Ciudad de las nubes

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Dieciséis » Cuatro millas al oeste de Constantinopla » Anna

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Anna

Desde la cresta de alguna que otra ola atisba la ahora distante silueta de la ciudad al noreste, brillando débilmente. En todas las demás direcciones solo hay negrura jadeante. Mojada, exhausta y mareada, con el saco apretado contra el pecho, Anna mete los remos en la barca y deja de achicar. El mar es demasiado grande y la barca demasiado pequeña. María, siempre fuiste la hermana mejor, la más sensata, te marchaste al otro mundo justo cuando este se partía en dos. «Un ángel en una niña —solía decir la viuda Teodora— y un lobo en la otra».

En algo más profundo que un sueño se encuentra de nuevo caminando apresurada por el suelo de baldosas de un vasto atrio con las paredes de ambos lados llenas de hileras de libros. Echa a correr, pero por muy lejos que consiga llegar, el pasillo no se termina y la luz se atenúa y su miedo y su desolación se agudizan con cada zancada. Por fin ve una única luz delante de ella. Afloja el paso; en una mesa, una niña sola encogida junto a una vela y sobre un libro levanta la vista cuando Anna se acerca. La niña levanta el libro que tiene en las manos y Anna está intentando leer el título cuando el esquife de Himerio choca con una roca y se vuelca hasta quedar de costado.

Apenas tiene tiempo de sujetar el saco contra su pecho antes de caer por la borda.

Patalea, traga agua salada. Una ola la atrapa, la impulsa hacia delante y se golpea la rodilla con una roca sumergida: el agua no le llega más que a la cintura. Chapotea a la superficie y arrastra el cuerpo hacia la orilla, con el saco empapado pero todavía pegado al pecho.

Repta por una playa pedregosa y se inclina sobre la rodilla herida y abre el saco. La seda, el libro, el pan: todo empapado. Yen las olas oscuras y espumeantes el esquife de Himerio no se ve por ninguna parte.

La playa describe un arco en la luz que precede al amanecer; no hay donde esconderse. Anna trepa por una barrera de algas y madera a la deriva creada por la tormenta y se encuentra un paisaje devastado: casas quemadas, los olivos de un olivar talados, la tierra toda surcada como si Dios la hubiera rastrillado con sus propias manos.

Con la primera luz sube por una suave ladera sembrada de viñedos. El rugido de las olas se aleja. Se quita el vestido, lo escurre y se lo vuelve a poner y mastica un trozo de esturión y se pasa una mano por el pelo corto mientras la aurora dibuja una línea rosa sobre el horizonte.

Tenía la esperanza de haber sido arrastrada durante la noche hasta una nueva tierra, Génova o Venecia o Esqueria, el reino del valeroso Alcínoo, donde quizá una diosa quisiera esconderla en su bruma mágica y escoltarla hasta un palacio. Pero solo ha recorrido unas pocas millas de costa. La ciudad sigue visible a lo lejos, la hoja de una sierra hecha de azoteas y coronada por las bóvedas agrupadas de Hagia Sophia. Unas cuantas columnas de humo suben hacia el cielo. ¿Habrá hombres armados entrando en los vecindarios, irrumpiendo en las casas, sacando a todo el mundo a la calle? Le viene una imagen inesperada de la viuda Teodora, Ágata, Tekla y Eudokia sentadas muertas en la trascocina con la infusión de belladona en el centro de la mesa, y la ahuyenta.

De las vides suben trinos de pájaros. A una media milla de distancia divisa un grupo de soldados a caballo que se dirigen a la ciudad, silueteados contra el cielo; se pega todo lo que puede al suelo con el saco mojado a su lado y alrededor de su cabeza se forma una bruma de mosquitos.

Cuando los hombres se pierden de vista, repta hasta el viñedo, vadea un arroyo y sube por una segunda ladera que la aleja más del mar. En la cima del altozano unos avellanos forman un bosquecillo apretado alrededor de un pozo como si tuvieran miedo. De ellos sale un único camino. Anna se agacha debajo de las ramas bajas y espera en la alfombra de hojas mientras el silencio de la mañana se derrama sobre los campos.

En la quietud casi le parece oír las campanas de Santa Teófano, el estrépito de las calles, pala y escoba, aguja e hilo. El sonido de la viuda Teodora subiendo las escaleras del taller, abriendo los postigos, el armario de los hilos. Dios bendito, protégenos de la holganza. Porque nuestros pecados son innumerables.

Pone el libro y la capucha a secar en los primeros rayos de sol y devora el resto del pescado salado mientras las chicharras cantan en las ramas altas sobre su cabeza. Las hojas del códice están empapadas, pero al menos la tinta no se ha corrido. Pasa las horas más luminosas del día sentada con las rodillas pegadas al pecho, en duermevela.

La sed serpentea dentro de ella cuando las sombras forman charcos en el bosquecillo. No ha visto a nadie acercarse al pozo y se pregunta si lo habrán envenenado para los invasores, así que no se atreve a beber. Cuando oscurece, coge su saco, sale de debajo de las ramas y echa a andar por los matorrales costeros, con el mar a la izquierda. Un cuarto de luna menguante la acompaña mientras trepa por el muro de una casa, luego por otro, y desea que la noche fuera más oscura.

A cada poco encuentra obstáculos en forma de agua: brazos de mar que debe circunnavegar, un arroyo que fluye entre zarzas y del que bebe antes de cruzarlo. En dos ocasiones evita aldeas que parecen abandonadas: no hay figuras moviéndose, no sale humo de las casas. Quizá quedan unas pocas familias escondidas, agazapadas en sótanos, pero nadie la llama.

Detrás de ella hay esclavitud, terror y cosas peores. Delante de ella ¿qué hay? Sarracenos, cadenas montañosas, barqueros que piden fortunas por llevar a alguien a la otra orilla de un río. La luna se marcha y la gruesa franja de estrellas que Crisa llama el Camino de los pájaros se extiende ancha y dorada en el cielo. Un paso y otro y otro: llega un momento en que la presión del miedo implacable taladra la razón y el cuerpo se mueve con independencia de la mente. Es como escalar el muro del priorato: un pie aquí, una mano allí, arriba.

El alba la encuentra atravesando un bosque cenceño que rodea la orilla de lo que parece ser una gran extensión de agua, cuando ve la luz de unas llamas parpadear entre troncos de árbol. Está a punto de esquivarla cuando el aire le trae olor a carne asada.

El olor es como un anzuelo que le llega hasta el estómago. Unos pasos más: solo para ver qué es.

Una pequeña hoguera en el bosque, llamas que no le llegarían más arriba de las pantorrillas. Se abre camino por entre los árboles y las hojas crujen al contacto con sus babuchas. Sobre el fuego hay lo que parece ser un pájaro sin cabeza ensartado en un espeto.

Intenta no respirar. No hay figuras que se muevan. No relincha ningún caballo. Durante cien latidos mira las llamas consumirse. No hay movimiento, no hay sombras; nadie vigila la carne. Solo está el pájaro: una perdiz, cree. ¿Será una alucinación?

Oye chisporrotear la grasa. Si no le dan la vuelta pronto, la parte que está sobre las ascuas se quemará. Quizá alguien se asustó y se fue. Quizá quien hizo el fuego tuvo noticias de la captura de la ciudad, cogió su caballo y abandonó su almuerzo.

Por un instante Anna se convierte en Etón el cuervo, exhausto y descompuesto, fisgando por entre las puertas de oro, mirando pasar una tortuga con tortas de miel en el caparazón.

«Aunque al principio parece fácil, en realidad es bastante complicado».

«No, no, parece complicado al principio, pero en realidad es bastante sencillo».

La lógica la abandona. Si pudiera coger ese pájaro del fuego… Su mente ya está urdiendo la experiencia de probarlo, de sentir la carne bajo sus dientes, su boca llenándose de los jugos. Deja el saco detrás de un tronco, corre y arranca el espetón. Tiene el pájaro en la mano izquierda, una fracción de su consciencia detecta un ronzal, una soga y una capa de piel de buey dejados junto a la hoguera, el resto de su ser está completamente concentrado en comer, cuando oye coger aire a su espalda.

Es tanta su hambre que su brazo sigue llevándose el pájaro a la boca mientras un rayo la golpea desde la nuca a la frente, una grieta blanca que se bifurca, como si la bóveda celeste se hubiera resquebrajado, y el mundo se vuelve de color negro.

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