Ciudad de las nubes
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Zeno
Se acuclilla entre los niños detrás de la barrera en L de estanterías y mira a cada uno de ellos: Rachel, Alex, Olivia, Christopher, Natalie. Shh shh shh. En la penumbra sus caras se convierten en las caras de seis cervatillos coreanos que Rex y él se encontraron un día mientras cogían leña en la nieve cerca del Campo Cinco: las antenas y hocicos que destacaban contra el blanco, los ojos negros parpadeantes, las grandes orejas temblorosas.
Juntos oyen cerrarse con un crujido la puertecita de la pared de aglomerado. Pisadas que avanzan entre las sillas plegables. Zeno sigue con el dedo índice en los labios.
Rechina un tablón del suelo; burbujas submarinas gorgotean del altavoz de Natalie. ¿Es solo una persona? Suena a una solo.
Que sea un policía. Que sea Marian. Que sea Sharif.
Alex sujeta una lata de zarzaparrilla con las dos manos como si estuviera llena de nitroglicerina. Rachel se encoge sobre su guion. Natalie cierra los ojos. Los de Olivia están fijos en los de Zeno. Christopher abre la boca… Por un momento Zeno piensa que el niño va a gritar, que los van a descubrir, a asesinar allí mismo.
Las pisadas se interrumpen. Christopher cierra la boca sin hacer un solo ruido. Zeno intenta recordar lo que han dejado los niños y él repartido por las sillas a la vista. La caja de zarzaparrillas, varias latas que han rodado bajo las sillas. Mochilas. Páginas con el guion. El portátil de Natalie. Las alas de gaviota de Olivia. La enciclopedia dorada en su atril. Por suerte, la luz de discoteca está apagada.
Las pisadas son ahora en el escenario. El susurro de una cazadora de nailon. Cintas gélidas le oprimen el pecho y Zeno hace una mueca de dolor. Θεοὶ son los dioses, ἐπεκλώσαντο significa urdieron, ὄλεθρον es muerte, plaga, destrucción. Ruina.
«Voluntad ello fue de los dioses, que urdieron a tantos la ruina por dar que cantar a los hombres futuros». Ahora no, dioses. Esta noche no. Dejad que estos niños sigan siendo niños una noche más.