería la tortuga ni probaría una de las tortas de miel que llevaba sobre su caparazón. Moriría en las frías aguas del mar, mis huesos de pez se perderían en el vientre de una bestia. El cardumen entero fuimos arrastrados a la caverna de su boca, pero por fortuna los espetos que eran sus enormes colmillos resultaron demasiado grandes para ensartarnos y pasamos entre ellos ilesos, directos al gaznate.
Mientras chapoteábamos en las entrañas del enorme monstruo como atrapados dentro de otro mar tuvimos oportunidad de atisbar fragmentos de toda la Creación. Cada vez que el monstruo abría la boca, yo subía a la superficie y vislumbraba algo nuevo: los cocodrilos de Etiopía, los palacios de Cartago, la nieve cubriendo cuevas de trogloditas a lo largo del cinturón del mundo.
Terminé por cansarme: había viajado muy lejos, pero no estaba más cerca de mi destino que cuando salí. ¿Perseguía una quimera? Era un pez dentro de un mar dentro de un pez más grande y me pregunté si el mundo no nadaría también dentro del vientre de un pez mucho mayor, si no seríamos todos peces dentro de peces, y a continuación, exhausto de tantas maravillas y de tanto maravillarme, cerré mis escamosos ojos y dormí…