Ciudad de las nubes
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Konstance
A su espalda, el tráfico de la carretera que bordea el lago se ha quedado detenido para la eternidad. Los adolescentes sin rostro y camisetas sin mangas siguen congelados en la esquina. Pero delante de ella, en el interior del Atlas, se mueven cosas: el cielo sobre el buzón con forma de búho se transforma en una alfombra de plata agitada y turbulenta de la que se desprenden copos de nieve.
Da un paso adelante. Rebeldes arbustos de junípero se alzan a ambos lados de un camino cubierto de nieve y, al final de este, la imagen de una casa victoriana destartalada color azul claro de dos pisos que parece salida de un cuento de hadas se vuelve nítida. El porche está hundido, la chimenea parece torcida; en la ventana delantera se ilumina un letrero de «ABIERTO».
—Sybil, ¿qué es esto?
Sybil no contesta. Un letrero medio enterrado en la nieve dice:
A su espalda todo en Lakeport sigue igual: estático, estival, fijo, como siempre en el Atlas. Pero aquí, en la esquina de Lake y Park, detrás del buzón de libros, es invierno.
La nieve se acumula en los juníperos; le entran copos en los ojos; el viento transporta un sabor a acero. Cuando avanza por el camino de entrada oye sus pies crujir en contacto con la nieve; deja huellas. Sube los cinco escalones de granito del porche. En el cristal de la mitad superior de la puerta hay un cartel con caligrafía infantil:
MAÑANA
ÚNICA FUNCIÓN
LA CIUDAD DE LOS CUCOS Y LAS NUBES
La puerta gime al abrirse. Nada más entrar hay una mesa con corazones de papel rosa pegados. Un calendario dice «20 de febrero de 2020». Un bordado enmarcado dice: «Aquí se contestan preguntas». Una flecha señala a Ficción, otra a No Ficción.
—Sybil, ¿es esto un juego?
No hay respuesta.
En tres monitores de ordenador antediluvianos, espirales verdiazules se alejan cada vez más. Una fuga se filtra por una baldosa mojada del techo y gotea encima de un cubo de plástico medio lleno de agua.
Plic. Ploc. Plic.
—¿Sybil?
Nada. En el Argos Sybil está por todas partes, en cada compartimento y a todas horas; es la primera vez en la vida de Konstance que llama a Sybil sin obtener respuesta. ¿Será posible que Sybil no sepa dónde está? ¿Que Sybil no sepa que existe esto dentro del Atlas?
Los lomos de los libros de las estanterías despiden olor a papel que amarillea. Konstance abre la mano bajo la gotera y nota el agua en la palma.
Hacia la mitad del pasillo un letrero dice «SECCIÓN INFANTIL», con una flecha que señala hacia arriba. Konstance sube las escaleras con piernas temblorosas. El rellano del segundo piso está atravesado por una pared dorada. Escrito en ella, en lo que Konstance cree que puede ser griego clásico, están las palabras:
Ὦ ξένε, ὅστις εἶ, ἄνοιξον, ἴνα μάθῃς ἃ θαυμάζεις
Debajo de ellas aguarda una puertecita en arco. El aire huele a lilas, menta y rosas: un olor como el de la Granja 4 en su día mejor y más fragante.
Cruza la puerta. Del otro lado, nubes de papel colgadas del techo mediante hilos centellean sobre treinta sillas plegables y toda la pared del fondo está cubierta por el decorado pintado de una ciudad en las nubes, con pájaros que revolotean alrededor de sus torres. De todas partes parece llegar el balbuceo de agua que cae, de árboles que murmuran, de pájaros que gorjean. En el centro de un pequeño escenario, iluminado por un haz de luz que se cuela por entre las nubes, un libro descansa en un atril.
Camina embelesada por entre las sillas plegables y se sube al escenario. El libro es una réplica dorada del ejemplar azul de la mesilla de Padre en Esqueria: la ciudad en las nubes, los torreones atravesados por troneras, los pájaros revoloteando. Encima de la ciudad dice: «La ciudad de los cucos y las nubes». Debajo: «Por Antonio Diógenes. Traducción de Zeno Ninis».