Ciudad de las nubes

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Konstance

Se despierta en el suelo todavía enfundada en el traje bioplástico que le hizo su padre. La máquina parpadea dentro de su torre.

«Buenas tardes, Konstance».

Esparcidos alrededor de ella están los objetos que Padre lanzó dentro del vestíbulo: Deambulador, cama inflable, váter seco ecológico, toallitas secas, los sacos de polvo Nutrir, la impresora de alimentos todavía en su embalaje. La capucha de oxígeno está a su lado, con el frontal apagado.

Gota a gota, el horror se hace presente. Las dos figuras con trajes de protección contra riesgos biológicos, el espejo broncíneo de sus rostros devolviendo una imagen combada de la puerta abierta del Compartimento 17. Las tiendas de campaña en Intendencia. La cara demacrada de Padre, el filo encarnado de sus ojos. El respingo que daba cada vez que el haz del frontal de Konstance le enfocaba la cara.

Madre no estaba en su cama.

Cuando usa el pequeño inodoro inteligente se siente vulnerable. Tiene la mitad inferior del mono húmeda de sudor.

—Sybil, ¿cuánto tiempo he dormido?

«Has dormido dieciocho horas, Konstance».

¿Dieciocho horas? Cuenta los sacos de polvo Nutrir: trece.

—¿Constantes vitales?

«Tu temperatura es óptima. Frecuencias cardiaca y respiratoria perfectas».

Konstance da una vuelta a la cámara buscando la puerta.

—Sybil, por favor, déjame salir.

«No puedo».

—¿Qué quieres decir con que no puedes?

«No puedo abrir la cámara».

—Claro que puedes.

«Mi directriz principal es velar por el bienestar de la tripulación, y me consta que estás más segura aquí dentro».

—Pídele a Padre que venga a buscarme.

«Sí, Konstance».

—Dile que quiero verlo ahora mismo. —La cama inflable, la capucha de oxígeno, los paquetes de comida. El miedo late dentro de ella—. Sybil, ¿cuántas comidas puede imprimir una persona con trece sacos de polvo Nutrir?

«Suponiendo un consumo de calorías medio, una Reconstituidora podría producir 6.526 comidas completas. ¿Estás hambrienta después de tu largo sueño? ¿Quieres que te ayude a preparar una comida nutritiva?».

Padre estudiando dibujos técnicos en la Biblioteca. La banqueta de coser chillando por la presión de la puerta exterior. «Uno de nosotros no se encuentra bien». Jessi Ko dijo que la única manera de salir del compartimento era decirle a Sybil que no te encontrabas bien. Si Sybil te detectaba algún síntoma, mandaba a la doctora Cha y al ingeniero Goldberg para que te llevaran a la Enfermería.

Padre no estaba bien. Cuando lo anunció, Sybil abrió la puerta del Compartimento 17 para que pudieran llevárselo a donde fuera que estuvieran aislando a los miembros de la tripulación enfermos, pero él llevó primero a Konstance a la cámara de Sybil. Con provisiones suficientes para seis mil quinientas comidas.

Con mano trémula se toca el Vizor en la parte de atrás de la cabeza y el Deambulador se enciende con un zumbido.

«¿A la biblioteca? —pregunta Sybil—. Pues claro, Konstance. Ya comerás después de…».

Nadie en las mesas, nadie en las escalerillas. No hay libros volando. No se ve un alma. Sobre la abertura de la bóveda de cañón, el cielo irradia un agradable azul. Konstance dice: «¿Hola?», y de debajo de una mesa trota el perro de la señora Flowers con los ojos brillantes y la cola erguida.

No hay profesores dando clase. No hay adolescentes subiendo y bajando las escalerillas de la Sección de Juegos.

—Sybil, ¿dónde está todo el mundo?

«Están todos en otra parte, Konstance».

Los libros sin numerar aguardan en sus sitios. Los rectángulos impolutos de papel y los lapiceros están en sus cajas. Solo días atrás, sentada a una de esas mesas, Madre leyó en voz alta: «Los virus más resistentes pueden vivir durante meses en superficies: mesas, picaportes, apliques de cuarto de baño».

Un peso frío desciende sobre ella. Coge un trozo de papel, escribe: «¿Cuántos años tardaría una persona en consumir 6.526 comidas?».

La respuesta baja flotando: 5,9598.

¿Seis años?

—Por favor, Sybil, pídele a Padre que se reúna conmigo en la Biblioteca.

«Sí, Konstance».

Se sienta en el suelo de mármol y el perrito se le sube al regazo. El pelo parece de verdad. Las pequeñas almohadillas rosa de la planta de sus pezuñas desprenden calor. Arriba, una nube plateada y solitaria, como el dibujo de un niño, atraviesa el cielo.

—¿Qué ha dicho?

«Aún no ha contestado».

—¿Qué hora es?

«Pasan seis minutos de las trece de LuzDiurna, Konstance».

—¿Los demás están en la Tercera Comida?

«No están en la Tercera Comida, no. ¿Te apetece jugar a un juego, Konstance? ¿Hacer un puzle? Siempre está el Atlas. Sé que te gusta entrar en el Atlas».

El perro digital parpadea con sus ojos digitales. La nube digital surca silenciosa el atardecer digital.

Para cuando se baja del Deambulador, las paredes de la Cámara Uno se han atenuado. Se acerca la NoLuz. Pega la boca a la pared y grita:

—¿Hola?

Más alto.

—¿Hola?

A través de las paredes del Argos oír algo es difícil, pero no imposible: desde su litera del Compartimento 17 Konstance ha oído agua bajar por cañerías, alguna que otra discusión entre el señor y la señora Marri en el Compartimento 16.

Golpea las paredes con la base de las manos, luego coge el colchón inflable, todavía envuelto y cerrado, y lo lanza. Hace un estrépito horrible. Espera. Vuelve a tirarlo. Cada latido de su corazón desata una nueva oleada de terror. Ve a Padre estudiando diagramas en la Biblioteca. Oye lo que dijo la señora Chen años atrás: «Esta cámara cuenta con mecanismos térmicos, mecánicos y de filtración autónomos, independientes del resto del…». Padre debía de estar cerciorándose de que así era. La metió aquí con el fin de protegerla. Pero ¿por qué no se quedó él también? ¿Por qué no metió a más personas con ella?

Porque estaba enfermo. Porque podrían ser portadores de una enfermedad infecciosa y letal.

La habitación se oscurece del todo.

—Sybil, ¿cómo es mi temperatura corporal?

«Óptima».

—¿No demasiado alta?

«Todas las constantes son excelentes».

—¿Puedes abrir la puerta ya, por favor?

«La cámara seguirá sellada, Konstance. Es el lugar más seguro en el que puedes estar. Lo mejor sería que hicieras una comida saludable. Luego puedes montar la cama. ¿Quieres un poco de luz?».

—Pídele a mi padre que cambie de idea. Montaré la cama, haré todo lo que digas.

Quita las correas a la cama, despliega las patas de aluminio, abre la válvula. La habitación está muy silenciosa. Sybil titila en las profundidades de sus pliegues.

Quizá los demás están a salvo en las otras cámaras, donde se guardan la harina y los monos de trabajo nuevos y los recambios. Quizá esas habitaciones también cuentan con sus propios sistemas térmicos, de filtrado de agua. Pero entonces ¿por qué no van a la Biblioteca? ¿Tal vez es que no tienen Deambuladores? ¿O están dormidos? Se tumba en la cama, saca la manta de su envoltorio y se tapa los ojos con ella. Cuenta hasta treinta.

—¿Se lo has pedido? ¿Ha cambiado de idea?

«Tu padre no ha cambiado de idea».

En las horas siguientes se toca la frente veinte veces para ver si tiene fiebre. ¿Es esto el principio difuso de un dolor de cabeza? ¿Un asomo de náuseas? «Temperatura normal —dice Sybil—. Frecuencias respiratoria y cardiaca excelentes».

Camina por la Biblioteca, grita el nombre de Jessi Ko a las distintas salas, juega a Espadas de Silverman, se hace un ovillo debajo de la mesa y llora mientras el perrito le lame la cara. No ve a nadie.

Dentro de la cámara, las hebras brillantes de Sybil se ciernen sobre la cama.

«¿Estás preparada para seguir con tus estudios, Konstance? Nuestro viaje continúa y es crucial mantener una rutina…».

¿Hay personas muriendo a diez metros de allí, en sus compartimentos? ¿Están los cadáveres de todas las personas que ha conocido esperando a ser desechados por la esclusa de aire?

—Déjame salir, Sybil.

«Me temo que la puerta sigue sellada».

—Pero puedes abrirla. Eres la que la controla.

«Puesto que no sé si estarás segura fuera de la cámara, no tengo capacidad para abrir la puerta. Mi directriz principal es velar por el bienestar de la…».

—Pero no lo has hecho. No has velado por el bienestar de la tripulación, Sybil.

«Con cada hora que pasa, más me consta que aquí estás segura».

—¿Y si —susurra Konstance— ya no quiero estar segura?

A continuación, furia. Desenrosca una de las patas de aluminio de la cama y golpea las paredes, arañando y abollando el metal. Cuando eso no le resulta satisfactorio, elige el tubo traslúcido que rodea a Sybil y lo golpea hasta que el aluminio se parte y le destroza las manos.

¿Dónde está todo el mundo y quién es ella para ser la única con vida y cómo es posible que Padre abandonara su hogar y la condenara a esta suerte cruel? Los diodos del techo son muy brillantes. Una gota de sangre le cae de la yema de un dedo al suelo. El tubo que protege a Sybil sigue intacto.

«¿Te sientes mejor? —pregunta Sybil—. Expresar enfado de vez en cuando es natural».

¿Por qué uno no se puede curar con la rapidez a la que se lesiona? Te tuerces un tobillo, te rompes un hueso…, puede ocurrir en un abrir y cerrar de ojos. Hora tras hora, semana tras semana, año tras año las células de cuerpo trabajan para reconstituirse tal y como eran en el instante anterior a la lesión. Pero incluso así no eres la misma persona; no exactamente.

Ocho días sola, diez once trece: pierde la cuenta. La puerta no se abre. Nadie da golpes al otro lado de las paredes. Nadie entra en la Biblioteca. La única toma de agua en la Cámara Uno es un gotero que Konstance conecta alternativamente a la impresora de alimentos o al váter ecológico. Son necesarios varios minutos para llenar un vaso de agua; tiene sed constantemente. Algunas horas las dedica a pegar las manos contra las paredes y a sentirse atrapada igual que un embrión dentro de su tegumento, latente, esperando a despertar. Otras sueña que el Argos se posa en el delta de un río en Beta Oph2, las paredes se abren, todos bajan y caminan bajo una lluvia clara y limpia, que cae como una cortina del cielo extraterrestre, una lluvia con leve sabor floral. Una brisa les acaricia la cara; bandadas de extraños pájaros remontan el vuelo; Padre se restriega barro en las mejillas y la mira con alborozo, mientras Madre levanta la vista, boquiabierta, y bebe del cielo. No hay soledad peor que despertar de un sueño así.

LuzDiurna NoLuz LuzDiurna NoLuz: dentro del Atlas camina por desiertos, autopistas, caminos rurales, Praga, El Cairo, Mascate, Tokio en busca de algo que no es capaz de nombrar. Un hombre en Kenia con un arma a la espalda sostiene una cuchilla mientras pasan las cámaras. En Bangkok encuentra una tienda abierta con una niña encorvada detrás de un mostrador; en la pared a su espalda hay al menos mil relojes, relojes con caras de gato, relojes con osos panda en lugar de números, relojes de madera con manillas de latón, todos con los péndulos detenidos. Los árboles siempre la atraen, un ficus elástica indio, tejos musgosos en Inglaterra, un roble en Alberta, pero ni una sola de las imágenes del Atlas —ni siquiera la del pino bosnio centenario en las montañas de Tesalia— posee la complejidad meticulosa, abrumadora, de una de las hojas de lechuga de la granja de Padre, o de su retoño de pino en su pequeña maceta, sus texturas y sorpresas; el verde intenso y vivo de sus largas agujas de terminaciones amarillas; el azul purpúreo de sus piñas; los xilemas que transportan agua y minerales desde las raíces, el floema que extrae azúcares de las agujas para almacenarlo, pero siempre lo bastante despacio para que el ojo no pueda apreciarlo.

Por fin se sienta, exhausta, en la cama y tirita y los diodos se atenúan. La señora Chen dijo que Sybil era un libro que contenía el mundo entero: mil variaciones de recetas de macarrones con queso, el histórico de cuatro mil años de temperaturas en el océano Ártico, la literatura de Confucio y las sinfonías de Beethoven y los genomas de los trilobites… El legado entero de la humanidad, la ciudadela, el arca, el útero, todo lo que somos capaces de imaginar y lo que podremos necesitar. La señora Flowers dijo que sería suficiente.

Cada pocas horas asoman a sus labios las preguntas: ¿soy la única que queda? ¿Estoy pilotando un cementerio volante a bordo del cual no queda ni un alma? Pero no logra reunir valor para hacérselas.

Su padre está esperando. Está esperando a que pase el peligro. Entonces abrirá la puerta.

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