Ciudad de las nubes
Catorce » Lakeport, Idaho » Seymour
Página 102 de 163
Seymour
En febrero Janet y él se sientan hombro con hombro mirando el teléfono de ella en un rincón de la cafetería.
—Te lo aviso —dice Janet—, da un poco de miedo.
En la pantalla un hombre menudo con vaqueros negros y perilla camina de un lado a otro del escenario de un auditorio. Se hace llamar «Bishop»; lleva un rifle de asalto a la espalda.
«Empezad con el Génesis. Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra».
El vídeo cambia al plano de un borrón nervioso de caras. El hombre continúa diciendo:
«Durante 2.600 años a aquellos que formamos parte de la tradición occidental se nos aseguró que el papel de la humanidad es dominar la tierra. Que la creación se creó para que nosotros la explotemos. Y durante 2.600 años es lo que hemos hecho con casi total impunidad. Las temperaturas se mantenían constantes, las estaciones seguían siendo predecibles y talamos bosques y pescamos en los océanos y elevamos un dios —el crecimiento— por encima de los demás. Expandid vuestras propiedades; aumentad vuestra riqueza, agrandad vuestras murallas. Y si cada nuevo tesoro que arrastráis dentro de vuestras murallas no alivia vuestro dolor, id a por más. Pero ¿y ahora? Ahora la raza humana empieza a cosechar lo que ha…».
Suena la campana y Janet toca la pantalla y Bishop se congela a mitad de frase y con los brazos extendidos. En la parte inferior de la pantalla aparece un link: Únete.
—Seymour, dame mi teléfono. Tengo clase de español.
Sentado ante el nuevo terminal Ilium de la biblioteca, se pone los auriculares y busca más vídeos. Bishop usa caretas del Pato Donald, de mapache, de castor de la nación Kwakiutl; está en un terreno talado en Oregón, en una aldea de Mozambique.
«Flora se casó a los catorce años. Ahora tiene tres hijos y los pozos de su aldea están secos y el agua potable más cercana está a dos horas andando de su casa. Aquí, en el distrito Funhalouro, madres adolescentes como Flora pasan alrededor de seis horas al día buscando y transportando agua. Ayer caminó tres horas para coger nenúfares de un lago para que sus hijos tuvieran algo que comer. ¿Y qué sugieren nuestros ilustrados líderes que hagamos? Cambiar las facturas de papel por las electrónicas. Comprar tres bombillas LED y hacer la compra con una bolsa de tela gratis. La tierra tiene ocho mil millones de personas que alimentar y la tasa de extinción es mil veces más alta que en el periodo prehumano. Esto no es algo que se arregle con bolsas de tela».
Bishop está reclutando guerreros, dice, para desmantelar la economía industrial global antes de que sea demasiado tarde. Dice que reconstruirán las sociedades alrededor de nuevos sistemas donde los recursos se compartan; recuperarán la sabiduría tradicional, buscarán respuestas a las preguntas que el comercio no puede contestar, satisfarán las necesidades que el dinero no puede satisfacer.
Los rostros que consigue ver Seymour entre el público de Bishop resplandecen de determinación; recuerda cómo se sintió, con el cuerpo entero en tensión, al abrir por primera vez la tapa de la caja con las viejas granadas de Pawpaw. Todo ese poder latente. Nunca antes ha puesto alguien voz así a la ira y la confusión de su interior.
«“Esperad —nos decían—, sed pacientes”. “La tecnología solucionará la crisis del carbono”. En Kioto, en Copenhague, en Doha, en París dijeron: “Reduciremos las emisiones, eliminaremos nuestra dependencia de los hidrocarburos” antes de volver al aeropuerto en limusinas blindadas y volar a sus países de origen en siete cuatro sietes mientras las personas pobres se asfixian en el aire de sus propios vecindarios. Se acabó el esperar. La paciencia se ha terminado. Debemos sublevarnos ahora, antes de que el mundo entero arda. Debemos…».
Cuando Marian le agita una mano delante de los ojos Seymour tarda varias respiraciones en recordar dónde está.
—¿Hay alguien ahí?
El link parpadea Únete Únete Únete. Se quita los auriculares.
Marian agita las llaves de su coche enganchadas en el dedo.
—Es hora de cerrar, peque. ¿Puedes darle la vuelta al cartel de «Abierto» por mí, por favor? Y, escucha, Seymour, ¿estás libre el sábado? ¿A las doce?
Seymour asiente con la cabeza, recoge su bolsa de libros. Fuera llueve sobre la nieve vieja y las calles están llenas de hielo embarrado.
—El sábado —le dice Marian a su espalda—. A las doce. No te olvides. Tengo una sorpresa para ti.
En casa, Bunny está sentada en la cocina mirando su talonario con el ceño fruncido. Levanta la vista, su atención regresa de muy lejos.
—¿Qué tal tu día? ¿Has venido andando con esta lluvia? ¿Te has sentado con Janet a la hora de comer?
Seymour abre la nevera. Mostaza. Shasta Twists. Media botella de salsa ranchera. Nada.
—Seymour, ¿puedes mirarme, por favor?
En la luz áspera de la bombilla de la cocina las mejillas de Bunny parecen de tiza. Tiene arrugas en el cuello; empieza a encorvársele la zona dorsal. ¿Cuántos baños de hotel ha fregado hoy? ¿Cuántas sábanas ha cambiado? Ver los años arrebatar su juventud a Bunny ha sido como mirar el bosque detrás de la casa desaparecer otra vez.
—Escucha, cariño, el Aspen Leaf va a cerrar. Ha dicho Geoff que ya no pueden seguir compitiendo con las grandes cadenas. Me ha despedido.
La mesa está cubierta de sobres. Propano V-1, Intermountain Gas, Banco Blue River, Servicios municipales Lakeport. Seymour sabe que solo su medicación cuesta 119 dólares a la semana.
—No quiero que te preocupes, cariño. Ya se nos ocurrirá algo. Siempre salimos adelante.
Se salta la clase de matemáticas, se agazapa en el aparcamiento con el teléfono de Janet:
«En un planeta dos grados centígrados más caliente habrá 150 millones de personas más, la mayoría pobres, que morirán solo de contaminación atmosférica. No víctimas de la violencia, ni de inundaciones, solo por aire de baja calidad. Eso son 150 veces más muertes que la guerra de Secesión americana. Quince Holocaustos. Dos Segundas Guerras Mundiales. Esperamos que no muera nadie como resultado de nuestras acciones, de nuestros intentos de asestar unos cuantos golpes a la economía de mercado. Pero incluso si hay unas pocas muertes, ¿no merece la pena? ¿A cambio de impedir quince Holocaustos?».
Un golpecito en el hombro. Janet tirita en la acera.
—Esto empieza a ser molesto, Seymour. Tengo que pedirte que me devuelvas el teléfono cinco veces al día.
El viernes vuelve a casa y encuentra a Bunny bebiendo vino de un vaso de plástico en el tú y yo. Sonríe, le quita la mochila del hombro, hace una reverencia. Ha pedido un préstamo de efectivo, anuncia, para aguantar hasta que encuentre otro trabajo. Y de camino a casa pasó por la tienda de informática Computer Shack, junto al aserradero, y no se pudo resistir.
De debajo de un cojín saca una tablet marca Ilium nuevecita, todavía dentro de su caja.
—Voilà!
Bunny sonríe. El borgoña que ha estado bebiendo le ha dejado los dientes como si hubiera comido tinta.
—¿Y te acuerdas de Dodds Hayden? ¿De la tienda? ¡Me ha regalado esto! —De debajo del cojín saca un altavoz inteligente marca Ilium—. Te dice el tiempo que hace, responde preguntas y memoriza listas de la compra. ¡Puedes pedir una pizza con solo decírselo!
—Mamá.
—Estoy feliz de verte tan bien, bichito, de que pases tiempo con Janet, y sé que es difícil ser un niño sin las nuevas tecnologías y pensé que, bueno, te lo mereces. Nos lo merecemos, ¿no te parece?
—Mamá.
Al otro lado de la puerta corredera, las luces de Eden’s Gate rielan como arrastradas por una corriente subterránea.
—Mamá, para usar esto hace falta wifi.
—¿Eh? —Bunny da un sorbo de vino—. ¿Wifi?
El sábado va a la pista de hielo, se sienta en un banco bien lejos de los patinadores que giran, enciende la nueva tableta y se conecta a la red inalámbrica. Tarda media hora en descargar todas las actualizaciones. Luego ve una docena de vídeos de Bishop, todos los que encuentra, y para cuando se acuerda de la invitación de Marian son más de las tres de la tarde. Corre manzana arriba: en la esquina de las calles Lake y Park, atornillado al suelo, hay un buzón de devolución de libros nuevo pintado de manera que parezca un búho.
Es un cilindro grueso, pintado de gris, marrón y blanco, y es como si tuviera alas pegadas a los costados y garras en los pies. Grandes ojos amarillos brillan en el centro de su cara y lleva pajarita: es un gran búho gris.
En la puerta dice: DEPOSITE AQUÍ SUS LIBROS. En el pecho:
BIBLIOTECA PÚBLICA DE LAKEPORT
¡CADA MOCHUELO A SU LIBRO!
Se abre la puerta principal de la biblioteca y sale Marian con su bolso y sus llaves. Lleva un anorak color cereza mal abotonado y su expresión es dolida o enfadada o infeliz o las tres cosas.
—Te has perdido la inauguración. Les pedí a todos que te esperaran.
—Me…
—Te lo recordé dos veces, Seymour. —El búho pintado parece fijar en él sus ojos acusatorios mientras Marian se sube el cuello—. Por si no lo sabes, hay más personas en el mundo.
Se mete en su Subaru y se va.
Abril es más cálido de lo que debería. Deja de ir a la biblioteca, se salta las reuniones del Club de Concienciación Medioambiental, esquiva a la señora Tweedy en los pasillos. Después de clase se sienta en un murete detrás de la pista de hielo donde hay cobertura inalámbrica y busca vídeos de Bishop en los rincones más oscuros de internet. «Se puede definir a los humanos como exterminadores —dice—. Diezmamos cada hábitat que ocupamos, y ahora hemos infestado el planeta. Lo siguiente será exterminarnos a nosotros mismos».
Una por el retrete, la otra por el desagüe del lavabo. Seymour deja de tomar la buspirona. Durante varios días su organismo entra en crisis. A continuación se recupera. Vuelven las sensaciones atronadoras; su mente percibe las cosas igual que si fuera el gigantesco espejo convexo de un telescopio de radar, captando luz de los rincones más remotos del universo. Cada vez que sale a la calle oye las nubes chirriar en el cielo.
—¿Por qué nunca quieres que te presente a mis padres? —le pregunta Janet un día mientras lo lleva a casa.
Pasa con gran estrépito un camión de la basura. En algún lugar, los guerreros de Bishop se están congregando. Seymour tiene la sensación de estar preparándose para una metamorfosis; casi nota que se descompone a nivel molecular para recomponerse en algo por completo distinto.
Janet para delante de la casa de doble ancho. Seymour aprieta los puños.
—Te estoy hablando —dice Janet—, pero no me escuchas. ¿Se puede saber qué te pasa?
—No me pasa nada.
—Bájate del coche, Seymour.
«Nos llaman militantes y terroristas. Aducen que los cambios necesitan tiempo. Pero no tenemos tiempo. No podemos seguir viviendo en una cultura mundial donde a los ricos se les permite creer que su estilo de vida no tiene consecuencias, que pueden usar todo lo que quieran y tirar todo lo que quieran, que son inmunes a las catástrofes. Sé que no es fácil que te abran los ojos. Que no es divertido. Todos tendremos que ser fuertes. Los acontecimientos inminentes nos pondrán a prueba de maneras que todavía no imaginamos».
El link parpadea: Únete Únete Únete.
Estudia las casas de Eden’s Gate más cercanas a la de doble ancho en busca de aquellas que no den muestras de estar habitadas, cuyos propietarios estén claramente en otra parte, y el 15 de mayo, mientras Bunny hace el turno de cenas en el Pig N’ Pancake, cruza el jardín trasero hasta la roca con forma de huevo, salta la valla de madera y corretea en las sombras probando distintas ventanas. Cuando encuentra una sin cerrar se cuela por entre las persianas y se detiene en la penumbra.
El reloj del horno emite un suave resplandor verde en la cocina.
El módem está en el armario del pasillo. El usuario y la contraseña de la red están pegados a la pared. Durante unas cuantas respiraciones vive en la vida de otra persona: un imán de la nevera dice «Cerveza: la razón por la que me levanto todas las mañanas»; en el aparador, una fotografía familiar enmarcada; restos de olor al café y comida cocinada en el Crock Pot del fin de semana anterior; un cuenco para perro junto a la despensa. Cuatro cascos de esquiar colgados de ganchos junto a la puerta principal.
En la tienda de comestibles las personas empujan carritos llenos de comida empaquetada de colores brillantes, todas ajenas al hecho de que están bajo la altísima compuerta de una presa que se va a abrir de un momento a otro. Una tarta envasada tachonada de estrellas de glaseado azules y amarillas en la que pone «Felicidades, Sue» tiene un setenta y cinco por ciento de descuento. En la cola de las cajas se deja los protectores auditivos puestos.
Cuando Bunny llega a casa, se quita los zapatos y dice:
—¿Qué es esto?
Seymour sirve dos trozos de tarta en platos y lleva el altavoz inteligente Ilium color azul. Bunny lo mira.
—Creía…
—Prueba.
Bunny se inclina sobre la cápsula.
—¿Hola?
Una lucecita verde describe un círculo a lo largo del borde. «Hola». El acento es vagamente británico. «Soy Maxwell. ¿Cómo te llamas?».
Bunny se lleva las manos a las mejillas.
—Soy Bunny.
«Encantado de conocerte, Bunny. Feliz cumpleaños. ¿En qué puedo ayudarte esta noche?».
Bunny mira a Seymour con la boca abierta.
—Maxwell, me gustaría pedir una pizza.
«Por supuesto, Bunny. ¿De qué tamaño?».
—Grande. Con champiñones. Y salchicha.
«Un momento», dice la cápsula, y el punto verde da vueltas y Bunny esboza su sonrisa hermosa y aciaga y Seymour tiene la sensación de que el mundo a su alrededor se desmorona un poquito más.
Una semana después Janet aparca su Audi en el centro del pueblo y se compran un helado y Janet le dice a la chica detrás del mostrador que deberían usar cucharas compostables en lugar de plástico y la chica dice:
—¿Queréis virutas o no?
Se sientan en unas rocas que dan al lago a comer sus helados y Janet saca su teléfono. A su izquierda, en el aparcamiento del puerto deportivo, zumba el motor de una autocaravana de dos metros cuadrados con avances a ambos lados y dos condensadores de aire acondicionado en el techo. Sale un hombre, deja en el suelo un caniche pequeño sujeto con correa y dobla la esquina con él.
—Cuando todo se desmorone —dice Seymour—, los tipos como ese serán los primeros en desaparecer.
Janet toca la pantalla de su teléfono. Seymour se impacienta. El rugido está cerca hoy, lo oye chisporrotear igual que un incendio forestal. Desde donde están sentados ve el corazón del pueblo hasta la recientemente remodelada oficina de Eden’s Gate junto a la biblioteca.
La autocaravana tiene matrícula de Montana. Gatos hidráulicos. Una antena parabólica.
—Se ha ido a pasear al perro —dice—, pero dejando el motor encendido.
A su lado Janet se saca una fotografía, luego la borra. Al otro lado del lago se abren los ojos de Amigofiel, dos lunas amarillas.
En la hierba en el límite del aparcamiento del puerto deportivo, Seymour descubre una roca de granito tan grande como la cabeza de un recién nacido. Va hasta ella. Pesa más de lo que parece.
Janet sigue con la vista fija en su teléfono. «Un guerrero —dice Bishop— comprometido de verdad no siente ni miedo ni culpa ni remordimientos. Un guerrero comprometido de verdad se transforma en algo que es más que humano».
Seymour recuerda el peso de la granada en su bolsillo cuando la transportaba por las parcelas sin edificar de Eden’s Gate. Recuerda meter el dedo en la anilla de seguridad. Tirar de la palanca. Tirar tirar tirar.
Arrastra la piedra hasta la autocaravana. En medio del rugido dentro de su cabeza oye a Janet decir:
—¿Seymour?
Ni miedo ni culpa ni remordimientos. La diferencia entre nosotros y ellos se llama acción.
—¿Qué haces?
Levanta la roca por encima de la cabeza.
—Seymour, como hagas eso, no te…
Se vuelve a mirarla. Luego se gira hacia la autocaravana. «La paciencia —dice Bishop— se ha terminado».