Ciudad de las nubes

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Konstance

Han pasado semanas desde que Konstance descubrió la biblioteca pequeña y destartalada escondida dentro del Atlas. Ha copiado meticulosamente tres cuartos de las traducciones de Zeno Ninis, los folios de Alpha a Sigma, del libro dorado del atril de la Sección Infantil en trozos de sacos de polvo Nutrir en la cámara. Más de ciento veinte retazos cubiertos de su escritura alfombran ahora el suelo alrededor de la torre de Sybil, cada uno vibrando de conexiones con las noches que pasó en la Granja 4 escuchando la voz de su padre.

… Me embadurné de pies a cabeza con el ungüento que había usado la bruja, cogí tres pellizcos de incienso…

 

… Aunque te salieran alas, pez tonto, no podrías volar a un lugar que no existe…

 

… el que conoce todo el Saber jamás escrito sabe tan solo esto: que no sabe nada aún…

Esta noche se sienta en el borde de la cama, sucia de tinta y cansada, mientras la luz se vuelve color plomo. Estas son las horas más duras, cuando LuzDiurna da paso a NoLuz. No se acostumbra al silencio al otro lado de la cámara, donde teme que no haya habido una persona viva en más de diez meses, y el silencio más allá de las paredes del Argos, que llena distancias inconcebibles para el ser humano. Se tumba en posición fetal y se sube la manta hasta la barbilla.

«¿Ya te vas a dormir, Konstance? Si no has comido nada desde esta mañana».

—Comeré si abres la puerta.

«Como sabes, aún no he conseguido determinar si fuera de esta cámara persiste el contagio. Puesto que nos consta que aquí estás a salvo, debo mantener la puerta cerrada».

—Pues a mí lo que me parece peligroso es este sitio. Comeré si abres la puerta. Si no, me mataré de hambre.

«Me duele oírte hablar así».

—A ti no puede dolerte nada, Sybil. No eres más que un montón de fibras dentro de un tubo.

«Tu cuerpo requiere alimento, Konstance. Imagina uno de tus platos favo…».

Konstance se tapa los oídos. Lo que tenemos a bordo, solían decir los adultos, es todo lo que necesitaremos jamás. Lo que no podamos solucionar nosotros mismos nos lo solucionará Sybil. Pero aquello no era más que un cuento que contaban para consolarse. Sybil lo sabe todo y sin embargo no sabe nada. Konstance coge el dibujo que hizo de la ciudad de las nubes y pasa un dedo por la tinta seca. ¿Por qué pensó que recrear este viejo libro le daría la llave de todo? ¿Para qué lector lo está escribiendo? ¿Acaso no se quedará sin leer en esta cámara cuando ella muera?

Me estoy desquiciando, piensa, se me va la cabeza. Soy una loca en una cinta transportadora dando tumbos por el espectro de un planeta a diez billones de kilómetros detrás de mí, buscando respuestas que no existen.

Padre sale de debajo de la rueda de sus pensamientos, se pone de pie, se quita una hoja seca de la barba y sonríe. «Lo bonito de un loco —dice— es que nunca sabe cuándo rendirse. Era la abuela quien decía eso».

Konstance se sube al Deambulador, toca su Vizor, corre a la mesa de la Biblioteca. «En febrero de 2020», escribe en una tira de papel, «¿quiénes eran los cinco niños de la biblioteca pública de Lakeport a los que salvó Zeno Ninis?».

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