Ciudad de las nubes
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Seymour
Geografía universal de octavo curso:
Escribe tres cosas que hayas aprendido de los aztecas.
En la biblioteca he aprendido que cada 52 años los sacerdotes aztecas tenían que impedir que el mundo se acabara. Apagaban todas las antorchas de la ciudad y encerraban a todas las mujeres embarazadas en graneros de piedra para que sus bebés no se convirtieran en demonios y mantenían despiertos a todos los niños para que no se convirtieran en ratones. Luego llevaban a una víctima (tenía que ser una víctima con cero pecados) a la cima de una montaña sagrada llamada Cerro del Árbol Espinoso y, cuando determinadas estrellas (un libro, No Ficción F1219.73, dice que igual era Vega, la quinta más brillante del cielo) salían, un sacerdote abría el pecho del prisionero y le sacaba el corazón caliente y húmedo mientras otro hacía un fuego con un taladro donde antes estaba el corazón. Luego llevaban el corazón en llamas a la ciudad en un cuenco y encendían antorchas con él y la gente quería quemarse con las antorchas porque quemarse con el fuego del corazón daba buena suerte. Pronto había encendidas miles de antorchas con ese fuego y la ciudad entera brillaba otra vez y el mundo estaba salvado durante 52 años más.
Historia de Estados Unidos de noveno curso:
No quiero herir sentimientos, pero el capítulo que nos han mandado era todo en plan: «Colón era genial», «a los indios les encantaba Acción de Gracias», «vamos a lavar el cerebro a todos». Encontré cosas mucho mejores en la biblioteca, por ejemplo: ¿sabía que antes de dejar Inglaterra para ir a recoger el tabaco que cultivaban esclavos los inglésidos llenaban sus barcos vacíos de barro para que no volcaran en las tormentas? Cuando llegaron al Nuevo Mundo (que ni era nuevo ni se llamaba América, el nombre de América vino de un vendedor de pepinillos que se hizo famoso porque mintió sobre lo de acostarse con nativas) los inglésidos tiraron el barro para hacer sitio al tabaco. ¿Y qué es lo que había en el barro? Lombrices. Pero las lombrices estaban extintas en América desde la edad del hielo, unos 10.000 años por lo menos, así que los gusanos ingleses fueron a TODAS partes y cambiaron los suelos y los ingleses también trajeron aquí otras cosas que NUNCA había habido, como por ejemplo: gusanos de seda cerdos dientes de león vides cabras ratas sarampión viruela y la creencia de que todos los animales y las plantas fueron puestos aquí para que los humanos los mataran y se los comieran. Tampoco había abejas en la llamada América, así que las nuevas abejas no tenían competencia y se propagaron deprisa. Un libro decía que cuando las familias de los reinos nativos vieron abejas lloraron porque supieron que no tardarían mucho en morir.
Lengua y literatura de décimo curso:
Nos dijo que escribiéramos algo «divertido» durante el verano para «ejercitar los muslos gramaticales» otra vez, así que, vale, señora Tweedy, este verano los científicos anunciaron que en los últimos 40 años han matado al 60 por ciento de los mamíferos salvajes, peces y pájaros del planeta. ¿Es eso divertido? También en los últimos 30 años hemos derretido el 95 por ciento del hielo más antiguo y más grueso del ártico. Cuando hayamos derretido todo el hielo de Groenlandia, solo el de Groenlandia, no el del Polo Norte, ni de Alaska, solo el de Groenlandia, señora Tweedy, ¿sabe lo que va a pasar? Que los océanos suben siete metros. Eso inunda Miami, Nueva York, Londres y Shanghái, eso es que usted se sube a una barca con sus nietos, señora Tweedy, y usted en plan, ¿queréis merendar?, y los niños en plan, abuela, mira debajo del agua, ahí está la estatua de la libertad, ahí el Big Ben, ahí gente muerta. ¿Es esto divertido? ¿Estoy ejercitando los muslos gramaticales?
Una pegatina de la mesa de la señora Tweedy dice: «Entran en un bar el pasado, el presente y el futuro. “Cuánto tiempo”, dicen». Tiene un pelo tan suave que se podría dormir en él. Seymour espera una regañina; en lugar de ello la señora Tweedy dice que el Club de Concienciación Medioambiental del instituto de Lakeport pasó a mejor vida un par de años atrás y ¿qué le parecería a Seymour recuperarlo?
Del otro lado de las ventanas, la luz de septiembre cae oblicua sobre el campo de fútbol. A sus quince años, Seymour es lo bastante mayor para comprender que no se trata solo de su orfandad de padre o sus vaqueros de la tienda de segunda mano o de que tenga que tragarse cada mañana sesenta miligramos de buspirona para mantener lejos el rugido; sus diferencias son más profundas. Otros chicos de décimo curso cazan alces, o roban Red Bulls en Jacksons, o fuman hierba en la pista de esquí, o juegan juntos en escuadrones de batallas online. Seymour estudia las cantidades de metano contenidas en el permafrost siberiano que se está derritiendo. Leer sobre poblaciones menguantes de búhos lo llevó a la deforestación, la cual lo llevó a la erosión del suelo, que lo llevó a su vez a la contaminación de los océanos y, de esta, al blanqueamiento de los corales y a que todo se calienta, se derrite y se muere más deprisa de lo que predecían los científicos, pues cada sistema del planeta está conectado con los demás por innumerables hilos invisibles: jugadores de críquet en Delhi vomitan por la contaminación china, los fuegos de turba indonesios envían toneladas de carbono a la atmósfera de California, incendios forestales de miles de hectáreas en Australia tiñen de rosa lo que queda de los glaciares de Nueva Zelanda. Un planeta más caliente = más vapor de agua en la atmósfera = un planeta más caliente aún = más vapor de agua = planeta más caliente todavía = permafrost derretido = más carbono y metano atrapados en ese permafrost van a parar a la atmósfera = más calor = menos permafrost = menos hielo polar para reflejar la energía del sol, y todas estas evidencias, todos estos estudios, están ahí en la biblioteca esperando a quien quiera encontrarlos, pero, por lo que sabe Seymour, él es el único que los busca.
Algunas noches, con Eden’s Gate brillando al otro lado de la cortina de su habitación, casi le parece oír a docenas de bucles de retroalimentación girando por todo el planeta, rechinando y chirriando como ruedas de molino grandes e invisibles en el cielo.
La señora Tweedy da golpecitos en la mesa con la goma de su lapicero.
—¿Hola? La Tierra llamando a Seymour.
Dibuja un tsunami a punto de engullir una ciudad. Monigotes que se alejan corriendo de los quicios de las puertas, que se tiran por las ventanas. Escribe en mayúsculas «CLUB DE CONCIENCIACIÓN MEDIOAMBIENTAL, MARTES DURANTE EL RECREO, SALA 114» encima y «¿DEMASIADO TARDE PARA DESPERTAR, GILIPOLLAS?» debajo y la señora Tweedy le dice que borre «GILIPOLLAS» antes de hacer fotocopias en la fotocopiadora de los profesores.
El martes siguiente se presentan ocho niños. Seymour se queda de pie delante de ellos y lee de una hoja arrugada de un bloc.
—Las películas nos hacen creer que la civilización acabará de repente, con extraterrestres y explosiones y cosas así, pero en realidad acabará despacio. La nuestra ya se está terminando, pero lo hace demasiado despacio para que la gente se dé cuenta. Ya hemos matado a la mayoría de los animales, y calentado los océanos y llevado los niveles de carbono de la atmósfera al nivel más alto desde hace ochocientos mil años. Incluso si se detuviera todo ahora mismo, si por ejemplo nos muriéramos todos a la hora de comer (desaparecieran los coches, los ejércitos, las hamburguesas) la tierra seguiría calentándose durante siglos. Para cuando nosotros tengamos ¿veinticinco años?, los niveles de carbono en el aire se habrán duplicado de nuevo, lo que significa incendios más calientes, tormentas más grandes, inundaciones más graves. El maíz, por ejemplo, no crecerá igual de bien dentro de diez años. ¿Qué creéis que comen el noventa y cinco por ciento de las vacas y los pollos? Maíz. Así que la carne será más cara. Y además, cuando hay más carbono en el ¿aire?, los humanos no pueden pensar con tanta claridad. Así que cuando tengamos veinticinco años habrá muchísimas más personas hambrientas, asustadas y confusas atrapadas en atascos de tráfico huyendo de ciudades inundadas o en llamas. ¿Creéis que entonces nos dedicaremos a resolver problemas climáticos? ¿O más bien a pelearnos a puñetazos, a violarnos y a comernos los unos a los otros?
Una chica de penúltimo curso dice:
—¿Has dicho violarnos y comernos los unos a los otros?
Un chico de último curso levanta una hoja de papel que dice «Seymour Stuhlman=Simio el Truño[1]». Ja, ja, risas por doquier.
Desde el fondo del aula, la señora Tweedy dice:
—Esas predicciones son alarmantes, Seymour. Pero tal vez podríamos hablar de algunas de las medidas que habría que tomar para vivir de manera más sostenible. Acciones que estén al alcance de un club de instituto.
Una alumna de décimo curso llamada Janet sugiere que se prohíban las pajitas de plástico de la cafetería y repartir botellas de agua reutilizables con el logo del león de Lakeport. Quizá también podrían mejorar los carteles que hay sobre los contenedores de reciclaje. Janet lleva parches de ranas cosidos en la cazadora vaquera, y tiene brillantes ojos negro cuervo y una sombra de bigote encima del labio superior, y Seymour sigue de pie delante de la pizarra con su papel arrugado cuando suena la campana, y la señora Tweedy dice: «Chicos, el próximo martes haremos tormenta de ideas», y Seymour se va a clase de biología.
Está volviendo a casa andando un día cuando un Audi verde se para junto a él y Janet baja la ventanilla. Su aparato dental es de color rosa y sus ojos son una mezcla de azul y negro y ha estado en Seattle, Sacramento y Park City, en Utah, que fue una pasada, hicieron rafting y escalada y vieron un puercoespín trepar por un árbol, ¿ha visto Seymour un puercoespín alguna vez?
Se ofrece a llevarlo a casa. En Eden’s Gate hay ya treinta y tres casas a ambos lados de Arcady Lane, zigzagueando colina arriba detrás de la casa prefabricada de doble ancho. La mayoría son de habitantes de Boise, Portland y Oregón oriental que las usan de segunda residencia: aparcan remolques de barcos en las calles sin salida y van al pueblo al volante de cuatro por cuatros de veinte mil dólares y cuelgan banderines de equipos de fútbol universitarios de sus balcones y las noches de fin de semana se reúnen entre risas alrededor de hogueras en sus jardines traseros y orinan en los arándanos mientras sus hijos disparan bengalas hacia las estrellas.
—Guau —dice Janet—. Tenéis muchísima maleza en el jardín.
—Los vecinos se quejan.
—A mí me gusta —contesta Janet—. Queda natural.
Se sientan en el escalón delantero y sorben refrescos de limón Shasta Twist y miran abejorros revolotear entre los cardos. Janet huele a suavizante de ropa y a tacos de cafetería y dice cincuenta palabras por cada una que pronuncia Seymour, habla de la organización estudiantil Club Key, de campamentos de verano, de que quiere ir a una universidad que esté lejos de sus padres pero no demasiado, ¿sabes? —como si su futuro fuera una curva exponencial pretrazada cada vez más alta— y un jubilado de pelo blanco que vive en la casa de al lado empuja su contenedor de basura de doscientos litros hasta el final de su camino de entrada y los mira y Janet levanta una mano a modo de saludo y el hombre entra en su casa.
—Nos odia. Están todos deseando que mi madre venda la casa para poder construir otras nuevas.
—Pues a mí me ha parecido simpático —dice Janet y responde a un gorjeo de su teléfono inteligente.
Seymour se mira los zapatos.
—¿Sabías que los datos de almacenamiento de internet emiten cada día tanto carbono como todos los aviones del mundo juntos?
—Qué raro eres —dice Janet, pero lo dice con una sonrisa.
En el último aliento antes de oscurecer, del crepúsculo sale un oso negro y Janet se coge del brazo de Seymour y le hace un vídeo al animal mientras pasea en los charcos de luz de luna. Se desplaza entre la media docena de contenedores de basura con ruedas que hay en los arranques de los caminos de entrada de Eden’s Gate, husmea que te husmea. Por fin encuentra un cubo que le gusta, levanta una pezuña y lo tira al suelo. Con cuidado, usando una sola garra, saca una bolsa blanca llena de la boca del cubo y desperdiga su contenido por el asfalto.