Ciudad de las nubes

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Konstance

Está sola en la Biblioteca. De la mesa que tiene más cerca coge una tira de papel, escribe «La ciudad de los cucos y las nubes de Antonio Diógenes» y la mete en la ranura. Vuelan documentos hacia ella desde múltiples secciones y se ordenan en una docena de pilas. La mayoría son artículos académicos en alemán, chino, francés, japonés. Casi todos parecen haber sido escritos durante la segunda década del siglo XXI. Abre el primero que encuentra en inglés: Novelas griegas antiguas escogidas.

El descubrimiento en 2019 del cuento en prosa griega tardía La ciudad de los cucos y las nubes dentro de un códice muy deteriorado en la Biblioteca Vaticana conmocionó brevemente el mundo de los estudios grecolatinos. Pero lo cierto es que lo que los archiveros lograron recuperar del texto dejaba mucho que desear: veinticuatro folios mutilados, todos ellos dañados en alguna medida. La confusión cronológica y las lagunas abundan.

Del volumen siguiente emergen proyecciones de treinta centímetros de altura de dos hombres que se dirigen a podios opuestos. «Era un texto —dice el primero, un hombre de barba plateada con pajarita— pensado para un único lector, una niña en su lecho de muerte, y por tanto es una narración sobre la ansiedad que produce la muerte…». «Incorrecto —dice el otro orador, también de barba plateada y pajarita—. Es evidente que Diógenes quería jugar con nociones de pseudodocumentalismo, colocando la ficción en un lado y la no ficción en el otro, cuando afirmó que la historia era una transcripción fiel descubierta en una tumba, a la vez que establecía un contrato con el lector por el que este entendía que el cuento era, por supuesto, inventado».

Konstance cierra el libro y los hombres desaparecen. El título siguiente parece dedicar trescientas páginas a explorar la procedencia y tonalidad de la tinta empleada en el interior del códice. Otro conjetura sobre la savia encontrada en algunas páginas. Otro es un relato soporífero de los diversos intentos por ordenar los folios recuperados según su disposición original.

Konstance apoya la frente en las manos. Las traducciones inglesas de los folios que encuentra en los libros del montón son de lo más desconcertante: o bien son aburridas y están plagadas de notas, o son demasiado fragmentarias para encontrarles un sentido. Identifica en ellas los contornos de las historias de Padre: Etón se arrodilla a la puerta de la habitación de una bruja, Etón se convierte en asno, el asno es raptado por unos bandidos que roban la posada, pero ¿dónde están las absurdas palabras mágicas y las bestias que beben leche de luna y el río de vino ardiendo por efecto del sol? ¿Dónde el graznido que hacía Padre cuando Etón confunde una gaviota con una diosa y el gruñido que usaba para el mago que vivía dentro de la ballena?

Mira de nuevo las pilas de documentos y la esperanza que sentía minutos antes flaquea. Todos esos libros, todo ese conocimiento, ¿qué propósito tienen? Nada de ello la ayudará a comprender por qué se marchó su padre de casa. Nada de ello la ayudará a comprender por qué ha sido abocada a este destino.

Coge una tira de papel de la caja, escribe: «Enséñame el libro azul con el dibujo de una ciudad en las nubes en la cubierta».

Aparece revoloteando un trozo de papel. «La Biblioteca no contiene un libro así».

Konstance mira las hileras interminables de estanterías.

—Creía que lo contenías todo.

Otra NoLuz, otra Primera Comida impresa, más lecciones de Sybil. Luego vuelve a entrar en el Atlas, aterriza en las colinas castigadas por el sol de las afueras de Nannup y recorre Backline Road hasta la casa de su padre. Σχερία, dice el letrero pintado a mano.

Se agacha, se retuerce, se pega a la casa todo lo que puede y la vista del dormitorio se degrada hasta ser un trémulo campo de color. El libro en la mesilla es azul eléctrico. La ciudad en las nubes en el centro de la cubierta parece desvaída por la luz del sol. Se pone de puntillas y entrecierra los ojos. Debajo del nombre de Diógenes hay cuatro palabras en un cuerpo de letra menor que le pasaron desapercibidas la primera vez.

«Traducción de Zeno Ninis».

Vuelve al cielo, sale del Atlas, llega al atrio. Coge una tira de papel de la mesa que tiene más cerca. Escribe: «¿Quién era Zeno Ninis?».

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