Ciudad de las nubes
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Zeno
El autobús lo deja en el Texaco. La señora Boydstun está en la puerta fumando un cigarrillo apoyada en su Buick.
—Qué flaco. ¿Te han llegado mis cartas?
—¿Me has escrito cartas?
—Cada primero de mes, sin falta.
—¿Qué decían?
La señora Boydstun se encoge de hombros.
—Semáforo nuevo. Mina de estibina cerrada.
Lleva el pelo arreglado y le brillan los ojos, pero cuando camina hacia el restaurante Zeno nota que algo no va bien: una de las piernas se mueve medio segundo más despacio de lo que debería.
—No es nada. A mi padre también le pasaba. Escucha, tu perra murió. Se la llevé a Charlie Goss en New Meadows. Dijo que se fue sin sufrir.
Athena dormitando junto a la chimenea de la biblioteca. Está demasiado exhausto para llorar.
—Era mayor.
—Lo era.
Se sientan en una mesa y piden huevos y la señora Boydstun se enciende un segundo cigarrillo. La camarera lleva unas gafas de cerca colgando de una cadena del cuello. Su delantal es asombrosamente blanco.
—¿Te lavan el cerebro? —pregunta—. Dicen que algunos de los que habéis ido allí os habéis pasado al enemigo.
La señora Boydstun echa la ceniza en el cenicero.
—Tú sírvenos café, Helen.
El lago emite cuchillos de luz de sol. Lanchas motoras van y vienen dibujando cremalleras en el agua. En la gasolinera, un hombre con el torso desnudo muy bronceado mira a un empleado llenar el depósito de su Cadillac. Es imposible que estas cosas hayan seguido ocurriendo durante todos estos meses.
La señora Boydstun lo mira. Zeno entiende que la gente querrá oír algo, pero no la verdad; querrán una historia de perseverancia y valor, de triunfo del bien sobre el mal, un canto de regreso al hogar de un héroe que llevó luz a oscuros lugares. A su lado, la camarera está limpiando una mesa: en tres de los platos todavía hay comida.
—¿Mataste a alguien? —pregunta la señora Boydstun.
—No.
—¿Ni a uno solo?
Los huevos son fritos. Zeno pincha uno con los dientes de su tenedor y la yema se rompe y brilla obscenamente.
—Eso es bueno —dice la señora Boydstun—. Es lo mejor que ha podido pasarte.
La casa está igual: los niños de cerámica, un Jesús que sufre en cada pared. Las mismas cortinas color mora, los mismos juníperos bajo los que Athena se refugiaba en las noches más frías. La señora Boydstun se sirve una copa.
—¿Echamos una partida de cribbage, cariño?
—Creo que me voy a echar.
—Pues claro. Tómate tu tiempo.
En el cajón de la cómoda los soldaditos Playwood Plastic duermen en su caja. El soldado 401 sube por la colina con su rifle. El 410 está arrodillado detrás de su cañón antitanque. Zeno se acuesta en la misma cama de latón en la que dormía de niño, pero el colchón es demasiado blando y la claridad del día es cada vez mayor. Por fin oye salir a la señora Boydstun y baja las escaleras y quita el pestillo a todas las puertas de la casa. Si no pueden estar abiertas, necesita que por lo menos no tengan echado el pestillo. Luego entra de puntillas en la cocina, encuentra una hogaza de pan, la parte en dos, mete una debajo de su almohada y se reparte la otra por los bolsillos. Por si acaso.
Duerme en el suelo junto a la cama. Todavía no ha cumplido los veinte años.
El pastor White le consigue un trabajo en el Departamento de Carreteras del condado. En los días dorados del otoño, cuando los alerces llamean de color amarillo en las laderas de las montañas, Zeno trabaja con un equipo de hombres mayores que él operando una traílla de motor remolcada por un tractor Caterpillar RD6 rellenando socavones y cubriendo de grava tramos de asfalto erosionado, mejorando las carreteras que llevan a los pueblos aún más pequeños y adentrados en la montaña. Cuando llega el invierno solicita el trabajo más solitario de los disponibles: conducir una quitanieves del ejército con palas rotativas y techo retráctil marca Autocar. Sus tres grandes cuchillas espirales arrojan nieve contra el parabrisas en una suerte de avalancha inversa: un chorro ascendente que, en el curso de una noche, iluminado por el resplandor de los faros, tiende a hipnotizarlo. Es un trabajo extraño y solitario: los limpiaparabrisas hacen poco más que embadurnar el cristal de escarcha y la calefacción solo funciona el veinte por ciento del tiempo y el dispositivo antivaho es un ventilador empotrado en el salpicadero y Zeno tiene que conducir con una mano en el volante y la otra sujetando un trapo empapado en licor con el que limpia el interior del parabrisas para poder ver.
Cada domingo escribe una carta a una organización británica de veteranos de guerra solicitando información sobre el paradero de un soldado de primera llamado Rex Browning.
Pasa el tiempo. La nieve se derrite. Vuelve a caer, un aserradero se incendia, lo reconstruyen, los trabajadores de las carreteras impiden desbordamientos usando piedras, apuntalan puentes y la lluvia o los desprendimientos de rocas los arrastran y tienen que volver a construirlos. Entonces llega el invierno y la quitanieves lanza su hipnótica cortina de nieve contra la cabina. Siempre hay coches que se congelan o se salen de la carretera, que derrapan en la nieve o el barro, y Zeno pasa los días remolcándolos: enganchar, asegurar, ir marcha atrás.
En ocasiones las cosas con la señora Boydstun se descontrolan. Sus estados de ánimo fluctúan. Se le olvida lo que ha ido a comprar. Tropieza con algo que no existe; intenta pintarse los labios y se dibuja una raya en la mejilla. En el verano de 1955, Zeno la lleva en coche a Boise y un médico le diagnostica corea de Huntington. El médico le dice a Zeno que esté atento a lapsus al hablar y a sacudidas de los miembros. La señora Boydstun se enciende un cigarrillo y dice: «Cuidado con lo que dice».
Escribe a las Fuerzas de la Commonwealth británica en Corea. Escribe a una unidad de recuperación de las Fuerzas de Ocupación de la Commonwealth británica. Escribe a todas las personas llamadas Rex Browning que hay en Inglaterra. Las respuestas que recibe son educadas pero no concluyentes.
Prisionero de guerra, estado desconocido, sentimos no tener más información en este momento. ¿La unidad de Rex? No la sabe. ¿Oficial a cargo? No lo sabe. Tiene un nombre. Tiene el Este de Londres. Quiere escribir: agitaba los dedos de la mano sobre la boca al bostezar. Tenía una clavícula que yo quería morder. Me contó que los arqueólogos han encontrado la inscripción ΚΑΛΟΣΟΠΑΙΣ grabada en miles de ánforas griegas antiguas, regalos de hombres mayores a muchachos que encontraban atractivos. ΚΑΛΟΣΟΠΑΙΣ καλός ὀ παῖς («el muchacho es bello»).
¿Cómo puede un hombre con tanto en su cabeza, con tanta energía y luz, haber sido borrado? Nada de lo que sabe de Rex le sirve para encontrar a Rex.
Una media docena de veces, en el curso de los inviernos que siguen, Zeno está inclinado sobre un motor congelado en la carretera de Long Valley, o desenganchando una cadena, cuando un hombre le roza el codo, o le mete una mano en el espacio entre la costilla inferior y la cresta iliaca y entonces se van a un garaje o se suben a la cabina del Autocar en la oscuridad brumosa y se buscan mutuamente. Un bracero de rancho en concreto se las ingenia para que esto ocurra varias veces, como si empotrara deliberadamente su coche en un banco de nieve. Pero para la primavera el hombre se ha marchado sin una palabra y Zeno no vuelve a verlo.
Amanda Corddry, la supervisora del Departamento de Carreteras, le sugiere varias muchachas del pueblo. ¿Qué te parece Jessica, de la gasolinera Shell? ¿Lizzie, la del restaurante? Y Zeno no puede evitar una cita. Se pone corbata; las mujeres son siempre amables, algunas han sido advertidas de la supuesta perfidia de prisioneros de guerra adoctrinados en Corea; ninguna entiende sus largos silencios. Zeno intenta coger los cubiertos de forma masculina, cruzar las piernas de forma masculina; habla de béisbol y de motores de barco; aun así sospecha que lo hace todo mal.
Una noche siente tal confusión que está a punto de contárselo a la señora Boydstun. Está teniendo un buen día. Lleva el pelo cepillado y tiene la mirada alerta, hay dos panes de pasas en el horno y en la televisión ponen anuncios. Gachas instantáneas de avena Quaker, luego Vanquish, un medicamento para el dolor de cabeza, y Zeno carraspea.
—Sabes una cosa, después de que muriera papá, cuando…
La señora Boydstun se levanta y baja el volumen del televisor. El silencio atruena en la habitación tan brillante como un sol.
—No soy… —intenta de nuevo y la señora Boydstun cierra los ojos como preparándose para recibir un golpe. Delante de Zeno, un jeep se parte en dos. Cañones de armas relampaguean. Blewitt mata moscas y las guarda en una lata. Hombres rascan maíz carbonizado del fondo de un perol.
—Dilo de una vez, Zeno.
—No es nada. Se han terminado los anuncios.
El médico sugiere puzles para conservar las destrezas manuales de la señora Boydstun, de manera que Zeno encarga uno nuevo cada semana de la tienda de conveniencia Lakeport Drug y se acostumbra a encontrar piececitas por toda la casa: en las pilas de lavabos, pegadas a la suela de su zapato, en el recogedor cuando barre la cocina. Un fragmento de nube, un segmento de la chimenea del Titanic, una sección del pañuelo de un vaquero. Lo invade un temor por dentro: que las cosas serán así para siempre, que ya no habrá nada más que esto. Desayuno, trabajar, cena, fregar los platos, un puzle a medio hacer de las letras de Hollywood en la mesa del comedor, cuarenta piezas en el suelo. Vida. Luego la fría oscuridad.
El tráfico de la carretera que viene de Boise aumenta y la mayoría de los turnos de quitanieves del condado pasan a ser nocturnos. Persigue los haces de la luz de sus faros en la oscuridad repeliendo la nieve y algunas mañanas, cuando termina su turno, en lugar de ir derecho a casa aparca delante de la Biblioteca y hace tiempo entre las estanterías.
Ahora hay una bibliotecaria nueva, la señora Raney, que suele dejarlo en paz. Al principio Zeno se limita a números de National Geographic: macacos, inuit, caravanas de camellos, fotografías que le despiertan una remota agitación. Poco a poco se va acercando a Historia: los fenicios, los sumerios, el periodo Jōmon de Japón. Pasa delante de la pequeña colección de clásicos griegos y romanos —la Ilíada, algunas obras de Sófocles, ni rastro de un ejemplar amarillo de la Odisea— pero no es capaz de sacar nada de la estantería.
De vez en cuando reúne el valor necesario para comentar alguna curiosidad de lo que ha leído con la señora Boydstun: la caza de avestruces en Libia en la Antigüedad, las pinturas funerarias en Tarquinia. «Los micénicos veneraban las espirales», dice una noche cualquiera. «Las pintaban en copas de vino, en mampostería y lápidas, en los petos de las armaduras de sus reyes. Pero nadie sabe por qué».
De las fosas nasales de la señora Boydstun salen columnas gemelas de humo. Deja un vaso de Old Forester y rebusca entre sus piezas de puzle.
—¿Por qué —dice— iba a querer nadie saber eso?
Al otro lado de la ventana de la cocina, cortinas de nieve vuelan en la oscuridad.
21 de diciembre de 1970
Querido Zeno:
Recibir tres cartas tuyas a la vez ha sido algo milagroso. La agencia ha debido de tenerlas años traspapeladas. No te imaginas lo mucho que me alegra que consiguieras salir. Estuve buscando informes de los liberados del campo, pero, como sabes, gran parte de esa información quedó sepultada y quise concentrarme en reorientar mi atención a los vivos. Estoy feliz de que me hayas encontrado.
Sigo perdiendo el tiempo con textos antiguos, revolviendo entre huesos polvorientos de las lenguas muertas como el profesor de clásicas que nunca quise ser. Ahora es todavía peor, por increíble que parezca. Estudio libros perdidos, libros que ya no existen, examino papiros excavados de vertederos de desechos en Oxirrinco. He estado en Egipto. No sabes qué quemaduras solares.
Los años pasan volando ahora. Hillary y yo hemos organizado una pequeña función para mi cumpleaños, en mayo. Sé que son muchísimos kilómetros, pero ¿no podrías venir de visita? Sería como unas vacaciones. Podríamos garabatear algo de griego con papel y pluma en lugar de tierra y un palo. Decidas lo que decidas, con afecto.
Tu amigo fiel:
Rex