Ciudad de las nubes
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Zeno
De cenar hay carne de buey hervida. Al otro lado de la mesa acecha la cara de la señora Boydstun en un halo de humo. En el televisor junto a ella, una brocha pinta las pestañas superiores de un enorme ojo.
—Hay caca de ratón en la despensa.
—Mañana pondré unas trampas.
—Compra las de Victor, no esa porquería de la última vez.
Ahora un actor trajeado da fe del sonido milagroso de su televisor en color marca Sylvania. A la señora Boydstun se le cae el tenedor cuando intenta llevárselo a la boca y Zeno lo recoge de debajo de la mesa.
—He terminado —anuncia la señora Boydstun.
Zeno empuja su silla de ruedas hasta su habitación. La mete en la cama, le administra la medicación, le lleva el carrito de la televisión con el alargador. Al otro lado de las ventanas, hacia el lago, la última luz del día abandona el cielo. A veces, en momentos como este, mientras friega los platos, revive la sensación de su vuelo de vuelta de Londres: cómo tenía la sensación de que el planeta nunca dejaría de desplegarse bajo él: agua después campos después montañas después ciudades iluminadas igual que redes neuronales; sentía que, entre Corea y Londres, había tenido aventuras de sobra para toda una vida.
Pasa meses sentado en la mesa junto a la camita de latón con los primeros versos de la Ilíada de Homero a su izquierda y el diccionario Liddell y Scott que le regaló Rex a la derecha. Tenía la esperanza de conservar en la memoria vestigios del griego que aprendió en el Campo Cinco, pero no es tan fácil.
Μῆνιν, empieza el poema, ἄειδε θεὰ Πηληϊάδεω Ἀχιλῆος, cinco palabras, la última de las cuales es el nombre Aquiles, la penúltima indica que el padre de Aquiles era Peleo (aunque también sugiere que Aquiles es divino), y sin embargo, con solo tres palabras, mênin, aeide y theá, el verso se convierte en terreno minado.
Pope: «La cólera de Aquiles, de Grecia funesta primavera».
Chapman: «Proclama la cólera dañina de Aquiles, ¡oh, diosa!».
Bateman: «Canta, diosa, la cólera destructora de Aquiles, hijo de Peleo».
Pero, ¿sugiere aeide claramente «cantar»? Porque también es la palabra para «poeta». Y mênin, ¿cómo traducirlo? ¿Furia? ¿Indignación? ¿Enojo? Elegir una palabra es optar por un único camino cuando el laberinto contiene miles.
«Háblanos, diosa, de la ira de Aquiles, hijo de Peleo».
No lo bastante buena.
«Habla, Calíope, de la indignación del pélida».
Peor aún.
«Cuéntale a las gentes, musa, por qué cojones estaba tan furioso Aquiles, el chaval de Peleo».
Durante el año siguiente a su regreso Zeno manda una docena de cartas a Rex, ciñéndose estrictamente a preguntas relativas a la traducción: ¿imperativo o infinitivo?, ¿acusativo o genitivo?, cediendo por completo el terreno romántico a Hillary. Saca las cartas de casa escondidas debajo de la camisa y las echa al correo antes de ir a trabajar, las mete en el buzón con las mejillas encendidas. Luego espera semanas, pero las contestaciones de Rex no llegan ni rápido ni de forma regular, y Zeno va perdiendo el poco valor que tenía. Los dioses del Olimpo sorben de sus vasos hechos de cuerno, espían a través del tejado de la casa y lo ven esforzarse en la mesa con expresión burlona.
La vanidad de dar por hecho que Rex podía estar interesado en él de esa manera. En un huérfano, cobarde, conductor de quitanieves con maleta de cartón y traje de poliéster. ¿Quién se creía Zeno para esperar nada?
Se entera de la muerte de Rex por una carta de Hillary que llega por correo aéreo escrita en tinta morada. Rex, informa Hillary, estaba en Egipto, trabajando en sus amados papiros, intentando rescatar una frase más del olvido, cuando tuvo un ataque al corazón.
«Te tenía —escribe Hillary— mucho cariño». Su firma enorme y florida ocupa la mitad de la hoja.
Se suceden las estaciones. Zeno se despierta por las tardes, se viste en la habitación atestada, baja las escaleras que rechinan, despierta a la señora Boydstun de su siesta. La sienta en su silla de ruedas, le cepilla el pelo, le da de cenar, la lleva delante de su puzle, le sirve dos dedos de Old Forester. Enciende la televisión. Coge la lista de la encimera: «Carne de buey, cebollas, pintalabios, esta vez no te equivoques de rojo». Antes de irse a trabajar la lleva a la cama.
Rabietas, visitas al médico, terapias, una docena de viajes de ida y vuelta a la consulta del especialista en Boise, la acompaña en todos esos momentos. Sigue durmiendo en la camita de latón del piso de arriba, con el Compendio de libros perdidos de Rex y el Liddell y Scott sepultados en una caja debajo de la mesa. Algunas mañanas, de camino a casa desde el trabajo, aparca la quitanieves a un lado de la carretera y mira la luz derramarse por el valle y tiene que hacer un esfuerzo por conducir el último kilómetro. En las últimas semanas de su vida la tos de la señora Boydstun se vuelve submarina, como si tuviera agua de lago dentro del pecho. Zeno se pregunta si le dirá unas últimas palabras, algo en recuerdo de su padre, alguna observación sobre la relación entre los dos, si lo llamará hijo o dirá que se siente agradecida por todos los años de cuidados, agradecida por haber sido nombrada su tutora, o dará alguna muestra de hacerse cargo de su situación, pero en los momentos finales apenas está allí: solo hay morfina y ojos vidriosos y un olor que lo transporta de vuelta a Corea.
El día que muere, Zeno sale de la casa mientras la enfermera de cuidados paliativos hace llamadas y oye un goteo y un ronroneo: el tejado que desagua, los árboles que se despiertan, las golondrinas que vuelan en picado, las montañas que bullen, murmuran, zumban, cambian. El ruidoso deshielo del mundo.
Quita todas las cortinas de la casa. Arranca los antimacasares de las butacas, tira el popurrí floral, vacía la botella de bourbon. Quita todos los niños de mejillas rosadas de porcelana de hasta la última estantería, los mete en cajas y lleva las cajas a la tienda de segunda mano.
Adopta un perro de hocico plateado, treinta kilos de peso y piel atigrada llamado Luther, lo mete en la casa, vacía una lata de estofado de buey y cebada en un cuenco y lo mira engullirlo. A continuación el perro se pone a husmear sus alrededores, como si no diera crédito a su cambio de suerte.
Por último, Zeno arranca el camino de mesa de encaje descolorido de la mesa del comedor, baja la caja de su habitación y dispone sus libros sobre la superficie de madera de avellano con cercos de vasos. Se sirve una taza de café y desenvuelve el cuaderno de hojas amarillas rayadas que acaba de comprar en Lakeport Drug y Luther se enrosca encima de sus pies y emite un suspiro de diez segundos de duración.
De todas las locuras que hacemos los humanos, le dijo Rex en una ocasión, tal vez no haya lección de humildad mayor que intentar traducir las lenguas muertas. No sabemos cómo sonaban los antiguos griegos cuando hablaban; a duras penas podemos establecer equivalencias entre sus sonidos y los nuestros; ya desde el principio estamos destinados a fracasar. Pero el intento, decía Rex, el esfuerzo por extraer algo del río de la oscuridad de la historia y traerlo a nuestro tiempo, a nuestra lengua, esa era, decía, la empresa vana más hermosa que hay.
Zeno afila su lápiz y lo intenta de nuevo.