Ciudad de las nubes

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Catorce » Londres » Zeno

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Zeno

¡Londres! ¡Mayo! ¡Rex! ¡Vivo! Cien veces examina el papel de cartas de Rex, inhala su olor. Conoce esa caligrafía, con la parte superior de las letras aplastada, como si alguien hubiera pisado las líneas: ¿cuántas veces la vio arañada en la escarcha y la tierra de Corea?

«Recibir tres cartas tuyas a la vez ha sido algo milagroso».

«¿No podrías venir de visita?».

Cada pocos minutos una nueva ráfaga de levedad recorre a Zeno. Claro que está ese nombre, Hillary, pero ¿qué más da? Rex ha encontrado a una Hillary, que Dios lo bendiga. Lo consiguió. Está vivo. Ha invitado a Zeno a «una pequeña función».

Imagina a Rex con traje de lana en un jardín tranquilo, sentándose a escribir la carta. Las palomas zurean; los setos susurran; los campanarios se elevan por encima de los robles hacia un cielo húmedo. Hillary, elegante, maternal, sale con un servicio de té de porcelana.

No, sin Hillary es mejor.

«No te imaginas lo mucho que me alegra que consiguieras salir».

«Sería como unas vacaciones».

Espera a que la señora Boydstun se vaya a hacer la compra, luego llama a una agencia de viajes en Boise y susurra preguntas al teléfono como si estuviera perpetrando crímenes. Cuando le dice a Amanda Corddry, del Departamento de Carreteras, que se va a coger las vacaciones en mayo, se le ponen los ojos como platos.

—Caramba, caramba, Zeno Ninis. ¡Que me recojan con una pala quitanieves! Si no te conociera, diría que estás enamorado.

Con la señora Boydstun la cosa es más complicada. Cada pocos días Zeno lo deja caer en la conversación como si le estuviera poniendo azúcar en el café. Londres, mayo, un amigo de la guerra. Y cada pocos días, la señora Boydstun encuentra la manera de verter comida en el suelo, o tener jaqueca, o detectarse un nuevo temblor en la pierna izquierda y poner fin a la conversación.

Rex vuelve a escribir. «Encantado. Por lo que dices llegarás en horario lectivo, te recibirá Hillary», y pasa marzo, y abril. Zeno saca su único traje, su corbata de rayas verdes. La señora Boydstun tiembla en su albornoz al pie de la escalera.

—¿Vas a dejar sola a una mujer enferma? ¿Qué clase de hombre hace una cosa así?

Al otro lado de la ventana de su dormitorio, hay un cielo como un casco azul encajado sobre los pinos. Zeno cierra los ojos. «Los años pasan volando ahora», escribió Rex. ¿Qué más había escrito en los espacios entre líneas? Habla ahora o muérdete la lengua para siempre.

—Son solo ocho días. —Zeno cierra su maleta—. He llenado la despensa. También te he comprado tabaco de sobra. Trish ha prometido venir a verte todos los días.

Quema tanta adrenalina durante los vuelos que cuando llega a Heathrow prácticamente tiene alucinaciones. Al salir del control de pasaportes busca una mujer inglesa; en lugar de ello, un hombre de dos metros de estatura con pelo prematuramente cano y pantalones color albaricoque acampanados a la altura de las pantorrillas le coge del antebrazo.

—¡Pero si eres una cajita de cacao! —dice el gigante, y simula besar a Zeno en ambas mejillas—. Yo soy Hillary.

Zeno se aferra a su maleta intentando comprender.

—¿Cómo has sabido que era yo?

Hillary enseña los colmillos.

—He tenido suerte.

Le quita la maleta a Zeno y lo conduce por entre el gentío. Debajo de un chaleco azul, Hillary lleva lo que parece ser un blusón con lentejuelas arbitrariamente distribuidas por las mangas. ¿Lleva las uñas pintadas de verde? ¿Dejan vestirse así a los hombres aquí? Y, sin embargo, cuando las botas de Hillary resuenan en la terminal, mientras atraviesan un barullo de autobuses y taxis, nadie se fija demasiado en él. Se suben a un dos puertas color vino tamaño bolsillo, un coche llamado Austin 1100, y Hillary insiste en abrirle la puerta a Zeno, y a continuación rodea el cochecito por detrás y encoge sus largas piernas debajo del volante del lado derecho, con las rodillas prácticamente en los dientes mientras pisa los pedales y el pelo tocando el techo. Zeno intenta no hiperventilar.

Londres es color gris humo e interminable. Hillary parlotea:

—A tu derecha tienes Brentford, un novio gilipollas que tuve vivía allí, menudo niñato desobediente. Rex termina las clases dentro de una hora, así que le daremos una sorpresa en casa. Eso es Gunnersbury Park, ¿lo ves?

Parquímetros, tráfico lentísimo, fachadas sucias de hollín. Wrigley’s sabor hierbabuena Gold Leaf Tabaco del Bueno Cerveza Licores y Vinos. Aparcan a la puerta de una casa de ladrillo sin sol en Camden. Ni jardín ni setos ni trinos de verderones ni esposa maternal con tazas de té. Una octavilla que la lluvia ha pegado a la acera dice: «La manera fácil de pagar».

—Hay que subir —dice Hillary y se inclina para cruzar un umbral igual que un árbol móvil. Sube cuatro tramos de escalera con la maleta de Zeno y sus largas zancadas se saltan un peldaño de cada dos.

Dentro, el apartamento parece estar dividido en dos. En uno de los lados hay estanterías ordenadas mientras que en el otro, tapices, chasis de bicicleta, velas, ceniceros, elefantes de latón, cuadros abstractos de gruesas pinceladas y plantas muertas forman montones irregulares que parecen obra de un ciclón.

—Estás en tu casa. Voy a poner hojas a remojo —dice Hillary. Enciende un cigarrillo con el quemador de la cocina y deja escapar un suspiro titánico. Tiene la frente tersa, las mejillas lustrosas; cuando Zeno y Rex estaban en Corea Hillary no podía tener más de cinco años.

En el tocadiscos cantan voces exuberantes. Love grows where my Rosemary goes y entonces cae en la cuenta: Rex y Hillary viven juntos. En un apartamento de un solo dormitorio.

—Siéntate, venga.

Zeno se sienta en la mesa mientras suena el disco y oleadas de confusión y agotamiento se apoderan de él. Hillary agacha la cabeza para no chocar con lámparas mientras da la vuelta al disco y echa la ceniza en una planta.

—Qué divertido es tener a un amigo de Rex de visita. Rex nunca tiene amigos de visita. A veces creo que antes de conocerme a mí no tenía amigos.

Cascabelean unas llaves en la puerta, Hillary mira a Zeno con las cejas levantadas y entra un hombre en el apartamento con gabardina y botas de agua y cara color requesón y una barriguita que le asoma por encima del cinturón y tiene el pecho cóncavo y las gafas empañadas y pecas desvaídas pero exuberantes en cantidad y es Rex.

Zeno extiende una mano, pero Rex lo abraza.

Los ojos de Zeno se humedecen de emoción involuntaria.

—Es el desfase horario —dice, y se seca las mejillas.

—Pues claro.

A un kilómetro y medio por encima de ellos, Hillary se lleva una uña pintada de verde descascarillado al ojo y retira una lágrima. Llena dos tazas de té sin leche, pone galletas en un plato, apaga el tocadiscos, se envuelve en una gran gabardina morada y dice:

—Bueno, os dejo solos con vuestras batallitas.

Zeno lo oye bajar por las escaleras igual que una enorme araña multicolor.

Rex se quita la gabardina y los zapatos.

—Así que quitanieves. —El apartamento parece balancearse al borde de un acantilado—. Pues yo sigo leyendo poemas de la Edad de Bronce a chicos que no quieren oírlos.

Zeno mordisquea una galleta. Quiere preguntarle a Rex si alguna vez desea estar de vuelta en el Campo Cinco, si no echa de menos las horas que pasaban los dos sentados en la oscuridad de la cabaña de la cocina veteada de luz de luna dibujando caracteres en el polvo, si no tiene esa clase de nostalgia perversa. Pero desear estar de vuelta en un campo de prisioneros es una auténtica locura y Rex está hablando de sus alumnos, de sus viajes al norte de Egipto para rebuscar en los vertederos de la Antigüedad. Tantos años, tantos kilómetros, tanta esperanza y tanto temor, y ahora tiene a Rex para él solo y en los primeros cinco minutos ya ha perdido el rumbo.

—¿Estás escribiendo un libro?

—Ya lo he escrito. —De una de las estanterías saca un libro de tapas duras color tostado con sencillas letras mayúsculas en la parte delantera. Compendio de libros perdidos—. Hemos vendido, creo, unos cuarenta y dos ejemplares, dieciséis de ellos a Hillary. —Ríe—. Resulta que nadie quiere leer un libro sobre libros que ya no existen.

Zeno pasa un dedo por el nombre de Rex impreso en la sobrecubierta. Siempre ha visto los libros como algo parecido a las nubes o los árboles, cosas que estaban ahí, en las estanterías de la Biblioteca Pública de Lakeport. Pero ¿conocer a alguien que ha hecho uno?

—Por ejemplo las tragedias —está diciendo Rex—. Sabemos que al menos se escribieron y representaron mil en los teatros griegos en el siglo V a. C. ¿Sabes cuántas han sobrevivido? Treinta y dos. Siete de las ochenta y una que escribió Esquilo. Siete de las ciento veintitrés de Sófocles. Que sepamos, Aristófanes escribió cuarenta comedias; tenemos once, no todas completas.

A medida que Zeno pasa páginas ve entradas para Agatón, Aristarco, Calímaco, Menandro, Diógenes, Queremón de Alejandría.

—Cuando todo lo que tienes es una esquirla de papiro con unas cuantas palabras escritas —dice Rex— o una única línea citada en el texto de otro autor, te obsesionas con el potencial de lo que se ha perdido. Es como los muchachos que murieron en Corea. Les lloramos especialmente porque no llegamos a ver los hombres en los que se habrían convertido.

Zeno piensa en su padre: es mucho más fácil ser un héroe cuando ya no estás en el mundo.

Pero ahora la fatiga es como una segunda fuerza de gravedad que amenaza con tirarlo de la silla. Rex devuelve el libro a su estante y sonríe.

—Estás agotado. Ven, Hillary te ha preparado una cama.

Se despierta en el sofá cama cuando es noche cerrada, agudamente consciente de que dos hombres comparten cama al otro lado de una puerta cerrada a dos metros de él. Cuando vuelve a despertarse, con la espalda dolorida por el desfase horario o por algo peor, un corazón roto, es por la tarde y Rex hace horas que se ha ido a dar clase. Hillary está delante de la tabla de la plancha vestido con lo que parece ser un quimono de seda, encorvado sobre un libro que parece estar escrito en chino. Sin levantar la nariz de la página, le ofrece una taza de té. Zeno la coge y se pone de pie con sus ropas de viaje arrugadas y mira por la ventana a una maraña de ladrillos y escaleras de incendios.

Se da una ducha de agua tibia, de pie en la bañera y sosteniendo la alcachofa sobre la cabeza y, cuando sale del cuarto de baño, Rex está en la mitad ordenada del apartamento examinándose las entradas de la cabeza con un espejo de mano. Sonríe a Zeno y bosteza.

—Tirarse a tantos chicos guapos envejece una barbaridad —susurra Hillary. Le guiña un ojo a Zeno y este tiene un escalofrío de horror antes de darse cuenta de que Hillary está bromeando.

Ven un esqueleto de dinosaurio, viajan en un autobús de dos pisos y Hillary hace una visita a la sección de maquillaje de unos grandes almacenes y vuelve con sendas espirales de pintura azul alrededor de los ojos, y Rex instruye a Zeno sobre distintas marcas de ginebra y Hillary está siempre con ellos, liando pequeños cigarrillos, con zapatos de plataforma, americanas, un vestido de baile de fin de curso épico, monstruoso. Pronto es la cuarta noche de Zeno en Londres y están comiendo pasteles de carne en un sótano pasada la medianoche. Hillary le pregunta a Zeno si ha llegado a la parte del libro de Rex donde escribe sobre cómo cada uno de los libros perdidos, antes de desaparecer para siempre, quedó reducido a un ejemplar en alguna parte y en cómo eso le hizo acordarse de la vez que vio un rinoceronte en un zoo de Checoslovaquia, de cómo el cartel decía que el animal era uno de los últimos veinte rinocerontes blancos que quedaban en el mundo, el único que quedaba en Europa y de cómo la criatura se limitaba a mirar fijamente los barrotes de su jaula y gemir con los ojos llenos de moscas. A continuación Hillary mira a Rex, se seca las lágrimas y dice que cada vez que lee esa parte se acuerda del rinoceronte y llora, y Rex le da palmaditas en el brazo.

El sábado Hillary se va a «la galería», aunque Zeno no sabe qué imaginar: ¿una galería de arte?, ¿de tiro?, y Rex y él se sientan en un café rodeados de mujeres con cochecitos de niño, Rex con un chaleco de tweed todavía blanco de tiza de las clases del día anterior, algo que hace que a Zeno se le acelere el corazón. Un camarero diminuto que se mueve sin hacer ruido les trae una tetera decorada con dibujos de frambuesas.

Zeno tiene la esperanza de que la conversación derive a la noche en el Campo Cinco cuando Bristol y Fortier subieron a Rex al camión escondido dentro de un barril de aceite, para así poder oír la historia de la fuga de Rex y saber si le perdona o no por no haberse ido con él, pero Rex está hablando entusiasmado de una visita que hizo a la Biblioteca Vaticana en Roma, donde examinó montones de papiros antiguos rescatados de los vertederos de Oxirrinco, trocitos de textos griegos enterrados en arena durante dos mil años.

—El noventa y nueve por ciento carece de interés, claro, son certificados, recibos de granjas, registros fiscales, pero encontrar una frase, Zeno, aunque sea unas pocas palabras, de una obra literaria que no se conocía… Rescatar una frase del olvido es la cosa más emocionante del mundo. No sé cómo explicártelo: es como tirar del extremo de un cable enterrado y darte cuenta de que está conectado con alguien que lleva muerto dieciocho siglos. Es como un nostos, ¿te acuerdas?

Agita sus ágiles manos y pestañea, con la misma amabilidad en el rostro de tantos años atrás en Corea, y Zeno quiere abalanzarse sobre la mesa y poner la boca en la garganta de Rex.

—Uno de estos días vamos a recomponer algo de verdad importante, una tragedia de Eurípides o una historia política perdida, o, mejor aún, una comedia antigua, el viaje imposible de ida y vuelta de un loco a los confines de la tierra. Esos son mis preferidos, ¿sabes a lo que me refiero?

Levanta la vista y dentro de Zeno arden llamaradas. Por un instante contempla un futuro posible, una discusión vespertina entre Rex y Hillary: Hillary hace pucheros, Rex le pide a Hillary que se vaya, Zeno ayuda a limpiar todos los desechos de Hillary, carga cajas, deshace su maleta en el dormitorio de Rex, se sienta en el borde de la cama de Rex; dan paseos, viajan a Egipto, leen en silencio con una tetera entre los dos. Por un momento Zeno siente que tal vez pueda hacerlo realidad: si dice exactamente las palabras adecuadas, ahora mismo, como un encantamiento, sucederá. No dejo de pensar en ti, en las venas de tu garganta, la pelusa de tus brazos, tus ojos, tu boca, te quería entonces y te quiero ahora.

Rex dice:

—Te estoy aburriendo.

—No, no. —Todo se escora—. Al contrario. Lo que pasa es que… —Ve la carretera del valle, la pala quitanieves, los remolinos fantasmales de nieve. Mil árboles oscuros discurren a gran velocidad—. Es todo nuevo para mí, entiéndelo. Trasnochar, los gin tonics, el Metro, tu… Hillary. Él lee en chino, tú rescatas papiros griegos desaparecidos. Impone mucho.

—Bah. —Rex hace un gesto con la mano—. Hillary está lleno de proyectos que no van a ninguna parte. No hay ni uno que lleve a término. Y yo doy clases en un colegio para niños de categoría más bien regular. En Roma me quemo la piel solo de ir del hotel a un taxi.

El café bulle, un niño de pecho protesta, el camarero camina sin hacer ruido de aquí para allá. La lluvia baja por el toldo. Zeno siente que el momento se le escapa.

—Pero en eso consiste el amor, ¿no? —dice Rex.

Se frota la sien, se bebe el té y mira su reloj de pulsera, y Zeno se siente como si hubiera avanzado hasta el centro del lago helado y hubiera caído a través del hielo.

La fiesta de cumpleaños cae en el último día de Zeno. Cogen un taxi negro a un club nocturno llamado The Crash. Rex se apoya en el brazo de Hillary y dice: «Vamos a intentar ser buenos esta noche, ¿de acuerdo?», y Hillary pestañea y bajan a una serie de salas comunicadas entre sí y a cada una más extraña y con más aspecto de mazmorra, llenas de muchachos y hombres con botas plateadas o leotardos de estampado de cebra o chistera. Muchos de los hombres parecen conocer a Rex, le cogen del brazo o le besan las mejillas o soplan ruidosos matasuegras y varios intentan entablar una conversación con Zeno, pero la música está demasiado alta, así que este fundamentalmente se limita a asentir con la cabeza y sudar dentro de su traje de poliéster.

En la última habitación al fondo del club aparece Hillary llevando tres vasos de ginebra, asomando entre la gente con sus botas altas y sobretodo esmeralda igual que un dios-árbol andante y la ginebra hacer arder las venas del cuerpo de Zeno. Intenta que Rex le preste atención, pero la música dobla su volumen y, como obedeciendo a una señal, todos los hombres empiezan a cantar: «Hey hey hey hey hey», al tiempo que se encienden en las paredes unas luces estroboscópicas que transforman la habitación en un libro animado, con extremidades que suben, bocas lascivas, rodillas y codos que centellean, y Hillary lanza su vaso al aire y abraza a Rex con sus extremidades arbóreas, todos hacen una versión del mismo baile, levantando primero un brazo y luego el otro hacia el techo, como si jugaran a los semáforos, el aire arde de ruido y en lugar de dejarse llevar, en lugar de unirse, Zeno se siente tan desgraciado, tan insuficiente, tan abrumado por su propia ingenuidad: su maleta de cartón, su desastre de traje, sus botas de leñador, sus modales de Idaho, su infundada esperanza de que Rex lo hubiera invitado a ir allí porque quería tener algo romántico con él («Podríamos garabatear algo de griego con papel y pluma en lugar de tierra y un palo»). Ahora se da cuenta de que, de tan pueblerino, es casi un salvaje. Rodeado de música frenética y cuerpos parpadeantes, se sorprende anhelando volver a la predictibilidad monocromática de Lakeport: el whisky vespertino de la señora Boydstun, los impertérritos niños de porcelana, el aire impregnado de humo de leña y el silencio sobre el lago.

Se abre paso a través de las diversas habitaciones hasta la calle y pasea asustado y avergonzado por Vauxhall durante dos horas sin tener ni idea de dónde está. Cuando por fin reúne valor para parar un taxi y preguntar si puede llevarlo a una casa de ladrillo en Camden al lado de un cartel publicitario de tabaco Gold Leaf, el taxista asiente con la cabeza y lo lleva directo al edificio de Rex. Zeno sube los cuatro pisos y encuentra la puerta sin la llave echada. Le han dejado una taza de té encima de la mesa. Cuando, unas horas más tarde, Hillary lo despierta para que no pierda el avión, lo toca en la frente con un gesto de tal ternura que Zeno tiene que darle la espalda.

Rex aparca el Austin en Salidas, coge un paquete envuelto del asiento trasero y lo deja en el regazo de Zeno.

Dentro hay un ejemplar de su Compendio y otro libro más grande y grueso.

—Liddell y Scott, un diccionario griego-inglés. Indispensable. Por si te apetece volver a traducir.

Pasa un tropel de viajeros junto al coche y por un momento el suelo bajo el asiento de Zeno se abre y lo engulle y a continuación está sentado otra vez.

—Se te daba bien, no sé si lo sabes. Más que bien.

Zeno niega con la cabeza.

Suenan cláxones y Rex se gira.

—No te quites mérito —dice—. A veces las cosas que creemos perdidas solo están ocultas, esperando a ser redescubiertas.

Zeno sale del coche con la maleta en la mano derecha, los libros debajo del brazo izquierdo, algo dentro de él (arrepentimiento) clavándosele igual que una lanza, pulverizando hueso, destrozando tejido vital. Rex se acerca y le tiende la mano y Zeno estrecha la mano derecha de Rex con su mano izquierda, es el apretón de manos más torpe que ha habido jamás. Luego el cochecito desaparece en el tráfico.

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